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Antes del alba
Kenma x Akira
Disclaimer: personajes no son míos
II
Yo estudiaba diseño de videojuegos en una universidad en Mitaka, era mi segunda carrera. Antes estudié servicio social. Tras un año de aguante tuve que admitir que no era lo mío y me matriculé en diseño de videojuegos. Esta segunda carrera no sorprendió a nadie, e incluso mis padres lo celebraron. Sus palabras al enterarse de mi cambio de decisión fueron: «ahora sí».
Tenía un horario escolar. La mayoría de mis clases transcurrían por la mañana, dejándome tardes libres que pasaba en las salas de computación de la universidad avanzando en mis trabajos; o bien (si sentía la necesidad de cambiar aires), en una cafeta cercana con wifi abierto. Me gustaba aquella cafeta porque el cupcake del día traía dibujado la silueta de algún Pokémon, y si adivinabas de cual se trataba, te regalaban otro cupcake gratis. Era posible encontrar a casi toda mi facultad en aquella cafeta porque nos encantaba la franquicia. Pero tras la revelación de Kei y sus planes de engañar a Kuro, me olvidé de mis fanatismos y me fui directo al museo de Mitaka.
No sabía qué haría una vez en el museo. El plan de Kei era un acto desesperado que no podía traer nada bueno, pero temía que se lo tomara a mal de intervenir de manera activa. También me preocupaba lo que pudiese opinar Kuro tanto si hacía algo como si me mantenía a un lado.
Una parte de mí me instaba a abandonar, a no tomar partido. Veía cómo se consumían día a día, y temía lo que pudiese ocurrirme de tomar alguna postura más tajante. Quizá daba igual. Hiciera lo que hiciera, me desgastaba junto a ellos.
Kuro no podía dejar a Kei por la misma razón que yo no podía desentenderme de ambos.
En su momento lo conversé con Fukunaga, un amigo de la preparatoria más taciturno que yo. Había leído varios de sus ensayos, y me admiraba la manera en que trabajaba su mente. Estaba seguro de que, si alguien podía darme un consejo, ese era Fukunaga. En realidad, lo de Fukunaga nunca ha estado en las conversaciones, y por ello se dedica a escribir. Se limitó a decir que la situación era delicada, y que ya estaba bien. Regresé a casa avergonzado de mi indiscreción, y aunque mis ensayos nunca tuvieron nada de extraordinario, me obligué a redactarle una carta de perdón a Fukunaga.
Luego lo consulté con otro amigo, con Tora, que era el polo opuesto de Fukunaga. Me abrumaba su mentalidad simplista, su naturaleza ruidosa, y en realidad no sé por qué sigo considerándolo un amigo si cada vez que nos vemos, regreso a casa estreñido. El caso es que Tora, después de contradecirse mucho, de citar casos nada parecidos que había visto en los programas del corazón, repitiendo frases a modo de muletillas tales como «¡hacen falta agallas!», o bien «¡no se puede vivir sin coraje!», le pedí que ya estaba bien. No fui al baño durante una semana.
Desaconsejado, decidí esperar en la entrada del museo, «por si acaso…». No era entrometerme en la relación como un acto de pasiva vigilancia. Quizá era solo un berrinche de Kei. Estuve casi una hora apostado en la entrada, leyendo y releyendo el directorio de precios y horarios hasta aprendérmelo de memoria, por algo más de una hora.
Hasta que, para bien o para mal, aparecieron.
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Kei salió del museo junto a otro hombre de su misma edad, no demasiado más bajo. Llevaba una máscara de Kanohashi dispuesta a modo de visera, una camiseta blanca con una clave de sol bordada, y una enorme bolsa de suvenires comprados en la tienda de recuerdos del museo. A primera vista no me pareció alguien que pudiese representar algún peligro, entonces reparé en que tenía agarrado a Kei del brazo.
En mi apuro, me escondí tras un basurero. Me di cuenta que no quería que me vieran, porque si Kei me veía, haría algo de lo que se arrepentiría. Una voz que no era la de Kei se alzó cuando ambos pasaron cerca de donde estaba agachado.
—¿Puedes cambiar esa cara? Ha sido para mejor que ese senpai no haya aparecido. Tu plan era muy estúpido, Kuroo-san no caería en tu juego. Jamás.
—Por qué crees saber cómo reaccionaría Kuroo-san si ni lo conoces.
—Porque te conozco y tú nunca habría salido con alguien al menos igual de inteligente que tú. Y una persona inteligente no caería en este estúpido juego.
—Suéltame el brazo.
—No te piques. Ahora, ¿vamos a comer? Hay unas tartaletas que se veían magníficas en la vitrina. Muy estudio Ghibli, como corresponde.
—No, aquí no, la comida es muy cara. Hay una cafeta a pocas cuadras que no está mal.
—Ya sé: ¿una que frecuenta tu senpai el chismoso?
Algo replicó Kei que no alcancé a oír que provocó la risa de su interlocutor. No parecía tener intenciones de colaborar con el plan, lo que aligeró el peso que comenzaba a asentarse en mi estómago, aunque era probable que se debiera al hambre. Esperé a que avanzaran más para salir de mi escondite sin ser visto. Todo pudo haber terminado allí. Debió terminar allí. La tonada monofónica del tetris resonó por todo lo alto desde el bolsillo de mis tejanos: una llamada entrante.
—¿Kenma?
Una llamada entrante y de Kei. Delatado, me levanté de un salto de mi escondite, y me engrifé como un gato, dispuesto a lo que fuese.
El chico de la máscara de Kanohashi me señaló.
—¡Senpai-chismoso! ¡Tsukishima el plan!
—¡No lo hagas Kei! —dije yo.
Saqué las garras y me lancé para interrumpir lo que sea que pudiese ocurrir, olvidando que apenas tengo facultades gimnásticas, olvidando especialmente que delante mío tenía un basurero, con el que choqué, perdí el equilibrio, y caí dentro.
Unos brazos jalaron de mí. Un líquido caliente y viscoso chorreaba mi rostro. Me nubló la rabia. Las amistades me exigen más de lo que soy capaz de dar y, como muy bien dijo Fukunaga: ya está bien.
Un pañuelo rozó mi rostro. Bajo la máscara, las ojeras de Kanohashi son más profundas, y su piel es de un tono blanco casi grisáceo. Un segundo pañuelo para limpiar mi sudadera que también se había manchado.
—¿Estás bien?
—Déjame.
—Íbamos a comer en la cafeta del museo —respondió, sonreía—, ¿te nos unes?
Fue un mal momento para que mis tripas se retorcieron ante quien —me era imposible pensar de otro modo— era mi enemigo. Eso lo decidió todo.
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El restaurante del museo estaba decorado con el estilo de los estudios Ghibli y los postres tenían los nombres de sus películas.
Llegó una camarera a tomarnos la orden. Kei solo ordenó una gaseosa, pero su amigo le añadió una porción de castillo ambulante, que era en realidad un pastel de fresa con forma de castillo ambulante. Kei sacó su teléfono.
Su amigo se relajó en su silla. Pasaron varios minutos en que nadie dijo nada.
—Tengo que tomar pastillas para dormir, y luego otras para despertar —me empezó a hablar aquel chico fan de Ghibli, con una soltura como si nosotros fuésemos conocidos de toda la vida—, pero ya se me acabaron y tengo que ir con el psiquiatra para que me prescriba más. O bien para que me cambie el tratamiento.
—Ya.
—¿Has ido al psiquiatra alguna vez, senpai? No son como los muestran en las películas, no tienen ningún diván de cuero ni barba larga ni cara de demencia ni hablan lento, ninguna de esas cosas. La primera vez que vi uno fue decepcionante. Entonces caí en cuenta que realmente estaba mal.
—Ya.
—Siempre he tenido trastornos del sueño, pero ningún médico me ha podido decir el porqué, mucho menos curármelo.
Decir «ya» por tercera vez me pareció que dejaba en evidencia lo incómodo que me sentía y preferí llenar su pausa con más silencio. Él entendió mi silencio como una invitación a seguir hablando:
—¿A ti te gusta dormir? Yo creo que Tsukishima duerme mucho… Le he dicho que pruebe con el insomnio como terapia, que podría ayudarle. Sí, verás, el sueño ayuda a la memoria, a fijar los conocimientos en la cabeza, pero Tsukishima lo que necesita es lo opuesto: dejar ir ciertos recuerdos. Pero no me hace caso.
—No hables de mí como si no estuviera aquí —interrumpió Kei sin apartarse de su teléfono.
—Pero es como si no estuvieras aquí, porque apenas has hablado. Ni siquiera nos has presentado, y como veo que los tres somos una panda de taciturnos, he tenido que asumir el rol del charlatán y me sale fatal. Estoy hablando de mis problemas de sueños que no interesan a nadie. Es tu culpa. Todos los males de la humanidad son tu culpa.
Kei se revolvió el cabello.
—Kenma, Kunimi. Kunimi, Kenma.
—Me encanta tu talento para la diplomacia —se burló el amigo y luego regresó su atención a mí—. Mi nombre es Akira, por cierto. Kunimi Akira. He notado que llamas a Tsukishima por el nombre.
—Yo soy solo Kenma.
—¿A qué te dedicas… Solo Kenma?
Me reí. Si se trataba de personajes de Star Wars, yo era como más como… Grido. Un villano muy extra con menos de un minuto de pantalla, cuyo único propósito en el filme fue introducir la personalidad de uno de sus protagonistas (Han Solo precisamente).
Le hablé un poco de mi carrera, mis horarios, sin profundizar en nada. En eso llegaron nuestros pedidos. Akira parecía maravillado con todos los platos y pidió probar los míos y de Kei. Kei seguía revisando su teléfono.
—Es que me encantan las películas Ghibli, su banda sonora, su comida… siempre había querido venir aquí —explicó Akira—. Si me convierto en un cerdo, no creo que sea tan malo.
Kei no pudo ocultar su risa. Dejó por fin el teléfono a un lado.
—¿Te imaginas gordito? Serías adorable. Tendrías los mofletes mucho más grandes de lo que las tienes ahora.
—No te burles de mis carrillos.
Kei le picó el rostro con los palillos.
—De seguro que con unos kilos extras la gente me tomaría más en serio —reflexionó Akira, y se volvió a explicar—. Es que soy músico.
—¿Y los músicos que se hacen respetar tienen que ser gordos? —preguntó Kei sin disimular el cinismo en su tono. Akira no se ofendió.
—Bueno, quizá no, pero he notado que se burlan de mis huesos. Del contraste entre mis huesos y mis carrillos. Por ejemplo, dicen que el traje me queda grande y que me vuela el viento. Dicen que parezco un cerillo. Dicen que podría trabajar limpiando el interior de las traverseras. Dicen que si me arrojasen desde un tejado yo debería caer meciéndome de lado a lado del mismo modo en que lo hacen las hojas en otoño, sin embargo, gracias al tamaño de mis carrilos…
—Ya entendimos —cortó Kei regresando a su teléfono.
—Vaya humor traes… ¿Tú lo soportas, Solo Kenma?
Me volví a reír, me hacía mucha gracia que me llamara así. Como sentí su mirada sobre mí y era una mirada muy intensa, me puse todo colorado.
—Yo soy de Miyagi —continuó Akira—, de ahí que nos conocemos con Tsukishima.
—¿Compañeros de la escuela?
—No precisamente. Nuestras escuelas eran rivales. La mía era mejor que la suya.
Kei ni se molestó en rebatirle.
—¿Y qué haces en Tokio? —Cambié de tema.
—Viajé para hablar con un director. Terminé el conservatorio esta primavera y me gané una beca para especializarme en el extranjero. Tengo todavía que arreglar algunos asuntos legales y no sé cuánto tiempo me tome, pero otro amigo ha dicho que puedo quedarme en su sofá el tiempo que haga falta.
—¿Especializarte?
—Me gusta la composición de bandas sonoras.
—Lo hace bien —intervino Kei, levantando sus ojos del teléfono nuevamente. Nos tomó por sorpresa, especialmente a Akira, quien se le notó mucho el asombro en su rostro—. ¿Qué me miras así? Mi hermano me enseñó ese cortometraje que musicalizaste. Se oía bien. El cortometraje no era bueno, pero la música sí. Incluso dejé un comentario, con esas mismas palabras: «el cortometraje no era bueno, pero la música…»
—«…la música sí». Leí ese comentario. No sabía que habías sido tú.
—No quería que supieras que fui yo.
—Oye…, gracias. No, de verdad: muchas gracias.
Akira esbozó una sonrisa pequeña, algo ladeada. Tenía un defecto en el labio apenas perceptible que le impedía extender una sonrisa simétrica, pero era aquella imperfección lo que le otorgaba una fiereza imposible, una fuerza que no se me ocurrió posible para una sonrisa. Deseé que alguien me sonriese de ese modo. Deseé, sin darme cuenta, ser Kei.
Y Kei, que parecía que tampoco se podía contener ante aquella sonrisa, le pidió que se callara y trató regresar a su teléfono, pero Akira extendió un brazo y le guardó el aparato en el bolsillo de la camisa. Seguimos comiendo nuestros pasteles, escuchando a Akira hablar de música, comentando nuestras bandas sonoras favoritas, y aunque éramos una panda de taciturnos, logramos hacer fluir una conversación, acompañada de silencios que no se sintieron incómodos, sino como una pausa necesaria para descansar y tomar agua.
—Sigamos en contacto, Solo Kenma —dijo y me guiñó un ojo. Al estrecharme la mano me dejó de manera muy disimulada una tarjeta.
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Esa noche Kuro me visitó luego de la cena. Yo estaba trabajando en la computadora. Kuro entró en mi habitación sin anunciarse, como era su costumbre.
—¿Qué le pasó a tu cara?
Pasada algunas horas mi cara se había hinchado con el golpe tras mi caída dentro del basurero, y un chichón comenzaba a tomar forma.
—Una larga historia.
—Está bien, Tsukki ya me explicó todo lo de hoy.
Dejé computador a un lado. Kuro, no sé cómo lo hacía, siempre lograba sacarme de quicio.
—¿Te lo explicó? ¿Qué quiere decir eso?
—Que me lo explicó.
—Utiliza otra palabra.
—Tsukki me contó lo que sucedió hoy. Lo que hiciste hoy por él… o por mí. Bien, no importa. Tsukki dijo que tienes más agallas que él.
—¿Y eso qué significa?
—Que todavía no va a terminar conmigo… por ahora. Usó su tono de ultimátum, es un idiota.
Cuando Kuro llamaba «idiota» a Kei, quería expresar lo opuesto. Me sentí tranquilo. Eso quería decir que las cosas entre ambos se habían arreglado, al menos de momento.
—¿Qué te pareció su amigo?
—No sé.
—Pero tú siempre psicoanalizas a las personas —insistió Kuro.
—No hago eso.
—Sí lo haces.
—Bien, generalmente lo hago. Me caí dentro de un basurero, qué más esperas de mí. No tenía cabeza para psicoanalizar a nadie. Literalmente no tenía cabeza.
Kuro no se burló ni dijo ninguno de sus comentarios pesadotes. En cambio me dio las gracias. Cuando se iba, regresó en sus pasos e hizo un ademán como que iba a abrazarme, pero se detuvo. Quizá porque sabía que yo era reacio al contacto humano, o quizá porque temía no poder controlarse. No quería ser esa clase de amigo que limita la libertad. Kuro entregaba más de lo que recibía, y yo podía marcar la diferencia, entre otras cosas, porque podía hacerlo.
—Está bien —accedí.
Estiré mis brazos con torpeza, como una máquina, y Kuroo se dejó caer en ellos,
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Le ofrecí a Kuroo dormir en mi casa, pero dijo que no hacía falta, y que no quería quitarme más tiempo. Yo había abandonado la idea de continuar mis trabajos, pero preferí no insistir porque me di cuenta que Kuroo quería estar solo. Cuando me desvestía, reparé en la tarjeta que me dejó Akira hace unas horas. Era de un color turquesa pálido, muy elegante. La clavé en la pizarra de corcho y la contemplé un buen rato.
Kunimi Akira, repetí en mi mente. Sí me había formado una idea de él, después de todo, pero no quería decírselo a Kuroo, porque de poner en palabras lo que sentía, temía que estos se materializaran.
Notas: estoy como en llamas escrituriles fanfiquerinas (?) lo que se condice con un descenso drástico de mis actividades sociales, y eso me hace sentir aliviada, gusto. Como que siento que soy yo misma. Cosas de introvertidos.
Apreciación #2: Danzas polovtsianas de Borodin es tan deslumbrante, tan apoteósica, que cada vez que la escucho, me cuesta mucho regresar a la tierra, al mundo de los humanos.
