Severus Snape vs los adolescentes hormonados.
Tenía clase con los alumnos de Hufflepuff y Gryffindor de quinto. En aquella aula, la tensión era palpable, porque para desgracia de cierto profesor de pociones; Longbotton parecía haberse reencarnado.
Pero volvamos unos… diez minutos atrás. El profesor de runas antiguas interrumpía la clase de Severus Snape para entregarle un pergamino de parte de la directora McGonagall.
El antiguo espía estaba al frente del aula, recargado en su escritorio, observando cómo sus estudiantes trataban de realizar correctamente la poción que les había encargado ese día. El chucho se acerca y le tiende el documento con esa sonrisa suya, entre juguetona y lujuriosa, que causa estragos en cualquiera a quien vaya dirigida. Unas horas más y esos labios se perderán una vez más por su piel. Tranquilízate Severus, se recrimina a sí mismo.
Cuando el profesor Black estaba a punto de marcharse, aquel engendro (según vocabulario de Snape) de Hufflepuff consigue de nuevo lo imposible. Su caldero explota con tan buena fortuna que la mesa, parte de la pared y el estupendo profesor de runas; son alcanzados por el líquido amarillo.
De la pared y la mesa comienza a elevarse un vapor realmente desagradable, junto con un sonido siseante francamente preocupante. Pero lo que llama la atención de toda la clase es la exclamación de dolor que proviene del profesor Black. Snape reacciona conjurando un aguamenti sobre él, pero, al ver al otro hombre tratar de sacarse la túnica manchada, imagina que eso no ayuda.
Varias exclamaciones y forcejeos después, nuestro hermoso ex-recluso, después de deshacerse de su túnica y camisa; conjura un aguamenti sobre sí mismo, mojando su pecho desnudo y captando la total atención de la clase.
Y aquí nos hallamos. Un espía posesivo frente a una clase embobada, viendo a un mojado profesor de runas (que está para comérselo, opinión de la autora compartida por Snape y unos cuantos adolescentes con las hormonas rebotadas) y con el bien formado pecho al descubierto. Silencio.
No es necesaria mucha imaginación para saber lo que dichos jóvenes están pensando, imaginando, recreando, deseando… hacer con dicho (pedazo de hombre) profesor. Pero para su desgracia el pocionista no es muy dado a compartir.
Con tranquilidad se acerca a su colega medio desnudo y coloca su mano abierta sobre la húmeda piel de los bien marcados abdominales. Se inclina ligeramente hacia el otro mago para murmurarle provocador:
- Ve a mi habitación y ponte algo de tu ropa… no queremos alterar al alumnado, ¿no?-
Sirius lo mira, sonríe de nuevo y desaparece rumbo a los aposentos de su compañero. Snape sonríe para sí mismo cuando a sus espaldas, comienzan los cuchicheos. Para la cena de esta noche, la relación clandestina que mantiene con el último de los Black, será un secreto a voces.
Nadie podrá culparlo. Ni McGonagall ni Sirius. No podrán culparlo de que la frase que ha murmurado, haya llegado a los despiertos oídos de la estudiante de primera fila.
Puede que sigan mirando a su pareja pero, ahora se lo pensaran dos veces antes de mandar cartas o tratar de captar la atención del animago; porque para los alumnos de Hogwarts, el profesor de pociones sigue siendo un bastardo grasiento. Y a partir de ahora; un bastardo grasiento con mucha suerte.
