CAPíTULO 2: APRENDIENDO A VIVIR…

Me levanté sobresaltado y me incorporé. Miré a un lado. Un tipo roncando como un elefante. ¿Cómo roncarán los elefantes?. Recordé. Estaba en el sanatorio. Lou Cervino, un portorriqueño con una afección mental leve parecía ser el compañero ideal para mí. Llegó a planta ayer. Después de pasar unos días en otro lugar que yo esperaba no conocer nunca.

[…]

Había pasado un mes y se me hacía cada vez más cuesta arriba prescindir de él. Aquella mañana decidí no callarme más y llamé a Wilson a mi despacho. Mejor verle allí, en mi terreno, porque así sería más fácil ocultarme y fingir. Hacer como que me preocupaba por mi empleado y no por…En eso estaba cuando apareció el bueno del oncólogo. Se quedó parado, con los brazos en jarras, y con una extraña expresión de resignación

- Tardabas – dijo por fin.

- ¿Qué? – pestañeé intentando disimular mi sorpresa

- Tardabas en querer saber – sonrió - . No has pronunciado su nombre en todo este tiempo…

- ¿Has llevado la cuenta?

- Sí.

- Ya no es un médico de este hospital – me defendí con un argumento cínico, casi cruel

- Cierto. Ese es el asunto. Realmente, ha sido siempre el problema. Sois amigos antes que otra cosa. Es un hijoputilla. Ha sido su arma secreta para manipularte. – me hizo saber cuando ya no importaba.

- Es lo mismo que ha hecho contigo. – le recordé.

- Ya. Somos tan culpables como él.

- Sí – admití – soy cómplice del desastre. Pero esto no tiene que ver con el trabajo o con el hospital. Viene de antes…De mucho antes - ¿Por qué tuve que descubrirme así?

- ¿Qué quieres decir?

§[FLASHBACK: "Herman Cuddy era un importante abogado de Boston. Honesto y claro, gozaba del respeto de todos sus compañeros y convecinos. Llevaba una existencia tranquila en la ciudad en la que nació. Media vida casado con Edna, en un matrimonio convencional, no exento de sobresaltos, del que habían nacido dos hijas. Heather y Lisa. Ambas compartían piso de estudiantes en Baltimore. No quisieron seguir los pasos de sus padres, y optaron por la rama sanitaria. Lisa cursaba la carrera de medicina mientras que su hermana optó por la enfermería. Por primera vez en muchos años, los señores Cuddy estaban contentos, las dos jóvenes estaban libres de compromisos y estaban encantadas de rememorar sus tiempos de adolescentes

- María, ¿tiene ya todo listo? – Preguntó Edna – Si quiere llamo al despacho y les digo que voy más tarde.

- No se apure señora. Todo estará bien para cuando lleguen las niñas.

- Gracias María …No sé qué haría sin usted – suspiró aliviada al tiempo que el teléfono sonaba – Ya contesto yo…

[…]

- ¿Sí, dígame? – Reconoció la voz de Lisa al momento – Ah, eres tú. ¿Cómo que no venís juntas?. Claro…¿Qué?. No lo sé, Lisa. A tu padre no le hará gracia. No. No. No son modos. ¡¡¡No son modos y lo sabes!!!. No, no me importa, claro que no. Pero debiste avisar antes. No, ¿vas a tirarle del avión abajo?. Obviamente. De acuerdo…Sí. Nos vemos, hija. Besos

El Sr. Cuddy había oído a su mujer elevando el tono y quiso saber.

- ¿Qué ocurre? ¿Algo va mal?

- No. Las chicas estarán aquí para celebrar nuestro aniversario

- Ah, entonces no hay nada por lo que apurarse. – sonrió jovial.

- Nada…Sólo que tu pequeña Lisa ha crecido…Viene con compañía.

- ¿Un hombre? – preguntó el letrado con los ojos como platos.

- No…¡¡¡Un perro!!! – contestó Edna con sarcasmo.

- Bueno, habrá que preparar otra habitación.

- Tal vez no haga falta

[…]

Estábamos llegando cuando lo soltó.

- Mis padres no saben que vienes conmigo – de carrerilla, sin pensar, sin respirar.

- ¿Qué? ¿Me estás diciendo que no soy bien recibido? ¿Por qué me invitaste entonces?

- No. Te invité porque tú lo hiciste el año pasado…

- Simple cortesía…¡¡¡Qué maja!!! – exclamé malévolo.

- Me dijiste que no te apetecía ir a Illinois, considéralo como un favor…Tú te libras de que papá pase revista y yo…

- Y tú presumes de macho ante los tuyos…

- No eres el prototipo de novio que una quiere enseñar, Greg…

- Sobre todo porque no somos novios – contesté como siempre, intentando jorobar – Y tienes razón, no soy el prototipo, ¿verdad hermosa? – añadí en un tono de voz pícaro inconfundible con el que siempre conseguía ponerla nerviosa al tiempo que me echaba mano a mis partes nobles".]

[…]

Elías Kaneti se encargaba de las sesiones diarias de autoayuda, autojodienda, más bien. Llevaba cuatro semanas intentando ahondar en mi intimidad, y en las últimas dos, para colmo, las confesiones debían hacerse en público.

- Ya estuve hace unos años en rehabilitación. La flagelación mancomunada no es lo mío. – confesé cuando llegó mi turno, en medio del silencio respetuoso del resto.

- No, apenas estuvo usted dos semanas en rehabilitación. Lo justo para dar el pego.

- ¿Va a dar detalles a estos tarados de mi historial? …Puede ser divertido…No se corte, le escucho…¿Qué patrañas le ha contado la manganta de mi jefa?

- Sabe que aquí sólo se cuenta lo que cada cual quiera…- dijo sonriendo como un imbécil.

- Por eso no me dan medicación más que lo imprescindible – indagué haciendo una mueca. – Quieren que confiese a fuerza de dolor. Mala táctica. Estoy acostumbrado a sufrir.

- Y a hacer sufrir por lo que se ve – replicó sin concesiones. – Ayer me contó que la doctora Cuddy, su amiga de la universidad, le llevó a su casa.

- Sí, así es…Pero no nos acostamos juntos – confesé para acabar con la novela rosa.

- No me interesa su vida sexual para nada…- aclaró el médico. – A no ser que tenga problemas relacionados con su drogodependencia…

- No…Creo que no…Toquemos madera – dije mientras me daba una sonora palmada en el muslo derecho

- O cuenta su historia o paso la ronda…

- Del laberinto al treinta – dije cediendo la palabra al siguiente idiota.