Capítulo 1: Frank y Pete el Comepollas I
La vida es una cosa curiosa. Como un videojuego de RPG, o quizás un cómic mal diseñado y bien pixeleado. Plagada de vueltas sostenidas en elecciones propias, con un posible "DEAD END" si no se elige la opción adecuada, agotando de esa forma las escasas vidas disponibles.
Gracias a la utilización de habilidades limitadas, uno va avanzando al desbloquear logros y etapas en las que casualmente se conoce a personas nuevas, que te acompañan en tu travesía personal según las elecciones realizadas, tanto para bien como para mal.
Elecciones, de eso se trataba todo.
Quizás se quiera ser el bueno de la historia; aquel que, repartiendo sonrisas exageradas de oreja a oreja y peinados chistosos, disfruta el donar cantidades absurdas de dinero a los hospitales para niños quemados y a las campañas de Greenpeace, o, si no se tiene el ingreso adecuado, se puede ser el que se limita a entregar una que otra moneda a los pobres desgraciados que se ganan la vida raspando cuerdas gastadas en la calle, aunque probablemente esa misma moneda que se le entrega al discapacitado sin piernas terminen gastándose en un vodka barato en vez de una manzana o una sábana para el invierno.
Usualmente este tipo de individuos son más modestos de lo que deberían ser, pero les va bien en la vida y siempre están rodeados de buena compañía, y, si bien quizás no son necesariamente buenos por dentro, siempre pueden resultar convenientes. Aliados beneficiosos.
O, tal vez, aburrido de ser el chico bueno que reparte dinero y sonrisas, puede que se escoja ser el villano. Esos que por alguna razón siempre rebosan de dinero y tienen a una desdichada secretaria solterona con la cual descargar sus rabias, junto con un montón de subordinados aún más desdichados, que apenas sí logran pagar la cuenta de la luz con su mísero sueldo sin bonos.
Probablemente, mucha gente diría que esas visiones pertenecen a una cabeza juvenil, que de seguro no sabe lo que es vivir y que sólo se basa en rasgos generales o en las películas cliché. Y quizás aquello no esté lejos de la verdad, pero de todas formas son visiones, así que debería importar cerca de un virgen lo que dicen los demás.
Pues a nadie le importan los vírgenes.
Los vírgenes como Frank.
—¡Frank Anthony Iero! ¡Vas a perder el autobús si no bajas en este mismo instante!
Uh oh, pensó el joven adolescente que, apresurándose en hacer entrar sus pies en las gastadas converse negras, se colgó rápidamente una deshilachada mochila sobre los hombros, para luego disponerse a bajar (o más bien tropezar y brincar) a toda prisa las escaleras viejas que rechinaban molestamente bajo sus zancadas largas.
Puede o puede que no se haya quedado despierto hasta una hora relativamente indecente viendo películas con quizás demasiada sangre falsa, si es que siquiera se le puede apodar sangre al líquido rojo que saltaba como lluvia ecuatoriana en las películas de Saw. Pero, al fin y al cabo, al menos le pareció más realista que el tiburón de Jaws, en donde incluso su madre, quien no rebosaba exactamente de un gran potencial teatral, era capaz de asustar más que el pez metálico al que se le notaban los tornillos sin siquiera apoyarse en la música tétrica para el suspenso.
Joder, su madre, sin la necesidad de tener un diploma de actuación, podría ser fácilmente la protagonista de cualquier película de terror si se lo propusiese; y no estamos hablando de la protagonista que tiene sexo con el rubio guapo y muere patéticamente como una de las primeras, no, claro que no, sino que sería algo así como la chica poseída en el Exorcista. Aunque es casi imposible imaginar a su madre, la santa esa que ocupa faldas con flecos hasta los tobillos y se cubre el cabello con pañuelos vistosos como una musulmana, enterrándose una cruz en los genitales como la del Exorcista mientras recita vulgaridades contra Dios.
Sería algo interesante de ver, quizás Frank podría hacer una versión moderna de la película, si sólo su madre no tuviese cuarenta y pocos años en vez de doce.
Aunque, de todos modos, ¿Qué demonio en su sano juicio escogería a su madre como víctima de posesión? Si se diera el extremo caso en el que un espíritu en pena decidiese ocupar el cuerpo flácido junto con las tetas caídas de su madre como su siguiente recipiente de posesión, tendría que soportar las consecuencias de vivir en una casa en donde el color predominante es el blanco; solidificándose en muebles blancos, paredes blancas, escaleras blancas y, siendo este el único color que se consolida aparte del ya mencionado, alfombras amarillas chillón como perfecta combinación. Sin mencionar que tendría que lidiar con las desventajas de tener un hijo adolescente en la etapa de hormonas y erecciones. Especialmente erecciones. Mierda, Frank seguramente triunfaría como auxiliar en un hotel cinco estrellas cambiando las sábanas de las habitaciones a una velocidad poco común.
No era algo de lo cual enorgullecerse, pero Frank no era un santo y lo sabía, así que podía pensar lo que le diera la reverenda gana.
—¡Frank!
Despabilando de sus cavilaciones infantiles, el de cabellos castaños alzó la cabeza para encontrarse cara a cara con una muy molesta Linda, recién reparando en todos los segundos que se había enfrascado sin siquiera darse cuenta en su mundo de demonios, erecciones y posesiones. Síp, en definitiva, Frank estaba cruzando directamente por la florida pradera de la adolescencia, junto con todos sus pro y contras.
Aunque, esperen, ¿Qué beneficios tenía, siquiera?
Sin siquiera mirarlo directamente a los ojos, su madre le tendió un rosario color café y osciló sobre sus zapatos, apoyándose contra la neutra pared del pasillo, cruzando los brazos sobre el pecho revestido con una anticuada blusa de muchos encajes.
—Tendrás que correr, perdiste el autobús. —Comentó casualmente, soltando un muy largo suspiro, dejando clara que la opción de llevarlo como una buena madre debería hacerlo era completamente imposible. Hija de puta—. Pero, por no responder los llamados de tu madre, primero tendrás que ir al confesorio y rezar un rosario completo. —A Frank casi se le caen los ojos al escuchar esto último, lo que habría sido cómico si no fuese por la tarea que le encomendaron—. Anda, no tengo tiempo.
El joven gruñó.
"¿Acaso dijo que ella no tenía tiempo? " Se preguntó internamente, apretando la mandíbula con tanta fuerza que sus dientes amenazaron con romperse.
Odiaba esto, odiaba a su madre, odiaba a todas esas películas de terror que lo mantuvieron despierto en la noche con sus patéticas excusas de efectos especiales y absolutamente detestaba el que la escuela existiese en primer lugar, la perra esa le causaba problemas sin que siquiera estuviese ahí. Nada nunca salía como él lo esperaba, siempre tenía que lidiar con alguna estupidez, ya sea familiar o de la escuela.
Su vida apestaba.
Sin ganas de empeorar su castigo, Frank se tragó las vistosas palabras que bailaban en la punta de su lengua con respecto a la madre de su madre (es decir, su abuela, aunque en esos instantes no la consideraba tanto su abuela), dándose media vuelta sobre sus suelas gastadas para confinarse en su parte menos favorita de toda la casa: el confesorio, o, como él le llamaba, la sala BDSM de Jesucristo (nombre que, claramente, tenía que guardarse sólo para sí mismo).
Dejando la mochila de lado y sacándose las zapatillas, el muchacho se abrió paso hacia el cuarto que, probablemente, era el lugar que aparecía con más frecuencia en sus pesadillas, aún más que su endemoniada madre, lo que era mucho que decir.
Apartado en un espacio diminuto debajo de las escaleras, el confesorio (que no era exactamente un confesorio pues no había un sacerdote que te escuchase) era una habitación forrada en cristales de colores y tapizada con una blanda alfombra color escarlata, cosa que no sonaba tan mal si no fuese por la cantidad exagerada de emblemas religiosos que llegaban a hostigar a cualquiera, incluso a un creyente.
Cruces, réplicas en miniatura de María, los apóstoles y otros héroes colgaban de sus extremos o se encontraban en mini-pedestales ubicados en ordenadas filas contra la pared de cristal, extendiendo una obsesión enferma que no podía evitar la perturbación de Frank. Especialmente porque el centro de todos aquellos símbolos era una gigantesca cruz de oro que plasmaba la crucificación de Jesús, quien colgaba penosamente desde clavos inoxidables mientras sangre brillante y espesa escurría sobre sus extremidades. La miniatura del arcángel Gabriel le miró con miseria, empuñando su espada de mármol.
Lejos esta era la peor película de terror que el de cabellos oscuros podía atravesar; era como revivir una y otra vez la historia de la religión católica de una forma macabra, con más de quince pares de ojos clavándose en su nuca mientras que él se arrodillaba y rezaba, sintiendo cómo sus propias palabras rebotaban contra los cristales para volver a entrar a su ser. Era casi como rezar para sí mismo, y no para Dios, o cualquier ser que se estuviese burlando de él y su vida en esos instantes desde la comodidad de los cielos.
Apresurándose en recitar las oraciones del rosario lo más rápido que era capaz sin levantar sospechas de su madre (quien una vez le descubrió saltándose mitad del rosario y no le permitió ver la luz del sol hasta por lo menos un mes después), Frank salió disparado de su casa, sin siquiera haber alcanzado a atrapar el triste intento de pan con mantequilla que le esperaba junto a la puerta.
No era la primera vez que perdía el bus escolar y llegaba tarde a la escuela, pero el problema era que tampoco era la primera vez que perdía el bus escolar y llegaba tarde un viernes, días en los que comenzaba su horario académico con unas muy gratas dos horas de educación física, donde el profesor Hoppus parecía casi encantado de encontrar cualquier oportunidad para humillarlo frente a los demás alumnos por su pequeño problema de estatura y luego mandarlo a trotar el resto de la hora junto con Bob Bryar, a quien parecía enviar a trotar simplemente porque lo odiaba y no había clase en la que el rubio ese no corriese por lo menos cinco vueltas alrededor del campus. A decir verdad, existían varios rumores en los que se murmuraba que el padre de Bob es algo así como un mafioso que destruyó la empresa deportiva de los Hoppus, quien desarrolló un gran resentimiento hacia todos sus descendientes, especialmente al joven Bob. Aunque, el más bajo no sabe si creerlo realmente, ya que también existe el vago murmullo de que Bob pateó al perro del profesor y este se cabreó, descargándose en la clase de deporte.
Hasta existe un rumor que incluye prostitutas y ritos satánicos, así que no había mucho a lo cual aferrarse.
Desechando estos pensamientos para no atrasarse, Frank maldijo por lo bajo a todo el mundo una vez más, pues era un adolescente y tenía todo el reverendo derecho de enviar a la mierda a cualquiera, después de todo, probablemente el desear que todos fuesen follados y asesinados cruelmente estaba incluido en el contrato que se firmaba al pasar a la pubertad. Y si no era así, que follen al contrato también.
Jadeando, vio cómo comenzaban a asomarse las grandes rejas azules del instituto católico, cosa que casi le incitó a agradecer por primera vez a Dios tras sus diecisiete años de vida en este patético mundo, de no ser porque aún le quedaba un poco de cordura y sabía que aquella tontería sería la herejía más grande que podría llevar a cabo, junto con decirle un "te quiero" a su madre. No, eso ni siquiera podía ser incitado, pues podría caerle algún tipo de desgracia encima, como si fuera un infortunio.
Cuando logró cruzar las puertas (con tan sólo tres minutos de retraso desde el toque de timbre y unas porras por parte del guardia de seguridad), por fin se permitió detenerse un rato para recuperar el aire que seguramente le iba a hacer mucha falta en clase de educación física, y recorrió los pasillos con calma, sintiéndose seguro ahora que por lo menos estaba dentro de la escuela y no en la oficina del director por haber llegado exageradamente tarde, otra vez.
Así, sin nada más que hacer, concluyó que sería un gasto de tiempo el ir a su clase donde estarían pasando la asistencia en la que prácticamente nadie prestaba atención, así que decidió encaminarse directamente a los camarines de hombres y, contra todo pronóstico, ser el primero en llegar a la clase de Hoppus.
Se cambió de ropa sin prisa, agradecido de no tener que ver ningún pene ni ningún pectoral poco necesitado antes de comenzar las clases. Pese a toda la enseñanza homofóbica que se le fue entrometida en el cráneo desde los seis años (o incluso antes), Frank no se consideraba alguien muy recto que digamos, ni siquiera para hacer líneas. No, en realidad, en su interior es como un puto unicornio, o un arco iris; homosexual hasta la médula pero obligado a meterse en un jodido clóset para no ser exorcizado como el tipo de la película Plegarias Para Bobby.
En definitiva, no deseaba encontrarse con un final tan trágico, aunque a veces parecía ser la mejor opción, o la más tentadora, por lo menos.
En tanto comenzaba a plantearse otra estúpida fantasía sobre suicidios falsos y bares homosexuales, el camarín fue atestándose con rapidez, puesto que nadie deseaba llegar tarde a la clase del profesor Hoppus. Así fue como Frank terminó llegando a una hora relativamente regular, junto con un gran tumulto de gente, sin resaltar demasiado.
Unos cuántos compañeros le preguntaron sobre su ausencia en mañana, a lo que él se obligó a sacar una sonrisa absurdamente forzada, excusándose al decir que se había quedado dormido y por ende perdió el bus escolar, evitando el mencionar a la poseída de su madre. Odiaba el tener que hablar con personas de su escuela; todos eran tan desagradables, falsos y cínicos. Los detestaba a todos y a cada uno de ellos con un increíble fervor, que quizás a veces lograba hasta superar el odio que tenía hacia su propia madre.
Aunque bueno, quizás no, eso resultaba algo imposible, era como comparar a Hades con Cupido, no había punto de semejanza. Su madre era un demonio (o santo, mejor dicho) distinto a los putos de su escuela, quienes sólo eran pestes pequeñas en comparación. Como el zumbido molesto de un mosquito que te despierta en la madrugada.
—Hey, enano. —Escuchó a sus espaldas, sacándole algo entre un gruñido y una sonrisa, pues, aunque sabía exactamente quién era la persona que le estaba hablando, no tenía el humor para lidiar con sus estupideces usuales, por mucho que le tuviese una pequeña porción de cariño.
Sí, increíblemente y por extraordinario que pudiese escucharse, Frank no odiaba a todo el puterío de mundo, sólo a tres cuartos de los individuos (o un poco más), existían unas escasas excepciones que se salvaban de su odio, mas no de sus insultos mentales. Pues nadie se salvaba de esos.
Y, sin lugar a dudas, este imbécil no se libraría de ellos.
Dándose la vuelta, el más bajo se topó con un moreno de labios gruesos y un peinado jodidamente emo que le tapaba mitad del rostro, sonriéndole de lado, aunque sus ojos pequeños y postura encorvada evidenciaban su creciente cansancio.
Así es, señores y señoras, se trataba del flamante Peter Lewis Kingston Wentz III, o, mejor llamado por Frank, el homosexual con más delineador negro que neuronas en la cabeza y más condones en el bolsillo que cuadernos en la mochila, un interesante espécimen en riesgo de extinción.
Y, lamentablemente, era el mejor amigo del hormonal Iero.
—Supongo que te preguntarás el por qué llegué tarde. —Fue el saludo que decidió darle, pues, en realidad, no estaba de humor.
La bienvenida dejó perplejo al otro, quien pestañeó con cierta confusión.
—¿Llegaste tarde?
—¿Eres mi mejor amigo y no notas mi ausencia?
Pete rodó los ojos exageradamente.
—Lo siento, me distraje jugando Snake. Tengo mejores cosas en las cuales pensar en la mañana que en la presencia de la dramática princesita religiosa.
A este punto, Frank dejó escapar un gruñido exasperado. En definitiva no estaba de ánimos para lidiar con el estúpido de Pete, ni con sus imbecilidades matutinas. Se dice que la idiotez en contagiosa, y, en realidad, Frank no quería ser salpicado con ella antes del mediodía.
—Supondré que entre esas "cosas" no incluirás observar imágenes de penes de un tamaño bestial y de curiosa procedencia. O acosar a lindos chicos heterosexuales a los que no puedes coger, como Christofer Drew.
—Deja de meterte en mi cabeza, mierda. ¿Cómo supiste lo de Drew?
—No es difícil adivinar si cada vez que lo ves pasar estiras tu camisa para ocultar una erección, Pete. —Alegó el más bajo, acompañando su respuesta con un gesto de manos, moviéndolas con frustración.
—Eres un maldito acosador. Te quejas de los estúpidos que crean rumores, cuando tú solo eres un cotilla de mierda.
—Sólo estás cabreado porque tengo otro nombre más con el cuál joderte. Ya está Bob Bryar, Christofer Drew, Matt Walst, el repartidor de pizza, Andy Biersack desde que se tiñó de rubio y, ah, claro, el profesor de historia.
—¡Eso es porque le gustan los Smashing Pumpkins y es rubio!
Frank rodó los ojos, negando sin consuelo hacia su amigo.
—No tienes remedio. Tú y tus complejos hacia los rubios que comparten tus gustos musicales, eres alguien muy fácil de complacer.
—¡No es cierto! —Rebatió, enrojeciendo. Claramente más de pudor que de ira, puesto que Pete era tan imbécil que ni rabia cruzaba sus venas, a diferencia de Frank, quien prefería cabrearse a avergonzarse, situación que no se molestaba en disimular.
—¿Si yo me tiñera el pelo rubio formaría parte de tu lista?
Pete hizo una mueca espantada.
—Ew, no, ni en tus mejores sueños formarías parte de mi lista.
—Agradezco que eso no vaya a aparecer en mis sueños, ya tengo suficiente morbo con ver a mi madre en mis peores pesadillas.
—¿Sueñas con tu madre? —Le interceptó, alzando ambas cejas en señal de: "este tío tiene problemas mentales"—. Amigo, eso da pena.
—Mi vida da pena. —Suspiró, desviando la mirada.
—¡Oh, alto todo el mundo, aguarden y abran paso a la princesa del drama juvenil; Frank Anthony Thomas Iero Pricolo! ¡Prepárense para sus tragedias rompe corazones que impulsan a su público a cortarse los huesos con cucharas plásticas! O aplastarse el cráneo contra una pared, si es que el presupuesto no alcanza para la cuchara.
Frank abrió la boca para responder, mas se vio interrumpido por una voz autoritaria y alta, perteneciente a nada más y nada menos que a su profesor de educación física.
Vaya jodida suerte.
—¡Wentz, Iero! ¡Veo que están con los ánimos encendidos esta mañana! ¿Les molestaría acompañar al señor Bryar a correr un par de vueltas a la cancha? —Antes de que siquiera pudiesen abrir la boca para responder la sugerencia, Hoppus continuó—: Y no, no era una pregunta, vayan a correr imbéciles, ahora.
