Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 2

Me quedé mirando al muerto, que iba vestido como si estuviera listo para unirse a la Alianza Rebelde en el sistema Hoth. A mi cerebro le costó concentrarse al principio, por eso tardé unos segundos en darme cuenta de que, así vestido, el hombre se camuflaría perfectamente en la nieve. Salvo por el líquido rojo que le brotaba de la cabeza…

Mi pulso, ya de por sí acelerado, se disparó.

—Edward, ¿qué…?

Edward dio media vuelta y recuperó su forma humana mientras me rodeaba la cintura con un brazo y me apartaba de aquella carnicería.

—Es un… un agente —balbuceé mientras intentaba que me soltara—. Trabaja para el…

Emmett apareció de pronto en la puerta, con los ojos tan relucientes como los de Edward. Eran dos brillantes luces blancas, como diamantes pulidos.

—El tipo estaba merodeando fuera, junto al límite del bosque.

El brazo de Edward se aflojó.

—¿Tú… tú has hecho esto?

La mirada de su hermano se posó en el cadáver. El cuerpo (no podía pensar en aquello como en un ser humano) yacía retorcido de una forma antinatural.

—Estaba vigilando la casa… sacando fotos. —Emmett levantó una cosa que parecía una cámara fundida—. Y lo he detenido.

Sí, lo había detenido contra la ventana de mi cuarto.

Edward me soltó y se acercó al cuerpo. Se arrodilló y apartó el anorak blanco dejando al descubierto una humeante zona chamuscada en el pecho. Un olor a carne quemada se esparció por el aire.

Me bajé de la cama, cubriéndome la boca con una mano por si me daban arcadas. Yo ya había visto a Edward atacar a un humano con la Fuente (el poder de los Luxen basado en la luz). En aquella ocasión, no había quedado nada salvo cenizas, pero ese hombre tenía un agujero en el pecho.

—Tu puntería deja mucho que desear, hermano. —Edward soltó la chaqueta y los músculos de la espalda se le marcaron por la tensión—. ¿La ventana? ¿En serio?

Emmett miró hacia la ventana.

—Me falta práctica.

Me quedé boquiabierta. ¿Que le faltaba práctica? En lugar de incinerarlo, lo había levantado por los aires y lo había estrellado contra mi ventana. Por no mencionar que lo había matado. No, no iba a pensar en eso.

—Mamá va a matarme —dije, aturdida—. Me hará picadillo.

Una ventana rota… menuda nimiedad, pero prefería concentrarme en eso que en el cuerpo tendido en el suelo de mi habitación.

Edward se levantó despacio, con los ojos entrecerrados y la mandíbula apretada. No apartó la mirada de su hermano, aunque su rostro no transmitía expresión alguna. Me volví hacia Emmett, nuestras miradas se encontraron y, por primera vez, tuve miedo de él.

Después de cambiarme rápido de ropa y pasar por el cuarto de baño, me encontré en la sala de estar, rodeada de extraterrestres por primera vez en días.

Supuse que esa era una de las ventajas de estar hecho de luz: podías ir a cualquier parte en un abrir y cerrar de ojos.

Desde la muerte de Eathan, todo el mundo había estado evitándome, así que no sabía qué esperar. Un linchamiento, probablemente. Eso es lo que yo querría que le hicieran al responsable de la muerte de un ser querido.

Emmett permanecía de espaldas a la habitación, con las manos metidas en los bolsillos y la frente pegada a la ventana junto al sitio donde había estado el árbol de Navidad. No había dicho nada desde que se envió la « bat-señal» para que los alienígenas llegaran en un santiamén.

Alice estaba sentada muy recta en el sofá, con la mirada clavada en la espalda de su hermano. Parecía agitada y tenía las mejillas rojas de enfado. Supuse que le molestaba estar en esa casa. O, simplemente, estar cerca de mí. No habíamos podido hablar de verdad después de… todo lo que había pasado.

Observé a los otros ocupantes de la sala. La versión malvada de los gemelos fantásticos, Irina y Alec, estaban sentados al lado de Alice y miraban fijamente el lugar donde su hermano Eathan había caído… y muerto.

Una parte de mí detestaba estar en esa habitación, puesto que me recordaba lo que había ocurrido cuando Benjamín confesó al fin sus auténticas intenciones.

Cuando tenía que entrar allí (lo que no ocurría a menudo y a que había sacado todos mis libros del salón), mi mirada se dirigía directamente a un punto a la izquierda de la alfombra, debajo de la mesa de centro. Ahora el suelo de madera estaba reluciente y al descubierto, pero yo aún podía ver el charco de líquido azulado que había limpiado con la ayuda de Anthony en Nochevieja.

Me rodeé la cintura con los brazos para intentar contener un escalofrío. Dos grupos de pisadas bajaron por la escalera y, al volverme, vi a Edward y a su tutor, Anthony. Se habían deshecho del… cuerpo un rato antes. Lo habían incinerado fuera, en medio del bosque, después de llevar a cabo una inspección rápida de la zona.

Edward se colocó a mi lado y me tiró del borde de la sudadera.

—Ya nos hemos ocupado de todo.

Anthony y Edward habían ido al piso de arriba hacía menos de diez minutos con una lona, un martillo y un puñado de clavos.

—Gracias.

Él asintió con la cabeza mientras dirigía la mirada hacia su hermano.

—¿Alguien ha encontrado un vehículo?

—Había un todoterreno cerca del camino de acceso —contestó Alec, saliendo de su ensimismamiento—. Le prendí fuego.

Anthony se sentó en el borde del sillón reclinable. Tenía pinta de necesitar una copa.

—Eso está bien, dentro de lo que cabe —dijo.

—¿En serio? ¿Tú crees? —espetó Irina con tono irónico.

Ahora que me fijaba, hoy no lucía su inmaculado aspecto de princesa de hielo. El pelo le colgaba lacio alrededor de la cara y llevaba un chándal. Creo que nunca la había visto en chándal—. Ahora tenemos otro agente de Defensa muerto. ¿Cuántos van ya? ¿Dos?

Bueno, en realidad era el cuarto; pero no tenían por qué saberlo. Irina se apartó el pelo de la cara y se apretó las mejillas con las uñas, que llevaba medio despintadas.

—Van a preguntarse dónde están, ¿sabéis? La gente no desaparece así sin más.

—Desaparece gente constantemente —repuso Emmett en voz baja sin volverse, y fue como si sus palabras absorbieran todo el oxígeno del aire.

Los brillantes ojos color zafiro de Irina se posaron en él. Bueno, todo el mundo lo miró, y a que era la primera vez que hablaba desde que nos habíamos reunido.

Irina negó con la cabeza, pero fue prudente y no dijo nada.

—¿Y qué hay de la cámara? —preguntó Anthony.

Cogí el objeto fundido y le di vueltas en las manos. Todavía desprendía calor.

—Si había fotografías, ya no están.

Emmett se volvió.

—Estaba vigilando esta casa.

—Ya lo sabemos —dijo Edward, acercándose más a mí.

Su hermano ladeó la cabeza y, cuando habló, su voz sonó hueca.

—¿Qué importa qué hubiera en la cámara? Nos estaban vigilando. A ti, a ella, a todos nosotros.

Me recorrió otro escalofrío. Lo que más me afectó fue el tono de su voz.

—Vale, pero la próxima vez deberíamos… no sé, hablar primero y lanzar gente contra las ventanas después. –Edward se cruzó de brazos—. ¿Qué te parece? ¿Podemos intentarlo?

—¿Y también vamos a dejar escapar a los asesinos? —intervino Alice con voz temblorosa mientras los ojos se le ensombrecían y le destellaban de rabia—.Porque parece que eso es lo que sugieres. Ese agente podría haber matado a uno de nosotros y tú lo habrías dejado marchar.

Dios, no. Se me hizo un nudo en el estómago.

—Alice —dijo Edward dando un paso hacia ella—. Ya sé que…

—No me vengas con esas. —Le tembló el labio inferior—. Dejaste escapar a Benjamín. —Me miró y fue como si me hubieran dado una patada en el estómago—. Los dos lo dejasteis escapar.

Edward negó con la cabeza mientras descruzaba los brazos.

—Alice, ya se había derramado demasiada sangre esa noche. Ya había habido demasiadas muertes.

Alice reaccionó como si Edward la hubiera golpeado con aquellas palabras y se rodeó la cintura con los brazos para protegerse.

—Eathan no lo habría querido —dijo Irina en voz baja, recostándose contra el sofá—. No habría querido más muertes. Era un pacifista.

—Qué pena que no podamos preguntarle qué opina, ¿verdad? —Alice se puso tensa, como si se obligara a pronunciar las siguientes palabras—. Porque está muerto.

Un torrente de disculpas se me agolpó en la garganta, pero Alec habló antes de que lograran salir.

—No solo dejasteis escapar a Benjamín: nos mentisteis. ¿De ella? —Me señaló—. No espero lealtad. Pero ¿tú, Edward? Nos ocultaste lo que estaba pasando, y Eathan murió.

Me volví bruscamente.

—La muerte de Eathan no es culpa suya. No puedes echárselo en cara —dije.

—Bella…

—¿Y de quién es la culpa entonces? —Alice me miró a los ojos—. ¿Tuya?

Contuve el aliento de golpe.

—Sí.

Edward se puso rígido a mi lado y, en ese momento, Anthony intervino para mediar, como siempre.

—Vale, chicos, ya basta. Pelear y buscar culpables no sirve de nada.

—Nos hace sentir mejor —musitó Irina cerrando los ojos.

Parpadeé para intentar contener las lágrimas y me senté en el filo de la mesa. Me frustraba estar a punto de echarme a llorar porque no tenía derecho a hacerlo. No como ellos. Me apreté las rodillas hasta clavarme los dedos a través de la fina tela y dejé escapar un suspiro.

—Ahora tenemos que llevarnos bien —prosiguió Anthony—. Todos. Porque ya hemos perdido demasiado.

Se produjo un momento de silencio y a continuación:

—Voy a ir a buscar a Rose.

Todos los presentes se volvieron de nuevo hacia Emmett. Su expresión no había cambiado ni un ápice. No reflejaba ninguna emoción. Nada. Y, entonces, todo el mundo se puso a hablar al mismo tiempo.

La voz de Edward resonó por encima del caos.

—Desde luego que no, Emmett. Ni hablar.

—Es demasiado peligroso. —Alice se puso en pie, apretándose las manos—. Te capturarán, y no podría soportarlo. Otra vez, no.

El rostro de Emmett se mantuvo inexpresivo, como si nada de lo que sus amigos y familia decían le importara lo más mínimo.

—Tengo que liberarla. Lo siento.

Irina se había quedado pasmada. Probablemente, yo tuviera la misma cara.

—Está loco —susurró—. Como una cabra.

Emmett se encogió de hombros a modo de respuesta.

Anthony se inclinó hacia delante y dijo:

—Lo entiendo, Emmett. Todos entendemos que Rose significa mucho para ti, pero es imposible que la rescates. Por lo menos, hasta que sepamos a qué nos enfrentamos.

Un destello de emoción apareció en los ojos de Emmett, volviéndolos verde oscuro. Me di cuenta de que era ira. La primera emoción que le había visto mostrar a Emmett era ira.

—Yo ya sé a qué me enfrento. Y sé lo que le están haciendo a Rose.

Edward avanzó con aire amenazador y se detuvo delante de su hermano, con las piernas separadas y los brazos cruzados de nuevo, listo para presentar batalla. Verlos allí juntos resultaba casi surrealista. Eran idénticos, salvo porque Emmett estaba más delgado y tenía el pelo más enmarañado.

—No puedo dejarte hacer eso —dijo Edward en voz tan baja que apenas pude oírlo—. Sé que no es lo que quieres oír, pero es lo que hay.

Emmett no cedió.

—Tú no tienes ni voz ni voto en esto. Ni ahora ni nunca.

Por lo menos estaban hablando. Eso era algo bueno, ¿no? Por extraño que pareciera, y o sabía que el hecho de que los dos hermanos tuvieran un cara a cara era reconfortante a la par que angustiante. Algo que Edward y Alice pensaban que nunca volverían a experimentar.

Por el rabillo del ojo, vi a Alice acercarse a ellos; pero Alec la cogió de la mano y la detuvo.

—No intento controlarte, Emmett. Nunca se ha tratado de eso, pero acabas de regresar del infierno. Acabamos de recuperarte.

—Sigo en el infierno —contestó Emmett—. Y si te interpones en mi camino, te arrastraré conmigo.

Una expresión de dolor apareció en el rostro de Edward.

—Emmett…

Me puse en pie de un salto, reaccionando de manera instintiva a la respuesta de Edward. Un impulso desconocido me empujaba a hacerlo. Supongo que ese impulso era amor, porque no me gustaba el dolor que se reflejaba en su cara.

Ahora entendía por qué mi madre se ponía a veces en plan « mamá osa» cuando creía que y o corría peligro o estaba disgustada.

Una ráfaga de viento recorrió la sala de estar, agitando las cortinas y pasando las páginas de las revistas de mamá. Noté que las chicas me miraban, sorprendidas, pero yo estaba concentrada.

—Muy bien, ahora mismo hay demasiada testosterona alienígena aquí, y no quiero tener una pelea de extraterrestres en mi casa además de la ventana rota y el cadáver que la atravesó. —Respiré hondo—. Pero, si no lo dejáis de una vez, os voy a dar una buena tunda a los dos.

Ahora todo el mundo estaba mirándome.

—¿Qué pasa? —solté, colorada como un tomate.

Una sonrisa irónica se dibujó despacio en los labios de Edward.

—Cálmate, gatita, o tendré que buscarte un ovillo para que juegues.

Aquello me hizo cabrear.

—Déjame en paz, cretino —le solté.

Edward me dedicó una sonrisita burlona antes de volverse hacia su hermano.

A su lado, Emmett parecía un tanto… divertido. O puede que le doliera algo. Una de las dos, porque en realidad no sonreía ni fruncía el ceño. Pero entonces, sin mediar palabra, salió de la habitación con paso decidido y la puerta principal se cerró de golpe detrás de él.

Edward me miró, y yo asentí con la cabeza. Exhaló un profundo suspiro y siguió a su hermano, porque cualquiera sabía qué podría darle a Emmett por hacer o adónde podría ir.

La asamblea alienígena se dio por terminada después de aquello. Los acompañé a la puerta, con la atención puesta en Alice. Necesitábamos hablar sin demora. Primero, tenía que disculparme por un montón de cosas y, luego, tenía que intentar explicarme. No esperaba que me perdonase, pero necesitaba hablar de ello.

Apreté el pomo de la puerta hasta que los nudillos se me quedaron blancos.

—Alice…

Ella se detuvo en el porche, con la espalda muy recta. No se volvió hacia mí.

—No estoy preparada.

Y, sin más, la puerta principal escapó de mi mano y se cerró.