Publicación del capítulo: (1/12/17)

Actualización: (22/9/18)

Los cambios en este capítulo son mínimos, fallos gramaticales, incoherencias, y la mención de un personaje que hasta ahora solo ha sido mencionado en los libros (a no ser que lo mencionen en IT Chapter Two).


II

QUEDADA

4 de octubre de 1988

Un grito resonó en toda la sala. Los espectadores se encogieron en sus asientos como si una fuerza les obligara a ello. La enorme pantalla mostraba la imagen de un hombre con camisa a rayas, sombrero y unos guantes con los dedos acabados en cuchillos.

Ibel estaba en cuarta fila, tenía dos chicos a su izquierda y uno a la derecha. El trío de muchachos intentaba permanecer impasible cada vez que el rostro quemado y desfigurado aparecía, pero sus lamentos y gemidos llegaban a los oídos de la pequeña Ibel, la cual, en realidad, no les prestaba atención alguna. Ella comía sagaz y mecánicamente las palomitas y no despegaba la vista de la imagen proyectada. Esa situación hubiera sido comparable con la de cualquier infante; comiendo su aperitivo de media tarde mientras veía un episodio de su serie de animación favorita, la principal diferencia era que, esa no era una serie infantil, sino una película catalogada para mayores de trece años. Y la niña no sólo miraba la película con expectación, estaba hipnotizada, embelesada con los rostros bañados en terror de los personajes.

—Tengo que ir al lavabo —dijo el que estaba a su derecha. Se levantó de su asiento y desapareció por el pasillo que conducía a la salida.

El que acababa de irse se detuvo en mitad del camino, inseguro de si debía ir él solo, pero optó por finalmente hacerlo. Ibel ni siquiera le escuchó, su enfoque en la película era tal, que durante la hora y media que esta duró, ignoró todo lo que sucedía a su alrededor. Asesinatos, alaridos y suspiros de alivio después, los créditos se mostraron en pantalla. Las luces se encendieron, iluminando toda la cámara que hasta hacía bien poco había estado a oscuras.

—¿Ya ha acabado? —preguntó ella ladeando la cabeza sin dejar de mirar la pantalla, como si esperase que algo más apareciese.

Los tres chicos eran dos años mayores que ella, más altos, pero no por ello más valientes. Estaban igual de tensos que al estar al borde de una montaña rusa a punto de descender a toda velocidad, agarrándose a las correas de seguridad y gritando mentalmente lo mucho que se arrepentían de haber ido ahí. No cerraron los ojos en la sala de cine, pero de haber estado en una oscuridad total lo habrían hecho.

Uno de ellos se alzó del asiento con un salto energético.

—Sí, ya está ¡Ja! ¡Se supone que es una película de terror y ni siquiera me ha dado miedo! —presumió el que había tenido que ir al baño, Sam.

Sam era pelirrojo y tenía la piel blanquecina, su cara era redonda, sus ojos pequeños y demasiado juntos. Cada vez que hablaba dejaba ver un espacio oscuro entre los dos dientes delanteros. Ibel siempre miraba ese espacio en cuanto lo veía hablar, para ella saltaba mucho a la vista. Ibel rara vez miraba a los ojos, su rango de visión se limitaba a las bocas y a veces a los cabellos, no por molestar o desagradarle, se trataba de una costumbre que había visto en su padre fallecido.

Le tocó el turno a Alex de mostrar su inquebrantable valor. Les superaba en altura a todos, era el líder de los otros dos. El cabello rubio estaba peinado de forma que parecía tener una boina en la cabeza. La mirada era arrogante y oscura. Su cuerpo era delgado, pero estaba dotado de fuerza con la que ninguno de los niños ahí presentes podía igualar, mucho menos enfrentar.

—Cierto, todo el público exageraba. Si yo me hubiera encontrado con ese hombre que es más feo que el culo de un elefante ¡Porqué eso es lo que es! ¡Un culo de elefante! Vaya que sí, le hubiera hecho esto —vociferó dando un puñetazo a la nada—¡Y luego esto! —pataleó el aire alocadamente, aquel era Alex.

El tercer niño, cuyo nombre Ibel desconocía, no dijo nada. Estaba tenso en su asiento, agarrándose a los reposabrazos. Todo en él era negro, exceptuando la piel que a Ibel le recordó al marrón de la tierra de su jardín.

Los tres muchachos miraban con expectación a la niña, esperaban que dijera algo, que expresase de una forma u otra que había podido sentir miedo. Se llevaron una gran decepción cuando lo único que salió de la boca de la pequeña Ibel fue:

—… Y ¿cómo es el culo de un elefante?

Salieron del cine los últimos y fueron golpeados por una ráfaga de viento, el cielo estaba gris y nubiloso, el aire era frío: se avecinaba una tormenta. En una hora caería un chubasco que no duraría más de una hora. Ibel, con la mirada fija en las nubes opacas oyó como los dientes de sus acompañantes castañeaban. Iban en camisetas de manga corta y pantalones que les llegaban a las rodillas. Mientras que la única niña ahí presente, estaba dotada de un suéter de lana tejido por su madre, y unos pantalones amoldados a sus flacas piernas.

"He cumplido", pensó. Esa quedada se debía a una tarea impuesta por su madre. Recordaba las palabras que había repetido mientras le indicaba lo que debía hacer. Socializar, relacionarse, hablar con alguien. No tenía intención de cumplirlo. Sin embargo, casi por arte de magia el trío se acercó a ella en el patio de la escuela con una sonrisa maliciosa y la invitaron al Aladdin para ver una película. Había hablado con ellos, había estado con gente y hasta había disfrutado de la película (no de su compañía). Los deberes estaban hechos. Sintiéndose satisfecha y victoriosa se dio la vuelta y, sin despedirse, empezó a avanzar hacia su casa pensando en el chocolate caliente que le esperaba. Pero antes de que pudiera dar el cuarto paso, una rápida mano la tomó por su suéter, y dada la diferencia de fuerza, la obligó a darse la vuelta.

—Oye, duende, aún no hemos terminado —dijo el líder del trío, es decir, Alex.

—La película ha terminado. Él lo ha dicho antes —contestó ella inocente, señalando con el dedo al pelirrojo Sam.

—¿Tú mamá no te ha enseñado modales? No se señala con el dedo —esperó a que ella dejara de señalar—. Muy bien ¿Y no crees que sería muy maleducado por tu parte irte ahora?

Ibel se tomó un momento para encontrar una respuesta que le permitiera librarse de Alex y los demás.

—No debo saltarme el toque de queda, mi mamá me pidió que lo cumpliera.

Miró el reloj en su muñeca, marcaba las 6:37 de la tarde, el toque de queda era a las siete. Alex hizo una mueca de burla.

—El toque de queda es para las niñas pequeñas. ¿Eres tú acaso una niña pequeña?

—Sí —respondió con naturalidad.

La expresión que se dibujó en el rostro de Alex hizo reír a sus dos amigos, pero bastó una mirada fulminante por parte de este para que cesaran las risas. Soltó el suéter de Ibel y le sonrió con picardía.

—Cierto, lo eres. Y lo que nosotros queremos es que dejes de serlo para que puedas ser de nuestro grupo.

Ibel inclinó la cabeza a un lado sin entender, su inexperimentada mente no comprendía el motivo por el que ella fuese a querer formar parte de ese grupo, cuya existencia acababa de descubrir hacía solo un día. Abrió la boca para decir algo, pero de nuevo, la ágil mano de Alex fue más rápida, tapándosela mientras con la otra le rodeaba el hombro. Empezó a llevarla por la calle como si fuera un cuerpo sin alma, ella no se resistía, pero tampoco parecía ir complacida. A cada paso que daban se alejaban más del centro, de los ciudadanos y de la luz. Los dos fieles seguidores de Alex iban detrás de ellos, asegurándose de que nadie fuera tras su pista.

Con el paso lento y las precauciones de los muchachos, era evidente que habían pasado bastante de las siete. Los días eran más cortos y la penumbra de la noche comenzaba a hacerse presente. Los iris azules de la pequeña Ibel se encontraron con los frondosos arbustos, árboles y vegetación del bosque. Caminaron durante otro rato, hasta que la oscuridad se adueñó del lugar. Esa noche había luna llena, los rayos níveos acaparaban la tierra llena de hierbajos y ramitas. Se detuvieron al borde del río Kenduskeag. La maloliente mano que había bloqueado su boca durante casi tres cuartos de hora, la dejó libre por fin. Se limpió los labios con la manga sobrante de su suéter.

—Por fin estamos en el lugar al que realmente queríamos traerte —dijo Alex, contento.

—Sí, aunque al principio sólo queríamos asustarte con la película y si eso no funcionaba te íbamos a traer aquí —concluyó Sam, el más bajito.

El más callado de los tres no dijo nada. Sólo se le escapó una diminuta sonrisa de lado al tiempo que observaba con diversión la entrada del acueducto, por el cual pretendían que Ibel pasara. Estaba en la otra orilla del río, y aunque este no era muy profundo ni la corriente fuerte, para alguien del tamaño de la niña podía ser peligroso.

—¿Ves esa enorme tubería? —señaló Alex. Ibel afirmó con un sonido de garganta—. Pues entra ahí. —Le dio un empujón.

Ibel estaba a pocos centímetros del húmedo borde. Su expresión solemne no cambió en ningún momento.

—¿No queréis entrar conmigo? —preguntó metiendo un pie en el agua, para luego meter el otro y seguir avanzando. El agua había atravesado la tela de las bambas y entrado en contacto con los calcetines, cuya tela se les pegó a los pies. La humedad y enfriamiento brusco en sus extremidades le produjo una sensación de disgusto e irritación.

A sus espaldas oyó una risa ahogada. Alex habló.

—No, amiga, no. Sólo tienes que entrar tú. Así será mucho más divertido.

Ibel recordó una frase que la profesora Douglas repetía sin cesar: "cuantos más mejor"; se preguntó por qué no se aplicaba en esa situación. Sin embargo, dejó de darle vueltas a la cabeza en cuanto el agua le llegó al ombligo, su madre se enfadaría por haber ensuciado la lana, pero luego su expresión cambiaría a una preocupada, pensando que su preciada hija podría resfriarse. "Cuando entre en esa cañería volveré rápido a casa, para que el chocolate no esté tan frío" pensó esforzándose por mantener la cabeza en la superficie y no dejarse llevar por la suave corriente.

Llegó un momento en el que sus pies dejaron de tocar el fondo. Se vio obligada a nadar. Bueno, lo que ella hacía no se le podía llamar nadar. Agitaba los brazos y las piernas bajo el agua, sin chapotearla con tal de no ahogarse y mantenerse a flote. Tenía que alzar el mentón y vigilar de no hundir la nariz en la superficie de agua. Su cuerpo apenas tenía resistencia, no había cruzado ni la mitad y ya empezaba a sentir el agotamiento en todo su cuerpo. Pero, detenerse no era una opción, se hundiría y sólo los peces podían respirar debajo del agua. Estaba convencida de que Alex, Sam y el otro no irían a ayudarla en caso de que se hundiese.

Más fue su propia sorpresa y decepción del trío de chicos que finalmente llegó a la otra orilla. Se sacudió con fervor, deshaciéndose del exceso de agua. Se volteó para ver a los muchachos, seguían ahí cruzados de brazos, expectantes. Con algo de pesadez, puso un pie sobre el borde de la enorme tubería, pero esa piedra lisa era resbaladiza, más aún si era pisada por un calzado húmedo. Eso causó que su zapato izquierdo se deslizara hacia la derecha, y cayera por la pérdida de equilibrio. Aunque no se hizo mucho daño, supo que en unos minutos aparecería en su muslo una marca azul y morada. Torpemente sentada, a lo lejos, oyó las risas burlonas casi imperceptibles de los chicos, pero ella las ignoró como el polvo: su atención se centraba en la zona palpitante.

—Duele —dijo en voz baja y para sí misma.

Las voces de Alex y Sam la animaron a que se levantara y se introdujera por completo en el acueducto. Por primera vez en toda la tarde, el más callado del grupo intervino.

—En realidad, no creo que esto sea una buena idea.

—¡Es más que buena! ¡Esa mocosa tiene que aprender lo que es el miedo! —exclamó Sam, sonriente.

—No lo decía por ella, sino por nosotros. Y si pasa algo de verdad…

—¿Qué puede pasar? ¿De todos los habitantes de Derry tiene que pasarnos algo a nosotros? Venga ya —se burló Alex ahogando una risa soberbia.

La discusión subió de tono, arrebatándoles la atención que recaía sobre Ibel. Ella dejó de mirarse la pierna. Aún sentada, mantenía la vista fija en la nada; le había parecido escuchar algo: un murmullo producido por algo que no supo identificar. Se preguntó si serían ratas o algún insecto. La cañería era larga, como un pasillo en un castillo abandonado; aunque apestoso y sucio. Agudizó el oído, intentando identificar el lugar del que provenía el extraño sonido, pero es que parecía provenir de todas partes. Claro que, con el alto tono que empleaban los jóvenes, le era casi imposible distinguir nada de lo que una voz ominosa pronunció. Excepto un par de palabras, que sonaron en su tímpano como si la persona que las había pronunciado estuviera dentro de sus oídos.

En aquel entonces no podía saber el porqué, pero por su mente pasó el fugaz pensamiento que esa no sería la primera ni la última en escuchar a ese alguien hablándole. Algo despertó en ella, sintió que dos piezas se unían y encajaban entre ellas. Creyó que era el comienzo de algo importante. La tormenta que se aproximaba no era nada comparado con lo que vendría más adelante. El agua de lluvia mezclada con la sangre. Los caminos de las alcantarillas teñidas de mugre y restos de carne putrefacta.

Sin saberlo, Eso que acechaba desde las sombras acababa de despertar de un largo sueño, hambriento.

"El Otro no podría ser más amable, llevándome a estos tres chicos directamente a la boca. No… espera, hay una niñita también" Lo escuchó carcajearse "De las que me gustan. El buen amigo Pennywise que esperaba una noche aburrida ¡Gracias, gracias! ¡Cambiarán, flotarán!"

No sonaba como si quisiera ser escuchado. Sin embargo, en la mente de Ibel era como tener altavoces de concierto incrustados en su interior. Era hipnótico, tanto, que sintió un deseo de dejarse llevar y abandonar su mente en la inconsciencia, pero hizo un esfuerzo por mantenerse despierta y seguir oyendo.

—¿"Noche aburrida"? —Como pudo se puso en pie y divisó al grupo de chicos que seguía discutiendo— ¡Eh! —les llamó. Ellos cesaron en su disputa y la miraron, advirtiendo de su presencia— ¿Lo habéis oído? ¡Da las gracias, porqué pensó que esta iba a ser una noche aburrida! ¡Y nosotros se la hemos alegrado! ¡Él quiere que flotéis!

—¿Él? ¿Y quién demonios es "él"? —quiso saber Alex.

Ibel inclinó la cabeza a un lado, sin encontrarle el sentido a la pregunta.

—Pues él. Eso que tenéis detrás.


N. de la A.

Ibel debería plantearse en cambiar de grupo de amigos... Digo, eh, al menos yo lo haría :D

Soy consciente de que este capítulo es mucho más corto que el primero (tiene casi 5000 palabras menos), pero no quiero pecar de rellenadora y hacer de esta una lectura lenta y tediosa, añadiendo párrafos y diálogo innecesario :P Añado cosas que aporten, no que ocupen espacio porque parece que haya quedado muy corto. Comprensión, please :)

Cualquier error gramatical, duda o incoherencia hacédmela saber en un review o mensaje privado ^^

¡Hasta pronto!