20 Kilos de Hielo
·Twenty Kilos of Ice·
Traducción resumida de un fanfiction de Kidman.
Capítulo 01:
El hombre que regalaba máscaras a los niños.
- ¡Kuonji-san! - Se escuchó afuera de la tienda de acampada. Eran las 7 de la mañana de probablemente, el verano más caluroso que Ukyo podría recordar. Y recordaba bastantes veranos. Por eso, la lógica le decía que siguiese durmiendo, mientras aún el fresco de la noche duraba - ¡Kuonji-san!
- ¿Qué demonios pasa? – Respondió Ukyo, mientra entreabría la cremallera de su tienda. Asomó medio rostro.
- ¡Hay que ir a buscar el hielo! – Le gritó Sakurata, el niño prodigio. Prodigio, porque aún no yendo a la escuela, podía pasar los exámenes a distancia. Algo que Ukyo en su vida se vio capaz de hacer. Aún recuerda los exámenes de admisión de cada ciudad por la que pasó de pequeña.
- ¿Hoy no le tocaba a Saito-san? – Pregunto la joven, mientras se quitaba las legañas. El chico negó con la cabeza., mientras volvía a brincar.
- ¡Vamos, vamos! – Y allí se acabó la discusión. No había porque darle mas vueltas. Una de las cualidades que poseía el pequeño Sakurata, al igual que seguramente todos los niños, es la de creer que siempre tienen razón. O eso pensaba Ukyo cuando se decidía a cambiarse de ropa. También pensaba que poseían una energía inusual, como si vinieran con la batería totalmente cargada de fábrica. Nunca se cansaban de nada. A diferencia de ella.
- Ni que tuviese 50 años - se dijo a si misma, mientras que se tocaba los riñones, completamente en ropa interior. Si tuviese un espejo delante de ella, seguramente ni se reconocería. Unas ojeras hasta los mofletes, totalmente despeinada, y poniéndose un chándal amarillo después de haber dormido solamente 4 horas. 22 años, de los que seguramente aparentaba 32, y de los cuales sentía 55. Toda una ecuación matemática.
- ¡Vamos, Kuonji-san! – Y claro, si a eso le añadimos ese generoso "-san", Ukyo no estaba como para sentirse una quinceañera.
- ¡Que ya voy!
Ir a buscar el hielo era un ritual semanal. Es decir, que Ukyo hacía una vez por semana. Y ella ni siquiera lo usaba. Bueno, ni ninguno que lo fuese a buscar nunca. El único que lo usaba era el vendedor de helados, Adachi-san. Es anciano hombre, era el heladero de la feria. Un artesano de los helados, por decirlo de alguna manera. Lo hacía todo con mimo y dedicación. Esto no quiere decir que Ukyo no hiciese su trabajo sin mimo, pero el hombre era especial. Era lo que Ukyo llamaría un maestro. De echo, una gran parte de la ganancia de la feria, se debía a esos helados de hielo. Y es que, desde que ingresó a este grupo de trabajo ambulante, solo había una cosa clara: El heladero es el que más aporta de todos. Ukyo puede que fuese la cuarta y o la quinta del ranking de benefactores del grupo. Al fin y al cabo hacía okonomiyakis. La gente puede que no se permita algunas atracciones, pero siempre se permitía comer algo. Pero los helados era algo totalmente superior. Su puesto siempre está lleno. Por alguna extraña razón, es así.
- Saku-chan, ¿Alguna vez hubo otro heladero aparte de tu abuelo? – Le preguntó Ukyo al crío, que la acompañaba a comprar el hielo. Este la miró un momento.
- Si – dijo, mientras siguió caminando tirando el carro hermético.
- ¿Y era mejor que tu abuelo?
- Nunca probé sus helados – Contestó finalmente. Ukyo supuso que tampoco tenía mucho sentido tener dos vendedores de lo mismo. Y al ser el más anciano, Adachi-san era probablemente, en muchos asuntos del grupo, la voz cantante. Aunque nunca ha hablado mucho con él. Pero supuso que no le haría mucha gracia que hubiese competencia entre la gente. De hecho, nunca la ha habido, al menos, el tiempo que ella llevaba allí.
- Veinte kilos de hielo, por favor – Dijo Ukyo en el mostrador de una gasolinera. El chico la miró de arriba abajo – "No hace falta que me digas que parezco una dibujante de cómics" – Pensó nuestra cocinera. No había que recordar mucho, para que Ukyo se diese cuenta lo mucho que se había dejado ir. De echo lo sabía. Pero, ¿qué más daba? Vale que hace años, tuviese cierto éxito, pero realmente, para una compra matutina, ¿dónde está la gracia de arreglarse? El único hombre interesante que se encontraría en el día, es el crío que tenía al lado. Y ya lo conocía.
- Son 2000 yenes – dijo el chico del mostrador, después de que con ayuda de Saku-chan, metiesen las bolsas de hielo en carro. Ukyo pagó, y con la misma calma con la que vinieron, se marcharon.
En el parque, ya todas las tiendas de campañas se habían disuelto. Los martillos empezaban a sonar y la algarabía clásica de el alzamiento de una feria de verano, comenzaba.
- ¡Uchan! – gritó Aki, la mujer del puesto de peces. Con una mano, Ukyo la saludo. Había instalado su puesto de okonomiyaki junto al suyo. Cosa que a Ukyo no le hacía mucha gracia. Para entendernos, Aki era una mujer de unos 32 años de edad, delgada, pelo medio largo y fumadora. Fue la primera amistad de Ukyo en el gremio. Hasta ahí todo bien. El asunto es que era bastante descarriada, descarada, y habladora. Tampoco eso es mucho problema. El problema real, es que solía meterse en líos con mucha facilidad. Era la primera en apuntarse a una pelea, y la que más labia tenía para discutir. Tanta, que Ukyo pensaba que le daba igual con quién discutir, mientras puédese hacerlo. Incluso con ella. Así que, aunque le caía bien y realmente era una mujer sincera; siendo este el día de la semana que no podía dormir más de 4 horas, no le apetecía lo más mínimo pasarse la tarde-noche con ella.
- Gracias Kuonji-san – Dijo Sakurata, cuando ya llegaron al puesto de helado. El abuelo, el señor Adachi, vino a recoger a su nieto y a la mercancía.
- Muchísimas gracias, Kuonji-san – Le dijo el anciano con una reverencia. Ukyo se la devolvió.
- Si necesita otra cosa más, no dude en avisarme.
- No se preocupe – Dijo otra vez el anciano, despidiéndose y volviendo a los adentro de su puesto. Y Ukyo soltó un suspiro profundo. Tocaba preparar sus cosas.
La idea clásica de un día para Ukyo, era la siguiente: Levantarse, vestirse, guardar la tienda de campaña (siempre que no tuviese "turno de hielo"), desayunar, sacar sus cosas, preparar sus puesto, comer, revisar y comprar ingredientes, descansar, cambiarse y arreglarse, calentar la parrilla, preparar alguno okonomiyakis, y abrir el puesto. Bueno, todos abrían la feria a la vez. Lo importante es que hoy no fue un día diferente, en ese aspecto. Por lo que con todo ese trabajo, ya eran las seis de la tarde, hora de abrir.
- Deberías hacer algo con esas ojeras – Le dijo Aki. "Ahí viene", pensó Ukyo.
- No tengo la mínima gana de discutir, Aki-san – Le dijo, mientras veía venir al gentío acercarse al parque.
- No querrás pasarte la vida de feriante ¿no?. Mira como he acabado yo. – Otro anzuelo de la señorita Aki. En su momento, Ukyo descubrió que nombrarle el poco éxito con los hombres que tiene Aki, o insinuarle que debería echarse marido, era una declaración de guerra dialéctica.
- Eso es porque ningún hombre es suficiente hombre para ti, Aki-san – Le contestó Ukyo.
Hola, soy yo (). Bien como la mayoría sabréis, el "–san" es lo más parecido a señor o señora. El problema es que, según Indira, Kidman escribió todo en plan, "señorita Kuonji", o "señor Adachi". Vamos, que en si está bien la traducción, pero a la larga, que todos se llamen tan cortésmente, desconcertaba bastante. Y era poco práctico. Así que lo cambié. Otra cosa es el siguiente tema.
- "Que machista es todo esto ¿no?" – Chin pún. Esto es lo que me soltó Indira a estas alturas. El hecho que la conversación girara tanto en lo de buscar matrimonio, como si la realidad de una mujer solo pudiese ser conseguida por el hecho de juntarse con un hombre, la desconcertó un poco. Un poco bastante. Así que aclaremos esto. En Japón la cosa es así. Es decir, ahora mismo supongo que la mujer es más independiente que hace 4 décadas, y lo será más dentro de otras 4. Pero que tampoco esta la cosa como para "tirar cohetes" por allí. Aunque quizás el problema, es que Kidman es hindú. No tengo nada en contra de esa cultura, pero la cosa está también por los mismos lares por ese país. En este punto no sabría deciros si Kidman escribió este tipo de conversación desde un punto de vista totalmente argumentado en la cultura japonesa, o simplemente aplicando la suya propia. El caso es que yo tampoco creo que una mujer deba casarse para ser algo en la vida. Que quede claro. Y que quede claro que cuando aparezca Ryoga, Ukyo no se le va a tirar encima como loba en celo, buscando salir de todo eso. Tampoco es eso, pero era solo por advertir que si os encontráis con algo que no termina de encajar en la cultura occidental, lo tengáis en cuenta. Ya está, me callo.
- Que bien esquivas los temas, chica.
- Llevo tres años contigo, tendrás que esforzarte un poco más – le contestó. La gente no dejaba de entrar, así que poco tardaron en meterse en faena. Aún estando a una distancia considerable como para hablarse mutuamente, cada vez que Aki veía un momento libre, se acercaba al puesto a Ukyo.
- Pero en serio Uchan, deberías pensar en tu futuro. ¿Piensas estar aquí haciendo de comer por dinero, toda la vida?
- Siempre he cocinado okonomiyakis.
- ¿Y no sería mejor cocinar para alguien a quien quieres?
- No creo que encuentre a alguien que sólo comiese okonomiyakis todos los días – Dijo mientras sonreía – Pero estoy bien aquí.
- Eso lo dices ahora, pero después de diez años, no pensarás así – Aki se encendió un cigarro – Al fin y al cabo, ¿quién narices quiere pasarse la vida solo, trabajando para mantenerse? Yo…
- "Debí haberme casado cuando tuve la oportunidad" – contestó Ukyo mientras le pasaba dos okonomiyakis a una pareja. Aki soltó un hilillo de humo.
- Al menos sé que recuerdas lo que te digo.
- Llevo tres años escuchándolo. Creo que desde el primer día.
- ¿Y que te esperabas? Aún recuerdo la cara que se nos quedo a todos cuando una chica de 20 años, que apenas podía con su propio puesto ambulante, nos pidió unirse – otra calada – Se que es el negocio familiar y todo eso.
- Sabes que a mí lo de casarse, no es una idea que me llame la atención.
- Una mala experiencia no significa que todo sea así – Una mala experiencia, dice. A Ukyo, lo de "mala experiencia" le parecía como describir el Océano Pacífico como un charco estancado. Pero que iba a saber Aki. Que iba a saber nadie.
- Si tu lo dices.
- Vamos a ver ¿Que es lo que pasó exactamente? Vale, estuviste prometida y no salio bien. ¿Tanto problema con eso? – Ukyo, al oír eso, apuntó con su espátula la cara de Aki. Esta miró la espátula, aun con el cigarro en la boca - ¿Qué?
- Te roban los peces – Le dijo Ukyo. Aki se giró, y vio como unos niños de 9 años se saltaban la gracia de sacar los peces con el aro de papel, y usaban las bolsas de plástico directamente.
- ¡Malditos gamberros! – Y mientras Aki los maldecía, y estos huían, Ukyo siguió a lo suyo, preparar okonomiyakis. Y así seguiría toda la noche. Y toda la vida. Porque para ella, eso estaba bien. Puede que en un tiempo, pensó que su vida podría ser mejor, pero ahora, después de perder tanto, sabía conformarse. No estaba tan mal. Era parte de un grupo. La apreciaban. Era auto suficiente y además, se sentía a gusto con lo que hacía. ¿Qué más daba lo que fue, y lo que no fue? ¿qué mas daba todo y nada?
- ¡¿Dónde esta Adachi-san?! – preguntó el señor Kuroko, el del puesto de dulces. Ukyo y Aki lo miraron.
- ¿Qué pasa ahora, Kuroko-san? – le preguntó Aki, que había decidido permanecer vigilando su puesto.
- ¡Hay un tipo vendiendo máscara!- Aseguró el hombre. Es verdad que vender máscaras en una feria, no era algo extraño. El asunto es que nunca ha habido un vendedor de máscaras en la asociación de feriantes. Al menos desde que Ukyo ha estado. Eso quería decir, que alguien se estaba aprovechando de la situación para hacer negocio propio.
- ¡¿Qué?!¡¿Dónde está?! – preguntó Aki inmediatamente. Ukyo sabía lo que pasaría: Lo echarían a patada. Bueno, más bien, Aki lo echaría a patadas. Le soltaría tal discurso que seguramente, con tal de no volver a encontrarse con ella, el tipo nunca más volvería por aquí.
- Mi abuelo dice que no hagamos nada aún – Soltó Sakurata, que pasaba por allí. Seguramente su abuelo, que se olía que la primera en saltar sería Aki, le envió para detenerla – Una pelea no sería buena imagen para la feria.
- Tiene razón… - Dijo Kuroko – ¿Qué opinas tú, Kuonji-san?
- Bueno, no creo que se largue así como así. Saito-san lo detendrá si quiere huir antes de que acabemos.
- ¡¿Cómo?! ¡¿Lanzándole globos?! – se quejó Aki
- Nadie puede permitirse dejar el puesto ahora. Solo podemos esperar – Ukyo seguía sirviendo okonomiyakis a los cliente – Por cierto, ¿y tu puesto, Kuroko-san? –
- ¡Joder! – Así fue como Kuroko se marchó corriendo después de darse cuenta de su error.
- "Ahora me espera la noche perfecta" – pensó Ukyo. Se refería a el hecho de escuchar durante toda la jornada, a Aki quejándose del "sinvergüenza" que se ha atrevido a venir a sacar dinero sin aportar, a Sakurata hacer la ronda para informar que el individuo seguía vendiendo. Nada nuevo, teniendo en cuenta de que ha pasado más veces.
- Se va ha enterar como lo vea venir – susurraba Aki mientras fumaba sin parar. Era como un perro esperando a que la soltaran.
- No creo que sea para tanto – Ukyo, que ya sabía lo que pasaría, intentaba suavizar las cosas.
- ¿Cómo que no es para tanto? ¡Nosotros hemos pagado al ayuntamiento por poder estar aquí! ¡¿Qué se cree viniendo aquí sin ni siquiera saludar o dignarse a pedir permiso?!
- Seguramente es un pobre hombre que creyó que era un feria gratuita – Y la mayoría de veces lo era.
- ¡Eso no es excusa!
- Nada nunca ha sido excusa para ti
- ¡Argggg!
La noche se acababa. Ukyo empezaba a guardar sus cosas, mientras veía como su amiga esperaba a que le dieran la señal. Pero ella no quería saber nada de todo eso. Después, Aki se pavonearía delante de todos, diciendo como espantó al intruso. Bueno, mas bien mañana. Porque lo único que haría ahora Ukyo, es recoger y dormir. Ya se ocuparían ellos. Al fin y al cabo, había dormido sólo 4 horas.
- Mi abuelo dicen que vayamos a ver – dijo Sakurata, que volvió a su zona. Aki salió disparada, sin recoger lo suyo. Ya apenas quedaba nadie en la feria así que más de uno dejo su puesto en pie, para ir a cantarle las cuarentas al "delincuente". Sakurata se quedó en el puesto de Ukyo.
- ¿Tiene cara de malo? – preguntó la chica de los okonomiyakis. Sakurata solamente la miraba. – El hombre, ¿parece mala persona?
Silencio.
Ukyo suspiró, y le pasó un okonomiyaki de marisco, que tenía guardado para él. Siempre hacía lo mismo. De hecho Ukyo siempre pensó que estaba muy mimado. Pero claro, era el único niño de la asociación.
- Es bueno – Dijo entre mordisco y mordisco el niño.
- Oh, ¿Y a que se debe esa deducción, señor detective?
- Me regaló una máscara.
- Yo te he regalado comida ¿también soy buena? –
- Tu eres la tercera mejor.
- ¿La tercera mejor qué?
- La tercera mejor persona de conozco – Al oír esto, Ukyo se echó a reír. Un piropo, aunque sea tan ambiguo y de un niño de ocho años, siempre era bien recibido.
- Supongo que el mejor es tu abuelo – El chico asintió - ¿Y la segunda?
- Tu no lo conoces.
- Entonces es el hombre de las máscaras – dijo mientras volvía a recoger – Tiene que ser una máscara muy bonita, para que me superara – Ukyo se agachó y se puso a guardar sus ingredientes, mientras oía los pasos del niño. Sólo por el sonido sabía que estaba tramando algo. Cuando lo oyó suficientemente cerca, pudo ver sus pies a su lado. Ukyo se giró hacia él, con la intención de asustarle. Una pequeña broma para que aprendiera a no asustar a al gente.
- ¡Kui! – dijo el niño con la máscara puesta. Y a Ukyo se le sobrecogió el alma. Fue algo indescriptible. Como si de repente una cascada de agua helada le cayera encima. Se sentía empapada, y por un instante no tuvo claro donde estaba. Que hacía, que era de ella. Mientras le venían recuerdos a la cabeza, se levantó lentamente y le sacó con delicadeza la máscara al chico. Este no podía dejar de observarla. Y ella a la máscara.
- ¿Donde esta el hombre que te dió esta máscara? – le preguntó. Y Sakurata solo señalo a la entrada de la feria.
Había una muchedumbre de feriantes alrededor de algo, eso estaba claro. Los gritos agudos de Aki se podían oír muy claramente, y su tono de reprocha se entendía. Cuando Ukyo llegó al lugar, no podía ver con claridad entre tanta gente. Solo sabía lo que sabía siempre. Aki habría pateado el puesto del chico, le habría empujado, y cuando estuviese en el suelo mirándola, le habría empezado a soltar el sermón. Era su "modus operandis". Seguramente alguien la estaría agarrando para impedir que se lanzarse al chico. Todo eso Ukyo ya lo sabía. Lo que, por primera vez, después de tanto tiempo viviendo lo mismo, eso no le interesaba. Solo quería saber si era él. Si era quien pensaba. Si realmente estaba sucediendo lo que creía. Que iba a hacer y sobretodo, que es lo que esperaba que sucediese. Que con que cara miraría su pasado después de cinco años. O como se sentiría al descubrir que su pasado no volvería.
- ¡Así que dime, ¿cómo nos compensarás?! – gritaba Aki al chico en el suelo. Tenía una clara marca roja en su cara, de un golpe.
- Tranquilízate Aki-san – decía el señor Saito mientra la agarraba como podía.
- ¡¿Qué me tranquilice?! ¡¿Cómo podéis ver como nos roba y estar tan tranquilos?! ¡Eres un sinvergüenza!
- Pagaré la cuota…
- ¡¿Crees que puedes ahora solucionarlo con dinero?! ¡Es cosa de educación! ¡¿Voy yo a tu casa y me como tu comida?!
- Lo siento…
- ¡¿Lo sientes?! ¡¿Qué lo sien…?! – Aki calló al ver como Ukyo se planta al lado suyo – ¡Míralo, Uchan, este es el desgraciado que nos quiere joder la vida!
Pero Ukyo no contestó. Solamente lo miraba. En silencio. Ya no era una cascada, era una inundación. Sentía que se ahogaba, que no tenía aire. Que el agua desmoronaba el castillo de arena que había construido en un profundo hoyo, y que se inundaba. Era tanto que no podía ni pensar, ni sentir con claridad. Solo podía llorar. Todos, incrédulos, miraban la escena. Ukyo no podía reprimir el llanto, que pasó de lágrimas en silencio, a una respiración entrecortada. Después a un susurro triste, entre respiración.
- ¡¿Qué pasa Ukyo?! – Dijo Aki, soltándose de el señor Saito. Como pudo la abrazó, pero Ukyo empezó a zarandearse. Se intentaba soltar - ¡¿Qué te pasa?!
- ¿Por… por…qué? – Decía mientras intentaba liberarse. Aki la apretaba con más fuerza.
- ¡¿Pero que pasa?! – gritaba Aki - ¡Por favor, dime que te pasa!
- ¿Ukyo? – dijo el chico en el suelo. Y todo callaron. Y lo miraron. Aki soltó a Ukyo y esta calló al suelo de rodillas.
- ¿Ryoga… porqué? – dijo entre sollozos la chica. Ryoga la miró sorprendido un momento, pero solo duró eso. Un momento. Porque solo tuvo fuerzas para agachar la cabeza.
- Lo siento en el alma Ukyo… - Y al oír esto, con toda su fuerza Ukyo azotó la máscara de Sakurata en el suelo. La máscara de papel de un cerdo negro con una pañoleta se rompió en mil pedazos. Y no quedó nada de ella.
Fin del capítulo 01.
[Terminado a las 5:35 de la de la noche, horario de Greenwich]
[¡Rompiendo Tradicciones!:Como ya hay suficientes comentarios en el fics, el autor excluye cualquier comentario post-capítulo. Eso incluye el chiste habitual. (¡Nooooo! ¡¿Por quéeeee?!).]
