Les dejo el Segundo libro de la Saga de los señores del Inframundo. Para ello he cambiado personajes de sitio, respetado algunos y puesto otros nuevos. Para no hacernos bolitas, les recuerdo que la pareja del primer libro sería Mamoru y Usagi

Los personajes no son míos, son de Naoko Takeuchi y la historia tampoco es mía, es una adaptación de la novela El beso Mas Oscuro de GENA SHOWALTER Contiene lemon. Espero que disfruten con esta nueva adaptación. Besos y abrazos.

Aqui veremos a una Serena mas abierta a comarse a un buenazo Darien y los roces entre ellos entre la caza y el deseo me encanta como dije espero les gusten y dejen Review ^^

1

Serena diosa de la Anarquía, hija del Desorden y portadora del Caos, se hallaba en el

borde de una abarrotada pista de baile. Todos los bailarines eran mujeres humanas, bellas y casi desnudas, que habían sido elegidas específicamente por los Señores del Submundo para que les proporcionaran una noche de entretenimiento. Tanto vertical como horizontal.

Había volutas de humo que formaban una niebla a su alrededor, y la lámpara

estroboscópica giraba y lanzaba una lluvia de luces dentro de la discoteca, dibujando

círculos lentos. Por el rabillo del ojo, Serena vio el duro trasero de un inmortal embistiendo hacia delante y hacia atrás a una muchacha embelesada.

«Las fiestas que me gustan», pensó con una sonrisa de picardía..., aunque no la

habían invitado. «Como si eso me impidiera venir».

Los Señores del Submundo eran guerreros inmortales poseídos por los demonios

que una vez habían escapado de la caja de Esmeralda. Y en aquel momento, con unas cuantas rondas de alcohol y de sexo, los guerreros estaban despidiéndose de Budapest, la ciudad que había sido su hogar durante cientos de años.

Serena quería entrar en acción. Con un guerrero en particular.

—Apartaos —susurró, conteniendo su tendencia a gritar « ¡Fuego!» y observar cómo

los humanos corrían presas del pánico, gritando histéricamente.

«Deja que lo pasen bien».

Un ritmo trepidante de música rock, que iba al compás de los desacompasados

latidos de su corazón, salió a todo volumen por los altavoces, haciendo imposible que

alguien pudiera oírla. Sin embargo, todos obedecieron, impelidos por una obligación que probablemente no entendían.

Le abrieron paso, lentamente... muy lentamente...

Por fin, el objeto de su fascinación apareció ante su vista, y ella se estremeció.

Darién. Lleno de cicatrices, irresistiblemente estoico y poseído por el espíritu de la Muerte.

En aquel momento estaba sentado en una mesa del fondo, hablando con Endimión su amigo y compañero en la inmortalidad.

¿De qué estaban hablando? Si Darién quería que el guardián del Dolor le

proporcionará a una de aquellas mujeres mortales, la menor de sus preocupaciones sería una alarma de fuego falsa. Apretando los dientes, Serena ladeó la cabeza se concentró en ellos y, tras borrar el ruido que los rodeaba, escuchó.

—...ella tenía razón. Revisé las fotografías en el ordenador de Andrew. Esos templos se están alzando desde el mar —dijo Endimión —. Uno está en Grecia y el otro en Roma, y si continúan elevándose a esa velocidad, estarán lo suficientemente adelantados como para que podamos explorarlos mañana.

—¿Y por qué los humanos no saben nada de ellos? —preguntó Darién, frotándose la

barbilla con dos dedos, un gesto típicamente suyo—. Jedite ha visto las noticias de

diferentes cadenas y no dicen nada. Ni siquiera hay especulaciones.

«Tonto», pensó Serena, aliviada por que el sexo no fuera el tema de la noche.

«Vosotros lo sabéis porque yo quería que lo supierais».

Nadie más iba a verlos. Ella se había asegurado usando eso llamado «caos», su

principal fuente de poder; había escondido los templos con tormentas para mantener a los humanos alejados y, al mismo tiempo, les había proporcionado a los Señores la suficiente información como para que salieran de Buda.

Ella quería que Darién saliera de Buda, que estuviera fuera de su ambiente. Un

hombre desconcertado era más fácil de controlar.

Endimión suspiró.

—Quizá los responsables sean los nuevos dioses.

Estoy casi seguro de que nos odian y están deseando destruirnos, sólo porque somos

medio demonios.

La expresión de Darién seguía perdida.

—No importa quién sea responsable. Iremos mañana, tal y como habíamos

planeado. Estoy deseando registrar uno de esos templos.

—Si tenemos suerte —dijo Endimión—, encontraremos la maldita caja.

Serena se pasó la lengua por los dientes. La maldita caja, dimOuniak, la caja de

Esmeralda. Hecha con los huesos de la diosa de la Opresión. La caja tenía el poder suficiente como para confinar en su interior a demonios tan viles que ni siquiera el infierno podía contenerlos. Era también lo suficientemente poderosa como para succionar a los demonios de nuevo a su interior, sacándolos de los Señores, sus anfitriones. Aunque los Señores no habían querido albergar a los demonios, con el paso del tiempo su supervivencia había pasado a depender de las bestias, y no había ni que decir que los guerreros anhelaban tener la caja en su poder. De nuevo, Darién asintió.

—No pienses ahora en eso; ya habrá tiempo mañana. Ahora vete y disfruta de la

fiesta. No pierdas un momento más en mi aburrida compañía.

¿Aburrida? ¡Ja! Serena nunca había conocido a nadie que la estimulara más.

Endimión titubeó, pero en seguida se levantó y dejó a solas a Darién. Ninguna mujer

humana se acercó a éste. Lo miraban, sí. Se encogían al ver sus cicatrices. Ninguna quería tener nada que ver con él, y eso les salvaba la vida.

—Nota mi presencia —ordenó Serena suavemente. Pasó un momento; él no obedeció.

Varios humanos la miraron, pero Darién siguió observando fijamente el vaso vacío que

tenía frente a sí, con una expresión nostálgica. Para consternación de Serena, los inmortales eran indiferentes a sus órdenes. Cortesía de los dioses.

—Idiotas —murmuró ella—. Cualquier cosa con tal de fastidiar a la Anarquía.

Serena no había sido favorecida durante sus días en el Olimpo. A las diosas nunca les

había caído bien porque pensaban que era una réplica de «la fresca de su madre» y que seduciría a sus maridos. De igual modo, los dioses no la respetaban, también a causa de su madre. Sin embargo, ellos la deseaban. Bueno, hasta que había matado al capitán de la guardia y habían empezado a considerarla demasiado salvaje. Eran unos idiotas. El capitán se merecía lo que le había hecho, por intentar violarla. Ella no se arrepentía de haberlo apuñalado en el corazón; la libertad de elección era muy valiosa, y cualquiera que intentara arrebatarle la suya sentiría el acero de sus dagas.

Elección. Esa palabra la devolvió al presente. ¿Qué demonios hacía falta para

convencer a Darién de que la eligiera?

—Repara en mí, Darién. Por favor.

De nuevo, él le hizo caso omiso.

Serena dio un pisotón en el suelo. Durante semanas se había ocultado en su manto de

invisibilidad y había seguido a Darién lo había observado y estudiado. Y sí, había sentido deseo por él. En parte, lamentaba haberlo conocido, haber permitido a Artemis, el nuevo rey de los dioses, que la intrigara con historias sobre aquellos Señores unos meses atrás.

«Quizá yo sea la idiota».

Artemis acababa de escapar del Tártaro, una prisión para inmortales, y un lugar que

ella conocía muy bien. Artemis había encerrado allí a Zeus y sus cohortes, y también a los padres de Serena. Cuando Serena fue a buscarlos, Artemis la estaba esperando. Le había pedido su mayor tesoro, pero ella se había negado a dárselo, así que él había intentado asustarla.

«Dame lo que quiero o enviaré a los Señores del Submundo por ti. Están poseídos

por los demonios, como animales sedientos de sangre, y no vacilarán en despellejarle».

Bla, bla, bla.

Lejos de asustarla, esas palabras habían provocado en ella el deseo de buscar a los

guerreros. Había pensado en derrotarlos y reírse de Artemis. Sin embargo, en cuanto había visto a Darién , se había obsesionado con él. Había olvidado cuáles eran sus motivos para estar allí, e incluso había ayudado a aquellos guerreros supuestamente malvados.

Las contradicciones la cautivaban, y Darién tenía muchas. Estaba lleno de cicatrices,

pero no roto. Era bueno, pero inflexible. Era tranquilo, un inmortal que se ceñía a las

normas, no sediento de sangre, tal y como había afirmado Artemis. Estaba poseído por un espíritu maligno, pero nunca había traicionado su código personal del honor. Trataba con la muerte todos los días, todas las noches, pero aun así, luchaba por vivir. Fascinante.

Como si todo aquello no fuera suficiente para provocar su interés, Darién desprendía

una fragancia a flores que despertaba en ella pensamientos decadentes y escandalosos cada vez que se acercaba a él. ¿Por qué? Cualquier otro hombre que desprendiera aquel olor la habría hecho reír. Sin embargo, con Darién sólo sentía ansia por sus caricias.

Era muy atractivo. Tenía los ojos más extraños que ella hubiera visto nunca: uno

azul, el otro marrón, y ambos llenos del espíritu de hombre y demonio. Y sus cicatrices...

eran un bello testimonio de lodo el dolor y el sufrimiento que había superado.

—Eh, preciosa. Ven a bailar conmigo —le dijo de repente uno de los guerreros.

Jedite. Serena reconoció al instante la promesa de sensualidad que había en su voz.

Debía de haber terminado de divertirse con aquella humana contra la pared de la

discoteca, y estaba buscando otra chica bonita y tonta con la que saciarse. Pues iba a tener que seguir buscando.

—Déjame en paz.

Sin dejarse afectar por su falta de interés, él la tomó por la muñeca.

—Te gustará, te lo prometo.

Ella lo apartó con un movimiento de la muñeca. Jedite estaba poseído por la

Promiscuidad, y bendecido con una maravillosa piel clara, unos ojos azules muy brillantes y una cara que seguramente hacía cantar a los ángeles, pero no era Darién, y no tenía interés para ella.

—Aparta las manos —murmuró Serena—, o te las cortaré.

Él se rió como si aquello fuera una broma, sin saber que ella haría eso y más. Nunca

profería una amenaza que no estuviera dispuesta a cumplir. Hacerlo sería una debilidad, y Serena se había prometido mucho tiempo atrás que nunca volvería a mostrar la más mínima fragilidad.

A sus enemigos les encantaría aprovecharla.

Afortunadamente, Jedite no intentó volver a agarrarla.

—Por un beso —dijo con voz ronca—, te dejaría hacer lo que quisieras con mis

manos.

—En ese caso, te cortaré también los genitales. ¿Qué te parece eso?

Jedite soltó una carcajada que llamó la atención de Darién. Éste levantó la vista y

miró primero a su amigo, y después a Serena. A ella le flaquearon las rodillas. Oh, cielos. Se

olvidó de Jedite y respiró profundamente. ¿Era imaginación suya el fuego que había visto arder de repente en los ojos de Darién, o cómo se le dilataban las aletas de la nariz?

«Ahora o nunca». Se humedeció los labios y, sin apartar la mirada de él, caminó

sensualmente hasta su mesa. A medio camino, se detuvo y le hizo un gesto con el dedo para que caminara hasta ella. Darién se puso en pie y se acercó, como si un hilo invisible hubiera tirado de él.

Tan cerca, era un metro noventa de músculo y peligro. Pura tentación. Serena sonrió

lentamente. —Por fin nos encontramos, Flores. Serena no le dio tiempo para responder.

Frotó la cadera izquierda contra él, y se dio la vuelta para ofrecerle una visión de su

espalda. Llevaba un corsé abrochado con cintas finas, y sabía que la cintura de la falda se le ceñía tan abajo en las caderas que dejaba al descubierto el elástico de su tanga. Vaya.

Los hombres, mortales o no, normalmente se derretían cuando veían algo que no

debían ver. Darién silbó en voz baja, ella sonrió. Oh, dulce progreso.

— ¿Por qué me has llamado? —preguntó él tranquilo, disciplinadamente.

—Quería bailar contigo —dijo ella mirando hacia atrás—. ¿Es un crimen?

Él no dudó al responder. —Sí.

—Bien. Siempre me ha gustado violar la ley. Una pausa de confusión. Después:

— ¿Cuánto te ha pagado Jedite para que hagas esto?

— ¿Me pagan? ¡Oh, qué bien! —Respondió Serena, y con una sonrisa se acercó a él de espaldas y se frotó contra su cuerpo—, ¿Cuál es la divisa?, ¿orgasmos?

En sus sueños, él siempre la agarraba y penetraba en su cuerpo en aquel momento;

en la realidad, Darién dio un paso atrás como si ella fuera una bomba a punto de explotar, y puso distancia entre los dos.

Ella tuvo una inmediata sensación de pérdida.

—Nada de contacto —dijo él. Probablemente, había intentado sonar calmado, pero

se había notado su nerviosismo. Su tensión.

Serena entornó los ojos. A su alrededor, todo el mundo había visto su interacción y

cómo él la había rechazado. Ella les ordenó con un gesto ceñudo: «Esto no es de vuestra incumbencia. Daos la vuelta».

Los humanos obedecieron. Sin embargo, el resto de los Señores se acercaron a ella,

mirándola fijamente y con curiosidad. Sin duda, querían saber quién era y qué hacía allí.

Debían tener cuidado, y Serena lo entendía. Todavía sufrían la persecución de los

Cazadores, un grupo de humanos que creían, estúpidamente, que podían crear una utopía de paz y armonía librando al mundo de los Señores y de los demonios que éstos llevaban dentro.

«No les hagas caso», se dijo. «Se te está acabando el tiempo, chica».

Volvió a centrarse en Darién, a quien miró sin darse la vuelta completamente.

— ¿Dónde estábamos? —preguntó, y se pasó un dedo por la goma del tanga hasta

que atrajo la mira da de Darién a las alas brillantes del ángel que había en el centro.

—Yo estaba a punto de marcharme —farfulló él.

—Pero yo no quiero que te vayas —dijo Serena con un mohín.

Darién dio otro paso atrás.

—¿Qué te pasa, cariño? —respondió Serena, acercándose a él sin piedad —. ¿Es que te da miedo una mujer?

Él apretó los labios y no respondió. Aunque tampoco siguió retirándose. —¿Te doy

miedo?

—No tienes ni idea de con qué estás jugando, mujer.

—Oh, claro que sí —replicó ella, y pasó la mirada por todo su cuerpo.

—He dicho que nada de contacto —ladró él.

Serena lo miró a los ojos y alzó las manos, con las palmas hacia fuera.

—No te estoy tocando, cariño. «Aunque pienso hacerlo».

—Tu mirada dice otra cosa —respondió él con tirantez.

—Eso es porque...

—Yo bailaré contigo —dijo otro guerrero. Jedite de nuevo.

—No —respondió Serena sin mirarlo. Ella deseaba a Darién, y sólo a Darién. No

valdría ningún otro.

—Podría ser un cebo —dijo otro Señor diferente, probablemente mirándola con

sospecha. Serena reconoció el timbre grave de su voz. Seiya, el guardián de la Duda.

Por favor. ¿Cebo? Como si ella fuera a intentar seducir a alguien por una razón que

no fuera completamente egoísta. Los cebos eran chicas tontas, dedicadas al sacrificio: su misión consistía en distraer a los Señores para que los Cazadores pudieran acercarse a ellos y matarlos. Y, realmente, ¿qué clase de idiota iba a querer matar a los Señores, en vez de divertirse un poco con ellos?

—Dudo que los Cazadores hayan podido reorganizarse tan rápidamente después de

la plaga —dijo Endimión.

Ah, sí. La plaga. Uno de los Señores estaba poseído por el demonio de la Enfermedad.

Si rozaba la piel de cualquier humano, lo infectaba con una enfermedad terrible que se

extendía y mataba con una rapidez asombrosa.

Consciente de ello, Andrew siempre llevaba guantes y apenas salía de la fortaleza en la que vivían los Señores, decidido a proteger a los humanos de su maldición. No había sido

culpa suya que un grupo de Ca/adores hubiera entrado en el castillo unas semanas atrás y le hubiera cortado el cuello.

Andrew había sobrevivido; los Cazadores no.

Por desgracia, todavía quedaban muchos ahí fuera. Eran como moscas. Si se acababa con uno, aparecían otros dos revoloteando. Incluso en aquel momento estaban en algún sitio, esperando una buena ocasión para atacar. Los Señores debían tener cuidado.

"Además, no hay modo de que hayan encontrado la forma de traspasar nuestras

medidas de seguridad —añadió Endimión, y su voz áspera sacó a Serena de sus pensamientos.

—¿Como no había modo de que entraran en el castillo y estuvieran a punto de

decapitar a Andrew? —replicó Seiya.

—¡Maldita sea! París, quédate aquí y vigílala mientras yo compruebo que no hay

nadie peligroso por el perímetro —pasos, palabrotas, murmullos.

Vaya, vaya. Si los Señores encontraban alguna pista de que había un Cazador cerca,

no podría convencerlos de que ella era inocente. Al menos, de aquel crimen. Darién nunca confiaría en ella, nunca se relajaría en su compañía. Nunca la tocaría, salvo con furia.

Ella no permitió que aquella preocupación se reflejara en su rostro.

—Vi el gentío y me colé —le dijo a Jedite y al otro Señor que la estaba observando, y

añadió —Y quizá el grandullón y yo podamos hablar durante los próximos minutos sin

interrupciones. En privado.

Tal vez captaran la indirecta, pero no se marcharon.

Muy bien. Pues trabajaría delante de ellos.

Comenzó a moverse al ritmo de la música y, sin apartar la mirada de Darién, se pasó

los dedos por el liso abdomen. «Cambia mis manos por las tuyas», proyectó hacia su

mente.

Por supuesto, Darién no lo hizo. Sin embargo, sus ojos siguieron cada uno de los

movimientos. Tragó saliva.

—Baila conmigo —dijo ella en voz alta, con la esperanza de que él no la ignorara con

tanta facilidad en aquella ocasión. Se lamió los labios para humedecérselos.

—No —susurró él.

—Por favor. ¿Es que no me encuentras deseable, Flores?

—Ése no es mi nombre.

—Muy bien, cariño. ¿No me encuentras deseable?

—Lo que yo piense de ti no importa.

—Eso no responde mi pregunta —dijo ella con un mohín.

—No lo pretendía.

¡Grr! Qué hombre tan frustrante. «Intenta otra cosa. Algo más descarado».

Como si no hubiera sido ya completamente descarada.

De acuerdo. Se dio la vuelta y se agachó. La falda se le subió por los muslos,

ofreciendo una visión mejor de su tanga azul y de las alas que se extendían desde el centro.

Cuando Serena volvió a levantarse, imitando los movimientos del sexo, giró lentamente y le ofreció una visión de todo el cuerpo.

Él inspiró bruscamente, con todos los músculos del cuerpo tensos.

—Hueles a fresas con nata —dijo Darién y mientras hablaba, parecía un depredador

a punto de atacar.

«Por favor, por favor, por favor», pensó ella.

—Seguro que también es mi sabor —le dijo, pestañeando con coquetería pese al

hecho de que él había mencionado su olor como si fuera una terrible afrenta.

Darién emitió un gruñido y dio un paso hacia ella.

Entonces Serena aprovechó la oportunidad y cambió la música rock de la discoteca

por una canción suave, lenta.

—Vamos, baila conmigo —le pidió a Darién —. Es la única manera de librarte de mí.

Y, para provocarlo un poco, se acercó, se puso de puntillas y le mordió suavemente

el lóbulo de la oreja. Él volvió a gruñir, pero por fin, la rodeó con sus brazos. Al principio, Serena pensó que era para empujarla, pero Darién la pegó a su cuerpo e hizo que apretara los pechos contra su torso y que montara a horcajadas sobre su muslo izquierdo. Ella se sintió muy excitada.

—Si quieres bailar, bailaremos. Lentamente, él la meció de un lado a otro sin que sus

cuerpos se separaran. Serena sintió cientos de punzadas de placer.

Por los dioses del cielo, aquello era mejor de lo que había imaginado. Cerró los ojos.

Darién era muy grande. Tenía los hombros muy anchos y la parte superior del cuerpo tan musculosa que la envolvía. Y, durante todo el rato, su respiración le acariciaba la mejilla como un amante atento. Temblando, ella deslizó las manos por su espalda y las enredó en su pelo oscuro, sedoso. Sí. Más. «Tranquila, chica», se dijo. Aunque Darién la deseara tanto como ella lo deseaba, no podía tenerlo. No completamente. En aquel sentido, Serena estaba tan maldita como él. Sin embargo, de todos modos podía disfrutar de aquel momento. Por fin, ¡él la estaba respondiendo!

Darién le acarició la línea de la mandíbula con la nariz.

—Todos los hombres del local te desean —dijo suavemente, aunque sus palabras

eran tan afiladas que podrían haber cortado con un cuchillo—. ¿Por qué yo?

—Porque sí —respondió Serena, inhalando su perfume de rosas.

—Eso no responde a mi pregunta.

—No lo pretendía —replicó ella.

Entonces Darién la agarró con fuerza.

—¿Te parece divertido burlarte del hombre más feo de todo este sitio?

—¿El más feo? —preguntó Serena. Él la atraía más de lo que nadie la había atraído en toda su

vida—. Pero si no estoy cerca de Jedite, cariño.

Darién frunció el ceño y la soltó. Sacudió la cabeza, como si estuviera intentando

aclararse las ideas.

—Sé lo que soy —dijo con cierta amargura—.Decir que soy feo es ser amable.

Ella se quedó inmóvil, mirando sus ojos seductores. ¿Acaso no tenía idea de lo

atractivo que era? Irradiaba fuerza y vitalidad. Irradiaba una masculinidad salvaje. Todo en él la cautivaba.

—Si sabes lo que eres, cariño, entonces sabrás que eres sexy y deliciosamente

amenazante.

Y ella necesitaba más de él. Sintió un escalofrío que hizo vibrar todos sus miembros.

«Acaríciame otra vez».

—Supongo entonces que mis cicatrices no te molestan —dijo él, sin mostrar ninguna

emoción.

—¿Molestarme? —aquellas cicatrices no lo afeaban. Lo hacían irresistible—. Me

excitan.

—Mentirosa.

—Algunas veces —admitió ella, «pero no en esto».

Serena observó su cara. El modo en que se había hecho aquellas cicatrices no debía ser agradable. Había sufrido. Mucho. De repente, esa idea le provocó ira. ¿Quién le había hecho daño, y por qué? ¿Una amante celosa?

Parecía como si alguien hubiera tomado un cuchillo y hubiera cortado a Darién como

un melón, y después hubiera intentado juntar las piezas sin orden. Aun así, la mayoría de los mortales sanaba rápidamente, y no quedaban marcas de sus heridas. Así pues, incluso si lo habían cortado, Darién debería haberse curado por completo.

¿Tendría cicatrices similares en el resto del cuerpo? Al pensarlo, se sintió muy

excitada. Lo había espiado durante semanas, pero no había conseguido ver su cuerpo. Él siempre se las arreglaba para ducharse y cambiarse después de que ella se marchara.

¿Acaso había sentido su presencia y se había escondido?

—Si no te conociera, pensaría que eres un cebo, como mis amigos —dijo él.

— ¿Y por qué piensas que me conoces? Él arqueó una ceja. — ¿Eres un cebo?

— ¿Quieres que lo sea? —preguntó ella, en el tono más seductor que pudo—. Porque

puedo ser lo que tú quieras, amor.

—Déjalo ya —gruñó él —. No me gusta este juego al que estás jugando.

—No estoy jugando, Flores. Te lo prometo.

— ¿Qué quieres de mí? Y no me mientas.

—Aceptaré un beso —dijo ella, mirando sus labios suaves, rosados—. En realidad,

insisto en que me des un beso.

—No he encontrado ningún Cazador —dijo Endimión en aquel momento; había

aparecido de repente junto a Darién.

—Eso no significa nada —protestó Seiya.

—No es Cazadora, y no trabaja para ellos —dijo Darién, sin apartar los ojos de Serena

mientras les hacía una seña a sus amigos para que se retiraran—. Necesito estar un

momento a solas con ella.

Aquella afirmación asombró a Serena. ¿Y además quería estar con ella? ¡Sí! Salvo que sus amigos no se marchaban. Idiotas.

—Somos dos desconocidos —dijo Darién, continuando su conversación como si no

se hubiera interrumpido.

— ¿Y qué? Los desconocidos se relacionan todo el tiempo —dijo ella—. Besarse un

poco no tiene nada de malo, ¿no?

— ¿Y qué vas a conseguir con un solo beso?

Todo. Serena sintió una gran impaciencia, y se pasó la lengua por los labios.

— ¿Siempre eres tan hablador?

—No.

—Bésala, Darién, antes de que lo haga yo, sea un cebo o sea lo que sea —dijo Jedite

con una carcajada. Aunque fuera una risa bondadosa, tenía un toque de acero.

Darién continuaba resistiéndose. Ella notaba los latidos de su corazón contra las

costillas. ¿Acaso se sentía azorado por su público? Era una pena. Ella estaba dispuesta a arriesgar cualquier cosa, y no iba a dejar que él se le escapara. —Esto es inútil —dijo Darién. — ¿Y qué? Lo inútil puede ser divertido. Vamos, deja de vacilar. Actúa.

Serena tiró de su cabeza hacia abajo, hacia su rostro, y aplastó sus labios contra los de él. Al instante, él abrió la boca y sus lenguas se encontraron en una profunda y húmeda acometida. Ella sintió una oleada de calor cuando el sabor a rosas y a menta la invadió.

Se pegó a él. Lo necesitaba. Mientras el fuego la devoraba, se frotó contra su cuerpo,

incapaz de contenerse. Él la agarró por el pelo y tomó el control absoluto de su boca. Ella

se había visto atrapada en un remolino de pasión y sed que sólo Darién podía calmar.

Había entrado por las puertas del cielo sin dar un solo paso.

Alguien vitoreó; otro silbó. En un instante, Serena sintió como si la levantaran del

suelo y no tuviera ninguna sujeción. Al cabo de un momento, sintió una pared fría contra la espalda. Los vítores habían cesado repentinamente. El aire frío le mordía la piel.

¿Fuera?, se preguntó. Mientras tanto estaba gimiendo, sin preocuparse, y rodeando

la cintura de Darién con las piernas mientras su lengua la conquistaba. Él le agarró la

cadera con fuerza con una mano, y con la otra la tomó del pelo, entrelazando una vez más los dedos en la espesa cabellera, y haciendo que ladeara la cabeza para obtener más contacto.

—Eres... eres... —susurró ferozmente.

—Estoy desesperada. No hables más. Bésame.

Él perdió el control. Volvió a hundir la lengua en MI boca, y la pasión y el calor se

convirtieron en un infierno ardiente. Verdaderamente, Serena estaba abrasándose. Estaba frenética. Él estaba en todo su cuerpo; se había convertido en una parte de ella.

No quería que aquello terminara.

—Más —dijo Darién con voz ronca, y le puso la palma de la mano en un pecho.

—Sí —susurró ella—. Más, más, más.

—Es estupendo.

—Asombroso.

—Acaríciame —dijo él con un gruñido.

Al oír su petición, ella sintió que su deseo se intensificaba. Quizá él la deseara.

Después de todo, le había pedido que lo acariciara, lo cual significaba que quería algo más que un beso.

—Será un placer —dijo.

Con una mano, le subió el borde de la camiseta; con la otra, le acarició el abdomen.

Al sentir unas cicatrices se estremeció; la piel fruncida era muy cálida.

A él se le tensaba los músculos a cada roce, y le mordió el labio inferior a Serena.

—Sí, así.

Ella estuvo a punto de llegar al clímax; la reacción de Darién había sido como

combustible para un fuego que ya era abrasador. Gimió.

Con los dedos, dibujó los círculos de sus pezones antes de pellizcárselos

suavemente. Cada vez que se los acariciaba, notaba que su propio cuerpo latía de deseo.

—Me encanta tocarte.

Darién le lamió el cuello y dejó un rastro de calor sensual en su piel que hizo que

Serena abriera los ojos de repente, y estuvo a punto de jadear cuando se dio cuenta de que realmente estaban fuera, apoyados contra el muro exterior de la discoteca, en un rincón oscuro. Darién debía de haberlos tele transportado en un instante.

Él era el único Señor capaz de trasladarse de un sitio a otro con un solo

pensamiento. Una capacidad que ella también poseía. Serena sólo lamentó que no los

hubiera transportado a un dormitorio.

No, no, pensó entonces con desesperanza. No a un dormitorio. Estaba mal que

pensara en aquello, aunque sólo fuera un segundo. Las demás mujeres podían disfrutar de la sensación eléctrica de la piel contra la piel y los cuerpos desnudos haciendo esfuerzos por llegar al éxtasis, pero ella no. Ella nunca.

—Te deseo —susurró él.

—Ya era hora —respondió ella —. Yo también necesito sentir más de ti. Necesito

acariciarte más —dijo.

Bajó las piernas y llevó las manos hasta su entrepierna para abrirle el pantalón y

rodear con los dedos su erección; sin embargo, oyó el eco de unos pasos. Darién también debió de oírlo, porque se puso tenso y se apartó de ella.

Él estaba jadeando, y ella también. A Serena le flaquearon las rodillas mientras sus

miradas quedaban atrapadas durante un segundo. La pasión todavía chisporroteaba entre ellos; nunca habría pensado que un beso pudiera provocar semejante ignición. —Colócate la ropa —dijo él.

—Pero... pero... —Serena no estaba lista para terminar, con público o sin él. Si Darién

le daba un instante, ella podía transportarlos a otro sitio en un segundo.

—Hazlo. Ahora.

No, no iba a haber tele transporte, se dijo Serena con desilusión. Por la expresión dura

de Darién, comprendió que él había terminado. Con los besos y con ella.

Se colocó la falda y el corsé con las manos temblorosas, y casi al instante, varios

Señores torcieron la esquina y aparecieron ante ellos con expresión malhumorada.

—Me encanta que desaparezcas así —dijo uno de ellos, Alan, con un tono de

irritación que dejaba bien claro que no le gustaba en absoluto. Serena sabía que estaba poseído por el espíritu de la Mentira, y que no podía decir una sola verdad.

—Cállate —ordenó Endimión. El pobre Endimión, siempre torturado, guardián del Dolor. Le gustaba herirse a sí mismo. Una vez, ella lo había visto saltar de lo alto de la fortaleza en la que vivían y disfrutar después del dolor de sus huesos rotos —. Quizá parezca inocente, pero no la has registrado para ver si llevaba armas antes de tragarte su lengua.

—Estoy prácticamente desnuda —dijo ella con exasperación, aunque nadie le hizo ni

caso—. ¿Qué arma voy a estar escondiendo?

Bueno, en realidad ocultaba unas cuantas. No era para tanto. Una chica tenía que

protegerse.

—Lo tengo todo bajo control —dijo Darién —. Creo que puedo manejar a una mujer

sola, vaya o no armada.

Serena siempre se había sentido fascinada por su calma. Hasta aquel momento.

¿Dónde estaba su pasión? No era justo que se hubiera recuperado tan rápidamente

mientras ella todavía estaba intentando recuperar el aliento. No podía dejar de temblar.

Peor todavía, le latía el corazón como un tambor. — ¿Quién es? —inquirió Endimión. —Quizá no sea un cebo, pero es algo —dijo Jedite —. La has tele transportado y no se ha puesto a gritar.

Entonces todos miraron a Serena con los ojos entornados. Ella nunca se había sentido

tan vulnerable en todos sus siglos de vida. Arriesgarse a que la capturaran por besar a

Darién había merecido la pena, pero eso no significaba que tuviera que someterse a ningún interrogatorio.

—Dejadlo. No voy a deciros nada. —Yo no te invité —respondió Jedite y Endimión no

ha encontrado a nadie que sea tu amigo. ¿Por qué has intentado seducir a Darién?

«Nadie intentaría seducir voluntariamente al guerrero lleno de cicatrices»,

proclamaba su tono de voz. Aquello irritó a Serena, aunque sabía que Jedite no quería ser maleducado ni insensible con su amigo. Probablemente, todos lo consideraban un hecho objetivo.

— ¿Por qué me estáis interrogando? —preguntó ella, mirándolos a todos fijamente. A

todos menos a Darién, a él lo evitó. Quizá se derrumbara si su expresión seguía siendo fría y falta de emoción —. Lo he visto, me ha gustado y he ido tras él. Eso es todo.

Los Señores se cruzaron de brazos; era evidente que no la creían. Habían formado

un semicírculo a mí alrededor sin que ella se diera cuenta. Serena tuvo que hacer un

esfuerzo por no mirar al cielo con exasperación.

—No lo deseas de verdad —dijo Endimión —. Todos lo sabemos. Dinos lo que quieres

antes de que tengamos que obligarte.

¿Obligarla? Por favor. Ella también se cruzó de brazos. Un poco antes habían

animado a Darién a que la besara; ¿por qué se comportaban en aquel momento como si Darién no pudiera tentar a ninguna mujer?

—Quería acostarme con él, ¿lo entiendes, idiota?

Hubo una pausa de asombro.

Darién se interpuso entre sus amigos y ella. ¿La estaba protegiendo? Qué dulce.

Innecesario, pero dulce. Su ira se suavizó. Tuvo ganas de abrazarlo.

—Dejadla en paz —dijo él —. No merece la pena. La sensación de felicidad de Serena

se desvaneció. ¿Que no merecía la pena? Él acababa de acariciarla y de frotar su cuerpo contra el de ella, ¿cómo podía decir algo así?

Una neblina roja se extendió ante su vista. Así era como siempre debía de haberse

sentido su madre. Casi todos los hombres que habían compartido el lecho de Ikuko la insultaban una vez que habían saciado su deseo. «Eres una mujer fácil», le habían dicho.

«No sirves para nada más».

Serena conocía bien a su madre, sabía que Ikuko había sido esclava de su

naturaleza anárquica, y también sabía que siempre había buscado el amor.

Dioses emparejados, dioses solos no importaba.

Si la deseaban, se entregaba a ellos. Probablemente porque durante las pocas horas

que pasaba en brazos de sus amantes, se sentía aceptada y valorada, y sus deseos más profundos se veían saciados.

Lo cual hacía que las traiciones posteriores fueran aún más dolorosas, pensó Serena

mirando a Darién. De todas las cosas que había esperado y querido que dijera, ninguna era «no merece la pena». Quizá «es mía»; quizá «la necesito». «No la toquéis», seguro.

Ella no quería tener la misma vida que su madre, por mucho que quisiera a ésta, y

hacía mucho tiempo que se había jurado que no permitiría que la usaran.

«Pero mírame ahora. Le he rogado a Darién que me besara, y él me ve como algo que

no merece la pena».

Con un gruñido, aplicando toda su fuerza, su furia y su dolor, lo empujó. Lo echó

hacia delante como una bala de cañón, y él se chocó contra Jedite. Ambos emitieron una

exclamación de dolor y se apartaron el uno al otro.

Cuando Darién se incorporó, se dio la vuelta para mirarla.

—No continúes por ahí —dijo.

—No he hecho más que empezar —respondió Serena, y se encaminó hacia él con el

puño alzado para hacer que se tragara sus perfectos dientes blancos.

—Serena... —dijo él con un susurro—. Basta.

Ella se quedó inmóvil debido al asombro.

—Sabes quién soy. ¿Cómo es posible?

Habían hablado una vez, semanas atrás, pero él nunca la había visto antes de ese día.

Ella se había asegurado de que así fuera.

—Me has estado siguiendo. He reconocido tu olor.

Fresas con nata, le había dicho él antes, con un tono de acusación. Serena abrió los

ojos como platos. Sintió placer y mortificación a la vez. Durante todo ese tiempo, Darién

había sabido que ella lo estaba observando.

— ¿Por qué me has estado interrogando si sabías quién era? ¿Y por qué si sabías que te estaba siguiendo no me pediste que me mostrara?

—No me di cuenta de quién eras hasta que tuvo lugar la conversación sobre los

Cazadores. Y en cuanto a lo segundo, no deseaba asustarte hasta que hubiera averiguado cuál era tu propósito —explicó Darién, y después hizo una pausa y esperó a que ella hablara. Serena no lo hizo, y él inquirió—: ¿Cuál es tu propósito?

—Yo... tú... — ¡Demonios!, ¿qué iba a decirle?—. ¡Me debes un favor! Salvé a tu amigo, lo liberé de su maldición.

Muy bien. Una explicación racional, cierta, y que, con suerte, apartaría el curso de la

conversación de sus motivaciones.

—Ah —dijo él, y asintió, irguiendo los hombros—. Ahora todo tiene sentido. Has

venido por tu recompensa.

—Bueno, no —por mucho que quisiera preservar su orgullo, Serena se dio cuenta de

repente de que no quería que él pensara que concedía sus besos tan fácilmente—. Todavía no.

Él frunció el ceño.

—Pero acabas de decir que...

—Sé lo que he dicho.

—Entonces ¿para qué has venido? ¿Por qué me has estado vigilando?

Serena se sintió frustrada otra vez. Sin embargo, no tuvo tiempo para responderle,

porque Endimión, Jedite y Alan se acercaron a ella con cara de pocos amigos. ¿Acaso

pensaban que iban a poder agarrarla?

En vez de responder a Darién, se dirigió a los otros.

— ¿Qué pasa? No recuerdo haberos invitado a esta conversación.

— ¿Eres Serena? —preguntó Endimión, mirándola de pies a cabeza con una expresión de repugnancia.

¿Repugnancia? ¡Debería estar agradecido! ¿Acaso no lo había liberado ella de la

maldición que lo obligaba a apuñalar a su amigo hasta matarlo todas las noches? Sí,

demonios. Sin embargo, aquella mirada era una que Serena conocía muy bien. Debido al pasado amoroso de su madre y a la expectación que ella misma despertaba por su forma libre de ver la vida, todos los dioses griegos del Olimpo la habían mirado con la misma repugnancia en algún momento.

Al principio, Serena se había sentido herida por aquel petulante desdén. Y, durante

cientos de años, había intentado ser una chica buena: vestirse como una monja, hablar sólo cuando le hablaban, mantener baja la mirada. Incluso había conseguido controlar su desesperada necesidad de crear desastres. Todo para ganarse el respeto de unos seres que nunca la verían como a algo distinto a una prostituta.

Un día en que volvía a casa llorando porque, en un estúpido curso para diosas había

sonreído a Ares y Ártemisa la había llamado ta ma de, su madre había hablado con ella.

—Hagas lo que hagas, van a juzgarte mal —le dijo la diosa —. Pero todos debemos

ser fieles a nuestra naturaleza. Comportarte como otra persona sólo te causará dolor y hará que parezca que estás avergonzada de lo que eres. Los demás alimentarán esa vergüenza hasta lo ilimitado. Eres un ser maravilloso, Serena. Siéntete orgullosa de ti misma. Yo me siento orgullosa de ti.

A partir de aquel momento, Serena había comenzado a vestirse de manera tan sexy

como quería, y si había vuelto a bajar la vista, había sido para admirar sus tacones de

aguja. No había vuelto a negarse la necesidad de desorden ni a prestar atención a los que la rechazaban, y dejaba claro que le gustaba quién era.

Nunca volvería a avergonzarse.

—Es... interesante verte en carne y hueso después de todo lo que he investigado

sobre ti últimamente. Eres la hija de Ikuko —dijo Endimión —. La diosa menor de la

Anarquía.

—Yo no tengo nada menor —dijo ella—. Pero sí, soy una diosa —añadió, alzando la

barbilla.

—La noche en que te diste a conocer y le salvaste la vida a Usagi nos dijiste que no

lo eras —intervino Darién —. Nos dijiste que sólo eras una inmortal.

Ella se encogió de hombros. Odiaba tanto a los dioses que rara vez usaba el título.

—Mentí. Lo hago a menudo. Es parte de mi encanto, ¿no te parece?

Nadie respondió. Era de esperar.

—Nosotros fuimos una vez los guerreros de los dioses, y vivimos en el cielo, como

seguramente habrás —continuó Endimión, como si ella no hubiera hablado—. No te recuerdo.

—Quizá no había nacido todavía, listo.

En los ojos de Endimión se reflejó la irritación, pero conservó la calma.

—Como te he dicho, desde que apareciste hace unas semanas, he estado

investigando sobre ti. Hace mucho tiempo, fuiste apresada por asesinar a un hombre.

Después de trescientos años de confina miento, los dioses encontraron por fin un castigo apropiado para ti. Antes de que pudieran ejecutar la sentencia, sin embargo, conseguiste escapar.

—Correcto.

—La leyenda cuenta que inoculaste al guardián del Tártaro alguna enfermedad,

porque después de que escaparas, él comenzó a debilitarse y perdió la memoria. Se

pusieron guardias en cada esquina para incrementar la seguridad, puesto que los dioses temían que la fuerza de la prisión dependiera de la fuerza de su guardián. Con el tiempo, los muros comenzaron a agrietarse y a derrumbarse, lo que facilitó la fuga de los Titanes.

¿Y también iban a echarle la culpa de eso a ella? Serena entrecerró los ojos.

—Lo que pasa con las leyendas —dijo—es que la verdad se distorsiona, a menudo

para explicar las cosas que los mortales no pueden entender. Es gracioso que tú, el

protagonista de tantas leyendas, no sepas eso.

—Te escondiste aquí, entre los humanos —dijo Endimión, sin prestarle atención. Otra

vez—. Pero no te conformaste con vivir en paz ni siquiera entonces.

Desencadenaste guerras, robaste armas e incluso barcos. Provocaste grandes

incendios y otros desasiré», que a su vez ocasionaron pánico y levantamientos entre los humanos, muerte y encarcelamientos.

Ella se ruborizó. Sí, había hecho aquellas cosas. Cuando había llegado a la Tierra, no

sabía cómo controlar su naturaleza rebelde. Los dioses habían sido capaces de protegerse de ella, pero los humanos no. Además, estaba fuera de sí después de haber pasado todos aquellos años en prisión.

Sin embargo, finalmente había aprendido que podía saciar su necesidad de desorden

con pequeños delitos, robos sin importancia, mentiras piadosas y alguna pelea callejera, y evitar así grandes desastres.

—Yo también he hecho mis deberes respecto a ti

—dijo Serena suavemente —, ¿No destruiste una vez ciudades y mataste a inocentes?

Entonces le tocó ruborizarse a Endimión.

—Tú no eres el mismo hombre que antes, igual que yo no soy...

Antes de que pudiera terminar la frase, un viento sopló alrededor de todos ellos, frío

y furioso. Serena parpadeó, confusa, pero sólo durante un instante.

—¡Maldita sea! —exclamó, sabiendo lo que iba a ocurrir después.

Como era de esperar, los guerreros se quedaron inmóviles, como si el tiempo no

existiera para ellos; un poder mucho mayor que el que ellos detentaban se había hecho con

el dominio del mundo que los rodeaba. Incluso Darién, que había estado escuchando la conversación de Serena con Endimión con suma atención, se volvió una estatua viviente.

Ella también.

No, no, no, no, pensó, y con aquellas palabras, los barrotes invisibles de la prisión

cayeron como las hojas de un árbol. Nada ni nadie podría mantenerla prisionera. Ya no. Su padre se había asegurado de ello.

Serena caminó hacia Darién para intentar liberarlo, aunque no sabía por qué, después

de las cosas que había dicho de ella. Sin embargo, el viento cesó tan repentinamente como había comenzado. Serena notó que se le secaba la boca y se le encogía el corazón. Artemis, que se había apoderado del trono celestial unos meses atrás y había impuesto nuevas reglas, nuevos deseos y nuevos castigos, estaba a punto de llegar.

La había encontrado.

Estupendo. Una luz azul y brillante apareció frente a ella y acabó con la oscuridad.

Entonces Serena se marchó en un destello, con una pena que no tenía derecho a sentir por el hecho de dejar atrás a Darién. Sólo se llevó consigo el recuerdo y el sabor de su beso