Disclaimer: Aquí de vuelta ya saben Xena, Warrior Princess no es mía, yo no gano nada con hacer esto, etc, etc, etc.
Pues lo de costumbre, este capítulo contiene violencia.
Y yo paso a dejarlos con la lectura.
Capítulo II.
Al salir el sol su primer pensamiento era la liberadora sensación del viento sobre su rostro agitando su cabello refrescándolo.
Esa mañana como muchas otras antes desde que había nacido su hermano pequeño. Xena y Lyceus salieron a pasear cerca del bosque.
Casi al anochecer cuando el hambre ya no podía contenerse más decidían volver a casa donde no era inusual que su madre los recibiera con una mirada de reproche, dirigida especialmente hacía su hija. Ella solía decir que debería ayudarla un poco más con las tareas del hogar.
Xena lo comprendía, desde que su padre había muerto su madre estaba sola, pero a ella no le gustaban las tareas del hogar y mucho menos las agregadas que caían sobre sus hombros cuando había muchos visitantes en la taberna de su madre.
Cyrene también lo había comprendido hace años. Era inútil intentar separar a sus dos hijos pequeños. Eran un caso perdido, al despertar lo primero que hacían era correr hacía la cama del otro con la intensión de sorprenderse e iniciar una lucha encarnizada que siempre terminaba con sus risas llenando toda la casa. Cyrene solía reñirlos todo el tiempo porque siempre que iniciaban una competencia el lugar en donde estuvieran terminaba hecho un desastre.
Pero al final del alboroto matutino, ella estaba feliz, porque a pesar de la falta de un padre sus hijos lucían felices.
Aquel verano, Lyceus fue aceptado como paje de uno de los caballeros que se había asentado en su aldea; y la familia supo que su miembro más pequeño pronto iba a tener que abandonarlos.
Xena más que nadie lo resintió, sin embargo ella sabía que el sueño de su hermano se estaba volviendo realidad. Pocos sobrevivían el largo proceso hacía la caballería y Lyceus era afortunado al haber conseguido que alguien patrocinara su educación.
Xena por otro lado nunca había sido una niña frágil más que eso conocía perfectamente sus posibilidades quizá por esa razón no le gustaba juntarse con las niñas de la aldea y prefería reunirse con los chicos. Estaba acostumbrada a las pillerías y travesuras masculinas y siempre escapaba bien librada de todas ellas.
Hace mucho tiempo que en su corazón se había anidado el mismo sueño de su hermano sobre la caballería. Y Lyceus en el fondo sabía que su hermana era más capaz que el mismo.
Aquella mañana ambos hermanos estaban como de costumbre reunidos con otros niños de la aldea.
Repentinamente Pentio, uno de los mayores y el más fornido de todos; había empezado a insultar a la madre de uno de los pequeños, Laro, un chiquillo debilucho y enfermizo que solía pasar mucho de su tiempo vagando por la aldea.
En realidad Xena y Lyceus sentían simpatía por él, algunas veces habían salido a caminar por el bosque juntos.
Pentio decía que su padre le había contado que la madre de Laro era una prostituta y verdad o no, el pequeño no estaba feliz cuando se alzo retadoramente frente a su rival.
Pentio con una sonrisa burlona en su rostro tomo una piedra del suelo y sin ceremonia alguna golpeo violentamente la cabeza de Laro.
La sangre comenzó a escurrir sobre su rostro manchando de rojo la ropa y el suelo sobre el que estaba de pie. El chiquillo comenzó a llorar sosteniéndose la cabeza entre gemidos lastimeros.
El espectáculo solo hizo reír a Pentio y a otros de los niños.
Incentivado por ello, salto sobre Laro con la piedra en la mano y comenzó a golpearlo con renovada violencia.
Lyceus fue el primero en alzarse y empujar a Pentio que había terminado recostado en el suelo pero increíblemente aún con una sonrisa satisfecha en el rostro.
Laro mientras tanto yacía junto a él, tembloroso murmurando palabras sin sentido, Xena que estaba de pie junto a su hermano supo que Laro pronto iba a desmayarse. Dio una última mirada de furia hacía Pentio y sin más se coloco junto a Laro para ayudarlo a sostenerse en sus últimos segundos de conciencia.
Pentio no hizo nada simplemente se quedó ahí con la misma sonrisa estúpida en el rostro.
Lyceus lanzó un suspiro y se dirigió hacía su hermana que sostenía a su amigo que ya estaba inconsciente. Con la ayuda de su hermana ambos iniciaron el camino hacía su casa.
Ambos sabían que volverían a ver a Pentio, que Lyceus era su próxima víctima por haber interferido. Esa era la ley entre ellos.
Cuando aparecieron en casa con Laro, su madre inmediatamente lo llevó hacía su cuarto y lo curó tan buenamente como era capaz.
Cyrene no estaba feliz de que se vieran envueltos en rencillas callejeras, pero estaba orgullosa de la nobleza de sus hijos.
Laro durmió un día completo hasta que un hombre con una espesa barba rubia apareció en la taberna reclamando saber sobre él. Poco tiempo después sabrían que era su padre, Orion, un guerrero que después de muchos años al fin se retiraba para establecerse en Amphipolis.
Orion sería quien poco tiempo después tomaría el lugar de tutor en la vida de Lyceus.
La aldea era un sitio pequeño, gobernada por un hombre que aparecía escasamente en público. Pero que poseía amigos poderosos que respaldaban la aldea.
La interacción entre su gobernante y los aldeanos se había limitado con el tiempo, exclusivamente a los juicios públicos; y la realidad es que los aldeanos se preocupaban poco mientras pudieran arreglárselas para sobrevivir.
Cuando las noticias de barcos extraños llegaron a oídas de los vecinos, Xena que jamás se había cuestionado la seguridad de la aldea, presintió el peligro que les acechaba. Al mediodía cuando los gritos comenzaron a resonar en la aldea lo primero que hizo fue paralizarse junto a su madre que se encontraba pálida con un plato de comida en sus manos que dejó caer mientras tomaba a sus hijos para ponerlos a resguardo. La taberna se volvió un alboroto y la niña estuvo segura que su madre no había sentido tanto miedo desde el día en que supo que su esposo había muerto en batalla.
Cyrene la tomo de la mano y rápidamente la llevó al bosque junto a Toris, su hermano mayor, poco después les ordeno que permanecieran ahí mientras ella buscaba a Lyceus. Xena, estaba asustada, la poca seguridad que le brindaba la cercanía de Toris repentinamente y conforme su madre se internaba nuevamente en el caos, desapareció. Por unos breves segundos, Toris la miró a los ojos con la indecisión escrita en su rostro, la tomo de los hombros y le ordeno permanecer en ese lugar hasta que su madre volviera. Toris desapareció a sus espaldas y ella nunca volvió a saber de él.
Ella no soportaba quedarse esperando a que las cosas pasaran, no era una cobarde, necesitaba saber que su madre y su hermano estaban bien, sin más siguió el mismo camino que su madre hace pocos momentos.
La gente gritaba, los pocos hombres de la aldea corrían con hachas, cuchillos y palos en sus manos, algunos niños con los que ella solía jugar yacían en el suelo rodeados de sangre. Xena no notó a los hombres en armadura sino hasta que uno se puso frente a ella tomándola del cuello, la expresión infernal en su rostro la hizo temblar, en aquel momento se percato de que había sido una insensata al creer que podía ayudar a su familia.
Cuando el hombre la lanzó al suelo y se inclino sobre ella, Xena comenzó a sacudirse golpeándolo inútilmente, sin rendirse tomo una piedra sin que él se percatara y con todas sus fuerzas asesto un golpe sobre su cabeza que estaba segura lo pondría fuera de combate. El hombre solo profirió un grito furioso y tomo sus manos retorciéndolas en su espalda, un grito de dolor escapo de su garganta, supo que iba a morir cuando con su mano desocupada el hombre le dio un puñetazo a un costado de la cabeza. Arrastrada a las orillas del bosque, volvió a ser empujada hacía el suelo, sus sentidos estaban atontados ya no tenía fuerzas para luchar.
La falda de su vestido rasgada bruscamente con el forcejeo mostraba su cuerpo transcurriendo hacía la adolescencia; él se tendió sobre ella con el deseo en sus pupilas, sus manos enormes comenzaron a recorrerla, apretando y acariciando con brusquedad sus diminutos pechos; repentinamente sus labios la besaron invadiendo sin aviso cada rincón de su boca.
Conteniendo las lagrimas, se resigno a su destino, ya no deseaba pelear más, con respiración agitada el hombre sacudió sus pantalones liberando sus piernas cubiertas por un espeso bello, su miembro libre apuntaba obscenamente hacía ella, con un movimiento veloz libero su sexo de niña de sus interiores y en una última acción de orgullosa victoria la golpeó nuevamente en el rostro mientras entraba en ella e iniciaba el ritmo frenético.
En un grito su niñez se esfumo pero su rabia volvió a resurgir desde lo profundo de sus entrañas que gritaban por venganza. El peso muerto del hombre que aún seguía dentro de ella, le había provocado nauseas, giro su cabeza hacía el sol que ya se escondía mientras nuevamente iniciaba el infernal ritmo de sus caderas sobre ella.
Los últimos rayos del sol refulgían tentadores sobre la hoja afilada de una daga escondida entre las prendas de su agresor, sigilosamente movió su mano hacía el arma ocasionando que por un breve momento sus caderas se movieran produciéndole al hombre un gruñido de placer, las nauseas volvieron con más fuerza, estaba a punto de perder la conciencia.
Con la daga cerrada con fuerza en su mano, al fin las lagrimas empezaron a correr por sus mejillas y en un rápido movimiento clavo la daga en la espalda del hombre, él, dejo de moverse soltando un último gemido mientras su esencia escurría entre sus blancas piernas.
Con la cabeza de él en su cuello, ella sintió su último aliento abandonarlo. Ella al fin perdió la conciencia.
Cuando al fin despertó, el escalofrío doloroso en su entrepierna le recordó en donde estaba, con una fuerza que no tenía se quito de encima el cadáver del hombre que aún podía sentirse cálido sobre su cuello.
El silencio avasallante que podía sentirse le había helado la sangre, su madre debería estarla buscando con Lyceus, necesitaba asegurarse que él y su hermano estaban bien; y Toris seguramente ya había regresado con ayuda o con lo que sea que buscara adentrándose en el bosque.
Se levantó con las piernas temblando, reclamando por el esfuerzo exigido.
Nuevamente se adentro en el infierno de llantos y sangre, pudo ver muchos cuerpos inertes como el que había dejado ella atrás, pero la batalla ya había terminado.
Las llamas habían comenzado a consumir las pocas casas que aún permanecían de pie.
Y al final, frente a las llamas de su hogar pudo ver a su madre en el suelo abrazando el irreconocible cuerpo de su hermano, lo habían golpeado tanto que ni siquiera podía distinguir sus labios entre las plastas de sangre.
Pudo escuchar a Orion que gritaba palabras teñidas de desesperación a sus espaldas. Pero ya no tenía espacio para más dolor en su corazón.
Su corazón se detuvo por un instante y ella corrió, corrió hasta su hermano arrebatándolo de las manos de su madre, lo agitó, lo golpeó, lo abrazó y al fin nuevamente las lágrimas volvieron a seguir el camino trazado en sus mejillas. Con un grito, desde lo profundo de sus entrañas, aquel día, la chiquilla de Amphipolis, perdió todo rastro de inocencia.
