Las apariencias engañan y con estas gemelas, D podría necesitar sacarse los ojos para poder ver la verdad.

Nota de Autor: Primero que nada, gracias por el review y acepto que lo de la yegua fue un poco brusco. Mi cutre explicación es que fue una traducción de un cuento que originalmente escribí en inglés y que el asunto funciona mejor en el original porque Mer fonéticamente es muy parecido a Mare (yegua) y eso, añadido a que la chica nació en el año del caballo y es un purasangre desbocado, da más pistas. Segundo, sí, este es otro cuento de Pet Shop of Horrors tan apegado al canon como me es posible (así soy de obsesiva -sonrisa-). Nuevamente el rating T está ahí por una razón, en este caso es para hacerle honor al título e incluir algo de horror.

Pet Shop of Horrors

Deceptive (Engañoso)

"Si tiene escamas, es un pez." Proverbio Malayo

"Alrededor del arbusto de moras,
El mono persiguió a la comadreja.
El mono se detuvo a rascarse la nariz,
¡Bu! dijo la comadreja." Rima infantil.

Idénticas como dos gotas de agua, esa frase es un cliché en toda la regla, pero la razón de que algunas frases se vuelvan clichés es que frecuentemente son verdad. Y en el caso de las hermanas Rüzgârin, esa frase era rigurosamente cierta.

Uno no podía pensar en Tab –Tabitha- sin pensar también en Hab –Habibi- o viceversa. Era como si un alma hubiera decidido nacer repartida en dos cuerpos. Esto pudiera parecer un desperdicio de carne y hueso, pero las almas funcionan de maneras misteriosas y la eficiencia no entra en la ecuación.

Físicamente no había manera de distinguirlas, ni siquiera sus padres eran capaces de hacerlo. Aunque, para ser justos, su madre apenas tuvo tiempo de conocerlas. Un autobús la atropelló antes de que las chicas hubieran cumplido un año ¿quién sabe? Quizá haya sido un accidente. Respecto a su padre, el señor tenía la costumbre de pasar fuera de casa todo el tiempo que le era posible. En un arranque de rebeldía se había casado apresuradamente con su noviecita de juventud para molestar a su madre, y le había salido el tiro por la culata. La noviecita había pasado de ser un amoroso ratoncito a mostrar las garras y volverse una celosa obsesiva. La señora quería controlar hasta el más mínimo movimiento de un hombre que ya estaba más que harto de tener una mujer dominante en su vida. El tipo era demasiado testarudo como para admitir que su madre había tenido razón cuando le dijo que aquella no era una mujer adecuada para él. Así que, en lugar de divorciarse, para cuando las chicas nacieron llevaba siete años atrapado en un matrimonio infeliz.

Tener un hijo había sido el último intento desesperado de su esposa para tratar de retenerlo. La señora movió cielo y tierra para lograr quedar embarazada. Fue a las consultas de especialistas, tomo remedios comprados en las trastiendas más sórdidas del Chinatown, todo por lograrlo. Y el señor la dejó hacer porque albergaba secretamente la esperanza de que al menos en eso su esposa tuviera razón y un niño lograra unirlos. Pero esa estrategia también estaba condenada al fracaso, cuando en lugar del heredero prometido su mujer tuvo a dos niñas idénticamente fantasmagóricas, el hombre no tuvo ningún incentivo para modificar sus hábitos. Así que el señor sólo vio a las niñas un par de veces antes de que su avión se desplomara. Eso quizá también haya sido un accidente.

Las gemelas ni siquiera se percataron de que se habían quedado huérfanas, puede argüirse que eran muy jóvenes, pero la realidad es que no les importó mucho perder a unos padres que poco las habían querido desde antes de nacer. La tarea de educarlas recayó en su abuela paterna. Ni siquiera cuando era joven había tenido Madame Rüzgârin muchos instintos maternales, y la edad no había mejorado su carácter para nada. Con su único hijo había sido una mujer distante y fría, así que fue algo bueno que las chicas no sintieran ninguna necesidad de calor materno.

Desde el principio lo único que Tab y Hab habían necesitado era estar juntas. Su madre las había escupido al mundo entre maldiciones en una maraña tal que en un principio los que atendían el parto pensaron que eran siamesas. Las noticias vuelan, y más cuando son falsas. La mala nueva se le escapo de los labios, antes de desmayarse, a uno de los residentes que revoloteaban alrededor de la eminencia en traer niños al mundo que el prestigio de los Rüzgârin había considerado como el único digno entre el staff del hospital de atender el parto. La vaca sagrada estaba tranquilizando a los angustiados padres cuando la verdadera mala noticia salió de labios del pediatra, que no era una eminencia pero era más que competente en su trabajo. Mientras los demás cuidaban las susceptibilidades del hijo y la nuera de una de las fundadoras del hospital, el pediatra se había acercado a revisar que las niñas estuvieran bien y había descubierto que las gemelas habían nacido sin globos oculares. El pobre pediatra casi pierde su empleo cuando se le ocurrió aclarar que en todos los demás sentidos las niñas parecían estar perfectamente bien.

La madre de las gemelas apenas se estaba haciendo a la idea de haber traído al mundo a dos nenitas deficientes, cuando las nenitas se sumaron al resto del mundo en demostrarle que no la necesitaban. Si eres de los que crees que no es posible sentirse rechazado por dos trocitos de carne que apenas tienen un día de nacidos, te equivocas. El mensaje fue inconfundible, fuerte y claro las gemelas dijeron que ni la querían ni la necesitaban cuando se negaron a mamar de su pecho… Ese fue el último empujón, así que cuando el autobús arrastró a la señora un par de cuadras, lo único que se llevó fue una cáscara que llevaba vacía poco menos de un año. Nadie le creyó al chofer cuando dijo que no había visto a la mujer que cruzaba la calle a plena luz del día empujando un cochecito de bebe –que milagrosamente resultó intacto- pero cualquiera que conociera a la madre de las gemelas les podría haber dicho que a partir de que sus hijas nacieron la mujer había sido prácticamente invisible.

Sin embargo, no hay que juzgar duramente a las hermanas Rüzgârin, haber destruido las esperanzas de su padre y rechazado a su madre no fue un acto de crueldad voluntaria. Fue sólo un triste efecto secundario de su razón de ser. Desde un principio las gemelas tuvieron una autosuficiencia pavorosa, sostenida por el hecho de que juntas eran algo completo y perfecto. Si habían decidido no tener ojos no fue para vejar a su padre, sino porque su mundo interior les ofrecía una visión más rica y compleja de lo que nada en el mundo exterior podía ofrecerles. Y si habían rechazado beber del pecho de su madre había sido porque la señora insistía en alimentarlas por separado, y eso era algo que las niñas no podían tolerar. Tan no era algo personal en contra de sus padres, que las chicas se estuvieron muriendo de hambre hasta que una enfermera se las ingenió para encontrar un método de darles la botella cargándolas juntas. Y así aprendieron a aceptar un poco del mundo en el que tenían que vivir; bebiendo mientras Tab sostenía el pie izquierdo de Hab y Hab sostenía la mano derecha de Tab.

No cabe duda de que la enfermera era más observadora y más apañada que todos los doctores que habían ido a tratar de desentrañar el misterio. La otra contribución que tuvo a mejorar la calidad de vida de las niñas fue sugerir que las pusieran en la misma cuna. A partir de ese momento la salud de las chicas mejoró a pasos agigantados. Durmiendo pacíficamente, juntas, en un bultito en el que era imposible distinguir que extremidad le pertenecía a cada quién, eran casi hermosas. Y en realidad las gemelas no sintieron la necesidad de reconocer que eran entidades separadas hasta el día que murió su madre y pasaron a estar bajo el cuidado de su abuela.

Quizá por su falta de experiencia con la cercanía a otro ser humano, Madame Rüzgârin sentía que no era sano que las niñas pasaran tanto tiempo juntas. Así que cargó a Hab y se la llevó a la cuna que había sido de su padre en el otro extremo del cuarto de los niños. Para expresar su inconformidad con el hecho, las gemelas berrearon en estereo sin parar las siguientes ocho horas.

Rezza Rüzgârin era una sobreviviente, dura como un hueso había visto ir y venir un par de guerras y un par de esposos a los que nunca amó; y no iba a dejar que, a estas alturas del partido, un par de ratitas ciegas le dijeran que podía o no podía hacer en la casa que se había convertido en su feudo. Hubiera dejado que las niñas se murieran de la llantina de no ser porque mientras las amenazaba con lanzarlas por la ventana si seguían llorando, tropezó. La mujer voló por dos tramos de escalera y se rompió la cadera.

Los mismos doctores que habían tratado de dilucidar que era lo que se traían entre manos las siniestras gemelitas, tuvieron que tragar grueso y darle a la imponente señora la noticia de que ni con todas las cirugías del mundo iba a poder volver a caminar. Incluso en esa situación la señora era un hueso duro de roer. Por teléfono instruyó a su ama de llaves a dejar a las niñas en cunas separadas. Lo mula era hereditario. Pero al regresar del hospital, después de tres días de llanto y mala suerte, la mujer estaba lista para reconsiderar su decisión. El cocinero había perdido tres dientes después de escupir en los biberones que cada día las gemelas regresaban llenos. El chofer casi se ahoga con todo y Mercedes cuando, en un extraño accidente, se salió del camino y cayó en la piscina después de haberle dicho a la mucama –con la que engañaba a su esposa- que habría que ahogar en una cubeta a ese par de mocosas chillonas. Pero lo que había logrado persuadir a la abuela de las chicas de dejarlas volver a estar juntas fue que cuando regresó del hospital, una de las chicas de la servidumbre llevaba casi un día desaparecida.

La tal mucama no sólo era una adultera irredenta, sino que también tenía malas tripas. Había dejado a dos niñas pequeñas a la intemperie en sus dos cochecitos de bebe, en un día de marzo realmente frío para irse a fornicar con el chofer. Si el mayordomo no hubiera pasado tan oportunamente por ahí, las niñas se hubieran muerto. Tan pronto el ama de llaves le comunicó a Rezza que una de las chicas de servicio andaba perdida, desde su cama Madame Rüzgârin organizó la partida de búsqueda. La mujer no quería tener que llamar a la policía. Pero la abuela de las gemelas ya se había rendido, desde antes de que encontraran a la chica, medio muerta, encerrada en el frigorífico industrial –que Madame había comprado cuando todavía tenía que hacer de anfitriona a los zánganos parientes de su segundo marido y que tenía una puerta que no se abría por dentro. Por supuesto que su rendición no era algo que estuviera dispuesta a admitir, ni siquiera ante sí misma, así que, dado que no podía salirse con la suya, a Rezza se le ocurrió una solución de compromiso que hacía a todo mundo infeliz. Así es el bello arte de la negociación.

Madame Rüzgârin sabía, con ese instinto que había heredado de la abuela gitana que nunca mencionaba, que las gemelas eran las culpables de que fuera a pasar el resto de sus días tumbada en una cama; y la única justicia en la que creía era el ojo por ojo y diente por diente. Dado que las gemelas parecían preferir estar solas, las pequeñas ratas podían pasarse el resto de sus días haciéndole compañía a Rezza. Claro que eso implicaba que la señora tendría que soportarlas, pero mientras las niñas fueran infelices, Madame Rüzgârin podía soportar cualquier cosa.

Y fue a la mitad de esa Guerra Fría que llego la primera niñera. Ésta en particular era un soldado viejo en esto de cuidar niños y le bastó echarle un vistazo a las gemelas para decidir que el mejor curso de acción era una retirada estratégica. No había ni acabado de desempacar sus maletas cuando decidió largarse de esa casa de locos. Y así fue como empezó la danza de las niñeras.


Como todos los niños, las gemelas crecieron rápidamente esos primero años, dejando atrás zapatos, ropa e inútiles cuidadoras. Pero cuando llegaron a la edad de ocho años, pararon de golpe. Era inquietante verlas. Como es lógico cuando uno se da cuenta de que lo que cree que son dos niñas es en realidad un adulto de 1.34 metros de altura con el espíritu repartido entre dos rostros que aún sin ojos te perforan el alma. Sin embargo, si uno lograba sobrepasar el horror de la primera visión, encontraba una extraña simetría en el par, incluso algo que un esteta temerario pudiera llamar belleza. Y, si uno era realmente observador, se daba cuenta de la bendición que era tener dos rostros iguales que mirar. Tan intragable como resultaba el dúo, hubieran sido horríficas si se hubieran fundido en una sola.

Las gemelas eran extrañamente complementarias. Hab había comenzado a hablar con oraciones completas y una pronunciación impecable cuando tenía dos años. Escuchar su voz aflautada explicando conceptos complejos que sobrepasaban con mucho lo que era esperable por su edad era como escuchar garras afiladas repasando un pizarrón. Tab, por el contrario, era casi muda, sólo comentaba o aclaraba lo que decía su hermana con monosílabos, sin embargo, tarareaba en un tono perfecto melodías conocidas y algunas que ella misma inventaba. Tab devoraba un libro tras otro recorriendo páginas con sus pequeños dedos hasta que estos adquirieron la forma de espátulas. Hab nunca aprendió a leer, pero modelaba en barro con escalofriante precisión el mundo que nadie entendía como podía percibir tan bien siendo ciega. Las chicas llenaban sus huecos como un rompecabezas. Lo único que hacían ambas era tocar el piano. Habían aprendido gracias a un manual que Tab leyó. Pero incluso eso lo hacían a su manera muy particular, Tab era la mano derecha y Hab la izquierda, las manos restantes permanecían entrelazadas en medio de sus cuerpecitos mientras tocaban.

La idea de enseñarles a leer Braille había sido de una emprendedora nana que se había quedado por un mes entero cuando las chicas tenían tres años y medio. Después de hablar un rato con Habibi, la nana había creído que eran mayores y que no iban a la escuela por descuido. Había tratado de enseñarles a ambas; Hab había declinado cortésmente la oferta diciendo que sólo su hermana necesitaba aprender y que ya le contaría lo que leyera. Cuando la nana trató de poner en práctica la máxima de que con sangre la letra entra, un candelabro le había caído en la cabeza.

Es lógico que, incluso con la resistencia de Rezza, esas dos fueran difíciles de tragar, así que no es raro que Madame empezara a empinar el codo antes de que las gemelas cumplieran cuatro años. Por aquel entonces Madame Rüzgârin todavía estaba intentando convencerse, y convencer a los pocos contactos sociales que todavía le interesaba conservar, de que los pequeños horrores que tenía en su casa eran perfectamente normales. Así que todos los años en el cumpleaños de las gemelas llenaba la mansión Rüzgârin con compañeritos de juego por un día, y, como relleno, llevaba algunos de los hijos de empleados de la fábrica de su primer marido.

Durante el cuarto cumpleaños de las gemelas, Rezza casi había logrado pasar el día sin romper la burbuja de ilusión de normalidad cuando la cosa explotó. Un pequeño bruto había comenzado a molestar a Tab. Hab había tratado de razonar con el mocoso, pero eso requiere que las dos partes sean capaces de razonar. Y esa era, evidentemente, una capacidad de la que carecía el pequeño bruto. Para cuando cayó la tarde, al abusón también le faltaba un ojo; se lo había sacado jugando con la rama que había usado para golpear a las niñas. Por supuesto que ninguno de los adultos culpaba a las hermanas Rüzgârin, después de todo, eran gente de razón y sabían que todo había sido un accidente. Pero, a partir de ese día, no hubo poder humano capaz de persuadir a otro niño de jugar con ellas. Aunque a las gemelas no pareció importarles, su abuela había acertado a la diana al pensar que preferían estar solas.

Es por ello que forzarlas a vivir en el cuarto de Rezza había sido una intuición genial. Las chicas resentían la situación. Claro que la poca satisfacción que Madame Rüzgârin podía derivar del hecho estaba empañada por la repulsión que le inspiraban las niñas. Además Madame empañaba el resto de su mente bebiendo el mejor Coñac de la bodega de su segundo marido como si fuera agua.

Al principio la mujer temió por su hígado. Pero, en una de esas ironías de la vida, lo que cedió a la presión fue su riñón. Ahogarse en su propia porquería no es una linda manera de irse de este mundo, ni contribuye al buen humor de nadie; así que, conforme progresaba su enfermedad, a Rezza Rüzgârin se le fue acumulando la amargura.

Una noche, mientras cenaba, Madame Rüzgârin paró de comer y alzó el cuchillo de carne de la bandeja. Le parecía haber visto una mancha y, aunque ya no podía comer carne, insistía en tener un servicio de cubiertos completo e impecable durante las comidas. Estaba examinando el filo del cuchillo a la luz de la lámpara, con sus manos hinchadas como salchichas, cuando su propio olor le revolvió el estómago. Mientras luchaba por sofocar la nausea, una idea se le vino a la cabeza. Se quedó mirando el afilado cuchillo con una cruel sonrisa. Tab y Hab dejaron caer sus cucharas al unísono, su abuela no lo notó, estaba demasiado ensimismada para hacerlo, pero en ese instante las chicas decidieron que era momento de dejar esa casa.

No necesitaban luz para ver por donde iban, así que esperaron a que Rezza comenzara a roncar, noqueada por el alcohol. No necesitaban empacar, tampoco necesitaban dejar una nota; sabían que no iban a extrañar nada de esa casa y que nadie iba a extrañarlas. Y así se marcharon, con lo puesto y sin mirar atrás aunque no tenían adonde ir. De eso se encargo el destino cuando un camión estuvo a punto de arrollarlas.

El camión patinó y chocó contra una gasolinera. Los tanques repletos explotaron junto con media cuadra. Siendo justos, era una cuadra pequeña y estaba repleta de bodegas, así que los mayores daños fueron los materiales. La cuestión de donde iban a quedarse las gemelas se resolvió antes de que llegaran las patrullas y el camión de bomberos. Y se resolvió gracias al primer oficial en la escena, que corrió a intentar rescatar al chofer del camión. Era un detective de homicidios que tenía instintos sintonizados para detectar cosas bizarras, y que andaba por ahí cazando a un criminal que en días pasados había asaltado un banco y matado a uno de los cajeros. El tipo era Leon Orcot.


"¿Por qué a mí?" protestó Leo. No hay buena acción que quede sin ser castigada, había arriesgado la vida para intentar salvar a un hombre que sabe dios si iba a sobrevivir y aún así el destino lo castigaba teniendo que cuidar a las dos crías que con toda probabilidad habían provocado el accidente. Frunciendo el ceño dijo: "Mi puesto es detective de homicidios, no niñera. Además ya tengo un hermano menor que cuidar."

El jefe lo interrumpió: "A estas horas no podemos contactar a trabajo social y las niñas no pueden quedarse en el precinto." El jefe pensó que incluso si pudieran no le hubiera gustado tenerlas ahí hasta el día siguiente, había algo en ellas que le ponía los pelos de punta y había sido policía en Chinatown por más de treinta años.

"¿Por que no Jill? Digo, ella es algo así como una chica," volvió a protestar Leo.

Jill lo empujó contra la pared enterrándole un índice acusador en el pecho: "¿Cómo que algo así, Orcot? Soy una chica. Además ¿qué tiene que ver que lo sea?" dijo advirtiéndole con los ojos que mejor se pensara la respuesta antes de responder.

Leo se zafó y puso algo de distancia entre su enojada compañera y él, pero, como siempre, no pescó la indirecta: "Pues… ya sabes… es como si estuvieran programadas para criar niños. Claro que a ti, con lo brusca que eres, te serviría practicar ¿no?"

Y Jill decidió practicar, kick boxing usando a Leo de saco. Estaba apunto de alcanzarlo cuando el jefe los interrumpió a gritos y le ordenó a Leo que se marchara con las niñas.


Así que cuando Leo se fue a recoger a Chris a la tienda de D, no iba solo, las gemelas estaban sentaditas en el asiento trasero de su auto. El viaje hasta Chinatown le hubiera resultado más soportable si una de las niñas no hubiera ido musitando una frase que sonaba muy parecida a: botellita de jerez, todo lo que digas será al revés. La otra le marcaba el ritmo tarareando la melodía de ¡Bu! dijo la comadreja. Aunque eso no era posible, Leo sentían que las niñas lo miraban con sus cuencas vacías.

Leo estaba agradecido de poder bajar del coche y por primera vez sonreía aliviado al tocar la puerta del Conde D.

D no sonreía cuando le abrió la puerta: "¿Adónde ha estado? Es muy tarde y tuve que mandar a Chris a la cama. Le recuerdo que esto no es una guardería. Además su hermanito estaba muy preocupado, detective Orcot. No podía dormirse, he tenido que darle un té. Cuando uno se hace cargo de un niño no puede ser tan irresponsable…"

Cuando D se ponía así, Leo se sentía muy desconcertado. De por sí su ambigua relación con el raro dueño de una tienda de animales que probablemente era la tapadera de varios negocios ilegales, no era algo que lo hiciera sentir cómodo. Así que parpadeando, Leo musitó una respuesta: "Yo…hay dos chicas…"

El Conde D lo interrumpió con el disgusto pintado en el rostro que normalmente tenía una sonrisa de Mona Lisa: "Detective, no necesito escuchar las historias de sus… correrías por los tejados."

Leo negó enérgicamente: "No. No es lo que crees. Las tengo en el coche..."

D respingó ofendido y, con una fuerza increíble, sacó a Leo fuera de su tienda: "Pues no debe dejarlas esperando, detective," esa última palabra la dijo como un insulto.

La voz de piccolo de Hab preguntó a espaldas de Leo: "¿Es aquí donde vamos a quedarnos?"

Leo la miró extrañado y preguntó: "¿Cómo se salieron? Dejé el seguro de niños puesto." Tan pronto lo dijo a su auto se le cayó la defensa. Pasándose la mano por la cabeza exclamó: "¿Pero qué diablos…?"

D no lo estaba mirando a él, miraba a Hab y a Tab con sus ojos de color desigual. Sonriendo la enigmática sonrisa que reservaba para sus huéspedes especiales, reconvino a Leo: "¡Detective! No maldiga delante de una dama." Después se dirigió con deferencia a Hab y Tab y dijo mientras empujaba a Leo fuera del camino: "Por favor, pase por aquí."

Hab y Tab hicieron una graciosa reverencia en perfecta sincronía y Hab dijo: "Gracias. Es usted muy gentil por recibirnos en su…"

"Tienda de animales," dijo D ayudándola a completar la frase que había dejado sin terminar.

"Ah, por supuesto, una tienda de animales," dijo Hab con una sonrisa volteando a ver a su hermana. Y las dos se rieron con una risa de campanillas que hizo que Leo tuviera ganas de salir corriendo.

Leo se aclaró la garganta, era ridículo sentirse así por un par de niñitas. Fue entonces que D se volvió a verlo como si recién se percatara de su presencia. Suspirando con resignación, D dijo: "Ya casi amanece, así que supongo que puede quedarse en el sofá, detective."

Entraron a la tienda y D y las gemelas se fueron caminando por el pasillo sin mirar atrás.

Leo gritó: "¡Hey, Conde! ¿Me va a dejar dormir así nomás, sin una sábana ni nada? ¿No qué la educación es lo primero?" Por supuesto, si D lo estaba escuchando, lo ignoró olímpicamente.

Leo miró su reloj, eran pasadas las tres de la madrugada, todavía podía echarse un sueñecito antes de volver al trabajo. Para colmo, tuvo que dormir en el suelo porque ese horrible perro deforme que D llamaba T-chan se rehusó a bajarse del sofá.

Lo despertó el sonido del desayuno. Chris estaba sentado en la mesita de centro riéndose con ganas con el dúo aterrador y un pequeño ejército de cachorros. Estaba apunto de decirle algo al Conde respecto a lo poco sanitario que es dejar estar animales en la mesa mientras se come, cuando el reloj cu-cu sonó las ocho en punto. Se le hacía tarde, así que agarró un muffin, le revolvió el cabello a Chris, saludó a D con una rápida inclinación de cabeza y salió disparado por la puerta. Estaba ya fuera del Chinatown cuando se le ocurrió preguntarse: ¿Cómo diablos podía un chico mudo hacerse entender por dos chicas ciegas?


Pon-chan solía ser muy protectora con Chris, algunos dirían que era casi celosa, pero esta vez, decidió mantenerse alejada de ese par.

"La Pon-chan no es tan tonta como se ve," se burló T-chan.

Chris se volteó a ver a las gemelas y dijo: "No se apuren, pueden parecer extraños pero son realmente muy buenas personas."

Hab y Tab miraron alrededor de la mesa, después miraron fijamente a Chris y Hab preguntó: "¿Personas?"

"Sí, es como una gran familia," dijo Chris con una sonrisa animosa mientras acercaba la mano al platón de las galletas. Justo en ese momento Tab había intentado tomar una y sus dedos se rozaron. Chris se ruborizó e intentó apartar la mano. Tab no lo dejó, examinó su palma con la ceja alzada sin decir nada. El corazón del niño latía tan fuerte que era posible escucharlo.

Tab lo soltó y ella y Hab se miraron riendo. Tab le susurró algo a su hermana al oído acerca de almas nuevas en la rueda del Karma y Hab volvió a ver a Chris y preguntó: "¿Qué edad dices que tienes?"

Chris se puso de color púrpura y musitó: "Seis."

El silencio comenzaba a ponerse incomodo cuando Pon-chan intervino: "¿Por qué no jugamos a las escondidillas?" Para sus adentros la tejoncita pensó: 'Y a lo mejor esas dos se pierden'.

T-chan, que, como cualquier Totetsu que se respete, no podía ser engañado por las apariencias, murmuró con sorna: "Nop, yo tenía razón, es tonta del bote."

Hab y Tab se levantaron sonriendo y cogidas de la mano: "Como nosotras somos nuevas por aquí, lo justo es que dejen que Chris juegue en nuestro equipo."

Pon-chan no pudo pensar en una buena razón para decir que no.

Hab, Tab y Chris corrieron como el viento por los interminables pasillos de la tienda del Conde D, formando una fila india con el niño entre las dos gemelas. Chris apenas podía seguirles el paso y se preguntó cómo es que Hab podía correr así sin ver. La pregunta se le borró de la mente cuando se dio cuenta de que iban derecho a una pared a una velocidad escalofriante. Sabía que no iban a poder detenerse así que saltó enfrente de Habibi, para intentar protegerla y cerró los ojos preparándose para el golpe. Las dos niñas lo sujetaron por la camiseta y lo hicieron saltar. En lugar del golpe que esperaba sintió una corriente de aire, con cautela Chris abrió los ojos. Estaban en un lugar oscuro y cálido que olía a encerrado. Las paredes eran suaves y el niño tuvo la sensación de estar adentro de un bolsillo que colgaba suspendido del vacío. Chris preguntó: "¿Dónde estamos?"

"Adentro," fue la contundente respuesta de Hab y antes de que pudiera preguntar otra cosa Tab le puso el dedo en los labios y comenzó a tararear una canción que Chris creyó haber escuchado antes aunque no recordaba su nombre. Se comenzó a sentir adormilado y finalmente se quedó inconciente arrullado por la voz de la niña.

Cuando despertó estaba recostado contra la pared en el pasillo. Hab le dijo que era hora de volver. Caminaron hasta llegar a la base que habían designado al principio del juego y vieron que no había señal ni de Pon-chan ni de T-chan. Ni la tejón ni el Totetsu aparecieron hasta la hora del té. El vestido de Pon-chan estaba cubierto de lodo y su pelo de rizos rubios parecía un nido de pájaros.

Con los ojos muy abiertos Chris preguntó: "¿Pero qué les pasó?"

T-chan rió entre dientes pero no dijo nada. Pon-chan miró a las gemelas con el ceño fruncido y gruñó una respuesta cortante: "Nos perdimos." Después Pon-chan se lavó muy bien antes de remojar sus biscochos en su plato de leche y tuvo mucho cuidado de mantenerse alejada de las dos nuevas huéspedes del Conde D.


En la mansión Rüzgârin la ausencia de las gemelas había sido recibida con un cierto grado de alivio, hasta que alguien se sintió en la obligación de decir que probablemente deberían llamar a la policía, después de todo las chicas eran las herederas de Madame y eran menores de edad. Nadie se atrevió a llamar a las autoridades sin informarle a Madame, así que se determinó que sería necesario despertarla.

Rezza nunca había sido una alondra y sus resacas eran legendarias, así que los sirvientes habían decidido sortear la horrenda tarea de mensajero entre los de menor rango. El chivo expiatorio que resultó el elegido se aproximó con cautela a la recamara de Madame, pero de nada le valió. Después de que terminó de descargar su ira sobre el interfecto, Rezza le informó que no habría necesidad de involucrar a la policía y generarse mala publicidad. Había que pensar en el buen nombre de la familia así que Madame Rüzgârin iba a recurrir a los servicios de un viejo amigo.

El viejo "amigo" era de hecho un ex-amante de Rezza. Se habían conocido cuando su primer matrimonió tomó un giro del peor cariz. En aquel entonces Madame Rüzgârin era una ambiciosa que se había casado por interés sólo para descubrir que a su marido le gustaba usarla de saco de boxeo. El viejo amigo había sido el encargado de hacerse cargo de que el primer marido de Rezza pagara cara su afición sin que ésta perdiera el poder y el prestigio que le daba ser su esposa. En un principio el tipo no pareció estar interesado en aceptar la oferta que Madame le había hecho de un, digamos bono de productividad, anexo a su paga. Pero resulta que la única objeción que tenía el fulano era el orgullo del sicario profesional. Y, una vez viuda Madame, la relación se había hecho más íntima. Descubrieron que los dos eran almas gemelas, digo si a lo que ese par de predadores tenían se le puede llamar almas. La relación continuó durante un tiempo, incluso después de que Rezza conoció al que iba a ser su segundo marido. Pero cuando Madame se embarazó del heredero que necesitaba para afianzar su posición como ama y señora de esa casa, el amigo se había ido a buscar pastos más verdes.

El hombre que respondió el teléfono había envejecido y decidido, muy sabiamente, retirarse. Pero le dijo a Rezza que su hijo, el orgullo y la dicha de su vejez, había seguido los pasos de su padre y estaría encantado de aceptar el contrato; con un precio preferencial, en honor de los viejos tiempos. Estaban a un continente de distancia, así que le tomaría por lo menos un día llegar. Además necesitaría otro día para descansar y hacer averiguaciones, porque esos trabajos requieren tiempo y paciencia. Madame Rüzgârin le respondió que no había problema, la mujer sabía que no se puede apresurar a la muerte, la Parca llega siempre justo a la hora.


Leo golpeaba los dedos contra el escritorio mientras sostenía el auricular del teléfono con el hombro: "¿Así que no hay un reporte de personas perdidas que concuerde con la descripción de las niñas?" La persona en el otro lado de la línea ratificó la información que ya le había dado y el detective Orcot colgó con un suspiro exasperado.

O nadie había notado la ausencia de las niñas o las habían abandonado a propósito. Y, viéndolas, no era difícil adivinar cual de las dos posibilidades era la más probable. Después de convivir un rato con ellas, Leo tampoco se sentía capaz de juzgar muy duramente a la familia, esas gemelitas eran un imán para la mala suerte. Hasta el gobierno estaba de acuerdo. Incluso la trabajadora social que había ido a entrevistar a D respecto al lugar en que se encontraban las niñas, había ignorado todos los procedimientos y salió por piernas, pretextando un compromiso anterior en cuanto pudo. Las niñas le daban grima y decidió que, ya que los dos monstruitos parecían haberse adaptado perfectamente al circo de los horrores del chino travestido, podían muy bien quedarse ahí. Por supuesto que de dientes para afuera había hablado de no provocarles un desajuste mayor, pero eso no engañó a los hados y la buena mujer estrelló el coche contra un poste a dos cuadras de la tienda del Conde D.

Chris era el único que parecía estar disfrutando de la compañía de Tab y Hab. Y Leo comenzaba a preguntarse si D era una buena influencia y si su hermanito de veras necesitaría ir a una escuela especial donde pudiera ser atendido por un equipo de profesionales de la salud mental. Lo más extraño es que las gemelas parecían también disfrutar de la compañía del pequeño. Eso era todo un elogio. Respecto al resto de la "familia;" la mayoría de los inquilinos de D habían decidido mantener su distancia. Pon-chan estaba de un humor de perros y T-chan se estaba dando la divertida de la vida viéndola refunfuñar.


En la tienda del Conde D, Habibi le estaba poniéndole una paliza a Chris sobre el tablero de ajedrez. El niño tenía problemas para entender las reglas y Hab no era una maestra paciente.

Mordiéndose el labio inferior Chris preguntó: "¿Estás segura de que eso se vale, Tab?"

A las gemelas les encantaba que el niño pudiera distinguirlas, pero Tabitha tenía un sentido de equidad muy desarrollado así que asintió con una sonrisa apenada mientras su hermana exclamaba triunfante: "Jaque mate."

Chris miró el tablero con una expresión decepcionada en el rostro. No entendía como es que había perdido en tan sólo dos movimientos. Tab jaló la manga de su hermana mirándola con ojos tristes y Hab suspiró: "¿Qué te parece si mejor jugamos a las damas chinas?"

Los ojos de Chris se iluminaron mientras asentía y los tres niños jugaron por turnos hasta la hora del almuerzo. Las gemelas incluso lo dejaron ganar un par de juegos sólo para poder volver a verlo sonreír.

Después del almuerzo el Conde D los mandó a comprar Campánulas chinas secas, té blanco de la variedad Silver Needles (agujas de plata) y té Lung Chi. Por una vez Chris no tuvo que preocuparse de olvidar el encargo, las gemelas tenían una memoria prodigiosa. Mientras caminaban hacía la tienda Hab le explicaba a Chris que existen distintas variedades de té, clasificadas de acuerdo al procedimiento al que se somete a la hoja. Por eso, aunque es la misma planta, puede ser: verde, negro, rojo y blanco. Había comenzado a explicarle como se cura la hoja y porque hay tés de mejor calidad que otros e incluso catadores especializados en reconocerlos, cuando Tab se detuvo en seco. Hab miró a su hermana, olfateó el aire y siseó: "Un sangre mezclada." Tabitha asintió preocupada.

"¿Qué pasa?" preguntó Chris volviendo los ojos interrogativamente de una a otra gemela.

Un coche se detuvo a pocos metros de ellos y un hombre vestido con ropa negra y lentes oscuros salió de él. Las gemelas sabían que no era mucho lo que podían hacer con el niño ahí. Su poder no era un bisturí, era un mazo; y el chico podía resultar lastimado aunque no quisieran. Chris no entendía lo que estaba pasando pero una mirada al tipo basto para hacerle saber que era peligroso. Así que cuando Hab ordenó: "¡Corre!" no se lo pensó dos veces y corrió.

Corrieron hasta llegar a un callejón sin salida. Los pasos del sicario resonarón detrás de ellos. Las gemelas decidieron que no había tiempo para gentilezas y Tab empujó a Chris, golpeando su cabeza contra un bote de basura, mientras Hab lo empujaba a través del metal y lo ocultaba entre los desperdicios. Después las gemelas se tomaron de la mano y se sumergieron en la pared.

El asesino gruñó entre dientes: "¿A dónde se habrán ido esas mocosas?"

Una risa de campanilla resonó en las paredes del callejón: "Así que la bruja ha mandado un cazador a buscarnos. ¿Cuáles son tus órdenes, cazador, debes regresar trayéndole nuestros corazones en una bandeja? Me figuro que no tiene ningún sentido implorarte piedad. Los sangre mezclada no conocen la compasión."

La voz venía de la izquierda, pero la canción venía de la derecha. El sicario se quedó parado mirando de derecha a izquierda con la pistola apuntando al aire. Una tapa salió volando de encima de uno de los botes de basura y el sicario disparó. Cuando estuvo distraído las chicas emergieron de un salto desde la pared y juntaron sus manos a través de la garganta del hombre. El sicario ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Cuando el hombre estuvo en el suelo las chicas sacaron las garras y esbozaron una sonrisa ladeada.

El sicario no gritó, el primer ataque de las gemelas le había destruido la garganta. Sin embargo, Rezza juró que pudo escuchar el momento exacto en que moría. Por un instante se preocupó de lo que su viejo "amigo" pudiera hacerle cuando se enterara de que su amado hijo estaba muerto; después se rió, no creía vivir hasta que su ex-amante pudiera venir a vengarse. Una música comenzó a sonar en el cuarto y Rezza estuvo segura de que podía escuchar a las gemelas cantando: "Espejito, espejito en la pared, dime: ¿quién es la más hermosa? Y siguió escuchándolas mientras exhalaba su último aliento.

D y Leo encontraron a Chris bajo una capa de cáscaras de plátano, huevo y basura diversa. Estaba benditamente inconciente a escasos metros de lo que alguna vez habían sido restos humanos y que ahora no reconocería ni su madre.

Mientras el laboratorio criminalista no dijera lo contrario, Leo decidió mentirle a su hermano. Le dijo que las gemelas se habían ido a casa y que estaban bien. ¿Quién sabe? Con D involucrado en el asunto bien podía ser cierto. Pero pudo ver que su hermano no acababa de creerle, sobre todo porque esa noche se lo llevó al cine y al llegar al departamento lo dejo cenar pizza y helado. Cuando Chris pensó que Leo ya se había dormido lloró hasta quedarse dormido, pegado a la almohada para no hacer ruido. Leo tampoco le creyó a su hermano y esa noche se la pasó en vela, escuchándolo llorar con los puños apretados hasta que los nudillos se le pusieron blancos.


A la noche siguiente de la desaparición de las gemelas, D despertó cuando alguien tocó a su puerta. Las dejó entrar con una sonrisa: "Así que has decidido regresar."

Hab se rió amarga: "Su zoológico es tan bueno como cualquier otro. No tenemos otro lugar adonde ir."

"Oh, pero Señorita Rüzgârin, se equivoca usted."

"Así que ya lo sabe ¿no?" apuntó Hab arqueando la ceja.

D asintió ladeando la cabeza: "Las noches son largas y a veces leo los obituarios."

"¿Desea que nos marchemos?" dijo Hab levantándose del asiento, pero Tab permaneció sentada.

D asintió complacido: "Su hermana sabe, Habibi, que esto no es un zoológico. Nunca lo ha sido. Mi intención es que fuese un refugio y, con un poco de suerte y buena voluntad, puede convertirse en un hogar."

Si Hab hubiera tenido lágrimas, habría llorado. Las gemelas siguieron al Conde D a través de pasillos laberínticos hasta que llegaron a una puerta de bronce. Entraron a través de ella a un paisaje desértico de oro y blanco. Pequeños montículos de arena comenzaron a alzarse revelando pares, tríos e incluso quintetos de hocicos peludos de color dorado-rojizo. Sus voces se alzaron en medio del viento casi huracanado que revolvía la arena y las chicas supieron que finalmente estaban en casa, con su gente.


Leo miró por encima del hombro hacía el jardín donde Chris estaba jugando con Pon-chan y T-chan. Quien sabe que le había dicho D para tranquilizarlo pero había funcionado. No quería que su hermano volviera a sentirse angustiado así que bajó la voz y le susurró a D: "No hay ni rastro de ellas. Los… restos, eran de un asesino que andaba buscando la Interpol. El jefe sospecha que una vez muerta la abuela los sirvientes decidieron ocultar el hecho y deshacerse de las niñas para poder quedarse con la herencia. En estos asuntos con tanto dinero en juego, siempre hay que sospechar de los que van a beneficiarse. Sin embargo, no hay manera de probarlo. ¿Quién diablos le pone un contrato a las cabezas de un par de niñas de ocho años?"

D se encogió de hombros y le sirvió otra taza de té: "Hay gente muy malvada suelta en este mundo, Detective."

Leo apartó la vista, eso era algo que ya sabía, parte de los gajes del oficio de ser policía. Descubrió un hocico peludo removiendo entre las begonias y le dijo al Conde para cambiar de tema: "Tienes una plaga de topos, D."

D sonrió: "Esos son unos marsupiales muy raros, Detective." Decidió que era mejor no decirle que estaban en peligro de extinción, el pobre del detective Orcot carecía de imaginación y andaba buscando siempre un pretexto para cerrar su tienda.

Leo se encogió de hombros: "Pues a mí me parecen topos."

Y, como si hubiera querido probar que se equivocaba, una de las bestias salió a plena luz del día y cogió una lagartija de la pared. Comenzó a masticarla con dientes afilados mientras el pobre bicho todavía le pataleaba en la boca.

AN: La idea de este cuento me vino después de leer a Mishima. En "Confesiones de una máscara" relata como fue crecer viviendo en el mismo cuarto que su gruñona y amargada abuela moribunda. No sé porque pero se me hizo realmente escalofriante.
El apellido de las gemelas es de origen Turco y significa viento huracanado. Tabitha es arameo y quiere decir gacela, Habibi es árabe y es: amada.
El Silver Needles es un té blanco que se produce en las montañas de la provincia de Fujian en China. Es un artículo de lujo ya que se hace con los brotes más delicados que salen al principio de la primavera y se necesitan miles de ellos, recogidos a mano, para obtener una pequeña cantidad de té. Los brotes luego se dejan secar al aire libre, sobre paños de seda, a fin de que se evapore el agua y se mantengan, en cambio, todas sus propiedades. Durante un tiempo fue de uso exclusivo del emperador y sus allegados. El té Lung Chi es también llamado la reina de los tés verdes y se obtiene de una variedad de la planta de té llamada: Pozo del Dragón. Se produce artesanalmente con un proceso de 10 pasos en la provincia de Zhejiang y alguna vez fue considerado un regalo digno de la familia imperial gracias a su aroma floral y su exquisito sabor. Ambos son muy recomendables para tomarse con dulces y postres. No sé porque, pero se me hace que ese es el tipo de té que le gusta al Conde D.

Si se preguntan que tipo de marsupiales son las más recientes inquilinas del Pet Shop of Horrors, las chicas son topos marsupiales. Estos habitantes del desierto Australiano pueden excavar tanto en la arena como en las rocas –de ahí la idea de que las gemelas atraviesen paredes y sean ciegas. No hay mucha información de ellos por su naturaleza reservada y por eso en el fic son muy misteriosas. Y también hay que decir que son prácticamente indistinguibles de los topos placentarios, pero no hay que dejarse engañar por las apariencias, no están emparentados. No son ni del mismo orden taxonómico, pero se les cita frecuentemente como ejemplos de evolución convergente. También resulta que son una de las tantas especies en peligro de extinción en el mundo.
Creo que de ahí viene lo de la mala suerte, sólo que en lugar de tenerla la provocan a su alrededor. Si les interesa, búsquenlos en la página del UNEP- WCMC, vale la pena por lo menos estar enterado.

¿Maldiciones o comentarios? Realmente creo que la crítica ayuda a mejorar y no creo ser un caso perdido, así que los reviews se agradecen.
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