Capítulo 2: Esperanzas a contrarreloj

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Comentarios a los reviews:

Kaoruca: Bueno, pues ya viste lo liada que he estado de aquí para allá. Pero ya ves que me estoy poniendo las pilas con lo que tengo pendiente ^_^º . Y que conste que a mí también me gusta Ryu. Seguramente, si este fic lo hubiera hecho en la actualidad, lo más probable es que le hubiera dejado con él, jajajaja. Ya sabes que cada vez se me hace más difícil de ver esta pareja »_«

Relenavivi: Me alegra que te esté gustando el fic. Ahora que ya he superado la parte del rol en vivo y la salida de mi novela, espero ir rápida con la actualización de los capítulos. Mi idea es que la semana que viene pueda subir los dos capis que quedan :-D

Hime: Más que bruto, yo diría que no termina de creerse que alguien como Misao pueda querer a un hombre tan distante como él. Lo importante es que se dé cuenta en breve de que sí puede suceder eso, jajaja.

Bueno, chicas, gracias por vuestros comentarios. Espero que os guste este capítulo. Como veis, a diferencia de Aoshi que en su capítulo anda «hundido», Misao es justo lo contrario, sólo hay que ver los títulos… jijiji.

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Capítulo 2: Esperanzas a contrarreloj

Cuando Misao despertó a la mañana siguiente, por la ventana seguían entrando rayos de sol como lo habían estado haciendo toda la semana y parte de la anterior. Mientras recogía su futón, muchos pensamientos le volvieron a la mente acerca de los acontecimientos del día anterior.

Tenía que planear una estrategia; debía hacer que Aoshi saltara y se lo confesara. Si realmente la quería...

—Por favor, por favor, por favor... —rezó Misao mientras cruzaba los dedos esperando que la percepción de Ryu fuese verdad.

Si realmente la quería, debería pasar celos en sus encuentros con sus candidatos, así que sólo debía mostrarse más predispuesta a entablar conversación con ellos. De esa forma, los celos recorrerían por todo su cuerpo y en un arrebato podría conseguir que le desvelara sus sentimientos.

Por otro lado, también podría optar por mostrarse algo más femenina. A Aoshi le había gustado cómo iba vestida ataviada con el kimono. Si fuese necesario, le enseñaría que no era una niña. Era otro factor que podría motivarle a querer retenerla. Y por supuesto, debía pasar más tiempo con él, así le obligaría a pensar en ello.

De modo que se encaminó hacia la cocina con la intención de desayunar y hablar con Omasu y Okon. Si ponía en marcha esa estrategia iba a necesitar la ayuda de las mujeres. Cuando las vio y se lo propuso, la cara de Omasu fue de sorpresa absoluta.

—¿Unas yukatas? ¿Para ti? —Le puso la mano en la frente—. ¿Te encuentras bien?

—Sí, estoy bien, pero si voy a casarme debo ser una buena esposa y eso empieza por llevar ropa más femenina.

Omasu se quedó con la cara desencajada, pero Okon se echó a reír.

—Tranquila porque ya he pensado que sólo con un kimono formal no te bastaría. Te he comprado dos yukatas para que utilices a diario. —Misao no podía negar que la mujer era previsora.

—Gracias —susurró ella con cierta perplejidad.

—Sí, claro… pero volvamos a lo de «ser una buena esposa» —dijo Omasu con malicia—. En serio, ¿qué es lo que pretendes realmente?

—Ya os lo he dicho —replicó con paciencia—: tengo que...

—Misao —la interrumpió en el acto—, te conocemos desde que eras una cría. Vamos, cuéntanoslo… ¡somos nosotras!

Misao suspiró al ver que no podía engañarlas. En el fondo tenían razón: nadie la conocía mejor que ellas, de modo que les explicó lo que pretendía. Les contó lo que había sucedido en la cena, les hizo un resumen de lo más importante que había hablado con Ryu y su apoyo para que intentara luchar por Aoshi, además de la anécdota de la conversación que tuvieron después de irse Ryu y su padre.

Para su sorpresa, Omasu le contestó:

—No me sorprendería. ¿No te has fijado en cómo te mira de un tiempo aquí? —inquirió la chica—. Porque yo sí, y no lo hace como a una amiga o una protegida. Además, eres la única persona, junto con Okina, con la que tiene una confianza plena y no parece incómodo cuando te tiene cerca.

—Puede que tengas razón, ¿sabes? —apoyó Okon a su amiga—. Acuérdate de ayer mismamente.

—Sí... —contestó alargando la sílaba—. ¡Es cierto! No te quitaba los ojos de encima, y estaba blanco de la impresión.

Aoshi quizás estuviera blanco, pero Misao se estaba poniendo roja por recordar la situación. Las miraba de una a otra viendo cómo poco a poco iban emocionándose más con la idea, hasta que finalmente decidieron participar en la estrategia que había elaborado. Okon le mostró las ropas y complementos que había comprado para cuando estuviera comprometida y pronto se pusieron manos a la obra para adecentarla. Por supuesto, daban por hecho que los demás habitantes del Aoiya le preguntarían por el cambio, por lo que debía seguir con la excusa de estar «ensayando para ser mejor esposa».

Como Misao no había visto a Aoshi por el Aoiya en toda la mañana, supuso que estaría en el templo desde muy temprano. Metió en una cesta los utensilios para prepararle un té —además de algo para comer— y marchó hacia el templo. Pero Okina la interceptó antes de salir.

Tal y como habían predicho las chicas, lo primero que hizo fue preguntarle por ese cambio de aspecto y al contarle su versión Okina aprobó su actitud. Como buena líder, le era grato comprobar que encaraba las circunstancias de buena manera. Hasta confesó que no se lo esperaba, pero estaba orgulloso de ella… Si realmente supiera por qué hacía eso y que en realidad no había asumido lo del matrimonio concertado...

Además, también aprovechó para explicarle cuándo estaban previstas el resto de citas. Puesto que quedaban escasas dos semanas para terminar el mes, la idea era que en algo más de una semana hubiera conocido a todos de forma que le quedasen varios días para pensárselo.

Misao se despidió y se dirigió al templo. Aoshi estaba igual que siempre: sentado en posición de meditación con los ojos cerrados. Se acercó diligente, pero él no se movió de su postura. Ni siquiera saludó hasta que lo hizo ella.

—Buenos días, señor Aoshi. Me han dicho que no ha desayunado y le he traído algo para comer.

Aoshi se limitó a asentir para hacer ver que la había escuchado. Misao se contuvo de resoplar molesta porque después de todo el trabajo que le había llevado arreglarse para él ni siquiera iba a verla; pero se sentó y se dispuso a prepararle el desayuno.

Cuando vio que no parecía tener pensamiento de abrir los ojos, empezó a enfurecerse de verdad. Aun así, terminó de sacar la comida de la cesta y servirle el té.

—Aquí tiene su té, se… —Misao se cortó en cuanto se dio cuenta que al fin Aoshi la miraba. Además se había quedado como petrificado y se podría decir que su estado se le había contagiado a ella—. Señor Aoshi. —Le pasó la taza, después cogió los pastelillos de arroz que había sacado de la cesta y los destapó para que pudiera comerlos—. Como le decía, también le he traído algo de comer.

—¿Por qué te has vestido así? ¿Va a venir otro invitado hoy?

A Misao le tomó desprevenida por completo.

—¿Eh? —Pero entonces se dio cuenta de que pensaba que se había preparado para recibir a algún otro pretendiente—. Oh, no, no. Okina me ha informado de que no vendrán tan seguidos, pero unos días antes de que termine el mes habré conocido a todos y así tendré esos días para pensármelo. Mañana vendrá otro conocido de él —intentó sonar despreocupada. Con suerte, le molestaría que ella se tomara el asunto sin mostrar inconvenientes.

—Entonces, ¿por qué te has vestido así? —Misao contuvo una sonrisa. Al menos, se había dado cuenta del cambio, lo que ya era todo un logro.

—Por nada en especial —siguió diciendo en el mismo tono—. Sólo que, puesto que pronto voy a casarme, debo ir preparándome para ser una buena esposa. Por eso pienso que debería empezar a vestirme más acorde.

Aoshi no replicó a eso, por lo que, al igual que con Okina, la excusa había servido a sus propósitos. No parecían dudar de su veracidad.

—¿Qué te pareció el señor Ryusei?

A Misao le sorprendió que le preguntara por Ryu, claro que Okina le había dicho que si tuviera dudas le preguntara a Aoshi por asesoramiento. Le escrutó con detenimiento intentando desentrañar su predisposición, pero Aoshi se mostraba imperturbable. ¿Le estaba preguntado por curiosidad o porque le fastidiaba el asunto? Porque si fuese lo primero, le sacaría los ojos, pensó enojada. No quería que se mostrara paternal en este respecto.

—Como ya dije ayer, me parece un buen hombre —replicó sin matizar más, pero entonces pensó en el potencial momento que le había brindado sin saberlo. Podía adornar lo del día anterior—. No lo esperaba así. Es muy agradable, simpático, con sentido del humor y muy maduro. Estuvimos hablando de cosas del pasado y qué cosas esperábamos del futuro. Hablamos de cómo podría ser un posible matrimonio entre los dos... y bueno, puesto que ya no tengo escapatoria y debo casarme, las condiciones de las que hablamos son bastante satisfactorias. Además, también es muy atractivo.

Ni siquiera reaccionó mientras hablaba. Aquello puso de malhumor a Misao. ¿Por qué tenía que ser un hombre tan difícil? Porque ya no era sólo que no sabía si podría o no tener interés en ella, es que ni siquiera podía descubrir si le afectaban sus palabras.

Y entonces, Aoshi la miró de arriba abajo. Misao se tensó por el escrutinio y por un momento creyó ver una fisura en él, de modo que presionó un poco más.

—Okina tenía razón: Ryu es una buena elección para mí, después de todo. —Y utilizó con toda intención el nombre de Ryu de forma informal. Si el chico tuviera razón y Aoshi la veía de otra manera, eso debía de sentarle como un puñetazo—. Ya veré lo que pasa con los demás.

Pero no hizo ningún gesto más. A diferencia del momento anterior, Aoshi siguió imperturbable y sin replicar a su exposición. De modo que al final se quedó confundida sin saber si le afectaba o no.

Y volvió a cabrearse. «¡Maldito Aoshi!», exclamó en su mente, «¿pero por qué tenía que ser tan irritante?».

—Será mejor que me vaya y lo deje tranquilo, señor Aoshi —dijo en tono cortante.

Misao se levantó queriendo estrellarle un puñetazo por insensible. Se dirigió con celeridad al Aoiya pensando que no había conseguido nada. Eso la desanimó lo suficiente como para querer encerrarse en su habitación. Aquél era el primer día después de la noticia y la certeza de que se estaba contactando con hombres para casarla. Era el día que mayor presión podría ocasionarle. Pero el factor sorpresa de su cambio tampoco había conseguido nada.

Por suerte, en cuanto llegó se topó con Okon y Omasu las cuales no le dieron importancia al suceso. E incluso la recriminaron puesto que, conociendo a Aoshi como ella le conocía, no debería deprimirse por el contratiempo. Aoshi era un hombre que no exteriorizaba sus sentimientos fácilmente. No podía darse por vencida el primer día. Además, como bien le comentaron, si realmente la quisiese, según se fuese acercando el día de su decisión, él se iría poniendo más tenso con todo.

Y eso era a lo único a lo que podía aferrarse.

Por desgracia, en los días que siguieron la cosa no cambió. Con cada día que pasaba Misao se iba angustiando más. Su tiempo se acababa y Aoshi parecía menos preocupado que al principio. Ese pensamiento sí que la deprimió pues entró en juego la posibilidad de que Aoshi se sintiera mal por la circunstancia de ver a su protegida siendo casada contra su voluntad, pero que al ver que ella lo iba asimilando y ya no daba muestras de oponerse a ello, le fuese tranquilizando.

Aun así, Misao siguió con lo que había planeado. Recibió a todos los pretendientes que Okina le buscó y los trató con la mejor de las predisposiciones como si en verdad le importara conocerles para poder decidirse en condiciones. Pero Aoshi ni se percataba; se veía con claridad que a Aoshi no le preocupaba el tema y eso acabó por desesperarla.

Cuando despidieron al último hombre que le presentaron, Okina quiso hablar con ellos en su habitación. Allí, su abuelo volvió a intentar sonsacarle qué le había parecido el hombre, pero se llevó la misma contestación que le había dado con los otros: que le tendría en cuenta cuando por fin sopesase quién le convenía.

Okina frunció el ceño al ver que no conseguía sacarle ni una palabra a su nieta, pero finalmente comenzó con lo que quería comunicarles y por lo que les había llamado.

—Entonces, sólo me queda decirte que ya les conoces a todos y, por tanto, ahora debes meditar sobre cuál te conviene —comentó como conclusión, y Misao asintió—. Te quedan tres días para que finalice Julio. Piénsalo bien porque el hombre que elijas será tu marido. Una vez confirmado y realizado el acuerdo entre las dos familias, no podrás retractarte. Si necesitas consejo, debes hablarlo con Aoshi. Él es tu tutor, y debe tener una opinión acerca de cuál te conviene más en caso de dudas.

Misao ni siquiera se atrevió a mirarle. Le quedaban tres días para que se formalizase su compromiso y sus esperanzas de que Aoshi se pronunciara se alejaban más y más. Ninguno de los dos dijo nada y, por tanto, Okina continuó:

—Si no tenéis nada que agregar, me gustaría hablar contigo en privado.

Se lo había dicho a Aoshi y teniendo en cuenta que el centro de todo aquello era la propia Misao, no le gustó ver que la excluían. Pero se levantó y se marchó de allí dejándoles solos.

Se encaminó directa a su habitación y se puso a pensar. ¿Qué era lo que estaba fallando? Había seguido el plan y lo había hecho bien. Se había arrimado a sus pretendientes de buenas maneras intentando molestarle, pero no había surtido ningún efecto. Si eso no le ponía celoso, ¿qué lo haría?

Entonces fue cuando tuvo que reconocer que debía darle validez a su otra hipótesis. Definitivamente, Ryu se había equivocado con él. No la quería; no al menos de la forma que ella esperaba. Era su tutor pero hasta ahí llegaba su preocupación. Por eso el primer día se había mostrado algo más alterado al ver que la obligaban a pasar por un matrimonio de conveniencia. Pero viendo que lo había asimilado, él se había ido tranquilizando también.

Misao se empezó a angustiar con esa conclusión. Porque se hacía evidente que no la amaba y sólo le quedaban tres días para que estuviera comprometida con otro hombre.

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Misao se despertó aquella mañana por el ruido de la lluvia. Se asomó a la ventana y pudo comprobar que llovía torrencialmente. Teniendo en cuenta que las últimas tres semanas habían transcurrido con un calor insoportable no era para menos. Sonrió de forma lastimera cuando relacionó el clima con su estado de ánimo pues parecía acompañarla. Después de varios días otra vez se puso a llorar. En pocos días debía decidirse por uno de los cinco en vista de que era obvio que Aoshi no haría nada.

Cuando se recompuso, bajó a la planta baja para desayunar. Omasu y Okon hablaban en la cocina muy entusiasmadas con la boda de la primera. Al parecer, la pareja ya había concertado día para la boda, la cual se celebraría en septiembre. Misao sonrió por cortesía porque en esos momentos no podía sobreponerse a los acontecimientos de su propia vida. Por supuesto, su estado no pasó desapercibido para ninguna de las dos.

—Misao, ¿te encuentras bien? —preguntó preocupada Okon.

—Si descuentas el que el señor Aoshi no me quiera y tenga que elegir a mi prometido para pasado mañana, supongo que por el resto estoy bien —intentó decir con humor, pero no les hizo gracia a ninguna de las tres.

—¿Pero qué ha pasado? —Su amiga se acercó hasta ella para consolarla.

—Nada —contestó Misao encogiéndose de hombros.

—¿Entonces? —interrogó Omasu desconcertada.

—Que ése es el problema —comentó exasperada—. Sólo faltan dos días para que se formalice el compromiso y no ha hecho ni dicho nada. Y ya sabéis que lo he intentado todo: he cuidado mi aspecto, le he intentado dar celos, me he mostrado más atenta aún con él... ¡pero como si viera llover! —exclamó con impotencia—. Es evidente que no me quiere.

—Misao... —se lamentó Okon abrazándola—. Lo siento mucho.

—¿Quieres desayunar, Misao? ¿Te preparo algo? —se ofreció Omasu.

—No te preocupes —le dijo separándose de Okon—. Cogeré cualquier cosa y me iré a mi habitación. Espero que no os importe que hoy no atienda en el Aoiya… Tengo que ordenar un poco mis ideas.

—Claro, Misao —contestó rápidamente Omasu—. Estate tranquila. Además, mira cómo llueve. Hoy vendrá poca gente al restaurante.

Misao rebuscó algunas cosas por la cocina y, poniéndolas en una bandeja, se marchó de nuevo a la tranquilidad de su habitación. Allí no tenía otra opción que enfrentarse a la realidad y decidirse por su futuro. Estuvo valorando a los candidatos y sopesando todas sus opciones. Fue así como fue transcurriendo el día y para cuando llegó la hora de comer, tenía el estómago revuelto y prefirió quedarse en su habitación cuando Omasu la avisó.

Pero ese día encerrada en su habitación había hecho que sacara algo en claro. Al menos había llegado a la conclusión de quién le podría convenir más. Y era la misma que la de su abuelo, así que al menos el chico tenía dos valoraciones positivas de distintas personas.

En realidad, no podía negar que Okina se había encargado de buscarle hombres de lo más variado porque ninguno se podía decir que se pareciera a otro.

Hubo tres que los descartó fácilmente y cada uno por motivos diferentes. Uno de ellos ni siquiera la habló en toda la noche a pesar de que Misao intentara conversar con él. No parecía que le agradase ni ella ni la situación. Al segundo que descartó, lo hizo porque le sacaba mucha edad. Tenía que reconocer que le escamaba el hombre pues lo cierto era que le sacaba bastantes años incluso a Aoshi —el cual ya le superaba en diez años a ella—. Si bien sabía que no era raro que hombres mucho mayores que la mujer se casaran, estaba tan mentalizada en Aoshi que no se imaginaba alguien más mayor para ella. El tercero directamente le dio mala espina en cuanto le vio. Según entró por la puerta y se hicieron las presentaciones la miró de arriba abajo y sonrió con malicia. Le había puesto los pelos de punta y decidió que no podría vivir con alguien así que no parecía mostrar buenas intenciones.

El chico que quedaba era un año mayor que Misao, y desde su punto de vista, un hombre bastante joven como para casarse. La primera impresión que le había dado era buena. Parecía agradable, pero por desgracia descubrió que era extremadamente tímido y cada vez que Misao le había mirado o había intentado conversar el chico se había cohibido. Era como si le intimidase, lo cual en un principio le había resultado gracioso. Pero viéndolo de forma objetiva, ese hombre no podía liderar una organización clandestina junto con ella. Le faltaba arrojo para ello, sin contar que cualquier integrante del grupo le manejaría a su antojo.

Por eso, al final se había quedado Ryusei solo entre sus opciones. Tenía varios puntos a su favor que no tenían los demás. Aparte de haber podido mantener una conversación fluida y amigable con él, era el único que estaba al corriente de su situación emocional y no le importaba. Y por supuesto, no podía descontar que la relación de Okina con ellos era buena y para él era su mejor opción. Okina les conocía a todos mejor que ella y su abuelo nunca le recomendaría alguien que no fuese adecuado.

Si eso no era un buen aliciente, Misao no sabía qué podría serlo.

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El cansancio anímico había podido con ella, pues no sabía cuándo había llegado a dormirse pero lo había hecho del tirón y hasta la mañana siguiente.

Con cierto desconcierto bajó a la cocina y se encontró a Okon allí. Misao quiso hacerse su desayuno pero su amiga la cogió de los brazos y la sentó en una silla.

—Ya me encargo yo —había dicho—. ¿Qué tal te encuentras esta mañana?

—Ahora que por fin me he decidido, mejor. Es como si me hubiera quitado un peso enorme de encima.

Okon se detuvo de golpe y se giró hacia ella con la curiosidad pintada en su rostro.

—¿Por quién te has decidido? —Pero Misao no quería revelarlo. El primero que debía enterarse era Okina, al cual se lo comunicaría al día siguiente—. ¿Puedo saberlo? —intentó de nuevo, pero ella negó—. ¿Pues?

—Primero quiero contárselo a Okina y luego os enteraréis el resto a la vez.

Okon hizo un mohín como queriendo insistir, pero finalmente suspiró y continuó elaborando su desayuno. Hablaron de cosas intranscendentes y, tras terminar de desayunar, se marchó de allí.

No le había mentido a Okon. Desde que se había decidido se encontraba mejor; sin ese nudo agobiante que le había acompañado por días y se había acentuado cuando se dio por vencida con Aoshi. Suponía que todo había sido cuestión de interiorizar y asimilar su situación. Pero en verdad se encontraba mejor que el día anterior. Por eso se puso con la limpieza de la planta de las habitaciones. Supo que Aoshi estaba dentro de su habitación y por eso pasó de largo para terminar con el resto de estancias.

Al finalizar bajó al comedor del restaurante para echar una mano a las chicas, pero se quedó de piedra al ver que Aoshi estaba inmóvil en el pasillo, junto a la entrada del comedor. Misao se acercó desconcertada y las voces de Okon y Omasu llegaron hasta ella. No terminaba de descifrar lo que decían porque no le llegaban sus voces con claridad, pero eso cambió al aproximarse hasta allí. Por los retazos de la conversación entendió que estaban hablando de su inminente compromiso.

—...más le gusta a Okina para Misao y seguro que eso ella lo tendrá en cuenta —estaba diciendo Omasu.

Pero a ella le llamaba la atención el ver a Aoshi allí y por eso le habló:

—¿Qué hace, señor Aoshi?

Aún estaba sorprendida por pillar a Aoshi espiando una conversación. No… tenía que ser fruto de su imaginación… Aoshi no era de esas personas curiosas que escuchaban a hurtadillas una conversación.

El hombre se giró y la miró con atención, y entonces, el grito de Shiro la sacó de sus pensamientos.

—¡¿Queréis dejar de hablar?! ¡Se nos echa la hora encima!

No parecía que Aoshi le hubiera sentido llegar lo cual le decía que había estado muy concentrado en otra cosa. Y puesto que lo único de interés que había en ese lugar era lo que hablaban dentro, Misao se quedó atónita ante la verdad que había intentado desechar. ¡Estaba espiando la conversación! Miró hacia la puerta como si no pudiera dar crédito a lo que veía y volvió a mirarle. Era una escena surrealista.

—¿Estaba escuchando la conversación? —No quería sonar tan sorprendida, pero es que lo estaba.

—Sólo quería avisar de que estaría en el templo y no quería interrumpirles. Ha sido casualidad —comentó haciéndolo parecer fortuito—. Parece que ya has hecho tu elección.

—Sí —afirmó Misao aún sin poder recomponerse de haber descubierto a Aoshi cotilleando.

—Eso es bueno —replicó sin más—. Como ya te he avisado a ti, me voy al templo.

Y la dejó allí sin decir más. Fue como si le clavara una puñalada. Ni se había molestado en preguntar por quién se había decidido. Eso la hizo salir de su estado de perplejidad. En realidad no le molestaba y, viendo su actitud, debía dar crédito a que estuviera esperando a que terminaran de hablar para no interrumpirlas. Porque si le interesara la conversación de las chicas, entonces también le interesaría a quién había elegido, ¿no?

Y con esa deprimente idea, decidió que mejor se quedaba realizando otras tareas alejada de los integrantes del Aoiya, pues no estaba dispuesta a soportar las preguntas insidiosas de Okon y Omasu sobre ese asunto.

Creía en verdad que lo había asimilado; que estaba tranquila porque había hecho una buena elección. Pero no soportaba la indiferencia de Aoshi ante la idea de casarse con otro. Incluso se había desentendido del tema y no le había oído ni preguntar, ni intentar aconsejarla sobre nadie. La estaba ignorando por completo.

Misao estuvo todo el día por el Aoiya pero consiguió no encontrarse con nadie. Era un hecho casi milagroso, pero lo logró. Y cuando llegó la noche se retiró a su habitación pensando que el día siguiente sería un largo día; uno que sería el punto sin retorno para ella.

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Notas finales:

Comentaros que mi idea es subir los dos capítulos a la vez. Por tanto, la espera podría ser algo mayor que si sólo fuese un capítulo. Pero como he dicho en mis comentarios iniciales, mi idea es tenerlos para la semana que viene. ¡Hasta entonces! ;-)