Título: "Shades Of Cool."

Autora: Rohe.

Género: Romance/ Angst.

Rating: T.

Disclaimer: La historia me pertenece, todo el resto es de S. Meyer, y las canciones pertenecen a Lana Del Rey.

Resumen: Isabella Swan está perdidamente enamorada de Edward Cullen. Edward Cullen, está perdidamente enamorado de la realidad. Pero a veces, las cosas pueden cambiar. AU. Todos humanos.

Advertencia: completamente AU, OoC.

N/A: Se suponía que la historia era un OS para el reto, pero ahora que ha terminado, no veo el problema de continuarlo. Si hay alguno, avísenme y borraré los capítulos que actualizaré.

Gracias a un review que dejó MDeCGuest haré una continuación, pero se los advierto: si no les gusta, pueden quedarse con el primer capítulo. Y se los dedico a todos lo que lo leyeron, por supuesto.

¡Gracias a todos por leer! Ahora, disfruten.


"Si me mandas a buscar, sabes que iré

Y si me llamas, sabes que correré."


La luz del sol sobre mi rostro me despierta. La cabeza me duele; también la espalda y el corazón.

— ¿Bella?

La voz suave de Renée me sobresalta. Ella está sentada a los pies de la cama, con una bandeja de comida.

—No sabía a qué hora despertarías…—se disculpa con una sonrisa—, pero le hice el desayuno a Phil y tenía miel con fresas y tú amas las fresas…

Suspiro, reincorporándome. Ahora duermo en mi vieja habitación, la que mi madre guardó para mí cuando se trasladó a Jacksonville. Es pequeña y pintoresca, con un simpático estampado de flores.

—Gracias, mamá. Podría haberlo hecho yo misma—le digo, recibiendo la bandeja—. Creí que hoy estarías en tu clase de yoga.

Ella resopla.

—No gracias, Bella. Yoga no es para mí—bufa, mirándome con mala cara. De pronto, suelta una risita traviesa. Luego dice en susurro: —Una mujer horrible, Maggie, se dedica a acosar al profesor. Pobre hombre.

— ¿Tú no lo haces también? —pregunto, alzando ambas cejas.

Renée me da un golpecito en el hombro.

—No me faltes el respeto—bromea, poniéndose de pie—. Vamos, come algo, niña. Estás muy delgada. ¿Qué haces allá en California; te matan de hambre?

Ruedo los ojos, cogiendo una cucharada de miel con fresas. Demasiado dulce, pero aun así le sonrío a Renée en agradecimiento.

—Entonces…—ella carraspea, con una expresión de disculpa —. Alice me dijo que abandonaste a tu novio.

Entrecierro los ojos.

—No abandoné a Edward—murmuro, bajando la mirada—. Las cosas no sucedieron así. Es… complicado.

Renée me mira fijamente, pero no dice nada. Sus vivaces ojos azules me recuerdan a mi infancia; despiertan mis recuerdos.

—Cariño…—suspira, poniéndose de pie—. No te acomplejes. Seguro encuentras a otra persona más… adecuada. ¿Qué tal Jacob? Tu padre mencionó algunas veces…

— ¡Mamá! —Me río, poniéndome de pie—. Eso pasó en secundaria. Jake está casado ahora y tiene un bebé.

—Oh, vaya—dice frunciendo el entrecejo—. Qué entraño.

Ruedo los ojos, sin dejar de sonreír. Renée siempre tan distraída.

—Iré a ver si a Phil le gustó el desayuno—exclama, repentinamente sonriente. Se levanta de golpe y se acerca para darme un beso en la frente—. ¿Qué te parece si vamos a la playa después de almuerzo?

—Oh, por supuesto—contesto, con una sonrisa.

Cuando ella desaparece de la habitación, toda la energía se esfuma. Siento un peso en el corazón que había ignorado desde que llegué a Jacksonville, hace una semana.

Pienso en Edward mientras desayuno y me visto. ¿Qué habrá hecho la mañana que me fui? ¿Habrá vuelto con Tanya? ¿Su vida seguirá tal y como la dejé?

Escojo el vestido azul rey que mi madre me regaló. A Edward siempre le gustaron los vestidos, ya que podía acariciarme las piernas con libertad.

—Eh, Bella, ¿te gusta la carne? —pregunta Phil cuando entro al salón. Mi madre está mirando la televisión fijamente, sorprendida—. Estaba pensando hacer…

— ¡Bella! Mira esto—exclama ella, abriendo mucho los ojos.

Hago lo que me pide. En la televisión, Edward Cullen aparece dando un discurso sobre lo importante que es cuidar el medio ambiente y esas cosas. Cuando la cámara enfoca sus ojos, tan grandes y fríos, mi corazón salta de alegría renovada, como si estuviera mirándome a mí. Pero no lo hace; no lo hará más.

—Él es un hombre fantástico—le informa Phil a Renée—. Nos regaló una cancha de béisbol.

—No fue Cullen—murmura mi madre, dándole una mirada de censura—. Fue su empresa.

Pero no tomo atención a lo que dice. Lleva un traje negro y corbata roja; la corbata que le regalé porque ése es su color favorito. ¿Hace cuánto tiempo fue eso; dos años?

—Dios, Phil—se ríe Renée, acercándose a él y alejándose del televisor—. Creí que ya habías superado la época de preparar barbacoas.

—Esa época jamás se supera.

Y de pronto, Edward baja del escenario y la cámara lo sigue. Ahí, a los pies del escenario, está una mujer rubia de ojos azules. Es Tanya.

Pierdo la respiración momentáneamente. Oh, es ella. Terminó eligiéndola a ella.

—Bella, ¿te quedarás hasta la próxima semana? —Pregunta Renée, trayéndome de vuelta al mundo real—. El cumpleaños de la vecina, Victoria, es el próximo viernes y nos invitó a todos.

Volteo.

—Lo siento, mamá—suspiro, frunciendo los labios—. Volveré a California mañana.


Atravieso el aeropuerto cargando con una pequeña maleta. Alice está de pie en la acera, con las manos escondidas en el bolsillo de sus pantalones cortos. Su pequeña figura parece brillar.

—Eh, Alice—la saludo, sonriéndole.

Ella voltea, devolviéndome el gesto. Se lanza a mi cuello, abrazándome con fuerza.

—Me alegra que hayas llegado bien—dice, quitándome la maleta de las manos—. Vamos, sube al automóvil.

Hago lo que me dice, acomodándome en el asiento del copiloto. Ella sube después de mí y pone en marcha el Sedán. Siento un retorcijón en el estómago cuando pienso que ya estoy aquí, que en cualquier momento volveré a ver a Edward.

—Eric se casará con Tyler. Te has perdido su declaración—sonríe Alice, cruzando un puente—. Quieren casarse en diciembre; ya sabes que Eric ama la nieve. ¿Qué tal si cenamos en su casa esta noche?

Suspiro, preparándome para la reacción de mi amiga.

—Debo resolver unos asuntos primero.

Ella se queda en silencio. Poco a poco su rostro va perdiendo su expresión amistosa, su felicidad. Sus facciones se endurecen.

— ¿Ah, sí? —Murmura, lanzándome una mirada. Luego suelta un suspiro—. Él no está en California, Bella. Está con esa modelo, Tanya, en Estambul.

Me está mintiendo y ni siquiera pestañea al hacerlo. Ayer lo he visto en la televisión. No creas que puedes engañarme, Alice, pienso, frunciendo el entrecejo.

—Sólo lo dices porque no te agrada.

— ¡Claro que no me agrada! —exclama, dándole un golpe al volante—. Sólo quiero lo mejor para ti, Bella. Vamos, entonces si es tan bueno, ¿por qué lo abandonaste?

Respiro profundo, tratando de controlar mi enfado.

—Además, él es malo. Tiene esa mirada de…

— ¡Basta, Alice, por el amor de Dios! ¿Cómo puedes ser tan prejuiciosa? —grito, colérica—. No lo conoces, no hables así de él. Edward no tiene la culpa de nada. Y no lo abandoné. Así no fueron las cosas.

Ella me ignora.

—No sabes que trae entre manos. Sale con una chica diferente cada noche, bebe alcohol y fuma. A los veintitrés años ya tenía el dinero suficiente para alimentar a la mitad de África...

— ¡Cierra la puta boca, Alice! —Grito, apretando los dientes—. ¡Sólo cállate!

Mi amiga me mira una vez más, pero no vuelve a hablar en todo el viaje. Siento la adrenalina correr por mis venas; estoy tan cabreada que podría matarla a golpes.

Cuando llegamos a la avenida principal, digo:

—Detente, Alice. Aquí me bajo.

—Pero creí…—balbucea, mirándome contrariada.

—Ya me oíste.

Alice se estaciona lentamente. Al bajarme, tomo la maleta y dejo sobre el asiento cinco dólares.

—No digas que nunca te doy nada—le digo, con sarcasmo. Ella abre la boca, indignada—. Adiós, Alice. Nos vemos luego.

Me alejo de ahí caminando lo más rápido que puedo. Cuando miro la dirección, mi corazón late descobajado; el departamento de Edward queda dos cuadras más allá.

¿Estará en casa? ¿Estará con ella? Hoy es domingo, es imposible que esté en su empresa. Quizás está con su familia… también es poco probable. ¿Está con Tanya?

Al llegar a su edificio, Félix, el portero, abre con una sonrisa.

—Bienvenida otra vez, señorita Swan—dice—. Creí que nunca volvería.

Le devuelvo el gesto, caminando hasta el ascensor. Cuando entro, un sudor frío invade mi nuca, mis manos tiemblan. ¿Qué haré si me desprecia? Está bien, está en todo su derecho…

— ¿Isabella? —escucho cuando las puertas de metal se abren.

Levanto violentamente la cabeza.

Su áspera voz familiar me hice sentir una intensa tristeza. Mil recuerdo asaltan mi mente, mezclándose entre sí: los paseos por el parque, los viajes hasta la casa de la playa, las escapadas a Santa Mónica, los regalos, los bailes en su sala de estar. Sus ojos azules, fríos y distantes; el calor febril de sus dedos esbeltos acariciando mi muslo.

Siento anhelo de sus manos, de su olor y del lugar que me protegió y resguardó cuando no tenía a nadie.

Aclaro el nudo que tengo en la garganta.

—Hola, Edward.

—Buenas tardes—saluda, retrocediendo—. ¿Cómo estás?

No puedo descifrar su adusta expresión.

—Bien, supongo—contesto, saliendo del ascensor—. Tú estás de maravilla.

—No realmente—contrae los labios con fuerza. Sus ojos brillan por un segundo—. ¿Cómo está tu padrastro?

—Bastante bien—vuelvo a responder, dejando la maleta en el suelo—. Los cuidados de Renée fueron efectivos.

—Me alegra escucharlo—musita, mirándome de pies a cabeza—. ¿Vienes a ver a alguien?

De pronto, una ola de desesperación me invade. ¿Y si no me quiere más? ¿Y si ya ha encontrado mi remplazo? La imagen de Tanya viene a mi cabeza.

Aguanto mis lágrimas frunciendo los labios.

—A ti.

Abre la boca momentáneamente. No puedo seguir soportándolo.

—Edward, yo…—murmuro, tratando de encontrar las palabras, ahogándome—. Oh, Dios mío, Edward…

Repentinamente, tira de mi mano y sin darme cuenta estoy oliendo su costosa loción. Me ha rodeado con sus brazos y ha hundido la nariz en mi pelo. Me aprieta contra su pecho con fuerza, como si no quisiera dejarme ir.

No dice una palabra; no me dice que me ha extrañado; que siempre me quiso pero no lo dijo por miedo; que realmente yo soy la mujer de su vida. Sólo me abraza con fuerza, demostrándome muchas cosas.

Me acaricia la mejilla suavemente con la mano.

—Isabella—musita con un hilo de voz—. ¿Dónde habías ido?

—No lo sé—contesto con voz ronca, presionando mi mejilla contra mi mano—, pero no quiero volver.

Edward me abraza con fuerza. He olvidado la última semana de mi vida en casa de mi madre, las discusiones con Alice, los problemas, Tanya. Absolutamente todo.

—Vamos, Isabella—murmura, tomando mi mano—. ¿Quieres ir a casa?

Asiento. Él toma mi maleta, y lentamente, me arrastra hasta su departamento.


¿Me seguirás amando cuando brille

Por mis palabras y no por mi belleza?

Lana Del Rey.