Capítulo 1

Emmett decidió mantenerlo en secreto por unos días, hasta que él mismo se convenciera de que no soltó aquellas palabras en un intento desesperado por calmar las aguas tempestuosas en las que su esposa se había convertido. Ella, luego de que él recitara la frase "tengo una idea para hacerte feliz", lo vio fijamente a los ojos, tan ambarinos como los suyos y esbozó una de las más inocentes sonrisas que jamás vio. No se sintió con el valor de exponer la idea, temiendo que luego no pudiera cumplirla. Claro que no pudo evitar asegurarle que próximamente lo sabría todo. Tan pronto él también supiera qué hacer.

Intentó no pensar en eso mientras estuvo en la casa Cullen, cerca de Edward. Si él dejaba de prestar atención a Bella para centrarla en Emmett habría muchos problemas. Por su mente se paseaban pensamientos mundanos, aburridos y típicos de él. Que cuántos osos capturaría la próxima vez que saliera de caza, que qué divertida había sido la reacción de Jasper ante el grito emocionado de Alice por enterarse de las rebajas en el centro comercial, que cuán poco gracioso era Jacob... Cosas que lo mantendrían a salvo hasta que viera la oportunidad de marcharse.

Se fueron juntos, él y Rosalie, tres días más tarde. Cargaron algunas valijas en el auto y soltaron la excusa de que querían un tiempo para ellos solos. A la familia les pareció suficiente y no replicaron ni hicieron más preguntas. Emmett podía jurar que la mirada de Carlisle no se apartó del vehículo hasta que se perdieron de vista.

Llegaron a su más reciente adquirida casa, una construcción de dos pisos con un amplio jardín bordeándolo. Las paredes exteriores eran de piedra y no tenía muchas ventanas. Las flores crecían en grupo en diferentes rincones, acompañadas de fuentes de agua decorativas y algún que otro molesto gnomo de vivos colores que les obsequió Esme. Una cerca blanca cortaba el paso de los árboles y helechos que rodeaban el terreno, sin otras viviendas con vecinos curiosos. Estaban en completa soledad, de una vez por todas.

Emmett estacionó frente a la puerta cerrada de la cerca y fue Rosalie quien bajó primero. Llevó con ella dos maletas y avanzó por el camino de piedra en dirección a la casa. El otro vampiro se quedó quieto tras el volante, viendo hacia algún punto lejano entre los árboles. Temblaba. Las frías manos se sacudían casi imperceptiblemente y un viento aún más helado que su cuerpo se incrustó de lleno en aquel corazón suyo que llevaba tiempo muerto; vivo nada más para Rosalie. Era ella a quien más amaba; si tuviera que elegir entre salvarla a ella o a toda la familia Cullen, incluyendo a la inocente Renesmee, la elección era más que obvia. Podía perderlos a ellos; pero no a Rosalie.

Salió por fin, soltando un profundo suspiro. Vació el maletero, transportando las valijas restantes, y entró a la casa. Lo recibió la voz grave y áspera de un hombre tras la pantalla de la televisión. Explicaba en tono serio que otro grupo de turistas desapareció en Italia, un total de diez personas (seis adultos y cuatro niños). Mencionó algo sobre que los últimos tiempos más y más gente se perdía en Volterra, pero no se hallaba ni siquiera una huella de su paso por ahí, solo los registros de los guías de los hoteles, igual perdidos.

—¿Qué crees que pase? —inquirió Rosalie desde el sofá.

Estaba recostada boca arriba con la cabeza ladeada para ver la televisión. Se había deshecho de las botas que Alice le regaló para que su vestuario combinara a la perfección. Tampoco usaba el sweater a rayas azul y blanco. Conservaba sus jeans azules y la remera de tirantes blanca. Emmett vio sin disimulo el sostén con encaje rojo debajo, aunque no se relamió los labios como lo hacía en sus primeros años de relación. No era más un niño. La amaba y sabía qué y cuántos secretos escondía aquel hermoso cuerpo. Una insinuación como esa solo excitaba a un niño sin experiencia alguna. Rosalie podía encenderlo de maneras más detalladas y románticas.

—No se dejarán atrapar —siguió ella incorporándose. Se arrastró hacia atrás hasta que su cintura tocó el brazo del largo sofá de cuero negro. Arqueó una ceja, viendo a Emmett. Él rodeó el sofá y se sentó en el espacio libre que dejó Rosalie —. Así eso signifique matar a toda la policía italiana.

Emmett no podía estar más de acuerdo. Los Volturis no estaban nada contentos con su reciente fracaso. No solo no tuvieron oportunidad de cumplir con su verdadero cometido, sino que ni siquiera pelearon. ¿Que los Volturis no amaban desgarrar enemigos? ¡Tonterías! Ellos habrían dado todo su poder por mandar al diablo las reglas y acabar de una vez con los Cullen. Los injustificados asesinatos de Irina y la vampiro comandada por Victoria eran prueba suficiente para hacerse una idea de lo despiadados que eran los miembros del aquelarre. Emmett no lo entendía; ¿se habían acobardado? No, de ninguna manera. Un gesto de Aro y Alec habría hecho su magia, acabando con la vida de todos de una vez. No era como si le desagradara seguir vivo, pero la montaña de dudas era más grande que la de la alegría.

—Ni siquiera pensarán en ellos —dedujo Emmett, sin apartar la mirada de la televisión —. Nadie cree en vampiros. Supondrán que es cosa de traficantes o algo así.

—¿Eso crees? —Rosalie se apartó algunas ondas de cabello rubio del rostro y echó la cabeza hacia atrás —Supongo que tienes razón. Además, no es como si no pudieran largarse a cualquier otro punto del mundo sin dejar rastro —Se hizo el silencio por algunos minutos. El conductor terminó su nota acerca de las desapariciones y la cámara empezó a enfocar un estudio en el que un grupo de personas sentadas alrededor de una mesa hablaba acerca del mismo tema —. Ahora, hasta un idiota sabe que si vas a matar tienes que impedir que llame la atención. ¿Grupos numerosos de turistas? ¡Vaya aquelarre! Primero, dejan que Bella se salga con la suya en Volterra. Luego, voltean la cabeza para que Victoria haga lo que se le dé la asquerosa gana con un montón de adolescentes estúpidos. ¿En serio son tan poderosos? ¿Por qué no rompieron el trasero de Bella con Alec? Ni que su poder fuera la gran cosa.

Rosalie frunció los labios y Emmett sonrió. Sabía que a su esposa le fastidiaba que hasta eso le presumiese: tener un poder codiciado por los Volturis. Lo entendía de Alice; sus visiones los habían salvado más de una vez. Pero, ¿Bella? ¿Acaso un escudo era un super poder? Rosalie la odió más que nunca apenas se enteró. Incluso le confesó a Emmett que deseó decapitarla ahí mismo.

—Si pudiera matarla y hacerlo pasar por un accidente, te aseguro que lo haría —le había dicho en su pequeño rincón del bosque. Emmett estalló en carcajadas y lo mismo hizo ella —¡Se cree hermosa, la muy imbécil! —Chasqueó la lengua despectivamente y exhibió una sonrisa de satisfacción —Será guapa, pero jamás llegará a hermosa.

—Nunca será como tú, Rosalie —le dijo él, para luego besarla tiernamente en los labios —. A ti te hicieron y rompieron el molde.

Ella rió como una colegiala tímida, lo que llevó a su esposo a estrecharla en sus brazos y besarla hondamente.

Lo devolvió a la realidad el anuncio de una noticia de último momento. Creyendo que se trataba de los Volturis, aguzó el oído. Sin embargo, se trataba del arresto de un peligroso delincuente en Nueva York. Se levantó y llevó las maletas al piso de arriba. El dormitorio que ellos usaban era espacioso, lo suficiente para contener un piano de cola en un rincón y una mesa repleta de partituras. También estaba la cama matrimonial, recientemente cambiada, y un televisor tan grande como el de la sala, con un reproductor de DVD y cientos de películas a su lado, apiladas en tres torres de medio metro.

Rosalie subió unos minutos después, sorprendiéndolo escogiendo un título que a ambos les gustara. Optaron por una de acción con el actor Bruce Willis. Se dejaron caer en la cama cubierta de sábanas finas y suaves, y vieron la película abrazados. Eran una de las pocas cosas que podían hacer para parecer humanos. Rosalie añoraba un poco las necesidades de dormir y comer, pero nada podía hacer para cambiarlo. Aprovechaba todo cuanto podía, por más tonto que pareciera. Le encantaba respirar el aire impregnado de olores dulces y atractivos. Pan recién salido del horno, crema de pasteles, salsas de pastas, frutas frescas y mucho más.

—¿Te acuerdas sobre la idea que te mencioné? —preguntó Emmett de repente, cuando Rosalie fue a retirar la recién terminada película para cambiarla por otra. Ella se giró y buscó su mirada. La curiosidad brillaba en sus ojos —Tienes todo el derecho del mundo a decir no. No obstante, en caso de que aceptes, nos tomará tiempo llevar a cabo el plan. Necesitaremos de vampiros de confianza.

Ni él mismo sabía por qué soltó aquellas palabras. Ni siquiera había tomado una decisión definitiva. Lenguas de fuego seguían intentando destrozar la casa de cristal que llevaba noventa años protegida por murallas de acero en su fuero interno. Trataba de no dejarlas pasar, pero a veces permitía que se acercara unos centímetros. Se preguntó si Rosalie sería capaz de hacer ganar al fuego.

¿Cuánto le tomó armarse con el valor para exponer su idea? Nunca lo supo. De sus labios brotó una simple frase que obligó a Rosalie ahogar un grito. Sus ojos se abrieron de par en par y lo vieron con tanto espanto que tuvo miedo de que lo dejara o le gritara que había perdido la razón. Se quedaron quietos, sentados frente a frente en la cama, mirando en direcciones opuestas. Emmett cerró momentáneamente los ojos, esperando que ella saliera de la habitación con un portazo y se volviera a la casa Cullen para delatarlo. No escuchó nada. Sintió, en cambio, el tacto frío y suave de la mano de la rubia en su mejilla.

Abrió los ojos, sin saber bien qué vendría a continuación. Le sorprendió encontrar una dulce sonrisa en sus labios, junto con unos ojos dorados observándolo comprensivamente. La caricia acabó de confortarlo. Toda intranquilidad desapareció. Si Rosalie estuviera en contra, ya lo habría dejado claro.

Una eternidad pareció pasar cuando los labios de su esposa se separaron y, sin dejar de sonreír, dijo:

—No podría haberme enamorado de nadie más atento que tú, Emmett.

Alec salió de su habitación un mes después de lo que prometió ser una guerra sangrienta y no fue más que una discusión entre ancianos. Jane lo encontró fuera del castillo, sentado en el callejón, viendo el cielo oscuro y estrellado. La noche cubrió Volterra horas antes y el silencio de las calles corría como el frío viento. Los hermanos no interrumpieron la calma por cerca de una hora. Hasta que Jane vio de reojo a Alec, cuyos ojos rojos seguían escudriñando el firmamento.

—Has estando actuando extraño —remarcó ella, sin la más mínima emoción en su voz. Él volteó la cabeza para verla también. El contacto visual duró menos de un instante. Alec pareció forzarse a romperlo.

—Solo estoy un poco molesto —dijo él con tal seguridad que, de no ser su hermana con quien hablaba, se habría librado de un interrogatorio.

—Eso es inusual en ti, Alec —Jane se puso de pie. Él la imitó y ésta vez sus miradas se mantuvieron juntas por largo rato —. Dime qué es lo que te pasa. Puedes confiar en mí más que en nadie de este vasto mundo. Yo confío en ti, hermano.

El silencio de Alec, que se prolongó por varios minutos, terminó de convertir a la vampiro de que algo andaba mal. Se mantuvo firme, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cabeza erguida. No flaquearía ante nadie, ni siquiera ante Alec. Por fin él decidió hablar. Lo hizo con un tono que denotaba seguridad y alegría por igual.

—Tengo el presentimiento de que por fin tendremos lo que queremos.

Jane lo miró con incredulidad, sin saber bien a qué se refería su hermano. ¿Qué era lo que ella más deseaba? La aprobación de Aro. No; no solo "aprobación". Quería ser aceptada totalmente por él. Pero no importaba lo que hiciera, siempre había alguien que despertaba más la atención del líder que ella. Recientemente había sido esa tal Bella, la que podía convocar el campo de fuerza.

Alec no se quedó a oír sus hipótesis. La dejó allí sola con sus pensamientos. Regresó al castillo a encerrarse en su habitación con aquellas montañas de libros que se habían transformado en su única compañía.