Takeru, ¡oh, mi Takeru! Estás aquí te veo, te siento, puedo olerte. Oh, mi amor, estás aquí, a mi lado. Te he echado de menos, te he estado esperando. Parece mentira lo que mis ojos están mirando y lo que mis manos sienten. Cuánto tiempo lejos de ti, amor.
Ahora, al fin juntos. No te ves tan feliz como yo. Ríe, que te siento. Ríe, que te puedo besar. Ríe...
—Hikari, debes regresar —dices.
Yo me estremezco. ¿Por qué? ¿Por qué me dices esto? ¿Por qué no me devuelves el abrazo? ¿Por qué tan triste? Mírame, estoy contigo. ¿Eso no es lo que importa?
—TK, ¡no! TK, no quiero.
—Todos te extrañan, Hikari. Despierta, por favor.
—No quiero despertar, solo en mis sueños puedo verte. No me hagas regresar a un mundo en donde no existes ya. Por favor, no me dejes ir, no me dejes despertar.
Tus manos están frías, tiemblas y no logro comprender por qué. Me abrazas. Mi suplica te ha convencido pero yo tengo miedo de que otra vez cambies de opinión así que me aferro a ti, a los minutos que mueren, a la sensación libre de volar a tu lado.
—Compré algo para ti. Estaba esperando el momento oportuno para dártelo. Ya no se podrá.
—¿De qué hablas?
—Cuando despiertes...
¡No!
—Cuando lo hagas...
Ya calla, no quiero escucharte.
—... ve a mi despacho y dentro del libro: Las mil y una noche, encontraras una llave que abre la cerradura de la gaveta del escritorio. Es la tercera. Sabrás cuál es en cuanto lo veas. Ahora...
Y en un susurro:
—Despierta, Hikari.
Logras arrancarme de entre tus brazos.
Doy un brinco y sé de inmediato que ya te has ido. Estoy con los ojos abiertos. Estoy despierta y vuelvo a extrañarte como si no acabase de encontrarme contigo. Quiero volver a dormir pero sé que no me querrás ver tan pronto. A penas y soportas que vaya a visitarte. Es tortuoso para mí tener que explicar que la vida sin ti no vale la pena vivirla. Siempre he sido débil. Siempre me he arrojado en manos de la oscuridad, en mano del miedo y el dolor cuando las cosas se salen de proporción. Soy sensible a él, lo sabes. Siempre me atrae y seduce, pero hoy es diferente, es diferente, no estás a mi lado.
Las voces en mi interior comienzan a atormentarme, siempre pasa cuando regreso a la realidad. Son muchas, corean lo mismo día tras día. Me dan miedo, pero no hago nada para acallarlas:
«Pobre alma desgastada, ajada de tanto llorar.
Quién enjugará ahora tus lágrimas, quién de ti se compadecerá.Cambiaste la luz por el brillo, la melodía por el crepitar, lo eterno por lo momentáneo, lo sublime por lo banal.Quiere rescatarte y no dejas que lo haga, amas tus cadenas porque te atan a él, lo impides como fiera sin razón, fuera de ti decides mal estar. Pobre de tu alma insana, tu destino es penar, no en un mundo esotérico, sino en el aquí y en el allá».
··•··
Canto nuestra canción y miro el techo blanco. No pienso en nada, solo recito el coro una vez tras otra. Imagino tu sonrisa y me contagio de ella. Sigo con la melodía que parece un chirrido. Quizá debería de cantar cuando no esté llorando.
Siento los parpados pesados y tu risa estridente que proviene del closet.
Regreso a ti, regreso a ti.
Y recuerdo luego lo que me contaste hace un momento. Reacciono y el sueño se va. Me pongo de pie y bajo las escaleras.
Es aun de día, la tarde no ha terminado de caer. Salgo de la casa, apenas y me abrigo un poco.
No es necesario, no es lo primordial.
Apresuro el paso y siento las ansias. Mis piernas flaquean, no he tenido mucha actividad física desde que te fuiste, pero mi cuerpo no será un impedimento para llegar a mi destino. No paro de correr y el aliento se me corta, me cuesta respirar, el aire no parece querer entrar en mis pulmones y el poco que aspiro sale tan rápido como entra, pero sigo corriendo. Cada paso que doy parece corto, con cada paso que le sigue al otro el camino parece más largo. Parece que no avanzo, a pesar de que no he parado de correr.
Estoy casi llegando, estoy cerca.
Sigo y sigo.
He llegado.
Las escaleras me hacen resbalar y al caer raspo mi rodilla, regreso sin quejarme del dolor y logro estabilizarme, corro, saltando escalón tras escalón.
Vine por ti, por lo que prometiste.
A penas me veo delante de la puerta de tu apartamento intento recuperar el aliento. Es como si me ahogara, se me tranca el pecho. Toma algunos minutos recomponer el aire perdido. Lo he logrado pero ya luego me doy cuenta de que no he cogido las llaves.
Está cerrada. La puerta de tu apartamento está cerrada.
Muevo la minilla. Está trabada. No se abre. Lo intento una y otra vez. No hay caso, no se abrirá. Le doy una patada a la madera, enfadada porque no me permite llegar hasta ti.
Me derrumbo y caigo de rodillas sobre la alfombra. Me mata la angustia, el hecho de querer tanto llegar y al final no conseguir nada. Lloro impotente, lloro a morir. Las lágrimas que creí secas fluyen como rio. No me importa que me vean así: destruida. No me importa, solo quiero ahogar todo mi pesar, toda la frustración.
«Pobre alma en pena...»
¡Cállense! Les digo y las voces se callan de inmediato.
Corrí y corrí, solo para morirme nuevamente.
Entonces la puerta chirrea. Es Yamato quien me ha escuchado lamentar. A penas me mira se agacha y me toma entre sus brazos. Está preocupado y pregunta cómo me encuentro. Pero soy descortés y le dejo a un lado para seguir corriendo. Tom un nuevo exhalo que me devuelve el alma a los huesos.
Busco en el estante el libro que me dijiste en sueños. No está. Sacudo y lanzó al piso cada tomo de tu colección: no está. Otra vez siento la angustia atorada en la garganta, quiero echarme a llorar.
—Sé lo que buscas —dice tu hermano.
—¿Sabes dónde está?
Muestra el tomo, muestra el libro que debería de tener la llave adentro. Me apuro en tomarla con desespero. Allí esta, como lo dijiste.
Me apresuro en llegar a tu escritorio. Las manos me tiemblan y no puedo introducir la llave dentro la cerradura.
—Déjame intentarlo —ayuda y le agradezco.
Cuando se hubo abierto el cajón lo veo, está allí, aun sin envolver, es una cadena bañada en oro blanco, con incrustaciones brillantes, parecen diamantes.
¡Oh, mi amor! Es hermoso y tiene la esclava del pájaro que tanto me gustó cuando la vimos en aquella joyería. Te acordaste.
Takeru, mi querido Takeru.
—Es de TK —le digo y me mira con lastima.
—¿Quieres tomarte algo?
Niego.
Estoy feliz y sonrío, a pesar de que parece que no lo hago, las lágrimas pueden dar otra impresión.
—Me tengo que ir.
—Te llevo a casa.
El camino se hizo corto. Yamato no es muy conversador, pero eso ya tú lo sabías. Con cada segundo que paso con la cadena, más añoro que no hayas sido tú quien la entregara. Pero no importa, me has avisado y eso cuenta.
El auto se detiene y escucho como Yamato respira hondo y pesado.
Entonces me mira y dice:
—Hikari... yo también lo extraño, pero debes dejarle ir.
No hace reparos, no quiere parecer casual, va directo al grano.
—Lo he intentado —le respondo—, pero no puedo.
—Solo te haces daño.
—Quizá ya me acostumbré al dolor.
Vuelve a respirar pesado, abro la puerta y bajo del vehículo.
—Hikari —me llama y le atiendo—. Él no te hubiese dejado estar así.
Lo sé. Cada vez que me lo dicen lo recuerdo, cuando no, también. Agradezco su ayuda, pero no estoy tan mal como ellos creen. Yo elegí estar así. Lo que me repara el futuro no me importa, solo aguardo el momento para poder dormir siempre y permanecer contigo eternamente, Takeru.
Se ha ido.
Camino hasta la entrada de la casa y lo veo ahí, sentado en el escalón de la entrada, con las manos sujetando su cabello y su cabeza entre el hueco que dejan sus alargadas piernas. Está allí y sé que está preocupado, que ha venido por mí, que quiere hacerme entrar en razón.
—Hermano.
Levanta y fija la vista en mí.
—¿En dónde estabas? —Se escucha cansado, tiene ojeras, no ha dormido—. Te he estado esperando.
—Estaba con Yamato.
—¿Puedo entrar?
—Preferiría que no.
—¿Estas molesta conmigo?
—No, solo que no deseo hablar ahora.
—Sigues echándome la culpa por el accidente, ¿cierto?
—No. Nunca lo hice. ¿Cómo podrías haber sabido que tomaríamos tu auto?
—No debí dejar las llaves cerca... yo sabía que los frenos no estaban...
—Ya olvídalo.
Se ha puesto de pie y se acerca hasta mí. Mi hermano no me ve con la misma mirada de los demás. No me hace sentir loca, no me hace sentir en pena. Todo lo contrario, me conforta de una manera u otra. Sonrío, apenas. Mi hermano toma mi mejilla dentro de su mano y la acaricia.
—Te extrañamos, Kari.
—Tengo miedo, hermano.
Entonces me abraza y yo lloro debajo de su ala.
—Será difícil al principio, pero todos estamos aquí. Todos queremos que regreses, que vuelvas a reír. Ojalá pudiera regresar el tiempo e impedir que te subieras en el Camaro. Nada de esto hubiera pasado si yo no...
Está hipando, Takeru. Mi hermano llora. Cree que es su culpa. ¿Cómo le digo que no lo es? ¿Qué no creemos que es así? Háblame, Takeru, háblame. Pon las palabras en mi boca, recita esas frases hermosas y llenas de esperanzas que solías usar siempre. Ayúdame a disminuir su dolor.
¿Por qué no te escucho?
—Soy un tonto. Se supone que no debería de estar llorando. Me dijeron que para estas cosas es mejor hacerte sentir mejor pero ahora lloras, también, por mi culpa.
Le abrazo con más fuerza y su beso húmedo cae en mi frente.
No sé por qué. Han de ser las pastillas para dormir o el hecho que no descanso como debería. Ha de ser que no he comido lo necesario o la corrida de esta tarde, quizá fue su beso, pero... caigo entre sus brazos.
Mis piernas parecen gelatina, no puedo moverme, pierdo la razón. Todo se vuelve negro.
—¡Kari, Kari!
Ya no sé ni reconozco en dónde estoy. Te escucho, distorsionado, pides que me levante, que continúe. Igual le escucho a Tai, está preocupado.
No distingo la realidad de la fantasía. Parece no importar, porque ya no los escucho. Estoy sola.
Hay un camino corto, una luz muy brillante a lo lejos. Dicen que si ves una luz y llegas al final del túnel para atravesarla, todo el dolor que un día sentiste desaparecerá.
Quiero que desaparezca.
No lo dudo. Corro con intenciones de ir hacia la luz como esos bichitos que no se resisten y se dan tumbones hipnotizados por su encanto radiante.
Tu mano me toma una mano, Taichi me toma de la otra y no me dejan continuar.
Tú y mi hermano me detienen.
Déjenme ir. Déjenme, se los suplico.
