N/A: Llevo no sé cuántos capítulos de fics de los que he publicado disculpándome por mi tardanza y la verdad es que aunque ahora me da mucha pereza creo que es mi deber hacerlo. Así que ahí va: siento mucho el retraso. Como veréis publicado en mi perfil en las próximas horas, he tenido muchas dificultades durante este tiempo. Pero fiel a mi palabra, aunque llegue muuuy tarde, sigo actualizando los fics que empecé.

Disclaimer: Aún sigo buscando ese disclaimer divertido y original que diga en una frase que no soy Jotaká.


En una pequeña aldea en los valles de Gales hace rato que ha amanecido y los habitantes se apresuran a salir de sus casas, van todos al mismo sitio. Algunas veces corren, otras van con más calma, en los últimos años su aldea se ha hecho famosa por una razón bastante curiosa, en una de las casas más cercanas al bosque hay una muchacha que ahora cuenta con 16 años que cocina a las mil maravillas. La chica empezó cocinando de forma esporádica para ganar algo de dinero para su familia, pero a lo largo de los años su popularidad ha ido expandiéndose hasta los pueblos cercanos y la gente llega de fuera para comer algo cocinado por la muchacha.

Muchos aldeanos intentan espiarla para saber cuál es el secreto de que sea lo que sea lo que cocine, le salga delicioso, pero siempre que intentan colarse en su casa vuelven por donde han venido sin haber conseguido averiguar nada. Hay habladurías sobre espíritus, pero muchos en el pueblo (sobre todo los hombres jóvenes) ven imposible que una chica tan guapa esté relacionada con tenas de fantasmas o brujas.

La muchacha en cuestión se llama Helga, es alta, rubia y de buena presencia. Siempre lleva sencillos vestido con bolsillos que acaban llenos de plantas que va recogiendo haya por donde pase. El pelo lo lleva recogido en elegantes moños, aunque a lo largo del día se le van deshaciendo por que no es capaz de parar en ningún momento de hacer cosas. O bien estudia, o bien va a buscar comida o ingredientes para cocinar al bosque o simplemente pasea. También es una muchacha madrugadora, aunque hay días, como hoy, en los que aunque se levante con el sol, no baja a atender a sus clientes.

Hoy se ha levantado pronto, se ha puesto un abrigo viejo por encima de los hombros, con cuidado de que no la vieran, ha encendido la punta de su varita y la ha colocado en un pequeño candelabro a modo de vela. Luego se ha sentado en su escritorio y se ha puesto a escribir una carta. Carta que lleva escribiendo tres días sin parar, ya lleva más de diez hojas escritas por las dos caras, pero tiene mucho que decir. Además, ese día ha decidido que terminará la carta de una vez por todas. Tres días son demasiados y tiene que probar la receta nueva que habló con su madre la semana pasada.

-¡Helga!-se escucha desde el piso de abajo.-¡La cola pronto doblará la esquina! ¡Ya terminarás la carta de Godric esta noche!

Pero Helga no hace caso, coge la varita, da una pequeña sacudida hacia la puerta y ésta hace un clac. Ahora nadie podrá entrar a molestarla, además ya está terminando. Hace doce años que Godric le dijo que se marchaba, le prometió escribirle todos los días y durante unos meses lo cumplió, no le escribía cartas todos los días, pero si con bastante regularidad. Tenía una letra horrorosa y la suya cuando aprendió a escribir no era mucho mejor, pero le gustaba recibirlas. Con el paso del tiempo las cartas llegaron con menos frecuencia, y desde hace cinco años no ha recibido noticias de su amigo. Nada. No obstante ella sigue escribiéndole cartas. Una vez al mes le cuenta cosas que han sucedido, recetas que ha inventado y que le han salido bien y le escribe cómo realizar el guiso de turno, pero no obtiene respuesta a ninguna de ellas.

Diez minutos después ha terminado. Mete las hojas en un sobre, lo cierra y sella con cera y abrió la ventana. En cuanto lo hace una lechuza parda entra en la habitación y ulula por toda la estancia hasta posarse en el hombro de la chica y levantar una pata. Helga le ata la carta, luego coge algo de comida que tiene guardada y se la ofrece a la lechuza, que la coge para luego salir por la ventana.

Helga se acerca para cerrar la ventana y baja la vista, su madre tiene razón. Hay mucha gente. La cierra y se viste con rapidez, coge la varita y baja, lista para ponerse a cocinar con tres ollas a la vez en la cocina, mientras su madre hace los hechizos pertinentes para que no la descubran.


En las cañadas de Escocia hay un castillo, famoso por su pésimo diseño de los cristales de las ventanas. Da igual que el mejor orfebre del mundo venga a inspeccionar, da igual que traigan el mejor cristal de Europa, o de algún recóndito lugar del mundo. Cada pocos días hay algún que otro cristal de alguna ventana que se rompe. Los dueños, resignados a vivir de esa manera, han solicitado los servicios del orfebre de un pueblo cercano, éste hombre trabaja única y exclusivamente para ellos ya que el hombre se está haciendo mayor, y no puede permitirse tener más clientes, ya no trabaja tan rápido como hace algunos años. No obstante no se queja ya que los cristales de las ventanas del castillo se siguen rompiendo.

Dentro de él, una muchacha de alta cuna, tez pálida, ojos y cabello negros como la noche y porte regio, camina por los pasillos. Tras ella tiene un séquito de damas con telas, joyas, zapatos, ungüentos y listas. Todo propuestas para su vestido para el día más importante, el día de su boda. Pero por mucho que las damas le sugieran cosas, la muchacha se niega en redondo a todas las opciones.

-¿De qué me sirve un brocado de animales exóticos si nunca he visto ninguno? ¿Tan difícil es recrear unas pocas flores? No, no quiero un collar con un rubí en el centro, la mirada irá a él, tiene que tener un brillo plateado. No, el brocado de plata no de oro. Me da igual lo que haya dicho mi madre, ya que va a llevar el vestido soy yo.

La joven ha cumplido los veinte años hace poco, lo que significa que por fin podrá casarse con su prometido, Lord Ravenclaw. Se conocen desde que eran pequeños, él es algo mayor, ya pasa de la treintena, pero cada año que pasa es más apuesto. Rowena no está enamorada de él, sabe que su matrimonio no se basa en el amor, pero quiere compartir una vida con él. Quiere tener su propia casa, ser su propia dueña, poder hacer cosas sin la supervisión de su madre. Claro que también deberá atender sus deberes como esposa, el asunto no le asusta demasiado, es más hasta tiene curiosidad por saber exactamente lo que es. Le dará a su esposo muchos hijos, como se espera de ella, y se encargará de educarlos en persona, no quiere tener unos hijos pusilánimes. Lleva comiendo bien y llevando una vida saludable para ese fin desde que puede recordar, y lord Ravenclaw también es fértil, él no lleva una vida tan sana como ella, pero tiene un hijo fruto de una breve relación con una doncella, símbolo inequívoco de fertilidad masculina. Rowena procura no pensar en eso, pero le gustaría poder vivir en un mundo en el que miraran con el mismo ojo crítico a hombres y mujeres.

En ese momento uno de los cristales que tiene a su derecha explota. Las damas gritan, pierden la compostura y salen corriendo. Rowena rueda los ojos exasperada, inhala y exhala, cierra los ojos y se pasa una mano por el puente de la nariz. Luego mete la mano en uno de los bolsillos de su vestido y saca una varita que ella misma se ha fabricado, aunque no quiere quitarle méritos al orfebre Ollivander's. La temporada que pasó en Londres hace unos años la pasó estudiando con Ollivander's senior y Ollivander's junior y la ayudaron en la fabricación, pero todo el trabajo que pudo hacer ella lo hizo sola, quería lograr algo por sí misma. Con cuidado de no ser vista agita la varita y todas las telas, joyas, zapatos y papeles acaban recogidos en una esquina. En algún momento llegará Elisabeth, la dama de compañía que tiene desde que era pequeña, la única que no se asusta cuando hace magia, y recogerá todo para devolverlo a su sitio. Pero encima del montón hay algo que le llama la atención, es un papel viejo y gastado con una receta bien sencilla. Se agacha y lo coge.

-¿Señora?

Elisabeth ve a Rowena ensimismada con un papel en la mano y la primera sonrisa sincera desde que empezó con los preparativos para su boda. No es que no hubiera previsto nada a lo largo de los años, pero desde hace unas semanas se lo está tomando en serio.

-Creo que ya tenemos el menú para el banquete-dice simplemente ella tendiéndole el papel.


En lo recóndito de un bosque en alguna parte de Inglaterra, donde hay un pantano con muchas plantas de todo tipo y para casi cualquier necesidad hay un joven de unos veinte años (veintiuno en realidad) sentado, rellenando con una pluma un libro en blanco. A su alrededor hay una serie de plantas que ya ha catalogado y dibujado, pero con la que está ahora mismo le está costando. Es fascinante, de las mejores plantas de la semana sin duda.

El joven es alto y delgado, tal vez un poco más delgado de lo normal, debido a que no se aleja mucho del pantano y las cosas que él puede comer se le están acabando, pero no quiere abandonar el pantano tan pronto, le ha costado mucho dar con él. Lleva el largo pelo rubio sujeto con un trozo de cuero, algunos mechones le caer por la cara pero no le molestan demasiado, además, le gusta sacudírselos con un movimiento de cabeza si le llegan a molestar.

A unos pocos pasos de él, bajo el agua, un grindylow se acerca con cuidado. No tiene ni idea de lo que el muchacho representa para él, no obstante está en invadiendo su territorio y no le gusta. Se acerca de forma sigilosa, el humano parece no haberse dado cuenta de que está ahí, se acerca listo para darle el golpe de gracia cuando un movimiento a su derecha capta su atención. A primera vista no parece más que una tronco flotando, pero dicho tronco parece no tener fin, de hunde y sale del agua de forma muy extraña. Otro movimiento de agua, esta vez a su izquierda capta su atención, cuando se gira los ojos de una enorme serpiente le devuelven la mirada. En un rápido movimiento la serpiente agarra al grindylow y lo aprieta, el grindylow se intenta soltar, salpicando agua por todas partes pero no puede hacer nada y a los pocos segundos cae muerto. La serpiente abre la boca, lista para su aperitivo del día cuando una voz la detiene:

-Si tanta hambre tienes, hay unas ratas muertas en la orilla-Salazar ni se molesta en apartar la vista del cuaderno.-A saber qué es eso que acabas de encontrar. Déjalo en la orilla para que lo pueda estudiar más tarde y cómete las ratas, acabarán atrayendo a otros animales tarde o temprando.

La serpiente se desenrosca del grindylow y se lo lleva a la boca, no obstante no se lo come, le lleva a la orilla y come las ratas como le han ordenado. Luego podrá volver a echarse una siesta mientras hace la digestión.


Un barco atraca en el mugriento puerto de Londres a primeras horas de la mañana, aunque ya hace tiempo que ha salido el sol es uno de los primeros barcos en llegar a puerto. Es grande y viene de muy lejos, con una carga muy especial. El capitán está orgulloso de las extrañas gentes que ha encontrado en esa tierra tan lejana que ha visitado y está deseando comerciar con ellas, por su extraño color de piel podrá cobrar diez veces más de lo que suele pedir.

Cuando el barco atraca, les pide a los marineros de menor rango que bajen a la bodega para sacar a los prisioneros, también le pide al grumete que despierte al último pasajero al que aceptó antes de partir. Un extraño muchacho salido de no se sabe muy bien donde que cuenta unas historias de lo más extrañas, pero que la tripulación ha disfrutado y han conseguido que el viaje sea un poco más ameno.

-¡Señor!-exclama uno de los marineros.-¡Los esclavos han desaparecido, señor!

El Capitán se gira furioso. ¡Ha puesto toda clase de vigilancia en las celdas de esos extraños hombres por algo! ¿Cómo es posible que se hayan escapado? ¿Y a dónde han ido si no han pisado tierra firme hasta ahora?

-¡Registrad el barco entero, vamos deprisa!-se vuelve hacia el grumete que ha vuelto solo.-¿Nuestro invitado no se levanta? ¡Tendrá que ayudar en la búsqueda también!

-No es eso señor-el muchacho aprieta su gorra con nerviosismo.-No le encuentro en su camastro señor, tampoco están sus cosas.

El Capitán no es tonto y saber sumar dos y dos. El hombrecillo hizo muchas preguntas sobre su adquisición cuando subió a bordo y ha sido extremadamente complaciente durante la travesía. ¡Le quiere quitar a sus trofeos y llevarse todo el dinero! De inmediato empieza a dar órdenes a diestro y siniestro, nadie pondrá un pie en tierra hasta que dé con ellos. No aguantarán escondidos mucho tiempo.

Nadie parece fijarse en tres siluetas encapuchadas que bajan del barco sin hacer ruido alguno. La primera lleva buenas ropas y camina con elegancia, acostumbrado a ellas. Las otras dos le siguen con pasos inseguros, y sin caminar del todo bien, no están acostumbrados a llevar tanta ropa, ni tan extraña. Además el frío de Londres les hace tiritar. Caminan en silencio callejeando durante un rato. Cuando ya no se oyen los gritos de los del barco la primer figura encapuchada se quita la capucha y se gira hacia los otros dos, les tiende una bolsa con dinero.

-Con esto podréis vivir bien durante algún tiempo. Aunque sabed que vuestro color de piel os delatará tarde o temprano, lo mejor que podéis hacer es ir a una gran casa y servir al señor. No creo que podáis volver a vuestra tierra, os harán esclavos antes de que lleguéis. Pero aquí, con suerte conseguiréis una vida algo más digna que la de un esclavo.

Las dos figuras asienten con la cabeza y agachan la cabeza en señal de respeto. Han oído leyendas de personas blancas con poderes mágicos que ayudan a los más desfavorecidos. Pero nunca pensaron que se cruzarían con alguno de ellos, cuando les capturaron pensaban que todo estaba perdido. Pero el muchacho, que no debería llegar a los veinte años (dieciocho en realidad) les dijo que les daría una última oportunidad y ha cumplido su palabra. Ahora ellos intentarán vivir esta nueva vida como puedan. Cuando levantan la cabeza el muchacho ya no está.

Godric camina por las calles, ahora muy desconocidas por él, silvando alegremente. No tiene dinero ni medios de transporte, no conoce a nadie en la ciudad y tampoco sabe a dónde ir. Pero por alguna razón es feliz, por primera vez en mucho tiempo se siente bien. Aunque las nubes grises anuncien la lluvia y sepa que va a ver el sol muchísimo menos que a lo largo de estos últimos años. En el día de hoy, se siente como en casa.


¿Y bien? ¿Os lo esperabais así? La verdad es que yo no y lo cierto es que este capítulo me salió un poco así a bote pronto a modo de transición. En el próximo (que no tardará tanto como este en llegar) empezará lo lo bueno ;)