Ranma llamó con firmeza a la puerta, sin poder evitar que su corazón diera un vuelco de pura y llana aprehensión. Disimuladamente miró hacia un lado y otro del pasillo, sobrecogido por la pulcritud del espacio. Detestaba ese lugar y, a lo largo de doce años, había conseguido evitar visitarlo en lo posible; sin embargo, lo extraordinario del momento era que ahora acudía allí por voluntad propia.
─Adelante ─la voz grave, de barítono, del cabo Mitsuyama, traspasó la añeja madera de la puerta y alcanzó sus oídos. Su mano, ligeramente temblorosa, se dirigió presta a aferrar el picaporte y, repentinamente, al contemplar la sencilla alianza de oro que brillaba en su dedo anular, la serenidad lo invadió de pies a cabeza.
Saboreando su providencial cambio de ánimo se permitió un instante para considerar el punto: era curioso, pero su condición de casado, padre y esposo, sorprendentemente conseguía devolverle el dominio de sí en los peores momentos. Siempre había sido de esa manera, y por ello es que cuidaba de no perder la alianza y de que ésta permaneciera siempre en su lugar; el tiempo de las burlas de sus compañeros había quedado atrás y, aún entonces, no le había importado.
Sin demorar más abrió la puerta e ingresó al consultorio. Desde su llegada al cuartel el cabo Mitsuyama haciendo gala de un peculiar humor oscuro y de una clarividencia práctica, había solicitado trabajar en el rincón más apartado del hospital: justo al lado del departamento forense. La elección había demostrado ser correcta porque garantizaba no sólo la limpieza, sino la privacidad, requisito indispensable para su trabajo. El lugar estaba demasiado silencioso porque esa ala tenía poco personal y escasos visitantes.
Una vez dentro de la amplia habitación, Ranma pudo escuchar el desacompasado tic tac de una tercia de relojes, que se habían convertido en una leyenda entre el personal debido a que ningún técnico del ejército había conseguido sincronizarlos. El segundero de cada reloj parecía perseguir al otro, y resultaban bastante ruidosos en el callado ambiente del consultorio; sin embargo, Mituyama conservaba esas maquinarias impertinentes como un tesoro, porque le servían para recordar de forma despiadadamente tangible a todos sus pacientes, que el tiempo para cada persona siempre es distinto.
Y Ranma, después de disfrutar por un minuto la expresión asombrada del cabo, no pudo menos que pensar que su tiempo había llegado: se encontraba ahí porque necesitaba desesperadamente vislumbrar una salida y sabía que no había nadie más capaz que Mitsuyama para ayudarle a encontrar el camino de vuelta hacia la cordura.
xxxxx
Vidas Cruzadas
xxxxxxxxxxxxxxxxxxx
La alianza de oro brilló en su dedo y, extrañamente, eso la trajo de vuelta a la realidad, haciéndole recordar la fecha en que se encontraban: ¿Cómo había podido olvidarlo? Su única excusa era que había estado demasiado agobiada por las últimas noticias como para dedicar un pensamiento al pasado. Sin embargo, el timbre sonó en ese momento y ella miró por la ventana, sólo para descubrir la camioneta de entregas de la florería aparcada frente a la puerta principal del dojo.
Pudo ver a Makoto encaminándose a atender al proveedor, así que se despreocupó del asunto por el momento; después de todo, no tenía que supervisar nada. El pedido siempre era el mismo: el enorme, exótico y costoso arreglo en tonalidades amarillas acompañado por una pequeña caja de cristal conteniendo una orquídea, también amarilla. Un muy alicaído Ranma había elegido ambos aquel primer aniversario, pagado su exhorbitante precio, e iniciado con ello una especie de ritual que invariablemente se repetía cada año.
Nunca pudo explicárselo a satisfacción; tal vez habían sido las hormonas, o tal vez su propia confusión emocional; pero en aquel momento un peculiar sentimiento de hastío y una inusual furia se apoderaron de ella y, sin pensárselo dos veces, se incorporó como un rayo, saliendo del pequeño cubículo, situado en un rincón del mismo dojo en un área elevada, y descendiendo la escaleras con presteza.
Una vez a nivel del suelo, cruzó el área de entrenamiento y llegó justo a tiempo para impedir que el hombre de la floristería colocara el arreglo en el lugar habitual: sobre el pequeño soporte de madera situado frente al shinai.
─Perdón ─dijo ahora, dirigiéndose al empleado, que la observaba con curiosidad─; pero olvidé notificarles que deseábamos que las llevaran directamente al cementerio, al mismo sitio en que entregan el otro arreglo cada mes ¿Podrían hacerme ese favor? El costo extra no importa, pueden añadirlo a la factura mensual.
─Está bien, señora Saotome ─después de dedicarle una reverencia de cortesía (algo difícil de hacer cuando se sostiene entre ambas manos un pesado arreglo floral), el hombre salió apresuradamente, de regreso a la calle.
─Señora... ─la voz vacilante de Makoto tan sólo le acarreó una severa mirada helada de parte de su patrona.
─¡Ni una palabra de esto al señor, Makoto! ─ordenó, sin vacilar, con actitud especialmente desafiante y, antes de que la empleada pudiera responderle, abandonó el dojo, caminando tan rápido como sus largas piernas lo permitían.
La señora Saotome, la única que se había ganado ese título a pulso, como acostumbraba recordarle Nodoka en momentos muy particulares de su historia compartida, avanzó dando grandes pasos, atravesó el patio que comunicaba el dojo con la casa e ingresó a la cocina; luego, tras dedicar una mirada apreciativa al pastel de carne que Makoto todavía no terminaba de preparar, se encaminó hacia las escaleras; todavía sin poderse creer lo que acababa de hacer.
Iba tan distraída que se perdió la llegada de Ranma, quien recién acababa de franquear la puerta principal y también se perdió la expresión interrogante de los ojos azul-grisáceos, que la contemplaron desde que comenzó a ascender la escalera hasta que alcanzó el piso superior y se perdió rumbo a las habitaciones.
─Te lo dije ─sentenció Eijiro, dirigiéndose a Ranma; su voz infantil teñida con un tono de satisfacción sospechosamente similar al de su madre cuando pronunciaba esa misma frase─. Ha estado muy extraña últimamente. Se altera por todo y se queda mirando al vacío. Tal vez ahora que has llegado se tranquilice. Ojalá no tuvieras que dirigir esos entrenamientos especiales ¿Sabes? Podrías ser un oficial normal y permanecer en casa: sólo tendrías que atormentar reclutas de ocho a seis.
Las palabras resonaron, fuertes y claras, en la mente de Ranma sin que pudiera evitarlo; como tampoco pudo contener el sentimiento de culpa que hizo brotar en su interior lo dicho por Eijiro. Con su inocente comentario, el niño había confirmado sus más profundos temores: esos que tenían que ver, precisamente, con el presentimiento de que lo ocurrido durante su última visita hubiera arruinado las cosas; quizás hasta el porvenir de los tres: Nabiki, Eijiro y él.
¿Cuándo se había complicado todo? No lo sabía. Ciertamente no podía culpar a Nabiki y tampoco a lo ocurrido. Se había esforzado; por supuesto que se había esforzado; sin embargo, el infierno vivido durante el último trimestre le había convencido de su fracaso. Muchas cosas todavía pesaban en su espíritu y su conciencia y no había manera de dejarlas atrás, por mucho que lo deseara; por mucho que Nabiki y Eijiro, e inclusive él mismo, lo merecieran.
Sabía que no había sido el mejor esposo y que tampoco era un padre notable; pero no tenía la menor idea de qué podía hacer para cambiar eso; después de todo, en su vida no había conocido ejemplos muy buenos de paternidad y convivencia matrimonial. En realidad, aún antes de que Hikaru, su terapeuta, lo dijera en voz alta durante la última charla que sostuvieran, justo el día previo a que se le otorgara la licencia para visitar su hogar, estaba consciente de que su ausencia de experiencia en el rubro no valía como excusa, como tampoco valían las peculiares circunstancias que lo habían decidido a formar una familia con Nabiki; sin embargo, no estaba listo para reconocer el sutil cambio que los años habían obrado en él y mucho menos para admitir lo inadmisible. Se sentía un idiota y ese sentimiento nunca le había gustado.
Por un breve segundo pensó en que no debía haber ido a Nerima; al menos no ese día. El tratarse de la fecha que se trataba convertía el día en el más pésimo del año, y no había forma de remediar eso; y tampoco ayudaban las malas nuevas comunicadas por Eijiro. Sin embargo, recordó a tiempo lo hablado con Hikaru y, sepultando con decision la maraña de sentimientos que había comenzado a agobiarlo desde que arribara a Nerima y descendiera del tren, miró furtivamente a su alianza de oro, permitiéndose un instante para recuperar el control de sí mismo, resolviendo disfrutar de su estancia y de la compañía del niño. No podía hacer nada más por el momento: sólo el tiempo diría si el destino iba a concederle un instante de gracia.
─Si me quedase en el cuartel atormentando reclutas ─dijo ahora, intentando imprimir buen humor al comentario─, como tú dices, todos sufrirían tanto que renunciarían antes de concluir la primera semana de entrenamiento y por seguro me quedaría sin empleo en un par de meses y entonces tendría que trabajar en un circo... o como tu maestro ─concluyó.
─Bueno, por lo menos estarías en casa ─aseguró Eijiro, sin amilanarse por la casual amenaza del eventual puesto de docente de su padre y mucho menos por lo del circo, pese a que los detestaba, gracias en parte a Genma (un abuelo panda, especialmente ese, no era de gran utilidad para generar una opinión positiva en ningún niño) y más por no encontrarlos interesantes que por otra cosa. Ranma todavía recordaba el autocrático gesto y el grosero bostezo con que el niño, cuando apenas contaba cuatro años de edad, había desdeñado un espectáculo cirsense de primera clase: definitivamente lo heredado nunca era hurtado.
─¡Ja! ¡Apuesto cien yenes a que no dirías lo mismo si tuvieras que aguantarme a diario! Soy un instructor muy rígido.
─No más que tía Kodachi ─replicó Eijiro, con firmeza y una franca actitud de superioridad─. Soy yo quien apuesta esos cien yenes a que tú no aguantarías una semana bajo su supervisión directa ¡Es una directora excelente!─ afirmó, al tiempo que subía tres escalones, se aferraba al barandal y, tomando impulso, se lanzaba en una patada voladora hacia el lado de la sala. Cuando el niño aterrizó sobre el tapete, a escasos centímetros de la mesita que contenía la estatuilla de finísima porcelana que él y Nabiki habían recibido de Muo Tsu como regalo de bodas, Ranma se relajó, sin hacer ningún esfuerzo por contradecir la afirmación de su hijo. Sabía bien que, para Eijiro, Kodachi representaba algo tan mítico como Miss Universo, Gokú en modalidad Supersayajin, Bill Gates y el astronauta más famoso de la NASA, encarnados en una persona.
─Veré eso después de la próxima navidad, te lo prometo ─dijo, sabiendo que lo decía en serio y no sólo para salir del paso. Uno de los puntos que más había salido a colación en sus sesiones de terapia era la necesidad de hacer un cambio y estabilizar su vida familiar.
─¡Excelente! ─exclamó Eijiro─. Tía Kodachi me ha dicho que, si te interesa, el puesto de entrenador multidisciplinario estará disponible el año entrante. Además ¡Sería genial que tuvieras tiempo para ir conmigo a esas competencias de padre e hijo que organiza la tía los veranos! ─soltó Eijiro, como de pasada, y una mueca de diversión comenzó a dibujarse en el usualmente serio rostro de Ranma al comprender las diablescas intenciones de su primogénito.
─¿Y desde cuándo cooperas con los tejemanejes de tu tía Kodachi, eh? ─preguntó, sonriendo con sinceridad. Kodachi alguna vez le había ofrecido trabajo en Furinkan, con tal de que estuviera cerca de Eijiro. Él había tenido entonces la intuición de que Kodachi sentía una impotencia parecida a la suya respecto a los ejemplos paternos y sabía que ella pensaba que el niño necesitaba un padre a tiempo completo, en lugar de uno que se pasaba el tiempo viajando de un extremo a otro del país; sin embargo, en la vertiginosa época en que ocurriera su matrimonio con Nabiki, no había dudado en aceptar esa promoción en el ejército, porque había garantizado, en primer lugar, la distancia de Nerima y, con ello, su tranquilidad y la seguridad de su esposa.
Repentinamente, le tocó el turno de admitir lo que Hikaru había notado desde la primera sesión en que hablara con él sobre su vida conyugal: parecía que, desde que todo comenzara, él había optado por anteponer los intereses de Nabiki a los suyos. Sin embargo ¿qué otra cosa hubiera debido hacer? Nabiki era, con mucho, la persona más fuerte, segura y serena que había conocido en su vida, y la tragedia la había dejado temblando, sumergida en la autocompasión y tan impotente como una hoja a merced de la tormenta y, en la etapa más difícil, sólo lo había tenido a él, por horrible que pareciera.
Sí. Había tomado años de esfuerzo y paciencia el que Nabiki volviera a ser la misma de antes. Sin embargo, el punto era que él continuaba viajando y hasta había aceptado un nuevo ascenso que complicaba todavía más su agenda de visitas a Nerima; a pesar de que el tiempo había transcurrido y las amenazas contra Nabiki y Eijiro se habían desvanecido.
Más de una vez Kodachi y Kasumi habían hecho frente común para comunicarle su sutil desaprobación, afirmando que no era correcto que su familia permaneciera en casa mientras él se ausentaba; su cuñada incluso había sugerido que, muy probablemente, el que Nabiki y Eijiro reanudaran la vida nómada de los primeros años acompañándolo en su calendario de asignaciones, era mejor que el distanciamiento en que ahora vivían; sin embargo, él no había querido ceder: prefería saberlos seguros y a salvo de la agresiva y privativa vida del ejército. La mirada de Ranma se oscureció al comprender que, lo más probable era que Hikaru hubiera acertado de nuevo al afirmar que esa distancia física y emocional representaba el único deseo egoísta que él se había permitido en todo ese tiempo; porque continuaba latente, en su corazón, el profundo miedo de que su mundo, ese mundo que ahora valoraba por sobre todas las cosas y que se había convertido en su motor, se desmoronara en cualquier momento; exactamente de la misma, desconcertante manera, en que Akane se había ido.
─... y así fue como acabé como guardián del orden y las buenas costumbres ─concluyó Eijiro con un suspiro de impotencia. La tía fue inflexible con eso; ya sabes cómo se pone cuando me ve practicando saltos desde el techo de...
─¡¿Estuviste practicando saltos otra vez?! ─Ranma volvió a la realidad a tiempo para escuchar la última sentencia y su enfado no fue fingido. La seguridad de Eijiro era cuestión seria para él y no ayudaba que el niño tuviera una concepción muy extraña sobre los riesgos y los límites: para Eijiro el peligro no existía.
─Le advertí que la información no te gustaría en lo más mínimo ─declaró Nabiki; y fue el sonido risueño de su voz, entremezclado con el ruido amortiguado de sus pasos comenzando a descender por la escalera, el que provocó que el corazón de Ranma se detuviera por un segundo para luego retomar un ritmo caótico.
¿Qué demonios le pasaba? Ranma luchó contra el impulso de levantar la mirada y, en cambio, se concentró en observar por el rabillo del ojo, el inexplicable temblor de su mano que, a la altura de su hombro, continuaba aferrando la mochila reglamentaria. Lo dicho: se sentía un idiota y no sabía cómo manejarlo. Y no ayudaba mucho el que su esposa estuviera a unos cuantos metros de distancia de él y continuara acercándose.
─¡Oh! ¡Creo que ha llegado tía Kasumi! ─exclamó Eijiro antes de salir corriendo a toda prisa rumbo a la entrada de la propiedad, para consternación de Ranma. Gracias a Genma, el muy pillo había dominado desde muy temprana edad la mayoría de las técnicas secretas Saotome y sabía aprovechar muy bien cualquier oportunidad para escapar.
Nabiki llegó al último escalón, deteniéndose ahí, y Ranma deseó en ese momento haber tenido la misma rapidez de reflejos que Eijiro para salir corriendo en tanto tuvo la oportunidad. En cambio, permaneció inmóvil, sin saber hacia dónde dirigirse y sin atreverse todavía a levantar la cabeza; el sombrío uniforme del ejército japonés añadiendo oscuridad a su ya de por sí insondable expresión. No estaba preparado para ese encuentro. No cuando había desordenado tanto las cosas que no sabía por dónde comenzar a pedir perdón.
─¡Pensé que no llegarías! ─afirmó Nabiki, en su habitual tono entusiasta. El simple hecho de que ella le dirigiera la palabra y su actitud despreocupada lo forzaron a levantar la mirada, sorprendido en demasía. Durante el largo viaje no había deseado torturarse imaginando lo que ocurriría a su llegada; sin embargo, normalidad era lo último que hubiera esperado.
No después de...
─Bienvenido a casa ─dijo Nabiki, en tono grave pero sincero, y eso le hizo volver a la realidad y concentrarse en la mujer que llevaba orgullosamente su nombre y que, en medio de la desesperación, en un alarde de audacia muy típico en ella, le había confiado su vida entera.
Nabiki Tendo...
No.
Nabiki Saotome.
Saotome: ella llevaba su apellido; no sólo porque las circunstancias así lo habían exigido, sino porque ambos lo habían elegido de esa manera para evitar que el pasado continuara haciéndoles daño. Y ahora, casi diez años después, aquí estaba él, incapaz de formular una frase coherente que resumiera lo que estaba sintiendo en ese momento ¿Sorpresa? ¿Alegría? ¿Pánico? ¿Una mezcla de todo? Quizás, el término más adecuado para utilizar era "alivio".
Nabiki no lo odiaba.
De pronto, esa comprensión cabal golpeó en su mente aletargada y le hizo reaccionar. Ella continuaba ahí, frente a él, muy próxima, observándolo con curiosidad, sin duda a la espera de que el dijera o hiciera algo; sin embargo, no sabía qué hacer, no cuando con una simple palabra ella le había devuelto la vida al cuerpo y había llenado de esperanza su corazón.
─Nabiki... ─pronunció ahora, su voz sonando temblorosa a sus propios oídos.
─Así me llamaba la última vez ─dijo ella, con voz ligeramente trémula aunque sin perder la sonrisa. Su mirada cálida lo recorrió de los pies a la cabeza, en esa silenciosa inspección de rutina que lo hizo más consciente de lo mucho que necesitaba cambiar su ritmo de vida; no sólo por su familia, sino también por él mismo y su propio bienestar.
La última vez...
La elección de palabras no había sido afortunada; sin embargo, él optó por ignorar el punto y, en cambio, hizo descender la pesada mochila depositándola sobre el pulido suelo de madera. De ordinario, en una fecha como esa habría subido a toda prisa hasta su habitación para arrojar su equipaje sobre la cama y después dirigirse al dojo; sin embargo, hoy no parecía importante apresurarse. De pronto, tenía la desconcertante sensación de que deseaba que ese momento fuese eterno.
Al pensar en ello notó que ni él, ni Nabiki, se habían movido de sus lugares y que ambos continuaban observando al otro, como si no se llenasen de hacerlo y, al mismo tiempo, como si no supieran qué hacer a continuación.
"Será como verse por primera vez..."
Mitsuyama había tenido razón, y había sido él quien le aconsejara no dejarse dominar por el pánico y, en vez de eso, optar por obedecer sus impulsos naturales largamente reprimidos.
"Puede suceder lo peor; pero, aún así, habrá abierto un canal de comunicación que les permitirá a ambos hablar de lo ocurrido y eso es mejor que continuar en la incertidumbre ¿no le parece?"
Pues bien, la suerte estaba echada.
Ranma irguió los hombros y, sin permitirse un sólo segundo de duda, dio un paso para cerrar la distancia que lo separaba de Nabiki. Sus fuertes brazos se cerraron en torno al delgado cuerpo de su esposa, atrayéndola hacia él. Le bastó tocarla y sentir su leve estremecimiento para descubrir lo que nunca había conseguido ver: por primera vez notó la angustia, hábilmente oculta bajo la actitud despreocupada y casual que ella siempre asumía en cada uno de sus encuentros: el miedo estaba ahí; tal y como se encontraba también en su propio interior.
Algo ocurrió en él entonces, algo a lo que nunca intentó poner nombre, pero que se convirtió en el detonante que necesitaba para actuar. No podía permitirlo. Una vez más ese impulso de evitar a Nabiki cualquier sufrimiento ganó la partida y le hizo dejar caer las barreras de golpe y despojarse de esa máscara cuidadosamente vestida a lo largo de casi una década; tal vez más tiempo, si había de creer a las observaciones objetivas de Hikaru.
─No... no tienes idea... de cuánto te eché de menos...─dijo en voz baja, titubeante, sabiendo que ella lo escuchaba perfectamente.
No tuvo qué decir nada más; simplemente dejarse llevar por el deseo genuino de alejar esa soledad que parecía ser su sombra y dejarse tocar por la esperanza, que había llamado a su puerta hacía tres meses. Permaneció ahí, abrazándola, sin importarle la demora, el hambre que había comenzado a torturar su estómago y los cuatro pares de ojos curiosos (y complacidos) que los contemplaban desde la puerta de entrada.
Nabiki le permitió hacer, y su silenciosa concesión le dijo todo cuanto necesitaba saber, dejándolo con la invaluable certeza de que en verdad había llegado a casa, de que en verdad era bienvenido y de que los dos estaban juntos en esto; de la misma forma en que lo habían estado siempre: desde que las tragedias comenzaran.
Eso era todo cuanto importaba, por ahora.
NOTAS:
Shnai: Altar familiar
¡Hola!
¡Ejem! Espero que todavía haya alguien por aquí... jeje.
¡Feliz año 2013! =P
Perdoooooooooooón por la demora, pero no hay remedio conmigo y mi inexistente organización. Al fin conseguí terminar este capítulo. Como dije antes: la historia es corta y simple; sin embargo, me está dando un poquitín de lata y sigue complicándoseme trabajar en Ranma porque, aparte de que ya no tengo la información tan fresca, también tengo muchas deudas con Candy Candy. En fin, espero que no haya salido tan mal. ¡Gracias por leer!
