¡Y continúa!

Capitulo 2: Sorpresa

–Kouga –respondió sin muchos ánimos ella.

–¿Un mal día?

–Sí.

–Mírate, estas empapada, ¿quieres que te lleve a tu casa? –, ofreció amablemente el apuesto hombre.

Kagome pareció meditarlo unos segundos, pero entonces recordó que no tenía llaves, y solo pudo negar levemente con la cabeza.

–No, gracias, me gusta caminar –dijo –bajo la lluvia –agregó finalmente.

–No creo que sea muy sano. Déjame que te acompañe –y entonces desplegó su paraguas cubriéndola del agua que se precipitaba sobre su magullado cuerpo, y silenciosamente ella agradeció a Kouga por ser tan precavido.

Kouga era un viejo pretendiente de Kagome, él había hecho su gran, gran intento –Kagome tenía que darle crédito– por conquistarla antes de que conociera a Inuyasha en la universidad. Pero ella solo seguía viendo a Kouga como un buen amigo, jamás sintió por él lo que llegó a sentía por Inuyasha. Ahora de vez en cuando lo veía pero a veces le incomodaba que él siguiera siendo tan galante cuando ella estaba casada. Kouga no era un hombre en absoluto feo, era alto, bien parecido, con unos preciosos ojos azules y un cabello largo y castaño digno de un comercial de shampoo y Kagome estaba segura que cierta amiga pelirroja podría hacerlo lo feliz suficiente que él merecía.

–Kagome, ¿estás segura que no quieres que te lleve a casa?, está oscureciendo – cuestionó amablemente tomando su mano y sacándola de sus cavilaciones.

–No Kouga, de verdad –se limitó a agradecer, en realidad no tenía ganas de rememorar su día con él.

–De acuerdo, al menos ha dejado de llover –sonrió tiernamente –no me agrada dejarte Kag, pero tengo un compromiso – ¿estarás bien?

Kagome se encogió de hombros restándole importancia.

–Seguro, no te preocupes.

–Muy bien –dijo besando su mano y paso a retirarse en sentido contrario al que habían caminado.

–Si claro – se auto-reprendió –, estaré bien cuando pueda estar en una cama y descansar mi cabeza sobre una almohada.

Su destino: la casa de Sango. No tenía otro lugar al que ir en Tokio, y después de una horas ella estaba parada afuera del apartamento de su amiga tocando la puerta.

–¡Kagome! –dijo Sango al abrir la puerta y encontrarse a Kagome hecha un desastre –¡¿Pero que te pasó?!

–Sango…

Bien, ella había pensado en explicarle a su amiga su decadente mal día pero las lágrimas se le adelantaron y entonces ambas mujeres se abrazaron, Sango brindándole consuelo y ella desahogando su pena. Vaya fiasco, pensó la pelinegra con un terrible desazón en la boca.

–¿Y que haces aquí?, es decir, hoy es tu aniversario con Inuyasha, y tu y él deberían…

–Ni lo digas, el infeliz se largó a Corea en un viaje de negocios sin importarle nada… Ay Sango, ni si quiera pude darle la sorpresa… yo…

Y de nuevo un mausoleo de lágrimas y lamentos comenzó y justo en el momento en que Miroku apareció en escena.

–¡¿Pero qué haces aquí, Kagome?! –preguntó visiblemente asombrado y desconcertado el hombre.

–Pasa –respondió Sango dedicándole su más aterradora mirada como advertencia –que tu amigo plantó a Kagome en su aniversario, y que Kagome, como mi amiga, puede venir a esta casa cuando le plazca.

–Si claro, no me malinterpretes, Sango, amor, pero se suponía que ella debía estar con Inuyasha hoy, por, er… –Miroku guardó silencio un instante, como reflexionando su respuesta – Inuyasha me llamó apenas, está preocupado, intentó llamarte al celular pero tampoco no contestabas. Deberías volver a casa, realmente sonaba desesperado.

–Él no está en casa Miroku, se fue a Seúl, ¿ni siquiera a ti te lo dijo? –informó Kagome con un tono bastante triste en su voz.

El hombre se rascó la nuca confundido y murmurando algo inteligible se volvió a su habitación. Mujeres, pensó él.

–Perdona que te haya molestado, Sango, es que no tenía otro lugar a donde ir.

–No le hagas caso a Miroku, a veces es tan idiota como Inuyasha –vociferó deliberadamente en voz alta, asegurándose de que su esposo la escuchara –te voy a preparar un poco de té, así que recuéstate un rato en el sillón, ¿de acuerdo? –le instó la castaña casi en tono maternal.

Kagome asintió sin más respuesta, y antes de que pudiera probar ese té, ella ya se había quedado dormida.

El timbre sonó diez minutos después e inmediatamente apareció un Inuyasha hechando maldiciones en un torbellino a la casa de sus amigos.

–¿Dónde está Kagome? –exigió con voz grave y visiblemente enojado.

Si no fueran Sango y Miroku sus amigos de muchos años, ellos ciertamente le hubieran temido. Pero no era el caso, y ellos se habían acostumbrado por demás a humor gruñón y huraño de Inuyasha.

–Tranquilo, perro –le tranquilizó Sango, sabiendo que él se ofendía con ese apelativo –deja de gritar, ella duerme sobre el sofá, y más vale que no la incomodes con tú mal humor, ella no tuvo lo que se dice precisamente como un buen día, ¿entiendes? –aclaró ante la fulminante mirada de Inuyasha –¡Y todo es por tu culpa! –explotó –¿No deberías estar ahora en Seúl? Claro, el señor no puede dejar de lado los negocios por un insignificante día, ¿no?

–¿De qué demonios hablas, Sango? –Inuyasha no estaba de humor para los ataques de histeria de nadie, eso se notaba a leguas –la única persona a la que dije que iba a Seúl fue a Kagome, quería darle una sorpresa, ¡pero entonces cuando llegué a casa ella no estaba y cuando intenté llamarla ella no me contestó!

Sango lo vio con una mirada escrutadora evaluando la situación y pasó sus ojos a Miroku quien estaba a unos metros recargado en el marco de la puerta.

–Es verdad Sanguito –confirmó él –, el buen Inuyasha tenía todo un interesante plan el cual yo le ayudé a estructurar. Una salida a un restaurante, una velada en una hermosa, exclusiva, y muuuy cara habitación de un hotel en el centro de la ciudad y mañana, se supone, partían en un vuelo a la isla de Taketomi en Okinawa a la playa de Kondoi.

Sango quedó perplejo parpadeando un par de veces.

–Pero la idea de decir que se iba en un viaje de negocios para sorprenderla no fue mía –se apresuró a aclarar.

Inuyasha gruñó bastante molesto y se dirigió donde reposaba su esposa y entonces el corazón se le calló a los pies. Tenía un aspecto terrible. En sus mejillas el rastro de las lágrimas, su cabello despeinado y su ropa desaliñada y húmeda aún. Se acercó a ella y tocó su frente con delicadeza comprobando sus temores: tenía fiebre.

–Maldición –masculló.

–¿Qué sucede? –Sango entraba a la sala desde el recibidor solo para encontrarse a Kagome en brazos de Inuyasha.

–Temperatura alta –se limitó a responder mientras daba grandes zancadas hacía la salida –La llevo a casa, gracias por cuidar de ella.

Y sin más palabras Inuyasha salió de la estancia y pronto de la casa con su pequeña y enferma esposa en brazos.

–¡Siempre me exaspera! –comentó Sango a Miroku aún con la vista en la puerta.

–Sabes que Inuyasha es así, al menos dijo gracias –se encogió sin más él –. Además, si Kagome no se hubiera precipitado a…

–Miroku…

–¿Si, Sanguito?

–Callate.

–Sí.

Bueno, ¿y quién podía decirle que no a Sango?

Inuyasha abrió –con mucha dificultad, a decir verdad – la puerta del copiloto de su BMW y colocó con delicadeza a Kagome en el asiento y antes de retirarse rozó apenas la delicada y febril mejilla con su pulgar.

–Pequeña estúpida –musitó con afecto y una mirada cargada de una mezcla de frustración y culpabilidad en sus orbes ambarinas.

Tan rápido como Inuyasha solía conducir, solo fue cuestión de minutos que estuvieran en casa. El volvió a tomarla en sus brazos, recargando con suavidad la cabeza de Kagome en su pecho mientras trasladaba el débil cuerpo hasta su cama.

–Tonta –seguía reprimiéndole con un tono muy suave en su voz. Cuando por fin llegó a la habitación la depositó con tanto cuidado en la cama como si ella pudiese romperse y a continuación le quitó la ropa y le puso una ligera bata de dormir. –Idiota –volvió a decirle tan bajo que apenas él se escuchó.

Besó su frente caliente, besó también su nariz y no olvidó tampoco de besar sus labios. Besos rápidos, totalmente inocentes, tiernos. Cubrió el delicado rostro de Kagome con sus labios y sus besos. No podía culparla completamente de todo, no cuando ella había sufrido tanto pensando en que él se había ido. No cuando la había hecho llorar. Y aún así seguía siendo una tonta, su tonta. La incorporó con cuidado y abrazó a la mujer inconsciente en su cama. Kagome se removió en el abrazo, murmurando algo inteligible.

–¿Qué dices? –le preguntó él muy cerca de su oído sin aflojarla ni un ápice.

–No me dejes –balbuceó dentro de su fiebre –quédate, quédate conmigo.

–Tonta, siempre estaré contigo –le aseguró mientras hundía su rostro en la mata de azabaches cabellos y aspiraba el particular aroma de azaleas de su mujer.

No podría de ser de otra forma, pensó convencido.


Aaaaaa, toda esa miel estaba luchando por ser plasmada en este mini fic, lo siento!! Esta pareja me provoca ataques azucarados.

Sigan adelante por favor, solo falta el epilogo =)! Y gracias por leer.