Capítulo Segundo: La casa sin ti.

Había amanecido hacía varias horas. Era un lunes de verano y el calor era insoportable. El mismo silencio del día anterior reinaba en la casa de los Weasley – Granger. Tal como había ingresado la madrugada del día anterior, para quedarse hasta que el dolor dejara un resquicio por el que la vida pudiera regresar al lugar. Parecía mentira que dos días atrás todo era felicidad, los chicos reían, peleaban por nimiedades, planeaban qué harían el próximo año en Hogwarts, qué harían más adelante, hacia dónde conducirían sus vidas.

Rose Weasley ya no sabía qué hacer con sus planes. Era evidente que esa tarde no iría al lago con su hermano, un plan roto, como tantos otros. Hacía horas que la chica permanecía en silencio, sentada en su cama, sin dignarse a vestirse, a levantarse, a seguir su vida. El consejo que toda la familia le había dado el día anterior, al que ella había respondido que sí con un intento de sonrisa, era imposible de realizar. Solo buscaba despertar de esa atroz pesadilla.

En la habitación contigua, el sonido de la ducha era constante. Parecía esas mañanas de la época de lluvia, cuando ese murmullo irrumpe en la casa como música de fondo y termina asimilándose en los oídos de quienes allí están, pasando desapercibido. Parecía que ducharse era la única actividad que le permitía a Ron alejarse de la realidad, encerrado en el baño de su habitación, esperaba que las horas pasaran mientras el agua corría por su cuerpo.

Nadie en la casa podría saber cuánto tiempo pasó hasta que el hombre salió del cuarto de baño, con una toalla azul amarrada a su cintura y un gesto de abatimiento que demostraba que la ducha no había conseguido limpiar la tristeza que lo embargaba. Él sabía que no conseguiría nada. Todo lo que podía esperar era que pasara el tiempo, que los años transcurrieran como se pudiera y que llegara cuanto antes la hora de reunirse con Hugo…

Hugo… su pequeño ¿Cómo podía ser que no estuviera más con ellos? ¿En qué momento la vida había decidido castigarlo de esa manera, ser tan injusta con él, con Hermione, con Rose? Le costaba imaginar exactamente cómo se sentía su niña en esos momentos. Por un lado, sabía con perfección lo que es perder un hermano, ver cómo la vida le es arrebatada sin poder hacer nada para evitarlo, descubrir de un momento a otro que él ya no estará allí. Nunca más. Pero había una diferencia entre la relación de él con Fred y la de sus hijos. Rosie era la mayor, siempre había protegido a su hermano más pequeño, siempre se había sentido con ese deber.

Él y Hermione tenían la culpa de aquello, no deberían haber permitido que los chicos salieran a esa fiesta la noche del sábado. Habían pasado tanto tiempo concentrados y preocupados por los peligros en el mundo mágico que habían llegado a olvidar que en el mundo muggle también ocurren accidentes, desgracias, tragedias…

Luego de vestirse, dirigió una mirada a Hermione. Dormía, y seguiría durmiendo un buen rato más. La noche anterior él la había prácticamente obligado a tomar una buena dosis de poción para dormir sin soñar. Sabía que sería la única manera de que la castaña lograra pegar un ojo.

Golpeó suavemente la puerta que daba al cuarto de Rose. Apenas como para que si estaba despierta lo escuchara y si dormía no se enterara.

- Pase. – Respondió una voz extraña. Poco quedaba de la alegría y el tono habitual de su hija.

- ¿Cómo estás? – Le preguntó él entrando al dormitorio.

La adolescente lo observó un momento, se notaba que estaba pensando la respuesta. Abrió la boca un par de veces, pero al no encontrar las palabras adecuadas volvió a cerrarla. Sin embargo, con solo mirar sus ojos, el interrogante quedaba completamente resuelto: estaba destrozada. Era otra persona, ya no podría volver a ser la misma sin Hugo. Su hermano había sido parte de ella desde que tenía dos años. Antes de que pudiera recordar. Sus primeros recuerdos ya eran con él a su lado ¿Cómo comenzar una nueva vida? No lo sabía.

Ron atravesó el cuarto en dos zancadas, se sentó junto a su hija y la abrazó. La atrajo hacia su pecho y la meció como tantas veces había hecho años atrás. Rosie volvía a ser su niña pequeña, la inocente criatura que buscaba refugio y amparo en el pecho de su padre.

Había pasado el mediodía cuando los dos bajaron a desayunar. Ninguno comió demasiado, apenas lo imprescindible. Unos pasos lentos bajando las escaleras indicaron que Hermione estaba despierta. La mujer apareció sin decir una sola palabra, apenas le dirigió una mirada a su hija, y luego tomó una galleta, se sentó en una silla, y mordió un trozo como quien no quiere la cosa.

Las arrugas del rostro de la castaña se veían más pronunciadas, su cabello había perdido brillo. Aparentaba con facilidad diez años más que la última vez que había visto a su hijo con vida. Era la primera vez que su hija la veía a la 1:00 pm en batón, con el cabello totalmente despeinado, sin prestar atención a su aspecto, a sus quehaceres, e incluso a su familia.