Debilidad

Sakura Haruno

Ahí estaba de nuevo, en el viejo campo de entrenamiento del equipo siete.

¿Por qué seguía yendo ahí? Porque ahí comenzó todo, ahí los conoció realmente y ahí se formó cada fragmento de su carácter.

De momento le vinieron algunos recuerdos de cuando estaba en la academia, soltó una pequeña risa de solo tratar de imaginar una motita rosa todo el día detrás de un moreno que no reparaba en su existencia. Luego un rubio siendo golpeado por la misma mota rosa. Siempre le pareció un idiota, solo que al principio era un idiota insoportable, y luego fue su idiota favorito. El maestro haragán, ni cómo olvidarlo.

¿Qué hacía ahí?

Siempre fue muy de su estilo atormentarse por el pasado que no volvería, vivir de recuerdos y de ilusiones auto impuestas, porque así era más fácil no darse cuenta de todo lo que sucedía a su alrededor. Era más fácil imaginar que era un entrenamiento rutinario de Iruka-sensei que reconocer que en verdad había atravesado con un kunai el pecho de un hombre.

De un tiempo a la fecha su corazón pesaba demasiado, su alma apenas y podía mantenerse entera y eso la llenaba de frustración. Ella era fuerte, enojada daba miedo, y muchos preferían enfrentarse de cara a su maestra que a la pequeña chica de cabellos rosados, pero debajo de esos lapsos de violencia, realmente injustificada la mayoría de los casos, seguía siendo solo una chica frágil, que por más que daba vueltas al asunto no comprendía cómo el moreno podía hacer todo eso como si de regar flores se tratara, o cómo el rubio terminada la misión seguía tan animado como después de una cena en Ichiraku.

Ella era frágil porque aunque el objetivo fuera un peligroso criminal lloraba, pero ya no frente a ellos, de eso hacía mucho.

Comenzaba a llover, el agua fría la empapó por completo en poco tiempo, pero no se movió, seguía sobre uno de los troncos donde su mentor los ataba cuando hacían trampa en el entrenamiento queriendo hundirse en esas memorias que ahora parecían tan lejanas.

En unos momentos la lluvia pasó a tormenta, pero seguía ahí, totalmente inmutable, perdida en sus pensamientos. Un relámpago que había caído cerca la sacó de aquella meditación haciéndole notoria su condición, se levantó entonces para dirigirse a su departamento, quedaba lejos pero daba lo mismo, ya estaba mojada.

Las calles de la aldea estaban vacías, ninguna persona mentalmente sana saldría sin razón de su casa con semejante clima. Sin embargo, aunque no se vieran, ocultos en callejuelas, tejados y árboles se encontraban montando guardia varios Chūnin, por aquello de algún ataque sorpresa.

Paranoia. Eso definía la actitud del consejo, aunque con justa razón, terminaba la guerra y a lo largo de su vida, un shinobi se hace de una lista considerable de enemigos, como ella, que ahora cargaba con otra vida.

Aún con su paso lento llegó a su piso, se metió sin problema dirigiéndose automáticamente al cuarto de baño para llenar la tina con agua caliente. Una vez lista, se despojó de sus húmedas ropas.

Siguió pensando el asunto que la había abstraído desde aquella mañana.

¿Por qué le pesaba tanto el haber terminado con la existencia de aquél hombre?

Hacía unas horas que regresaba de la misión, habían corrido toda la noche, les habían asignado una tarea que llevaba marca de urgente, razón por la que acampar no era opción, llegaron apenas despuntaba el alba. El poblado parecía fantasma, ni una persona a la vista, ni un animal por las calles.

La tensión se podía cortar, un escalofrío le recorrió la espalda. Miedo. Sí, tenía miedo, pero no por ella.

Se separaron para buscar el objetivo, el destino quiso que fuera ella quien le encontrara al frente de una de las humildes casas. Un renegado con katana en mano, sosteniendo a quien fuera su última víctima y que al verla dejó caer el cadáver, sin discursos ni monólogos absurdos se lanzaron al ataque. Aquél no era ninja, lo supo casi al momento, pero su arte con la espada era impecable, su velocidad muy superior a la de cualquier espadachín que no fuera shinobi, fuerte ágil, terriblemente astuto.

Valiéndose de todas sus habilidades ninja logró desarmarlo y someterle, lo tenía contra el piso. Entonces, por primera vez lo miró con detenimiento, sus rostro, su cabello, le era familiar, un momento de duda.

¿Quién era?

Abrió los ojos de golpe recordando: ¡El forjador de espadas de la aldea! ¿Podía ser el hijo de aquél que desapareció de la aldea hacía años? ¿Por qué se había convertido en un asesino corriente? ¿No era acaso que su padre era uno de los hombres más respetados de la aldea, no solo por su trabajo, sino por su actitud serena y honorable?

Aquél anciano que había forjado las espadas de los ninjas de la hoja solo pedía que la sangre con la que la manchara no fuera de inocentes.

Él vio su duda y aprovecho su error para atacarla con un kunai que se hallaba perdido en suelo. La herida fue en el vientre, ella entró en pánico, aunque no era la primera vez que la herían en batalla, le dio terror, pero no por ella.

Recobró el control de la situación, usando la misma arma con que había sido herida de un golpe directo, ya sin duda, le atravesó el corazón.

Sus compañeros llegaron después, ella se había atendido con prisa pero especial esmero, no dijo más que la misión había concluido, ellos por respuesta solo tomaron el camino de regreso a la aldea.

¿Por qué sufría por un asesino sin corazón?

Ya lo sabía pero le costaba admitirlo, él era el hijo de alguien, el hijo descarriado pero hijo al fin y al cabo, por eso le pesaba, porque esa misma mañana había confirmado algo que ya sospechaba, que ella iba a traer una vida al mundo.

Unas lágrimas corrieron por sus mejillas, de nuevo recordó su estancia en la academia y sus primeros días en el equipo siete, su breve infancia, porque en Konoha el tiempo para divertirse y reír por tonterías era corto, si eras ninja, te obligaban a crecer, a ver la muerte como algo cotidiano, aceptar que tu vida no está en tus manos y aunque ella amaba al pequeño ser que ya crecía en su interior; lloraba, porque nacería en una aldea ninja, en un mundo que presumía de haber alcanzado la paz, pero aún los mandaban a misiones en búsqueda de personas llenas de rencores y deseos de venganza.

Lloraba porque aquella mañana tomó una vida, cuando irónicamente al ser médico debería cuidarla, cuando por ser mujer debería crearla.

Lloraba porque ella como el anciano forjador podía equivocarse y hacer que el pequeño inocente terminara derramando su sangre a manos de alguien más.

Terminó su baño casi al tiempo en que el sol salía de nuevo, con el agua casi fría, envolvió su cuerpo en una toalla, caminó hasta su guardarropa; abrió las puertas y su mirada se cruzó en el espejo que tenía ahí, se quedó mirando el reflejo unos momentos. Un esbozo de sonrisa se dibujó en su rostro; debería cuidarse más, no solo por ella, debía ser fuerte, pero siempre tener su corazón abierto para aquel que venía.

Ya cambiada se dirigió a la torre de la Hokage para que, junto a su equipo, entregaran el reporte de la misión. Se los encontró en el camino, ninguno ignoró las ojeras y lo hinchado de los ojos de la chica, un comentario referido a su debilidad salió despectivo de la boca de uno, pero ella lo ignoró. Otro hizo referencia a que los shinobi no deben mostrar sentimientos y el tercero alegó que llorar por basura como aquel sujeto era pérdida de tiempo, pero ella no hizo caso.

Ninguno lo entendería, porque ellos no comprenderían lo que es tener dos papeles en el juego de la vida, dos papeles que constantemente chocaban entre si y que para sobrevivir a eso la fortaleza de una mujer estaba en la calidez de su corazón, no en la fuerza de su puño. Y que solo así no podía equivocarse y descarriar a su hijo.


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