2. Los buenos samaritanos

Con ese andar cansado, llegó hasta una localidad cercana. El sol pegaba con fuerza, y la gente se encontraba, seguramente, descansando tras una buena comida. No había nadie por las calles de ese pueblecito costero.

Un olor muy sabroso se coló por su nariz y olfateó con gusto el aire. Siguió la estela aromática y llegó hasta la puerta de un bar.

Sin pensarlo dos veces, entró y se quedó inmóvil, respirando el olorcillo.

El dueño del bar, Vasilis, que estaba tras la barra jugueteando con su komboloi, se giró al escuchar la puerta de aluminio y cristal abrirse.
Los vecinos ya habían tomado su café o su copita de coñac tras la comida. Incluso ya no era la hora de la partida de cartas.
Por eso le extrañó tanto ver a ese hombre, con muy mala pinta, dentro de su bar.
Frunció el ceño y miró a su mujer, Voula, que pasaba una bayeta por las mesas, limpiándolas. Ésta ni se había percatado de la presencia del extranjero.

-¿Qué desea?- preguntó Vasilis. Era un hombre de unos sesenta años, con pelo canoso y cara redonda pero afable. A pesar de su aspecto bondadoso, tenía motivos para mostrarse inquieto con la presencia de Kanon.

Kanon se sobresaltó al escuchar su lengua natal. Definitivamente había varado a una playa de una isla griega. Suspiró aliviado y dio unos pasos tambaleantes hasta sentarse en un taburete, frente a la barra.

Vasilis arrugó la nariz, y supuso que el extranjero era un pobre diablo en busca de más alcohol. Alcohol que, por supuesto, no podría pagar. Sólo había que mirarle las ropas y el estado en el que se encontraba.

Agachándose lentamente tras la barra agarró una barra de hierro que solía tener a mano para casos extremos. Y esta parecía una de ellas.

-Por favor…un vaso…de agua- pidió Kanon con voz trémula.

Voula al fin se dio cuenta del hombre que estaba sentado frente a la barra y tiró la bayeta sobre la mesa. Con un gesto indicó a su marido que dejara la barra de hierro que sabía que sostenía en su mano izquierda.

-Pero muchacho…- dijo la mujer, acercándose a Kanon -¿Qué te ha pasado? ¿Has naufragado de un barco o qué?-
La señora observaba horrorizada las heridas y moratones que presentaba y acarició suavemente el brazo fornido del joven.

Kanon contempló a la mujer. El pelo atado en un moño bajo, su oronda figura de madre y su cara de preocupación, relajaron la tensión que había generado su marido.

Tragó saliva antes de contestar.

-Algo…algo así…gracias- agradeció Kanon, cuando Vasilis depositó un vaso de agua frente a él.

Voula miró a su marido y después a Kanon, que bebió el vaso a sorbitos.
-Por todos los dioses muchacho, si estás hecho un desastre. Apuesto a que debes estar muerto de hambre ¿a que sí? Bueno, no te preocupes por esto, te vamos a cuidar. ¡Cariño, rápido, vete preparando el horno!-

Antes de que Kanon pudiera articular palabra, Voula inició una nueva artillería de preguntas mientras Vasilis refunfuñaba encaminándose a la cocina.

-¿Y cómo te llamas? Eres griego, pero por tu acento diría que eres de Tesalia ¿verdad? ¿No? ¡Ah, eres de Ática! ¡Mi cuñado vive allí, en Atenas! Tiene un bar, que se llama igual que el nuestro, sólo que añadió el adelfáki porque él es el hermano menor de mi marido. Mi hijo trabaja allí también. Yo quería que se quedara aquí en Zákynthos, pero dice que no está harto de vivir en una isla y que en Atenas hay más ambiente para un joven…no se lo reprocho, sé que tiene razón, pero ya sabes, ¡a las madres nos cuesta que los hijos se marchen! Por cierto ¿y tu familia? Tiene que estar muy preocupada ¿quieres hacer una llamada? Puedes usar el teléfono que tenemos dentro-

Tanta información inútil abrumaba a Kanon, al estar desacostumbrado a las charlas de mujeres. Lo único que le había quedado claro era que estaba a tomar por culo de Atenas.
Preguntó a la mujer si esa isla tenía aeropuerto y ella le contestó afirmativamente.
"Al menos ya tengo una vía de escape" pensó Kanon.

-¡Voy a prepararte la comida! Por cierto ¿cómo te llamas?- le preguntó la mujer.
-Kanon- respondió lacónicamente. Lo único que quería era comer. Lo que fuera. Estaba cansado de oír tanta palabrería.

Voula sonrió abiertamente y se dirigió a la cocina. Al cabo de unos minutos regresó Vasilis y deslizó un plato con hortalizas recubiertas de salsa tzatziki. Kanon agarró el tenedor y devoró con ansia, ante el estupor del hombre.
-Vaya muchacho, sí que tienes hambre. Pues espérate a probar el cordero que cocina mi mujer-
Kanon levantó los ojos del plato, sin dejar de devorar las tiras de berenjena y calabacín.
Vasilis rellenó el vaso de agua y le tendió un poco de queso hallumi a la parrilla, con unas tostadas de pan finamente cortadas.
"A pesar de ser un bar de un pueblecito pequeño, preparan exquisiteces" pensó Kanon, que se decidió a atacar el queso de cabra.

Al fin regresó la mujer, portando un plato de barro con un pedazo de cordero asado.
-Era el plato del día de hoy. Siento que no sea un pedazo muy grande, es lo que quedó- dijo deslizando el recipiente frente a Kanon.

El joven tragó lo que estaba comiendo y le dio un sorbo al vaso de agua.
-No importa, estará delicioso igualmente- respondió, olisqueando la jugosa carne. No tardó en hincar el diente y limpiar el plato.

Vasilis retiró los otros platos igualmente vacíos mientras su esposa terminaba de recoger el bar.
Kanon se sentía lleno de comida y pensó que debería haberse limitado a comer el cordero. No sabía cuánto tiempo llevaba sin comer nada y el ansia del hambre le había jugado una mala pasada.
Delante de él, colocaron una copita de ouzo. El suave olor anisado de la bebida alcohólica le rebajó la sensación de hinchazón. Vasilis y Voula se sentaron en la misma mesa y se sirvieron igualmente esa bebida. Los tres levantaron las copitas y de un trago se lo bebieron.

Voula colocó los codos sobre la mesa y cruzó sus manos, apoyando la barbilla sobre ellas. Observó detenidamente al joven que tenía delante de ella.
Sí, tenía muy mala pinta y desde luego que había pasado por una situación dura. Pero había algo en él que le llamaba la atención. No era su belleza masculina ni la definición de su musculoso cuerpo. Tampoco la larga melena, ahora desaliñada, de color azul grisáceo, infrecuente en cualquier humano normal. Algo había dentro de él que la dejó pensativa.
Kanon tenía la mirada perdida en el techo, deleitándose con ese momento de tranquilidad que tenía por delante. Seguía el caminar errante de una mosca y cuando ésta emprendió el vuelo y empezó a trazar formas rectas en el aire, Kanon la seguía con la mirada. Como si fuera lo más interesante del mundo.
Su marido, sin embargo, sí había notado cómo su mujer permanecía en un estado de éxtasis contemplando al joven. Frunció el ceño y carraspeó para atraer la atención de ambos.
-Y dime, Kanon…¿Puedes contarnos algo más de por qué estás aquí?-

Los párpados del muchacho se cerraron suavemente, pensando en si debía o no relatar lo acontecido realmente. Posiblemente lo tratarían de loco o le echarían del bar a patadas.
-Eso es algo que aún no puedo relatar. Estoy agotado, pero en cuanto recupere fuerzas, me iré. No quiero ser una carga para ustedes. Bastante han hecho ya por mi, y de verdad, se lo agradezco. Tengo una misión muy importante que realizar y debo llegar a Atenas lo antes posible-

Los dos hosteleros se miraron indecisos. ¿Una misión? ¿Acaso él era algún tipo de agente secreto?
-No. Tengo que encontrar a una persona, que debe estar muy enfadada conmigo- musitó agachando la cabeza.
Voula sintió ternura por él. Así que aquel joven iba buscando el perdón de alguien. Dio un golpe sobre la mesa y exclamando alegremente le indicó que le ayudarían. Vasilis iba a protestar, pero su mujer le mandó callar.
-Hijo, no sé quién eres exactamente, pero tú no eres como nosotros o cualquier persona de éste pueblo. No sé si los dioses te han traído hasta nosotros con algún fin-
Aquí Kanon hizo rodar los ojos, pensando en Poseidón y Atenea.- Pero sea como sea, te apoyaremos en todo lo que necesites. De momento, te vas a quedar aquí, hasta que tus heridas se curen y puedas emprender el viaje. No te cobraremos nada, ni alojamiento ni comida. Y por ahora, vas a ir a darte una buena ducha y lavaré tus ropas-
No era una sugerencia, era una orden. Su marido susurró a Kanon que más le valía acatar lo que Voula decía, o se enfrentaría la ira de una Gorgona. El joven esbozó una sonrisa cómplice y siguió a la mujer, que fue a enseñarle la habitación donde se alojaría.

-Y dúchate con agua caliente, no vaya a darte un corte de digestión- Voula sacó unos vaqueros azules y una camiseta negra, dejándolas sobre la cama. Buscó ropa interior para el muchacho y le tendió unos bóxers negros. Le ofreció unas cómodas chanclas azules oscuras, puesto que el tiempo así lo requería. Kanon dio gracias a que tenían un hijo y no una hija.
Recogió las toallas que le tendió la mujer y se desabrochó el cinturón marrón. Después se quitó la larga camiseta azul y se sentó en la cama a desatarse las cintas de sus sandalias.
Voula se quedó observando al joven mientras se iba deshaciendo de toda su ropa.
-Creo que la ropa de mi hijo te va a quedar un poco pequeña…- musitó observando la musculosa caja torácica de Kanon. Éste levantó la vista mientras tiraba la otra sandalia al suelo.

Un poco avergonzado le indicó a la mujer que iba a ducharse y que no se preocupara, que le llevaría la ropa sucia cuando terminara. Voula se sonrojó ligeramente por la situación y disculpándose salió de la habitación, dejando al muchacho a solas.
Kanon se quedó de pie, esperando a que los pasos de la mujer desaparecieran escaleras abajo.

Observó la habitación. Era pequeñita, un cuarto de invitados donde sólo cabía una cama, una mesita de noche y un armario. Ni siquiera había una silla. Eso sí, tenía cuarto de baño propio.
Una vez se cercioró que la mujer no andaba cerca, echó el pestillo a la puerta y entró en el baño.
Cerró la puerta, e igualmente echó el pestillo. Se dio cuenta de que era un acto un tanto paranoico, pero no podía evitarlo. Era suficiente con cerrar la puerta de la habitación.

Era un pequeño baño, con un retrete, un lavabo y una ducha separada con una cortina de plástico. Suficiente. Las paredes y el suelo estaban recubiertos de baldosas blancas y azules, que dividían la estancia con el dibujo clásico del meandro griego. Zigzagueó sus dedos por el dibujo y recordó que cuando vivía en el Santuario, oculto a los ojos de los demás, el baño del Templo de Géminis tenía el mismo dibujo. Sólo que era un cuarto de baño mucho más grande, con mármol de color beige y crema y los meandros hechos como un mosaico, en color terracota. Suspiró pensando en su hermano, que había fallecido meses atrás.

Con este triste pensamiento fue a meterse en la ducha y se encontró con su reflejo en el espejo del lavabo. Había adelgazado, tenía heridas y rasguños superficiales por los brazos y piernas. Y la enorme cicatriz de su vientre. Encogió los abdominales y se mordió el labio.
Aún la pregunta de quién le había curado la herida le seguía atormentando. Imaginaba quién había sido, pero quería obtener la respuesta por él mismo. Sólo así podría llorar y liberarse de la carga pesada que su conciencia acarreaba.

Empezaba a enfriarse, así que sin dudarlo, se introdujo en la ducha. Abrió la manilla y tras un pequeño estertor, el agua salió rápidamente. Kanon emitió un quejido, puesto que estaba helada. Casi saliéndose de la ducha, alargó el brazo para coger el extremo de la ducha y dirigió el chorro de agua al suelo. Con la otra mano movió la manivela de la temperatura y la situó a 38 grados. Cuando notó que el agua ya salía caliente, recolocó el extremo en la horquilla y se quedó un par de minutos con los ojos cerrados, disfrutando de la sensación del agua corriendo por su cuerpo.
Se agachó para recoger una esponja, aparentemente sin usar. La examinó meticulosamente y tras aprobar su test visual, cogió el gel de ducha y vertió una buena cantidad en ella. Olisqueó el gel, que desprendía un dulce aroma a miel.
Realmente, algo tan rutinario como tomar una ducha se estaba convirtiendo en toda una experiencia que despertaba sus sentidos.
Kanon no pudo evitar sonreír, y sintiendo la alegría en su ser, empezó a reírse y a disfrutar de la textura de la esponja por su piel, del aroma a miel del gel y de la espuma que el champú hacía en su melena.
Hacía más de dos décadas que no disfrutaba de aquella manera con algo tan trivial.


NOTAS:

De un tirón he subido los dos primeros capítulos.
Por el momento no tengo nada que decir, salvo agradecer a quien lea esto mi incursión con un personaje tan facetado.

Hallumi: es un queso de cabra que se suele freír o hacer a la plancha.
Ouzo: licor de anís y azúcar, con alta graduación alcohólica.
Tzatziki: salsa de yogur, pepino, ajo y zumo de limón (principalmente).

Bueno, pues a ver si os gusta. Los comentarios los contestaré por privado, y si hay una pregunta general, la contestaré en el próximo capítulo.

¡Un saludo!