Yoh Asakura.

La mañana no pintaba mal. A decir verdad, fuera del calentamiento extra que tuvo que realizar a las cinco de la mañana, podía decirse que estaba en el rango de tiempo establecido del día. Sólo debía preparar el desayuno, limpiar la mesa, lavar los trastes, bañarse, cambiarse, acomodar su mochila. Decir sus oraciones. Y listo, estaba en camino a la escuela.

Vivir solo era más fácil y a la vez más difícil.

Aunque estaba acostumbrado a la soledad y poca interacción, debía admitir que la ayuda de su mamá en la cocina le facilitaba las cosas. También las enseñanzas de su abuelo. Mientras el viejo trabajaba, él sólo tenía que dedicarse a estudia y entrenar. A grandes rasgos, porque los espíritus le ayudaban en muchas de sus tareas para poder dedicarse al aumento de su poder espiritista.

Ahora que estaba solo, pensó que podría llevar un ritmo aún más relajado.

Craso error que no vio venir.

¿Qué era lo diferente ahora? Dos palabras: Anna Kyouyama.

Sí, la hermosa chica de Aomori que había llegado hacía un par de meses para torturarlo, masacrarlo e imponerle tareas del hogar.

Sí, él limpiaba la pensión una o dos veces por mes. Por supuesto que no lo haría a diario, menos cuando era enorme. Y cuando decía grande, era en serio. Había habitaciones que ni siquiera estaban abiertas. Luego los muebles, los baños termales… el recibidor, la sala, la cocina….

Dios, le estaba doliendo la cabeza de sólo pensarlo.

Parecía más una especie de Robotina, un personaje de esas antiguas caricaturas que pasaban por la televisión cuando era niño, que un adolescente independiente. Es decir, comprendía que debía ser responsable, pero esto era un abuso. Un completo y total pisoteo a sus derechos humanos.

Lo peor es que Anna sólo mandaba, ella no hacía casi nada. Salvo contadas ocasiones, preparó la cena y muy pocas veces el desayuno. Que por cierto, le quedaba del asco. Era buena para cosas más elaboradas, pero en cosas sencillas a veces le faltaba cocción al arroz o a veces se pasaba y quedaba pastoso en su boca. La sensación en su memoria sólo hacía que se le revolviera el estómago.

Por eso, Amidamaru le despertaba con antelación, para hacer el ejercicio y preparar el desayuno. Que si bien no era el mejor chef de todo Izumo, al menos podía lidiar bien con los alimentos de la mañana.

—Amo Yoh, al parecer la señorita Anna se adelantó—dijo pensativo el samurái a su lado.

—Sí, acabo de ver la nota en la nevera—dijo bostezando, mientras servía el arroz en un tazón—Demonios, si sólo me hubiese dicho, no hubiera cocinado. Bastaba con calentar las sobras de la comida.

—Oh… no se preocupe, Amo—mencionó tanteando la situación—Seguro podrá reutilizar la sobras para la comida.

Meditó la propuesta, sintiendo que aunque lo deseara con fervor no pasaría.

—Francamente, ya me estoy acostumbrando a cocinar—dijo más resignado—Aun así, te agradezco los ánimos.

—Sabe que siempre estoy a su disposición.

—Lo sé.

Sonrió. Fue cuestión de minutos para que el desayuno estuviese listo. Tal como lo había predicho, los alimentos cada vez le quedaban mejor. Pero jamás se jactaría de eso en la cara de Anna, no señor, aún quería vivir un poco más. Ver nuevos atardeceres como antes de su rutina infernal y por qué no, amaneceres. Después de correr casi de madrugada, era lo único bueno que encontraba en eso.

Tomó su saco y acomodó a media tinta la camisa. Comenzaban los climas calurosos a medio día, así que seguramente su vestuario terminaría a medio abrochar, daba igual si fuera antes o después. Una sesión más de atletismo… tareas al término, su tutor personal. Porque la cruel Anna lo había obligado a realizar sus exámenes y tareas por su cuenta. Así que su amigo fantasma era ahora su tutor en las tardes, después de la rutina en el gimnasio.

Caminaba por la calle, pensando si tendría tiempo de meter su siesta después o antes de correr el resto de los veinte kilómetros. Restaban sólo ocho, así que suponía que terminaría antes del anochecer y unos veinte minutos antes de la hora idónea para realizar la cena.

¡Ash! Cómo extrañaba a Ryu con espada de madera. Comida buena, saludable y del gusto entero de Anna.

Su odiosa prometida, difícil de complacer.

Suspiró al ver por fin la escuela.

Todo mundo parecía estar de fiesta, desde el patio central hasta las canchas de atletismo parecían estar llenas de personas.

Y no comprendía bien del porqué. Tampoco es que se sintiera atraído por saberlo, si era importante, ya lo sabría. Sino, entonces sólo pasaría casi desapercibido para él.

Amidamaru se despidió, afirmándole que estaría cerca cuando lo necesitara.

Él agradeció con una sonrisa, dirigiéndose a su salón. Todavía tenía sueño, así que fue inevitable bostezar ante lo que sería la clase más larga de álgebra. Notó de reojo que Anna no había llegado aún, lo que le causó gran curiosidad, porque ni siquiera había desayunado antes de salir. Debería haber llegado antes que él.

Alzó la mano y le dedicó una pequeña sonrisa a su amigo, mientras buscaba su pupitre. Porque a simple vista parecía que había desaparecido.

—Hola Manta—dijo sonriente—¿Sabes dónde me sentaré hoy?

Notó su gesto de extrañeza.

—En el mismo lugar de siempre, Yoh—dijo señalándole la silla.

¿Pero qué había pasado? Hoy no era su cumpleaños, tampoco es como si todos supiesen exactamente su fecha de nacimiento. Llevaba sólo unos meses en la capital. No pensó que todos fueran tan diferentes que en Izumo. Quiso preguntar más, pero al quitar el gato de felpa de su asiento, algo le reavivó recuerdos.

No se parecía mucho, salvo por el color, pero aquel peluche le trajo recuerdos de su amigo Matamune.

Sonrió, después notó el cordón en el cuello. Abrió la tarjeta y pudo ver una bonita caligrafía, con una leyenda que decía: para el chico más lindo de la clase. Tu admiradora secreta.

Sintió las miradas sobre él, en especial la de su mejor amigo. Pero sinceramente estaba concentrado en ese momento como para desviar su atención y analizar el tipo de atención que estaba recibiendo en ese momento. Tomó el gato y lo puso en el marco de la ventana, que dejaba bastante espacio para que pudiese sentarse sin caer.

Procedió a abrir otra tarjeta, esta vez de mayor longitud.

Lo leyó entero, bastante sorprendido y halagado por los detalles que una persona podía notar de él. Como la música que solía escuchar cada vez que se recargaba en la banca o la forma en que estiraba al salir del gimnasio. Lo mucho que le gustaba ver las nubes al recostarse en los pastos del patio exterior.

Eres la persona más linda que he tenido la dicha de ver—leyó para sí.

Notó la cantidad de chocolates, algunos se notaban grandes y con envolturas rojas- Otros eran en forma de osos, corazones. Uno muy curioso le llamó la atención, tenía forma de sus auriculares. Incluso eran del mismo color.

¿Quién se tomaría la molestia de hacer eso?

Sin contar que había al menos diez tarjetas y otras ocho cartas en su escritorio.

¿En qué momento sucedió todo eso? ¿Y por qué así de la nada?

De repente escuchó al maestro entrar.

El resto de sus compañeros se sentó y pudo ver apenas a la distancia a Anna ocupar su asiento, justo antes de que el profesor cerrara la puerta.

—Bien, alumnos, a sus lugares—dijo anotando en la pizarra el título del tema que veríamos a continuación—Guarden toda su basura y se lo digo especialmente a usted, Asakura—dijo señalándolo—No por ser Valentín, creerá que podrá pasarse toda la mañana leyendo sus cartitas de amor.

Y quiso que el cielo o la tierra se lo tragaran. De hecho, era raro avergonzarlo, pero había conseguido sonrojarlo. Con torpeza, ante la mirada de sus compañeros, que ahora sabía era de odio, intentó guardar a velocidad las tarjetas en su mochila. Los corazones de chocolate y demás dulces tuvo que dejarlos a un costado, junto al gato de felpa, por el volumen y poco espacio que quedaba en el maletín.

En realidad, si lo decía con palabras, no le avergonzaba que dijese frente a sus compañeros que de algún modo extraño recibió muchos regalos. No, lo que en verdad le apenaba era la forma en que ella lo había mirado. Anna no era un dulce, pero podía ver en sus ojos un extraño modo de mirarlo. Más severo y al mismo tiempo más indiferente.

Pero él no había hecho nada.

Sólo era él.

No había incitado a nadie a escribirle algo.

Y tampoco lo había deseado.

Ni siquiera tenía idea que hoy era San Valentín.

¿Por qué? Porque no le importaba. Era su primer año en la capital en plena adolescencia, no pensó que el crecer traería otros problemas u otras atenciones.

—¿Estás bien, Yoh? —preguntó Manta

—Emmm… sí, Manta—afirmó tomando el lápiz.

Escribió el título en su cuaderno. Que estaba prácticamente nuevo, mientras todos volvían su atención a la pizarra.

—No te preocupes, estas cosas pasan a veces—murmuró con una ligera sonrisa—Quizá sólo te están dando la bienvenida.

—Bueno... sería una bienvenida tardía, ya llevo un tiempo aquí—susurró en el mismo tono.

—Pero no un Valentín—concluyó volviendo su atención a la clase.

Él suspiró, girando su cabeza a la ventana, donde todos esos chocolates se encontraban. Almendra y de chocolate blanco con avellana. Recordaba haber dicho esa respuesta mientras un par de chicas lo entrevistaban para el periódico escolar. Destacaba en atletismo, sería un desperdicio de tiempo si no fuese de esa manera. Así, que suponía que por eso había sido todo ese rollo de preguntas y respuestas, nunca imaginó que aquello traería algo más.

Algo como todas las calorías que no podría comer, porque seguramente Anna no le dejaría probar ni una barra.

Era una lástima.

Cada vez que iba a las compras, más de una de esas golosinas le hacían agua la boca, es especial el osito de chocolate blanco con almendras y trufa en el interior.

Suspiró. Y escuchó otros suspiros más acompañarlo.

Quizá ya estaba demente o delirando, pero hasta ahora notaba cómo dos o tres compañeras giraban a verlo. No recordaba con exactitud el nombre de algunas personas. Consideraba que no sería necesario al cabo de unos meses, cuando viajara para, probablemente, no volver jamás.

La clase transcurrió lento, como siempre lo había sido, pero esta vez no pudo evitar cuestionarse por qué recibía tanta atención femenina. Recordaba sus años de escuela en Izumo, las niñas ni siquiera se acercaban a él. Lo consideraban raro y algo huraño por ratos. Cómo es que ahora le dedicaban misivas tan… ¿románticas?

—Bien, eso es todo, espero que resuelvan las páginas 123 a la 138 para el miércoles. Las explicaciones son sencillas—acotó el profesor—Si necesitan ayuda, pueden ir a mi cubículo, los atenderé entre las tres y cuatro de la tarde.

¿Y qué de nuevo tenía el color se sus ojos? Muchas personas tenían esa tonalidad. Su cabello tampoco era la gran cosa. Aunque la mayoría tenía tonos oscuros, no consideró que el suyo fuera novedoso. Si querían su opinión, había alguien quien sí merecía todas esas acotaciones sobresalientes.

Anna se levantó, tomó una libreta y se marchó, sin siquiera volver a mirarlo.

¿Estaría enojada?

—Vamos, Yoh—escuchó decir al pequeñín a su lado—¿No me digas que tanto te impresionaron esas cartas?

—¿Qué? —atinó a preguntar en verdad desorientado.

—Tenemos que ir al otro salón de biología. Ya sabes cómo se pone la maestra cuando tardamos más de lo habitual para ir.

—Emmm sí—dijo levantándose de su asiento—Pero… creo que olvidé mi libro en el casillero.

Manta suspiró con una mano en la frente.

—Ay, Yoh, tú no tienes remedio—dijo caminando, ya fuera del salón—¿Seguro que vas a dejar todas tus cosas ahí?

—¿A qué te refieres? ¿Vamos a volver, no?

—Sí, pero ya sabes, esto se queda sin llave—dijo mirando a todos lados—Y si te soy sincero, no creo que a muchos le agrade que recibas tantos regalos en San Valentín.

¿Muchos? ¿A quiénes se refería exactamente?

—Pues… no había pensado en eso, ni siquiera sé si podría llevármelos todos en la mano.

Manta suspiró y caminó hacia su banca, donde dejó un enorme diccionario que sacó de la mochila.

—Ven, ayúdame. Apenas y llegaremos si nos vamos corriendo al casillero.

—Sí—dijo con una ligera sonrisa, mientras guardaban todo, o casi todo en la maleta azul de su amigo.

Las cartas eran fáciles de llevar, le preocupaba el peluche y algunos chocolates de figuras pudiesen romperse. Prefirió llevar eso último en la mano.

—¿Sabes? Lo único bueno de todo esto es que no te lo entregaron personalmente.

Caminaron por el pasillo con apenas unos cuantos estudiantes en él. Suponían que la mayoría ya estaban en el salón que les correspondía.

—¿Por qué lo dices?

—Pues... puedo darme una idea, todas esas chicas querrán que las invites a salir o querrán que les respondas a lo que sienten por ti—describió con la mochila en su hombro.

No lo había pensado.

De hecho… cómo es que podría responder personalmente a cada una de ellas, si aún cuando estaba escrito su nombre, no sabía quiénes eran. Tampoco sabía que daba la impresión de que buscaba algo romántico con alguien. Apenas sabía que respiraba. Llegaba agotado a su cama, a estudiar, dormir y volver a empezar. Todo en piloto automático.

¿De dónde habían sacado todas esas personas que estaba buscando citas?

Es más, de dónde lo conocían.

—Y luego el White day

¿El qué? Comenzaba a pensar que los citadinos tenían costumbres demasiado extrañas.

Llegaron a su casillero, que estaba cerca del laboratorio. Esperaba sacar el libro y guardar todo eso en conjunto con la mochila. Lo que no espero fue ver caer diez cartas al piso. Ni tampoco ver en la puerta corazones pegados con cinta adhesiva. Mensajes amorosos le llovían por todos lados.

Lo peor, aún estaba por llegar cuando su vista se levantó hacia el pasillo.

Y la vio.

Anna no manifestaba demasiado en su semblante. No había demasiadas emociones en sus ojos, más bien aquellos carecían de brillo. Pero pudo traducirlo, por cómo alzaba la ceja, por sus brazos cruzados, su actitud recta.

Pero lo suficiente claro para él, que alcanzó a leer sus labios antes de que se metiera al laboratorio con su libro en mano también.

—Muérete.

Y deseó con todas sus fuerzas que la tierra se abriera y lo tragara.

Continuará…


N/A: Este fue ligeramente más largo que el anterior. Disculpen los errores, trato de escribir lo mejor posible aun sin revisarlo. Hoy desperté y me dije, vamos a escribir esta idea. En realidad son dos ideas, pero quise ahorrarme la molestia y escribirlo todo en uno. Por ello lo estoy haciendo por perspectivas, aunque no serán las únicas. Me estoy apurando… así que me da gusto que les agrade la historia. Un poco improvisada, pero dará un giro radical, de hecho en el siguiente, que es el de Anna, y que por lo que veo lo leerán con bastante curiosidad.

Agradecimientos especiales: Angekila, Tuinevitableanto, JosMinor y Lili.