EN TUS ZAPATOS

Capítulo 2

El rey de Espadas que en ese momento tenía que hacerse pasar por Estados Unidos de América recorrió atónito la mirada por la gran sala de juntas que en el centro tenía una mesa grande de forma circular, alrededor de esta estaban sentadas una gran número de personas los cuales fijaron sus miradas en él apenas atravesó la puerta, cosa que hizo tragar saliva sonoramente al ojiazul.

Como rey estaba acostumbrado a ver a las masas reunidas para escuchar sus discursos sin embargo en casos como esos siempre había alguien a su lado, Yao era una de esas personas, esta vez estaba completamente solo.

¿Cómo se supone tiene que actuar un simple civil… o una nación? Antes que nada el rey no entendía porque había tantas personas reunidas en un solo lugar si se suponía se trataría cosas importantes; en su reino solo los de más alto rango intervenían en las audiencias pero en esta ocasión había un montón de gente.

-Eh… disculpen la demora- dijo entre dientes con eso ganándose una segunda mirada inquisitiva de todos los presentes al mismo tiempo. Estados Unidos de América pidiendo disculpas por llegar tarde, mejor dicho, pidiendo disculpas en su propia casa siendo el anfitrión de la reunión. Tal vez estaba un poco enfermo.

Aun bajo la mirada de todos Alfred fue a tomar asiento aunque veía todo el lugar ocupado (pues no había notado la silla con la tarjeta que marcaba su nombre) le dio la vuelta entera a toda la mesa hasta que finalmente encontró el único asiento libre. Algunos presentes se llevaron una mano a la cara por la torpeza del ojiazul pero una vez todos listos Alemania carraspeó sonoramente para atraer la atención del resto y acallar sus cuchicheos.

-Ahora que ya estamos todos vamos a empezar con la reunión, América por favor comienza, vamos a tratar lo de las tarifas petroleras en tu casa- dijo Alemania dándole la palabra al rey que dio un saltito en su asiento al notar que se referían a él.

El muchacho abrió repetidamente su boca, no tenía ni la más menor idea de qué diablos tenía que hacer o decir, vio una carpeta en la mesa que tenía unas cifras, graficas, palabras totalmente inentendibles y para empeorar el caso todos tenían la vista fija en él. El joven rey poco acostumbrado a eso miró desesperadamente a todos lados encontrando milagrosamente a Yao y a Arthur que sentados bastante lejos de él, también esperaban que hablara.

¡Estaba salvado! Su reina y su incondicional sirviente estaban ahí como siempre, tal vez aquel era otro mundo pero los lazos entre ellos debían ser los mismo ¿Cierto? Al menos si con Yao.

-Ah… ¿Por qué no le cedes la palabra a Yao o a Arthur?- dijo con una sonrisa forzada y de nuevo una ola de murmullos se dejó escuchar por toda la sala.

¡Estados Unidos de América estaba cediendo la palabra a alguien más! No tenía un discurso motivador y heroico que decir, no había planes absurdos por comentar hasta el cansancio. América estaba diciendo por si mismo que no tenía nada que decir. Un augurio de que seguramente el mundo se iba acabar, las trompetas de apocalipsis pronto empezarían a sonar, no había duda.

Todos se quedaron en un silencio gélido, Alfred miraba constantemente a China como pidiéndole auxilio con la mirada aunque el asiático solo se limitó a alzar una ceja y mirarlo como si fuera el bicho mas raro de toda la faz de la tierra.

-Así que Yao… puedes hablar- dijo Alfred intentando romper con ese ambiente tan molesto aunque la cara de China pasó de parecer estar viendo un bicho raro a estar viendo al bicho más raro del universo que podía hablar.

-No me llames por mi nombre aru- rezongó molesto la milenaria nación al escuchar al otro referirse por su nombre humano.

El ojiazul no puedo evitar un ligero sobresalto al escuchar a su lacayo responderle de tal manera, incluso abrió la boca por breves minutos buscando una explicación a esa actitud.

China desvió la mirada del rubio y revolvió algunos de sus papeles suspirando largamente, la perfecta imagen de un anciano al borde de su retiro, era una lástima que como nación no pudiera hacer tal cosa.

-Si América quiere que hable entonces le diré acerca de sus ridículos precios del petróleo aru ¡Quiere extraer petróleo a diestra y siniestra y venderlo como si fueran los restos de Mao Tse Tung! Pretende hacer negocios ridículos en mi casa; últimamente llevamos buenas relaciones pero aun temo que un día quiera venir a invadirme solo para agujerar mi suelo. Dinos América ¿Qué pretendes hacer al respecto aru?- le preguntó China al rubio que no tenía la más mínima idea de lo que el otro estaba hablando ¿Y porque diablos le reclamaba? Era su sirviente, no tenía derecho ni siquiera a mirarle tan fijamente a los ojos, mucho menos tutearlo.

Esperanzado con ser rescatado esta vez por sus suspicaz reina volteó a ver a Inglaterra que cruzado de brazos también esperaba su respuesta, sus ojos verdes fijos en él hicieron sentir al joven rey como si el británico estuviera juzgándolo (como siempre), le pareció insoportable ver esa mirada altiva en alguien que no estaba a su mismo nivel así que se enderezó en la silla dándose ese aire arrogante que tanto molestaba a algunos y estaba dispuesto a lavar su honor y de paso darle una buena lección a sus maleducados reina y Sota.

-Dime que es lo que quieres que haga para satisfacer tus inconformidades y lo haré con gusto- dijo el rubio usando ese tono diplomático que le habían ordenado usar hasta el cansancio en ocasiones como aquellas; ahora todo el mundo lo veía como si lo acabaran de abducir alienígenas. Aun con ello el rey prosiguió.

Recargó sus codos en la mesa y enlazó sus dedos frente a su rostro mirando a China que no entendía a que venía esa actitud tan rara por parte de América.

-No te limites en pedirme lo que sea, a mí, el re… eh… quiero decir la… nación más poderosa de todas, me gusta ser condescendiente con mis sirvientes- y tras esto último el silencio más incómodo que se había hecho desde la declaración de la Segunda Guerra Mundial, y la amenaza de misiles rusos en casa de Cuba se hizo presente hasta que una risa rompió todo.

-No dijiste eso, cariño- dijo Polonia que se cubría la boca para no reír.

Todos de inmediato fijaron sus ojos en China que en menos de un minuto había desarrollado un tic nervioso en su ojo derecho junto con un temblor en la comisura de su labio. Mientras que otros como Inglaterra negaban con la cabeza y se cubrían la cara con la mano.

-China-san… ca… cálmate- le pidió de pronto Japón al otro pelinegro que ya iba levantándose de su silla aunque tampoco nadie se atrevió a detenerlo, mucho menos al ver esos ojos dispuestos a destrozar todo a base de disciplinas marciales milenarias.

-¿Tu sirviente has dicho aru?- preguntó China cuando estuvo frente a Alfred que jamás en toda su vida había visto a su Sota así.

Antes de poder contestar lo siguiente que el joven rey supo era que estaba siendo tomado violentamente por el brazo, levantado por una fuerza extraña de la silla, perdió el piso unos segundos y después todo su cuerpo y sobre todo su espalda azotaban dolorosamente contra la mesa que crujió amenazando con partirse a la mitad.

-¡VUELVE A LLAMARME SIRVIENTE YANQUI Y TE JURO QUE VAS A SABER PORQUE LLEVO MAS TIEMPO VIVO QUE TODOS USTEDES JUNTOS! Te voy a enseñar las viejas torturas de mi casa y no te quedarán ganas de hablar jamás en toda tu triste vida mocoso estúpido ¡Cancelaré todos mis tratados de comercio contigo, mandaré al carajo todos mis negocios y sacaré a tus empresarios de mi casa aru!- gritaba el colérico China mientras daba puñetazos al aire pues era sostenido por Rusia y Alemania que habían tenido que subirse a la mesa para detener al moreno antes de que le rompiera la cara al que pensaban era el americano.

-¡¿Pero qué te pasa?! ¿¡Cómo te has atrevido a hacerme esto!?- le reclamó Alfred que aun tirado sobre la mesa veía al chino forcejar con los otros dos.

-¡Iván, Ludwig llévenselo de aquí!- exclamó el rubio quien al intentar levantarse un dolor punzante le atacó la espalda de inmediato.

-No América, eres tú el que se va- le dijo Rusia entonces al ojiazul con su sonrisa eterna que dejó estupefacto al rey.

-Vamos idiota, antes de que China termine por destrozar la sala entera- le dijo de pronto Inglaterra obligándolo a bajar de la mesa mientras Alfred iba medio encorvado por el dolor escuchando unas nada discretas risas por parte de todos.

¡Pero que humillación había pasado Alfred! ¡¿Cómo Yao se atrevía a hacerle algo así?! Si no fuera su Sota seguramente ya lo hubiera mandado a una mazmorra… se sentía tan ofendido… tan… lastimado en más de una manera.

-¡¿Qué diablos le pasa a Yao?!- preguntó indignado Alfred tomando asiento en una banca del pasillo mientras Inglaterra apretaba algunos botones de una máquina expendedora de refresco y escogía una bebida.

-No, ¿Qué diablos te pasa a ti? ¿Cómo se te ocurre llamarlo "sirviente" y aparte de todo decirle por su nombre humano?- le preguntó el ojiverde pegándole la lata fría en la frente al otro que chilló un momento por el contacto helado, finalmente tomó la lata descifrando como se abría o por lo menos que diablos era eso.

La isla cansado de ver al otro examinar el refresco como si fuera una pieza de rompecabezas se la arrebató y tras abrirla se la entregó no sin antes darle un sorbo, a lo que el otro con desconfianza hizo lo mismo quitándose la bebida de la boca de inmediato al sentir la extraña sensación del gas y el sabor dulzón de la Coca-Cola en su lengua.

-¿Y? Es ahora cuando me vas a regañar y me dirás todos mis fallos, te vas a dar esos molestos aires de grandeza que no te van y te pasarás el resto del día recordándome cuan, según tú, inútil soy. Mejor cállate antes de todo eso- dijo de mala gana el joven rey dejando el refresco a un lado mientras se frotaba la espalda haciendo que el ojiverde alzara ambas gruesas cejas.

-Wow, vaya que hoy estás de un humor muy impredecible ¿Eres como las chicas y te viene la regla cada cincuenta años o qué te pasa? Solo venía a ayudarte a tranquilizarte y aconsejarte que le pidieras un disculpa a China- dijo el rubio levantándose negando con la cabeza.

-Tú nunca quieres ayudarme- masculló Alfred mirando a otro lado sin entender realmente el insulto referente a lo de las chicas; escuchando de pronto una risa seca por parte de Inglaterra.

-Oh claro, el haberte educado y forjar los cimientos de la nación que eres ahora, ser aliados en tantas guerras, ser parte del G8, y escucharte cada vez que vienes lloriqueando a mi casa no es ayudarte. Soy un hijo de puta al parecer. Bien América, sigue entonces provocando a la que en un futuro será la segunda potencia mundial más fuerte- le dijo Inglaterra bufando y alejándose de ahí mascullando cosas para sí mismo.

Alfred solo lo vio alejarse enfadado ¿Pero que le pasaba a Arthur? Pensaba se quedaría un rato más sermoneándole como de costumbre pero apenas y había hecho un esfuerzo por regañarlo. Volvió a tomar la lata arriesgándose a darle otro trago a la rara bebida, esta vez el sabor no le pareció tan extraño y desagradable.

En ese mundo todo era muy raro, la gente misma era rara, ahora lo hacían sentir como un tonto solo por actuar como en su reino todos hubieran esperado ¿Cómo se suponía debía actuar en ese lugar? ¿Cómo si no fuera un rey?

Soltando un suspiro y volviendo a sobar su espalda adolorida se levantó con un quejido dispuesto a ir de nuevo a esa endemoniada sala de juntas esperando que Yao no siguiera tan enfadado (aunque seguía sin entender por qué).

Volvió a entrar a la sala y a diferencia del principio, el lugar era un caos tremendo en donde todos se gritaban, decían incoherencias y casi amenazaban con golpearse (otra vez). Levantados azotaban sus manos contra la mesa y alzaban la voz para hacerse escuchar entre el desorden y la mezcolanza de acentos e idiomas de todo tipo.

Aprovechando el increíble caos que había en la sala Alfred se sentó en su lugar esperando ser ignorado por todos que parecían más ocupados discutiendo sobre sus casas al punto en que arrojaban papeles al aire y se dedicaban gestos obscenos.

El rey Alfred nunca había estado en una audiencia tan caótica como aquella que presenciaba en ese preciso momento, incluso le sorprendió de sobremanera ver al mismo Inglaterra casi ahorcando al que en ese momento pensaba era Francis, el rey de Diamantes… y hablando de reyes…

-Se comportan muy raro- comentó de pronto Alfred en voz alta más para él mismo que para el resto. Le pareció extraño ver a reyes y reinas cada quien por su lado apenas y dirigiéndose miradas o una palabra en medio de la discusión.

Le fue raro ver a Rusia tan lejos de Hungría a quien siempre celaba como si ella fuese un tesoro invaluable, en cambio la húngara estaba sentada a un lado de Austria que parecía muy molesto por el escándalo de la junta. Francia estaba varios lugares lejos de Liechtenstein quien tranquilamente hablaba con Suiza y este ni siquiera parecía interesado en estar a un lado de Francia.

Alemania por su lado intentaba poner el orden en el lugar como si fuera el líder de todos mientras que Italia estaba plácidamente dormido sobre el escritorio sin atender a nada, como si no le importara en absoluto lo que su señor estaba haciendo, lo mismo podría decirse de Japón que solo soltaba resoplidos como si estuviera más que acostumbrado a ello.

Nadie ahí parecía mantener las relaciones que en el mundo del rey eran básicamente lazos irrompibles, le parecía raro… más que raro así que no pudo evitar fruncir el ceño ante algo que no lograba entender y no encontraba explicación. Aunque lo más chocante de todo seguía siendo China y su actitud e Inglaterra que no parecía tener ni la más mínima intención de corregirlo, regañarlo o soltarle una letanía sobre su comportamiento.

Frunció todavía más su entrecejo e hizo un puchero con sus labios como modo de expresar que le molestaba de sobremanera no entender lo que pasaba en ese lugar y con toda esa gente. Estaba mal, si no actuaban como él esperaba que actuaran estaban mal y le enfadaba aún más que las cosas no fueran como él quería o esperaba.

Le enfadaba la manera tan confianzuda en que Francia molestaba a Inglaterra y como este respondía a sus provocaciones olvidando sus protocolos de cortesía y le decía de insultos como si no hubiese nada de malo en ello, también le enfadaba como China parecía más sumergido en sus asuntos en vez de preocuparse por la ofensa hacía su rey.

Sería acaso que porque ahí no era un rey por lo cual todos parecían comportarse como se les venía en gana… pero se sentía raro, sobre todo esa actitud de la única persona que podía considerar su amigo… tal vez debería hacerle caso por primera vez en su vida a Arthur y pedirle una disculpa aunque él no tuviera porqué hacerlo, no había sido él el responsable, sin embargo le era imposible estar enojado y peleado con su Sota por más de dos horas; en ese aspecto podría admitir que seguía siendo un niño.

La endemoniada junta que fue más bien un intercambio de insultos varios junto con amenazas y ningún tipo de acuerdo, al final resolvieron que al día siguiente seguirían con lo que nunca pudieron concluir e intentarían debatir cómo la gente decente, por supuesto, enfatizaron el "intentarían".

Todos salieron dando suspiros de alivio y tomando cada quien su camino; Alfred notaba como todos iban en sus respectivos grupitos, Inglaterra seguía siendo asediado por las bromas sucias de Francia mientras que China iba dándose golpecitos en los hombros de nuevo recordando a una especie de anciano cansado a pesar de su imagen tan juvenil.

Alfred pareció debatirse entre seguir a Arthur o seguir a China, finalmente resolvió por seguir al moreno para limar las asperezas de un rato atrás por lo tanto le siguió los pasos al asiático que antes de ser alcanzado por el joven rey, fue interceptado por Rusia.

-Hey, China- le llamó el ruso haciendo que por mero instinto Alfred se escondiera tras una esquina del pasillo preguntándose porque el ruso, que a sus ojos era aún el rey de Tréboles, le hablaba con tanta confianza a su Sota… sospechoso.

-Ah, hola Rusia aru- respondió China que no parecía muy feliz con la presencia del otro que se sonrió ampliamente al escuchar su nombre de boca del otro.

-Te traje algo- dijo inmediatamente la enorme nación sacando de su gran abrigo una caja envuelta como un regalo que le extendió al moreno el cual no esperaba eso y recibió la caja murmurando un tenue gracias.

-Ábrelo- le animó Rusia y el moreno miró con sospecha al otro pensando que se trataría de algo desagradable pero aun con ello se atrevió a abrirlo. Por su parte Alfred incluso se alzaba de puntillas para intentar ver que había dentro de la caja.

Los ojos de China se iluminaron cuando vieron una muñeca matrioska pintada a mano con sumo detalle.

-¡Qué bonita!- dijo China el cual tenía una increíble debilidad por las cosas lindas. Rusia entonces pareció aún más contento por esta reacción.

-La última vez que fuiste a mi casa pareció que te habían gustado así que toma una, especialmente para ti- le dijo el ojivioleta al otro que iba sacando cada una de las muñecas de dentro de la más grande.

-¡Muchas gracias aru!- volvió a agradecerle China examinándolas bien.

¿Qué pasaba ahí? ¿Qué diablos pasaba ahí? Se preguntaba mientras tanto Alfred viendo como Rusia le daba regalitos a su sirviente como si nada, eso era sospechoso, muy sospechoso. Por lo tanto armándose de valor una vez más fue con toda la intención de interrumpir la melosa escena entre ambos sin embargo antes de poder acercarse siquiera sintió un tremendo jalón por parte de alguien más.

-¿A dónde diablos crees que vas?- le regañó Inglaterra que casi lo arrastraba hacía atrás.

-¿¡Cómo que a dónde?! A detener a esos dos. No puedo concebir que Yao esté recibiendo regalos de Iván ¡De todas las personas posibles de él!- exclamó Alfred a lo que de inmediato Inglaterra le cubrió la boca para que los otros dos no lo escucharan, se quedaron inmóviles un momento mientras Rusia y China seguían platicando animadamente.

-Oye, no sé qué fijación tienes hoy por China y no entiendo tampoco por qué te enfada tanto que Rusia le de regalos si el hombre se muere por él desde hace años; déjalos en paz- le regañó Inglaterra.

-¿Pero qué tonterías dices? Si ese tipo nunca le ha puesto ni siquiera los ojos encima a…- pero antes de seguir hablando Inglaterra le tomó por la cara obligándolo a ver a los otros dos.

China seguía examinando alegremente su nueva muñeca mientras Rusia no dejaba de clavar sus ojos en el oriental, su sonrisa siempre infantil y a veces intimidante se tornaba tierna junto con un leve rojo en sus mejillas pálidas que coloreaban su cara dándole una apariencia todavía más aniñada de lo que usualmente tenía.

Alfred reparó entonces en el hecho de que nunca había visto al temido rey de Tréboles con tal expresión en su rostro, ni siquiera en presencia de Elizabetha, su adorada reina; no sabría explicar realmente bien qué clase de sentimiento había en esa mirada dedicada al chino que ni siquiera se percataba de ello.

-Vamos a dejarlos solos antes de que China quiera golpearnos, o a ti otra vez; ya mañana te disculpas con él- le dijo Inglaterra jalándolo aun del brazo adivinando que el ojiazul estaba ahí por querer arreglar las cosas con el asiático.

-No tienes por qué llevarme como si fuera una niño, suéltame- le espetó entonces Alfred al otro zafándose de su agarre de un manotazo dejando desencajado al ojiverde que parpadeó un par de veces por esa agresiva reacción para nada usual en América.

-¡Yo te trato como se me dé la gana, mocoso ingrato!- le regañó el británico al otro comenzando a pellizcarle las mejillas y jalárselas. A pesar de que era un reclamo el inglés parecía realmente divertido con esta inocente reprimenda.

-¡Suéltame! ¡¿Pero cómo te atreves?!- chillaba Alfred queriendo liberarse de los pellizcos. En su mente pensaba lo raro que Arthur se comportaba, nunca desde que había contraído matrimonio con él, este lo había tocado por voluntad propia y sin que fuera realmente necesario, pero ese Arthur que estaba ahí incluso le pellizcaba las mejillas sin recato alguno.

-Anda, deja ya de actuar tan raro y vamos a comer algo, Canadá dijo que él invita; solo procura no pedir tantas cosas o vas a hacer más grande esa barriga tuya- se burló Inglaterra cruelmente no sin antes pellizcarle un rollito de carne de su estómago a lo que el otro se llevó las manos inmediatamente de la cara al estómago.

-¡Deja de hacer eso!- chilló el joven rey al otro que solo rió burlándose de él –Entonces baja de peso gordo, deberías seguir el ejemplo de tu hermano- le dijo comenzando a caminar dejando paralizado de pronto al ojiazul que abrió muchos los ojos.

-¿Hermano?- preguntó con voz trémula después de haber procesado el significado de la palabra haciendo que Inglaterra volteara un poco dudoso de esa reacción.

-Sí, tú hermano Canadá… ya sé que sueles olvidarlo todo el tiempo pero no deberías ser tan desconsiderado- le dijo siguiendo con su camino.

El rey de pronto temblaba, pero no de miedo, sino de pura emoción… ¡Tenía un hermano! Alguien de su misma sangre; en su reino era hijo único, siempre había estado solo a excepción de Yao… y ahora le decían que ahí tenía un hermano, alguien con quien tal vez había compartido muchas cosas y que se eran incondicionales.

-¡Vamos, vamos con él!- dijo emocionado Alfred a lo que el otro lo miró raro pero solo atinó a encogerse de hombros y sin más fueron juntos aunque Alfred más bien parecía ir corriendo.

Por un momento se olvidó de China y de Rusia, de todos, solo quería conocer a ese presunto hermano y hablar con él preguntándose cómo sería tener una familia que fuera más allá de su Sota ¿Cuántas cosas se contarían? ¿Cuántas travesuras cómplices habrían hecho siendo unos chiquillos?

Finalmente Inglaterra lo dirigió hasta la entrada del edificio en dónde Canadá los esperaba en compañía de Francia. El rey tragó saliva de manera sonora y respiró profundamente al ver una mata de cabello rubio y un par de antojos como los suyos.

-Ugh ¿Qué hace el cara de rana aquí?- preguntó de pronto Inglaterra cuando hubieron llegado. Canadá volteó de inmediato con una sonrisa tímida.

Alfred creyó que le estaban jugando una mala broma, pensó por segundos que ese tipo era el verdadero América con quien había cambiado lugares pero segundos después, al verlo bien se dio cuenta de que ese muchacho tenía el cabello más largo y sus ojos azules eran más obscuros, azul noche. Aquel chico tenía una sonrisa débil pero no por ello menos cálida, una voz suave que apenas se alcanzaba a escuchar y parecía amable y un tanto tímido.

-Yo lo invité- contestó el tal Canadá enfocando sus ojos obscuros en los de Alfred que se sobresaltó ligeramente -¿Estás bien? Anoche te encontré en el desván de tu casa inconsciente-

-E… estoy bien- dijo el otro riendo después de manera nerviosa para luego volver a fijar su vista en Canadá que seguía hablando con los otros dos rubios explicándoles que el día anterior había ido a visitar a América y terminó encontrándolo tirado en su desván enterrado entre un montón de chunches viejos.

Ese que tenía enfrente era su hermano pero no solo un hermano cualquiera, al parecer eran gemelos lo que seguramente hacía su lazo más fuerte; aunque a juzgar por la altura seguramente Alfred era el mayor, de eso estaba seguro… o no tan seguro pues de un momento a otro Canadá, por orden de Francia, enderezó bien la espada pues acostumbraba a encorvarse sin querer dejando al descubierto que el canadiense era en realidad más alto que el rey.

-¿Pasa algo?- preguntó Canadá al otro que tenía la boca abierta un poco molesto por esa mala jugarreta de la vida y los genes.

-No, nada- respondió de manera forzada.

-Entonces vamos, acabo de descubrir un restaurante francés por aquí cerca; es un milagro que América tenga comida decente aquí en su casa- dijo Francia liderando al grupo al comenzar a caminar seguido de Inglaterra y Canadá.

-Sabes que odio todo lo que tenga que ver con tu horrorosa casa pero haré el esfuerzo de comer esa cosa que llamas comida- le insultó Inglaterra al galo que soltó una serie de risas elegantes.

-Pero mon amour adoras mi comida y otras cosas de mi- le dijo el francés guiñándole un ojo al ojiverde que torció la boca en un gesto de disgusto.

-Prefiero que me arranquen los ojos antes de que algo de ti me guste- respondió Inglaterra de mal modo mientras que Canadá se limitaba a reír con risitas bajas yendo junto con ellos aunque de pronto se dieron cuenta de que Alfred no los estaba siguiendo así que voltearon atrás viendo que el rey no se había movido de su lugar.

-¿Qué esperas muchacho?- le preguntó Francia al otro que miró a todos lados.

-A alguien que nos lleve, no podemos ir nosotros solos… caminando…- dijo como si la sola idea fuese inaudita. Las otras tres naciones se miraron entre ellos y después echaron a reír a carcajadas sonoras, excepto tal vez por Canadá que se cubría la boca para no hacer tanto escándalo como los otros dos.

-Oh mon dieu, no puedes estar hablando en serio; hoy dices cosas muy graciosas. Claro que nos vamos caminando, no queda muy lejos y además tú adoras traernos de una esquina a otra de tu casa, casi pareces un guía de turistas- le dijo Francia mientras caminaba seguido de Canadá a quien le rodeaba el hombro con el brazo.

-Vamos América, pensé que lo que más amabas en este mundo eran los paseos por tus calles- le dijo Inglaterra una vez más tomándolo por el brazo y guiándolo a lo que el otro se quedó pensativo siguiéndoles el paso.

Ahí nadie parecía reparar en ellos; si en ese lugar fuera un rey la gente no dejaría de acosarlos pero ellos pasaban desapercibidos entre los ríos de personas que iban y venían, como si ellos fuesen uno más de ese enorme número de individuos. Era raro andar por las aceras siendo tan diferente pero al mismo tiempo tan común al resto de las personas, poder rozarlas al caminar a su lado, sentir el contacto con un pueblo de manera tan cercana era algo bastante curioso pero en el buen sentido.

-Creo que en realidad para todas las naciones lo que más amamos en el mundo es poder caminar por las calles de nuestra casa y pasear junto con nuestra gente- comentó de pronto Inglaterra en voz baja, tenía una sonrisa tranquila en sus labios mientras comentaba aquello y se enganchaba al brazo del ojiazul como si fuese algo de lo más común.

Alfred no supo exactamente que decir… no podía admitir que esa era la primera vez que se mezclaba entre la gente común sin tener toda una caravana escoltándolo. Así tal vez se sentía la verdadera libertad.

Tenía que admitir que se sentía bien.

000

Mientras tanto Estados Unidos de América que en ese momento tomaba el papel de rey de Espadas se paseaba por todas las habitaciones de su nuevo palacio siendo seguido en silencio por la Sota que no paraba de preguntarse qué diablos le pasaba a su señor.

-Este lugar es más grande que la Casa Blanca… debería decirle a Obama que le haga unas modificaciones- murmuraba en voz baja mientras iba dando largos pasos con las manos metidas en los bolsillos de la gabardina.

-Eh… mi señor- llamó entonces Yao haciendo que América diera un salto asustado pues no había reparado en la presencia del sirviente.

-Dios mío China, no me des esos sustos- le reclamó al otro que no supo exactamente porque carajos le llamaba "China".

-Discúlpeme- dijo el moreno haciendo una profunda reverencia que incomodó un poco a América pues estaba acostumbrado al orgulloso asiático y no a ese sumiso sirviente. –La audiencia con el resto de sus majestades está a punto de comenzar y ellos no tardarán en llegar; tiene que ir preparándose- le avisó al otro que solo asentía con la cabeza.

-Muy bien, vamos entonces- dijo sin más el americano descolocando por completo al otro que le siguió los pasos.

-¿No pondrá ninguna objeción?- preguntó el incrédulo lacayo a lo que el otro echó a reír sonoramente haciendo que su risa provocara eco en el lugar.

-Está bien que no me guste mucho trabajar pero tengo que hacerlo ¿No? No me queda otra- decía encogiéndose de hombros sencillamente mientras seguía caminando.

-Por cierto ¿Dónde está Ing… Arthur?- preguntó al notar que en todo el día no había visto ni rastro de su reina, cosa bastante rara tomando en cuenta el hecho de que se suponía eran un matrimonio.

-Su majestad ha estado en su habitación toda la mañana, me ha pedido expresamente que no se le moleste a menos que sea realmente necesario- explicó Yao a lo que el otro hacía un mohín con sus labios.

-¿Pero qué clase de actitud es esa? Se supone es mi reina- masculló América entre dientes haciendo pucheros por eso.

-Pero mi señor…- comenzó a decir Yao deteniéndose en seco mientras el otro sin darse cuenta seguía caminando –Siempre ha sido así- dijo a lo que el otro también se detuvo de repente y volteó a ver al moreno realmente sorprendido mientras regresaba sobre sus pasos hasta la Sota.

-Espera ¿Cómo que siempre ha sido así? ¿Acaso no somos un bonito matrimonio que se da los buenos días con un beso tierno, desayunan juntos y hace bonitos planes para el futuro mientras ve melosos atardeceres y se jura amor eterno o una cursilada como esa?- preguntó América que parecía realmente molesto. El otro solo alcanzó a alzar una ceja.

-Eh… no mi señor, si le he de ser completamente sincero, este año que llevan casados en realidad parece que se odian a muerte- dijo Yao desviando la mirada a todos lados escuchando un gritito ahogado por parte del rubio que se llevó las manos a la cabeza.

-¿Qué? ¿Por qué? Espera ¿Llevamos un año casados?- preguntó Alfred al otro que asentía con la cabeza preguntándose que tan duro debió haber sido ese golpe que el rey se dio como para no recordar cosas tan importantes como aquellas.

Alfred gruñó y se fue a dar un golpe en la frente contra una pared sobresaltando a su Sota que intentó detenerlo antes de darse otro azotón.

-Rey de Espadas eres un gran idiota- dijo en voz muy baja el americano tratando de tranquilizarse dirigiéndose de nuevo al otro.

-Oye… ¿Te puedo hacer una pregunta rara?- le dijo al sirviente que ya había escuchado bastantes rarezas en el puro transcurso de la mañana.

-Nada de lo que usted me diga es raro mi señor- mintió enormemente Yao al otro que tampoco le creyó esto.

-Dime cuantos años tengo, en años humanos claro- especificó el ojiazul a lo que la Sota pensó que no se podía decir su edad en otra cosa que no fueran años humanos, tampoco su señor era un perro.

-Tiene 19 años mi señor- le dijo a la nación que volvía a abrir mucho sus ojos y comenzaba a juguetear con la cadenilla de su monóculo mientras reía para sus adentros.

-Soy un niño…- se dijo a si mismo con una media sonrisa –Entonces eso quiere decir que me casé a los 18. Si no mal recuerdo a esa edad los humanos suelen ser un saco de hormonas andante- seguía diciendo cuidando de que Yao no escuchara sus peculiares cavilaciones, pero entonces le pasó un brazo por el hombro al sirviente haciendo que este saltara por el repentino contacto.

Mientras América estrechaba el cómplice abrazo el otro se quedaba tieso por el improvisto gesto

-Dime China; creo que tú estás al pendiente de todo lo que hacemos Arthur y yo así que sé sincero y dime cada cuando Arthur y yo dormimos juntos- le preguntó sin más al otro que se le puso la cara roja al solo escuchar sus palabras.

-¡¿Qué cosas dice mi señor?! Y a esta hora del día- exclamó alterado Yao mientras que el otro solo parpadeaba y se mantenía tranquilo.

-Pues solo te pregunto cuándo fue la última vez que me acosté con Arthur, es completamente normal si somos un matrimonio; contéstame, es una orden- le dijo al otro que solo parecía hacer caso cuando usaba esa frase.

Yao se puso todavía mas rojo si eso era posible y parecía tan nervioso y aturdido que incluso le costó trabajo hablar.

-Cre… creo que solo… eso solo ha pasado cuando se casaron… no puedo estar seguro- decía entre balbuceos el moreno mientras que el otro soltaba un grito de incredulidad.

-¡Hemos pasado un año entero sin tener sexo! My God, what´s wrong with the King!?- dijo de pronto el rubio dejando un poco anonadado a la Sota no por el vulgar comentario de antes sino por ese extraño idioma empelado al final, jamás lo había oído hablar con ese lenguaje.

-Ya veo porque me odia, nadie puede pasar un año sin tener sexo y estar bien ¿Al menos lo hará con sus manos? Si es así entonces me explico porque está amargado- seguía diciendo el ojiazul poniendo cada vez mas abochornado y embarazado a Yao que en un arranque de pudor le cubrió la boca al rey.

-¡Ya basta de ese tema majestad! No puede andar hablando de esas cosas como si nada ¿Quién le ha enseñado esas malas maneras? Seguramente ha escuchado a alguno de los sirvientes- le reprendía Yao al que casi podía salirle sangre de la nariz.

-Hey tranquilo, no hay nada de malo los dos somos adultos y tampoco es como si tú fueras virgen- le dijo América al otro que estaba tan azorado que no pudo pronunciar palabra. Estaba tan avergonzado.

-¿Qué pasa aquí? ¿Por qué tanto escándalo?- preguntó de pronto Arthur que llegaba a su encuentro con mala cara frunciendo más el ceño al ver a América pasándole el brazo por el hombro al pelinegro que de inmediato se separó haciendo una profunda y exagerada reverencia.

-Artie, no hacíamos nada, solo charlábamos de ti- dijo América acercándose al otro intentando tomarle la mano pero este se deshizo de su agarre tan rápido como el otro intentó siquiera tocarlo.

-No me llames de esa ridícula manera y si tienes tanto tiempo como para perderlo criticándome e insultándome será mejor que lo emplees haciendo de anfitrión para los reyes. Si vuelves a comportarte como un completo imbécil en esta audiencia haré hasta lo imposible para que te arranquen esa maldita corona de la cabeza- le dijo mordazmente el ojiverde el otro que solo se quedó en su lugar parpadeando repetidamente, solo con el usar de esas palabras había sentido como si le hubiesen escupido odio.

-No tienes por qué hablarme así- dijo la nación sintiéndose como siglos atrás cuando su declaración de independencia había sido recién firmada.

-Solo de esta manera me puedes entender- respondió tajantemente la reina Arthur encaminándose con pasos firmes y elegantes haciendo ondear la cola de su frac de terciopelo y sin que su sombrero de copa se moviera ni un solo milímetro.

-Tampoco pierdas el tiempo mimando a tu rey Yao, prepara todo para sus majestades- le ordenó a la Sota que hizo caso instantáneo a la orden mientras América volvía a meter sus manos a los bolsillos de la gabardina esta vez llevaba un gesto triste en su rostro.

Pronto en los jardines y entrada principal de palacio se escuchaba el sonido de varios cascos de caballos y ruedas de carruajes por el caminito de loza; las caravanas de los reyes restantes llegaban y eran ostentosamente recibidos por los sirvientes de las Espadas que los dirigían hasta el salón principal del palacio.

-Los reyes y sus reinas de los Tréboles, Diamantes y Corazones han llegado- anunció Yao formalmente a los reyes de la Pica.

-Como una baraja inglesa- comentó divertido América a lo que nadie logró entender a qué se refería así que decidieron ignorarlo como si no lo hubiesen escuchado.

La nación ahora rey se dirigía hasta el salón imaginando un montón de hombres y mujeres viejos como los que solían ser los superiores de Inglaterra y Francia, todavía recordaba toda esa opulencia cuando iba a sus castillos él era solo un niño pero para esos entonces ya le parecía ridícula toda la faramalla que requería ver a un par de ancianos envueltos en joyas. Seguramente no era muy diferente en ese mundo.

Sin embargo su sorpresa fue bastante grande cuando al llegar al salón no se encontró con personas rondando la tercera edad ni algo cerca de ello, los ahí presentes eran naciones que él conocía y habían sido sus colegas.

-Wow- solo alcanzó a decir cuando vio a quienes a sus ojos aún eran Alemania, Japón, Francia, Liechtenstein, Rusia, Hungría, Italia, Austria, y Suiza.

-Esperamos hayan tenido un agradable viaje- dijo de pronto con toda la cortesía del mundo Arthur mientras saludaba a todos.

-Tan agradable como puede ser pasar casi un día entero de viaje en un camino de terracería- dijo el siempre elegante rey de Diamantes que ofrecía su brazo a su futura reina, la pequeña rubia de ojos verdes que saludaba elegantemente a Arthur.

-Ya nos encargaremos de ese asunto de los caminos- dijo Arthur reprimiéndose de no soltar una grosería por las miraditas altivas que el ojiazul le dedicaba.

-No es tan fácil arreglar ese tipo de cosas tomando en cuenta la extensión de todo un territorio y todos los problemas que tienen prioridad antes que tu comodidad- intervino América a lo que de pronto todos voltearon a verlo. El mismo Arthur parecía extrañado por este comentario.

-Jo~… el joven rey de Espadas queriendo soltar comentarios inteligentes. Lo has educado bien Arthur- le dijo Francis al ojiverde lo que molestó un poco a la nación; no recordaba a Francia siendo tan pedante desde sus años dorados en los que la monarquía aun dominaba sobre su casa.

-Señores, dejen los comentarios ofensivos para después, tenemos que comenzar la audiencia pronto, supongo todos tenemos agendas que atender- comentó entonces Ludwig, el rey de Corazones siempre tan diplomático como el mismo Alemania.

Todos entonces se dispusieron a tomar asiento mientras América miraba con curiosidad como todos parecían limitarse y abstenerse a tratarse con completamente falsas cortesías, era inclusive molesto ver esa pésima actuación de educación y respeto por parte de todos, le irritó bastante ver como el lugar se inundaba de un ambiente al que solo podía describir como la más pura hipocresía.

-Esperen- les dijo la nación cuando todos hubieron tomado asiento excepto por las Sotas

-¿Sucede algo?- preguntó Arthur más como una amenaza que como una pregunta casual.

-Si… ¿Ellos no se van a sentar?- preguntó señalando a cada uno de los sirvientes que saltaron tras haber sido señalados por el dedo enguantado de Alfred.

Otra risa cantarina y desdeñosa se escuchó por parte del rey Francis.

-Oh mi joven amigo, hoy estás tan atolondrado que no solo quieres soltar comentarios inteligentes también quieres derrochar bondad y humildad al invitar a las Sotas a sentarse con nosotros- dijo Francis mientras su risa era acompañada por la de Iván que prefería esconder sus risas tras su bufanda.

-Disculpen a Alfred, en la mañana tuvo un percance y se dio un fuerte golpe en la cabeza así que no sabe bien lo que dice- se dispensó Arthur en el lugar del ojiazul que solo atinó a fruncir el seño.

-No son derroches de humildad ni de bondad ni tampoco es por haberme golpeado; es educación y sentido común. ¿Qué importa que sean sirvientes? ¿Solo por eso no se pueden sentar?- preguntó molesto el rubio a lo que de inmediato un irritado Arthur lo tomó de la manga de la gabardina y lo jaló tan fuerte que lo obligó a sentarse.

-No te esfuerces demasiado querido al parecer aun estás algo desubicado por tu accidente- le dijo entre dientes el ojiverde regalándole de paso un ligero pellizco y una mirada asesina para que no siguiera diciendo cosas que para nada eran dignas de algún rey.

América aun con ello volteó a ver a las Sotas que como si fuesen estatuas se mantenían a la derecha de los respectivos reyes.

Vash con sus brazos tras la espalda custodiaba al arrogante Francis como si fuese una gárgola viviente. Feliciano por su parte con sus manos a ambos lados se quedaba junto con Ludwig dirigiéndole miradas de curiosidad al rey Alfred intentando (fallidamente) parecer discreto; Roderich por su parte se encontraba sosteniendo un bastón de madera obscura, se paraba como si fuera hecho de piedra y sin esforzarse en disimularlo miraba todo con un gesto de autosuficiencia y desdén y finalmente estaba Yao con sus manos metidas en las anchas mangas de su traje tras el supuesto rey de Espadas que no entendía como ellos no podían sentirse ofendidos por ese trato.

-Ahora sí, comencemos- les pidió Arthur dando así inicio a aquella peculiar reunión.

América tuvo que quedarse callado para intentar entender de qué diablos hablaban así que poco a poco iba entendiendo el rol de cada rey; al parecer todos eran reyes de una sola nación cada quien al cuidado de un sector de dicha nación y justo en ese momento hablaban de impuestos y otras cosas; de vez en cuando las reinas también daban su opinión.

-Pero si esto es algo muy fácil- comentó de pronto América cuando pensó que ya no era necesario escuchar más así que el resto volteó a verlo.

-No es necesario subir nada de impuestos; me parece estúpido exigirle dinero al pueblo que no tiene y para colmo más de la mitad va a parar a nuestros bolsillos ¿No sería más fácil que menos fuera para nuestros inútiles lujos y más para ellos? Finalmente no creo que nos vayamos a morir si nuestros calzoncillos no son de seda pura- soltó con una risa tranquila mientras recargaba tranquilamente su mejilla en la palma de su mano y esta vez todos lo miraron como si hubiese dicho algo completamente imperdonable.

-Alfred… creo que no estás del todo consciente de lo que estás diciendo- le dijo el rey Ludwig al otro que se mantuvo en completa calma.

-No, estoy muy consciente; estoy acostumbrado a ver cómo quieren sacarle dinero a la gente que ni siquiera puede costearse un pedazo de pan ¿Y para qué? No sé ustedes pero yo realmente no necesito un palacio en el que me podría perder por tres días enteros, es idiota, todo este lujo es tonto. Si nosotros tenemos todo para hacer de nuestra nación una más próspera ¿Por qué no hacerlo? ¿Por qué solo estamos aquí pasando las horas hablando de cuánto dinero más queremos meter a nuestras bóvedas?- preguntaba Alfred como si fueran ellos los que no entendían.

Cuando a las naciones les fue permitido vivir lejos de sus superiores, todas y cada una de ellas sin excepción había optado por viviendas sencillas, vivían cómodamente sin los lujos obscenamente caros con los que muchos de sus jefes vivían. Después de todo, una nación siente en carne propia la pobreza de un pueblo entero, estaban más que conscientes así que se limitaban a vivir como uno más de su gente.

-Vaya joven Alfred, me pregunto desde cuando te has vuelto un altruista, sueles ser el último en interesarte en estos temas; casi siempre mientras tu pellejo esté a salvo y tu cómoda vida también te importa un bledo la nación- comentó entonces el rey Iván que en todo el rato no había soltado la mano de la reina Elizabetha, ambas manos descansaban sobre la mesa enlazadas.

-Siempre hay una primera vez para todo- contestó con su brillante sonrisa el ojiazul sabiendo lo mucho que al soviético le molestaba esto y al parecer al rey de Tréboles también pues vio como la sonrisa de este se debilitaba un poco.

-Entonces propones que nos deshagamos de lo que nos corresponde y vayamos a entregárselo a nuestros pueblerinos- dijo con ironía el rey Francis a lo que Arthur estaba a punto de responder pero América se le adelantó.

-¿Y por qué no?- preguntó Estados Unidos levantándose de su silla encogiéndose de hombros mientras iba hacia una mesita contigua en donde había una tetera con varias tazas. Mientras se servía el té (de mala gana pues pensó que era café) todos se quedaron un tanto atónitos al ver a un rey sirviéndose su propia bebida.

Yao intentó detenerle diciéndole que ese era su trabajo pero la nación lo detuvo.

-Relájate, yo puedo hacerlo solo- le dijo Estados Unidos dándole un sonoro trago a la infusión mientras se recargaba en la mesa con muy poca gracia.

-Dices que le entreguemos lo que nos corresponde al pueblo, pero hey Francia ¿Qué diablos nos corresponde? Se supone solo somos los representantes de la nación, y un país lo hace realmente su pueblo, si el pueblo no está bien la nación no está bien es completamente lógico- explicó rodando los ojos tomando otro trago de té haciendo una cara de disgusto por el insulso sabor de las hiervas.

Francis se quedó boquiabierto un segundo por este razonamiento y por el hecho de que el rey había pronunciado mal su nombre, era Francis, no Francia. Todos se quedaron un rato en silencio procesando aquellas palabras.

-Entiendo a qué punto quiere llegar majestad sin embargo las cosas no son tan sencillas como usted las propone; sería básicamente armar una revolución para cambiar lo establecido, para hacer que el pueblo y la monarquía sean un poco más…- decía la reina Kiku pero se interrumpió al no encontrar las palabras.

-¿Iguales?- completo América dándole otro trago al té -Por favor, todos aquí hemos armado revueltas contra el sistema- dijo divertido el americano a lo que todos una vez más se quedaron callados y entonces el ojiazul recordó que ellos no eran Francia, el que derrocó a un sistema monárquico a base de sublevar a su pueblo, no eran Rusia que vio a su gente revelarse contra una de las dinastías más antiguas de su casa, no eran Alemania quien derrumbó un símbolo de opresión ni tampoco él era la nación de la libertad que se encaró contra el imperio más poderoso de una época. Esos eran reyes que se pudrían en riquezas y sus palabras eran ley… no muy diferente de cualquiera de sus superiores en el otro mundo.

Entonces Iván explotó en risas inocentes e infantiles mientras se acomodaba su bufanda alrededor de su cuello.

-Joven Alfred dices cosas muy graciosas hoy, también propones una revolución- decía intentando calmar su risa hasta tranquilizarse y clavó sus ojos violáceos en los del otro rubio. Por un segundo soltó la mano de Elizabetha para apoyar sus codos en la mesa y enlazar sus dedos frente a él tornándose un poco más serio pero su sonrisa seguía impresa en sus labios.

-Estoy seguro de que si te llegases a rebelar no durarías ni un día de pie… solo eres un muchachito mimado que usa palabras importantes- dijo el rey de Tréboles arrastrando las palabras y entrecerrando sus ojos.

Ofendido en su orgullo y vanidad América fue hasta dónde estaba el Trébol y apoyó su mano a un lado de él encorvándose un poco para encararlo.

-¿Quieres que te demuestre entonces como es que he llegado a ser la nación más fuerte? Incluso más fuerte que tú - le preguntó dirigiéndose al otro rey como una nación sin embargo este lo tomó como una provocación y se levantó de su silla encarando al ojiazul.

-Me encantaría destrozar el legado de viejos reyes y que tú solo te has dedicado a mantener a base de tu pura imagen de héroe fabricado- dijo Iván y ambos se enfrentaron en una fiera batalla de miradas.

Asustados de que aquello pasara a mayores Arthur y Elizabetha corrieron a separarlos. Elizabetha rodeó del brazo a Iván y lo hizo retroceder igual que Arthur a Alfred aunque ambos aún se miraban con gestos que parecían querer destrozar al otro.

De pronto rompiendo con el ambiente tenso del momento dos nubes de humo y un estruendo se escuchó en la sala junto con una serie de aplausos y risas extrañas.

-¡Kesesesese! No los separen, justo cuando la diversión iba a comenzar- dijo entonces una voz que América hacía más de medio siglo que no escuchaba, sobre todo esa peculiar risa.

El americano volteó lentamente encontrándose con el mismísimo (y pensado muerto) Prusia acompañado del pícaro Sealand… aunque había algo realmente raro en ambos, y por raro se refería a aquel par de anormales cuernos negros y esa cola de diablo que ondeaba cual serpiente.

Prusia como Sealand recién habían aparecido sobre la mesa y admiraban el espectáculo dando aplausos como si fueran una audiencia que disfruta de un espectáculo.

-Prusia- susurró en un hilo de voz el ojiazul que nadie escuchó pues fue opacado por la voz de Ludwig.

-¡Comodines! ¿Qué hacen aquí?- les espetó el rey de Corazones a los diablos que echaron a reír mientras hacían exageradas caras de miedo.

-Tranquilas majestades solo queríamos venir a divertirnos un rato con sus parloteos sin sentido ¿Verdad?- le dijo el comodín Gilbert al pequeño Comodín Peter y ambos se sonrieron ampliamente al parecer muy divertidos.

-Escuchar la sarta de tonterías que los reyes dicen siempre es un buen motivo para reír. Se debaten como si de verdad les interesara el bien de todos pero al final dejan caer las máscaras y revelan lo podridos que están- comentó Peter riendo mientras su cola se movía de un lado a otro como un péndulo que se mece.

-Pero hoy es diferente Peter; el rey de Espadas parece haberse ganado una pizca de inteligencia- señaló el ojirrojo de cabellos plateados levantándose encima de la mesa y rodeando esta, pasando su cola y apropósito acariciando con ella cada una de las caras de los presentes, tomándose su tiempo a la hora en que llegó a la reina de los Tréboles que con torpeza se la quitó de encima

-¿Tú crees Gilbert? Pero si el rey de Espadas es el más tonto de todos ¿Cómo puede él decir algo tan sensato como lo que acabamos de escuchar?- decía el pequeño Peter pareciendo muy divertido con insultar al ojiazul que frunció el entrecejo al escuchar esto.

-Un día de estos les mandaré cortar la cabeza por insolentes- les amenazó Arthur molesto con todos esos comentarios.

-Tranquilo majestad, lo que decimos no es nada más que la verdad. Puede que seamos diablos tramposos y deshonestos pero a veces nos nace decir la verdad- le tranquilizó Gilbert que se ponía en cuclillas para quedar frente a América.

El país tragó saliva de manera sonora al sentir esos extraterrenales ojos rojos sobre él mirándolo tan fijamente como si estuvieran descifrándolo. No recordaba que Prusia, cuando aún vivía, tuviera una mirada tan pesada y profunda. Ni siquiera en la guerra, mucho menos cuando fue prisionero de Rusia vio en él ojos tan penetrantes como en ese momento.

El comodín travieso borró por segundos su sonrisa socarrona y acortó la distancia con Estados Unidos que echó su cabeza hacía atrás antes de que esa peculiar cola alcanzara a tocarlo pues daba la sensación de que en cualquier momento se convertiría en una culebra y le clavaría los colmillos en el cuello.

-¿Qué le ha sucedido majestad? En este momento podría apostar todas mis mentiras a que a pesar de su apariencia corriente de siempre… se ve mucho más viejo. Esos ojos mi estimado rey… no le pertenecen- dijo el Comodín siseando las palabras sin dejar de mover su hipnotizante cola forrada de escamas negras como si esta fuese la aguja de un detector de mentiras.

000

Por otro lado en un restaurante francés un inglés y un galo se peleaban a base de insultos, críticas e idiomas diferentes mientras el rey de Espadas se concentraba en degustar su comida y en arrancarle palabras a Canadá que se limitaba a responder con frases cortas a sus preguntas dejando al joven Alfred un tanto desilusionado por no tener una de esas larguísimas charlas de hermanos pues siempre supuso que así debían ser los gemelos, pero este chico apenas y pronunciaba palabra.

-¿Por qué hablas tan poco?- le recriminó de pronto Alfred a Canadá que abrió ligeramente sus ojos y ladeo un poco su cabeza.

-Porqué siempre eres tú al que le gusta hablar, nunca te callas- le recordó el canadiense con una sonrisita débil al otro.

-Eso no es cierto, además, deberías hablar más por eso llevas todo el día sin que esos dos te escuchen- le regañó señalando tanto a Inglaterra y a Francia que estaban a punto de sacarse los ojos con el tenedor.

Canadá solo volvió a reír dejando sus cubiertos sobre su plato y miró a los otros dos con algo parecido a un sentimiento fraternal, expresión que cambió ligeramente cuando miró al galo pues su sonrisa se amplió un poco más.

-Francia siempre me escucha y no me importa mucho que Inglaterra no lo haga… después de todo siempre eres tú el que quiere acaparar su atención, no yo- le dijo tomando un trago pequeño de la copa de vino blanco viendo como el otro parecía completamente desencajado por el comentario.

-¿Yo? ¿Buscando la atención de él?- preguntó Alfred señalando a Inglaterra que estaba muy absorto en su intento de homicidio contra Francia.

-Claro- Canadá le indicó con un gesto de su dedo índice que se acercara para decirle algo al oído a pesar de que sabía que los otros dos ni siquiera les estaban poniendo atención.

-Has vívido enamorado de él desde que éramos unos niños- le dijo al oído a lo cual Alfred casi se fue de espaldas en su silla por esta declaración.

-¡Po… por supuesto que no! ¿Quién podría enamorarse de ese amargado, presumido, come libros, arrogante y mordaz?- preguntó también en voz baja.

-Pues al parecer tú aunque no creo que Inglaterra te sea tan indiferente…- comentó Canadá llevándose un bocado de pescado a la boca tranquilamente. –Siempre que tienen oportunidad terminan revolcándose en una cama como si fueran conejos en celo, no sé porque sigue haciéndose el difícil contigo-

Aquellas palabras entonces fueron el detonante para que el rey pasara de tener un color natural en su rostro a un intenso carmín que casi le incendia las mejillas. El joven rey entonces jaló su silla junto con la de Canadá unos metros lejos de ahí para que los otros dos que ya se tiraban de comida en la cara siguieran ignorándolos.

-¿Qué quieres decir con eso? ¿Dices que Arthur y yo… mantenemos… relaciones íntimas?- preguntó como si el solo pronunciarlo le costara trabajo y por cada palabra dicha su cara se ponía cada vez más roja y la voz le temblaba aún más.

-Qué raro hablas- se burló Canadá pero luego asintió con la cabeza –Si, suelen hacerlo casi siempre que Inglaterra está ebrio, no me preguntes como es que lo sé; los chismes entre naciones se esperasen como la pólvora y desde que las redes sociales se inventaron ya no sabemos lo que es la privacidad.- dijo el norteño rodando los ojos y soltando un suspiro por el recuerdo de muchos escándalos sexuales cortesía de Francia.

-Siempre has tomado cualquier oportunidad para estar cerca de Inglaterra a pesar de todo lo que ha pasado entre ustedes no desistes de él- dijo perdiendo de pronto su mirada en un punto de la pared del restaurante sumergiéndose en sus propios pensamientos.

-A veces eso me da envidia de ti América… esa fortaleza que tienes no de nación sino de la parte humana que tenemos para seguir aferrado a alguien que no hace más que rechazarte casi siempre y solo de vez en cuando te da pequeños atisbos de esperanza… ojalá yo fuera tan fuerte como tú en ese aspecto- le dijo para luego sonreírle con algo de tristeza.

Alfred estaba un tanto impresionado, volteó a ver a Inglaterra y a Francia peleándose y algo se removió en su estómago, no podía concebir como era posible que la nación con la que había cambiado lugares estuviera enamorado de alguien como Arthur y este solo se limitara a compartir su cama cuando quería.

Pensó en su propia reina, en su desastrosa y horrorosa primera vez como pareja y en el hecho de que nunca se había esforzado por estar realmente a su lado; vivir con él no lo convertía en su esposo, pasar todos los días con él no era un sinónimo de conocerlo.

-Debí suponer que eran ustedes los que hacían tanto lío- una voz extra interrumpió la comida que ya estaba convirtiéndose en una pelea campal.

Inglaterra y Francia se detuvieron de sus ataques para voltear a ver a Rumania que se acercaba sonriéndoles dejando ver esos caninos anormalmente largos.

-Tú sabes que me es imposible comer con este idiota cerca de mí- dijo el irritado ojiverde gruñéndole al galo que volvía a tomar su tenedor para atacar.

-Y me sigo preguntando como es que entonces siguen saliendo juntos- murmuró el rumano ahora dirigiéndose a Alfred que no se sintió cómodo con la mirada carmín de Rumania sobre él.

Por un momento le recordó a los ojos de ese insoportable Comodín Gilbert, también solía mirar a todos de esa enigmática manera, como si ellos supieran algo que el resto no y se regodearan en silencio por ello.

La cara pálida de Rumania le daba una imagen un tanto tétrica y espectral que se acentuaba con sus ojos rojos y cabello rubio cenizo además de ese atuendo que parecía haber sacado de un museo. El rumano volvió a sonreír dejando que la punta de uno de sus colmillos asomara por su labio.

-¿Te encuentras mejor América? En la reunión actuabas de manera extraña- le preguntó al ojiazul que solo atinó a asentir con la cabeza sin sentir ni un hálito de confianza hacía ese peculiar personaje que era el europeo.

-Me alegro de escucharlo. Cuando estabas en la sala de juntas haciendo enojar a China casi te pude imaginar como a un rey caprichoso- dijo como un comentario casual pero que a Alfred no le sonó como tal. El rubio frunció ligeramente sus cejas y entrecerró sus ojos para enfocarlos mejor en el rumano.

-Me encantaría quedarme aquí pero Bulgaria me espera a comer. Nos vemos después chicos- dijo despidiéndose mientras un mesero le indicaba donde estaba su mesa. Rumania se volteó una última vez hacía Alfred y de nuevo sus ojos carmín tomaron esa sombra de misterio.

-Hasta luego majestad- le susurró para que solo Alfred pudiera escucharle y sonrió esta vez dejando ver su hilera de dientes completa junto con su par de caninos que daban ahora una apariencia amenazante.

El rey solo se quedó ahí sintiendo un extraño escalofrió.

/

Amo a Rumania, en serio… me gusta ese hombre.

¿Qué les pareció este capítulo? ¿Interesante? Seguramente esta vez pudieron ver de manera mas remarcada las diferencias entre el rey y la nación, recuerden que la personalidad de cada persona se define por sus genes, el ambiente social en donde se desarrollan y crecen y las situaciones que han enfrentado a lo largo de su vida (no por el día que naciste y el alineamiento de los planetas, NO). En fin, me emociona esto y espero le sigan dando oportunidad, como ya les había dicho antes será un fic muy corto así que el siguiente capi será un poco mas intenso.

Mil millones de gracias por leer y sobre todo por comentar, en serio gracias gracias gracias.