Notas varias: Con este capítulo me pasó algo muy... raro. Lo escribí hace más de un mes, en plena clase, en mi cuaderno (niños, no deben seguir mi ejemplo :P). Sin embargo, arranqué las hojas y las dejé por ahí esperando un momento para pasarlo a la PC, y un día, sin darme cuenta, las tiré pensando que eran apuntes viejos . Desde entonces no tuve ánimos de volver a sentarme a escribir, más que nada porque me había quedado conforme y sabía que superar lo que ya había hecho y perdí sería difícil. Pero bueno, no podía retrasarlo más. No quedó tan bien como quería porque es una mera y mala copia del anterior.

En cuanto a la siguiente actualización, bueno, supongo que será menos tardía que esta porque a) tengo más tiempo libre b) tengo una idea relativamente clara de lo que quiero hacer c) voy a intentar no tirar el capítulo por equivocación xD

Por último, quería agradecer a todos los que dejaron reviews y agregaron la historia a favoritos :) No tuve tiempo para contestar individualmente y me siento fatal, y creo que ya no tiene sentido responder comentarios tan viejos, que ni recordarán haber dejado. Prometo que voy a empezar a responder reviews de nuevo (y lo extiendo también al resto de las historias). Saludos y enjoy!


Clandestinos.

II.

El Emperador se sentó frente a la enorme pantalla, sosteniendo entre sus manos una humeante taza de te. Su semblante parecía inmutable, pero para los pocos que tenían el desgraciado placer de conocerlo era evidente que algún asunto le molestaba; su gesto ligeramente incómodo lo dejaba en evidencia.

Contempló a un par de niños elegidos festejando el retorno del recientemente liberado Gabumon. La forma en que su compañero, Yamato, lo abrazaba le disgustaba y lo demostró dejando escapar un bufido. Él diría que tanta demostración de afecto le parecía innecesaria, que era la prueba perfecta de que amar vuelve a los humanos más dependientes, de que el cariño que muchos se jactan de sentir es simplemente una cadena que no les permite crecer. No obstante, en un rincón oscuro de la colosal habitación, Wormmon deseó creer que quizá lo que estaba sintiendo eran tan solo celos por no ser capaz de sentir de esa forma; o tal vez remordimiento por haber separado a tantos individuos de sus seres queridos, en primer lugar a sus propios padres de él. El pequeño digimon, a pesar del tiempo transcurrido, todavía se aferraba a la idea de que los sentimientos de su compañero no tenían una raíz tan sombría.

Años habían pasado desde que el joven que una vez supo ser un adorable niño inició su camino hacia la conquista del Digimundo. Al principio pareció que la vertiginosa aventura acabaría pronto, ya sea con el triunfo de él como el de los Elegidos. Sin embargo, el equilibrio de fuerzas era tal que el conflicto se había extendido a través del tiempo, y entre treguas y enfrentamientos, faltaba relativamente poco para que se cumpliera una década de guerra. Últimamente, el Emperador tenía bajo su influencia a gran parte de su territorio, aunque los Elegidos lograron estar a punto de ganar en una lejana ocasión. Fue entonces cuando Ken decidió contar con la ayuda de otros jóvenes humanos, de similares aspiraciones y aptitudes que él, pero por supuesto dejando en claro desde un principio quién sería la máxima autoridad y quiénes los simples soldados. Y tal plan hasta el momento funcionaba dentro de los parámetros que el Emperador había esperado.

Wormmon recordó todos esos fatídicos episodios mientras lo contemplaba observar las consecuencias de lo que él mismo había generado. Cada día sufría más ante las acciones del que, aunque irreconocible, jamás dejaría de ser su compañero. Sin embargo, últimamente una pequeña esperanza se acrecentaba de a poco y le producía cierto alivio; ínfimo, pero igualmente reconfortante. Desde que esa muchacha apareció volvía a pensar cada tanto que no todo estaba perdido.

Contuvo sus ganas de hablar, porque sabía cuánto le molestaban a Ken sus comentarios. Pero era tanto su entusiasmo que no pudo controlarlo más y se desplazó lentamente hacia el muchacho. Cuando hubo estado tan solo a un metro, habló.

—Ken… digo, Emperador, hiciste muy bien en dejarlo ir.

Su compañero no contestó.

—Te lo pidió ella, ¿verdad? Fue muy amable de tu parte, Ken.

Aquello fue más de lo que el Emperador podía soportar.

—Tan ingenuo como siempre —le dijo, calmo pero claramente fastidiado— ¿No ves que es la forma perfecta de demostrarles cuánto poder tengo y cuan incapaces son de defenderse? Su felicidad, su paz, su vida depende de mi humor, de mí enteramente. Tan solo es cuestión de tiempo hasta que lo entiendan.

—Ah, así que fue eso —Fue lo único que pudo decir Wormmon, un tanto desalentado. Aunque, en el fondo, todavía consideraba a esos repentinos gestos de bondad merecedores de cierta esperanza, por más pequeña que fuera.

—Qué aburridos son —comentó el Emperador, al tiempo que apagaba la pantalla y se marchaba con vehemencia, dejando a su compañero digimon y a un par de guardias solos en la sala de operaciones.

Caminó rápidamente por el pasillo. Tan solo quería llegar a su dormitorio y descansar; un punzante dolor de cabeza le molestaba desde la tarde y ya era imposible prestarle atención a todos los pensamientos que lo invadían.

—Riki —le habló al intercomunicador mientras aceleraba el paso— Te dejo todo a ti esta noche, ¿entendido?

—Sí, mi Emperador.

Ken lanzó un último suspiro antes de que las puertas de su suntuoso cuarto se abrieran automáticamente ante su simple presencia.

La habitación estaba completamente oscura y no se molestó en prender ninguna luz. Así estaba bien. No quería verse, y en lo posible tampoco sentirse, aunque aquello fuera imposible. Se sentía inseguro y odiaba hacerlo. Se sentía débil y vulnerable. No sabía lo que quería, ni cómo lo quería, ni por qué, ni cuándo. De pronto las bases con las que había construido su Imperio se volvían cada vez más débiles. ¿Acaso ser la máxima autoridad en un mundo virtual era lo que más deseaba? Hasta hace un tiempo, lo era. Pero últimamente nuevos deseos llamaban su atención, algunos había considerado naturales al principio, como hombre que era. Sin embargo, poco a poco parecía que otras necesidades iban creciendo, más sentimentales que biológicas, como las ganas de verla a ella, de pasar más tiempo con ella, yendo más allá de los roces físicos. Pero no podía permitirse sentir así porque simplemente era extremadamente contrario a lo que él era. O lo que creía ser.

Deseó dormir y dejar todo atrás, al menos durante el par de horas que durara su sueño. Pero su rostro lo perseguía. Y en vez de silencio solo escuchaba las palabras que le había pronunciado aquella noche, cuando con simples e inocentes palabras logró que su alma se quebrara definitivamente en dos.

«Se quién eres. No sé si logro entenderte, pero sé quién eres, Ken», le había dicho. Lo odiaba y lo odiaría, se notaba en el tono de su voz, pero a la vez, en sus ojos él logró encontrar un dejo de compasión que desde que era el Emperador nunca había visto en la mirada de nadie.

Y por eso que ella sabía, disfrutaba el tenerla entre sus brazos. Se sentía menos monstruo y más hombre. Ella parecía consolar a un rincón oculto de su ser sin siquiera darse cuenta. Porque lo sabía, y eso, para Ken, era un alivio. Mientras tanto, para el Emperador, no era más que una recurrente y molesta pesadilla.

Vaya, no puedo decir que es una sorpresa, siempre noté que no estás muy bien de la cabeza, Inoue. Aparecerte aquí sola, y sin tu pajarraco, ¡más que valentía es estupidez!

Ella no pareció ofendida. Se notaba claramente que estaba muy decidida; no dudaba ni parecía asustada.

Tengo que hablarte, Ken —le dijo con firmeza.

¿Ken? —El gesto del Emperador pasó de divertido a molesto— Estás demasiado atrevida, ¿no te parece?

No —contestó ella, aunque no parecía realmente escuchar lo que él decía— He estado averiguando… cosas.

Él optó por el silencio. Simplemente no tenía nada que decir, aún. Arqueó las cejas y esperó a que ella continuara.

Me dio curiosidad. Quiero decir, fuiste a alguien antes de… esto.

La sonrisa burlona que antes se dibujaba en el rostro del Emperador desapareció sin dejar rastros. En su lugar, su ceño fruncido le daba cada vez un aspecto más temible. Miyako parecía ni siquiera prestar atención a su interlocutor, muy sumida en todo aquello que había ido a decir.

No estoy dispuesto a perder el tiempo contigo —dijo, girándose y caminando lentamente, queriendo transmitir seguridad cuando en realidad lo único que deseaba era huir, aunque estuviera en infinita superioridad de condiciones.

Se quién eres. No sé si logro entenderte, pero sé quién eres, Ken.

Y a partir de ahí, para el Emperador se volvía una tortura recordar.