Capítulo I: Historias urbanas

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"Y en el corazón a cada latido amanece una esperanza nueva que tiene algo del cielo". Juan Cunha

Los árboles cada vez se amontonaban entre sí, apelmazando sus suaves y enormes hojas con las de sus vecinos, extendiendo sus raíces y creciendo sin miramientos sobre los caminos que poco a poco dejaban la calzada, y se llenaban de cientos de millones de piedritas claras.

Ya no había edificios monumentales, ni grúas reparando sus fachadas. Ya no había coches lujosos ni autobuses de dos pisos cargando y descargando pasajeros. Las casas, dejaban de buscar superioridad y por el contrario se asentaban en las necesidades de sus ocupantes, con bonitos moños de rosas y hortensias adornando los jardines delanteros. Había farolas antiguas sobre los muros de las vecindades, caminos chuecos que se perdían entre el bosque y niños cargando a otros sobre su espalda, haciendo competencias a lo largo del camino.

El Londres que conocí durante toda mi vida había quedado atrás hace bastante tiempo, y a como estaba la situación, no lo vería de nuevo jamás. Aparté la vista del cristal y vi a mamá discutir con Draco sobre direcciones y carreteras rurales, por lo que cansada, coloqué los audífonos en mis oídos y acaricié la cabeza de Luna dormida en mi regazo, uniéndome a su ensueño en medio de las notas de alguna canción clásica…

Caminé despacito, con sigilo, escondiendo mi cuerpo entre la maleza del bosque, descendiendo mi frente hasta que la punta de mi nariz rozara las hojas del césped iluminado por la luna.

Un crujido.

Y mi mano se levantó inconscientemente al tacto, colocándola de nuevo sobre el suelo como si estuviese sobre almohadillas. Me moví de nuevo y choqué mi hombro con un bulto suavecito, haciéndome girar el rostro y verlo a los ojos. Ahí, mirándome con intensidad se encontraban dos orbes esmeraldas bañados con la luz plateada del astro sobre nosotros; grandes y brillantes como piedras preciosas, apacibles, hermosos. Parpadeé con letargo hasta que giró su mirada y de un salto enorme se lanzó al frente con el sonido gutural de un demonio.

Desperté con la mano de mi madre sobre mi frente, seguramente calculando mi nivel de temperatura. Entorné mis ojos hacia los suyos y sonreí con ellos, dándole a entender que todo andaba bien.

-Hemos llegado, hermosa. –Susurró sin que el ceño de frustración en su rostro desapareciera del todo. – ¿Vas a bajarte o quieres irte con el rubio?

-Ya voy. –Gruñí a su rostro y ella me entregó una mascarilla que pronto coloqué sobre mi nariz, cubriendo también mi boca. Se alejó para dejarme el paso libre y con un ágil movimiento, salté fuera del auto.

Fue como si me hubieran dado un golpe con un mazo de goma en el pecho. Todo, exactamente todo lo que había en ese lugar inundó mi cuerpo con millones de sensaciones distintas traspasando el filtro sobre mi nariz. Inspiré un poquito más profundo de lo que jamás había podido y aunque me generó una ligera tosecita, sonreí extasiada. Abeto, pino, roble… la delicadeza del cerezo y el susurro de todas sus hojas juntas. Podría sentirlos a todos sin siquiera abrir mis ojos y verlos imponentes en algún lugar cercano. El viento que soplaba con fuerza se llevó mi bufanda blanca como la nieve entre sus garras, haciéndome abrir mis ojos y mirarla alejarse hasta perderse entre las nubes. El cielo estaba despejado y los colores del atardecer empezaban a asomarse entre las montañas rebosantes de verde.

-¿La recuerdas? –Susurró mamá en mi oído, acompañándome a mirar el cielo. –Vinimos una vez a recoger a tu padre, cuando recién nos mudábamos a Londres.

-¿De verdad? –Cuestioné sonriéndole tras la mascarilla sin que ella se diera cuenta. –Yo… no lo recuerdo. Nunca he estado aquí.

-Ha de ser porque estabas muy pequeña, incluso más que Luna. –Reflexionó. –Entonces te encantaba, ¿qué tal ahora? ¿Sigue gustándote?

Me giré sobre mis talones, apoyando mi cabeza sobre mi mano en el techo del auto. La casa era una construcción de madera de tres pisos de alto, con puertas labradas y marcos pulcramente pintados de blanco. Había una chimenea y amplios ventanales en la cocina que daban directo al bosque y una enredadera de botoncitos lilas listos para florecer que trepaba hasta el ático. Al lado derecho de la construcción un banquito de piedra junto a una fuente por la cual continuaba circulando agua. Inspiré nuevamente, cerrando los ojos.

Me gustaba su aroma, aunque ni siquiera supiera de qué olor se trataba.

-Es hermosa. –Respondí, pero ella ya estaba recibiendo las cosas y mi susurro se lo comió el viento.

Como era de esperarse, mamá no me dejó ayudarles con la mudanza por cuestiones de polvo y sus benditos agentes patógenos dispersos en el aire que afectarían mi salud, por lo que me senté junto a los peces sobrenaturalmente vivos de la fuente junto al banquito de piedra y miré el panorama. De pronto, había todo un batallón de vecinos que metían cajas, maletas y muebles dentro de casa, presentándose con nosotras y sonriendo con amabilidad. Era una familia de pelirrojos de todas las edades, con una única niña chiquita de unos cinco años que corría atolondrada tras mi bola de pelo canela erizado hasta los dientes. Había unos gemelos seguramente de mi edad que pasaron a buen ritmo todos los muebles de la sala recién comprados, un hermano mayor que se sentó a competir con el rubio por ver quien daba las órdenes a los dos hombres de la mudanza, y un pelirrojo de la edad de mi hermanita que se preocupó seriamente por llevar dentro todas las cosas de la cocina y poner la mesa. Luna le sonrió de esa forma apacible cuando se encontraron de pronto en la entrada y supe que serían buenos amigos.

-¡Hermione! –Gritó mamá en medio de todo el alboroto en el jardín de enfrente. – ¿Podrías pagarles, cariño? –Me pidió señalando a los hombres fornidos de la compañía. –Mi cartera está en el asiento de enfrente.

Como Draco continuaba discutiendo con el vecino mandón, me sentí libre de acercarme a su coche sin ser interceptada. Abrí la puerta y me incliné sobre el asiento, buscando la cartera que había empezado a jugar a las escondidillas. Me agaché para mirar entre los asientos cuando un crujido a mis espaldas me hizo dar un salto, llevándome un golpe espantoso en la cabeza.

Un granero.

La verdad no había notado la construcción mientras estuve sentada tonteando hace rato, pero ahora, con mi corazón redoblando sus palpitaciones en mi pecho un escalofrío recorrió la extensión exacta de mi columna vertebral cuando me detuve a mirarlo. Era viejito, y las pocas ventanas que tenía estaban sin un solo cristal, sustituidos en cambio por gruesos barrotes de hierro. Salí del coche sintiendo la sangre golpear mis tímpanos mientras me acercaba a la puerta de la destartalada construcción con mi mano derecha levantada en dirección a la vieja manecilla que me incitaba a abrirla… estaba cerca, tan cerca…

-¡¿La encontraste?! –Pegué un gritito y me aparté de la puerta, mirando la cartera en el asiento trasero. Arrugué la nariz y mordiéndome el labio, respondí afirmativamente. –Pues págales y ven pronto, la señora Weasley ha cocinado para nosotras.

Por alguna razón que no tuve clara, hice lo que me dijo y me olvidé del granero por ese momento. Les pagué agradeciéndoles su ayuda y esperé fuera hasta que el sonido del motor se alejara por el mismo camino por el que seguramente vinimos. Draco Malfoy se trepó a su coche y me guiñó el ojo, deteniendo su máquina de velocidad frente a mí.

-Creo que he ayudado bastante, ahora ustedes harán el resto. –Fruncí el ceño ligeramente. ¿Ayudado? Pero si yo había hecho más que él sentada alimentando a los peces con mi sándwich de jalea. –Mañana habrá una fiesta en la casa de verano de mi padre donde me quedaré mientras resuelvo unos asuntos, estás invitada. Debemos presentarnos en sociedad más a menudo, ¿sabías?

-No me digas. –Él exageró su risa y me mordí la lengua para no echarle un mal de ojo.

-Bueno, como quieras… más para mí. –Hizo rugir su motor y se alejó elevando el sonido de la música de su estéreo.

Puse los ojos en blanco y giré sobre mis talones. Tosí un par de veces por el frío entrante de la noche, y de no ser porque mientras tosía cerré mis ojos, hubiera podido jurar que de entre una de las ventanas del granero una sombra saltó, escondiéndose de mí. Entré a un vestíbulo amplio y me limpié los zapatos sucios, dirigiéndome a la mesa y sentándome junto a una entretenida Luna y su nuevo amiguito. Sonreí con pereza a los presentes y mamá me pateó bajo el mantel.

-De no haber sido por su ayuda, no hubiéramos terminado hoy. –Dijo humildemente, mostrando sus dientes blancos en una cálida sonrisa.

-Oh, no fue nada. –Repuso una señora gruesita de cabello pelirrojo rizado alrededor de un moño desecho. –Por favor coman mucho.

-Gracias. Repuso mi madre y el esposo alto y también pelirrojo se dirigió al centro de la meza y destapó los tazones humeantes de comida. Sus hijos se abalanzaron contra los platos, incluyendo a la chiquilla pelirroja que devoró un pedazo de carne en un segundo. –Luna, Hermione, ¿ya dieron las gracias?

-Muchas gracias. –Concluimos las dos al mismo tiempo. Uno de los gemelos me sirvió un tanto de arroz y agradecí de nuevo.

-Ginny, Ron, coman despacio por el amor de Dios, ¿qué van a pensar los nuevos vecinos? –Regañó su madre y los dos más pequeños se miraron.

-Perdón. –Dijeron al unisonó.

-Ah, Molly, son niños. Han estado comiendo bien, déjalos tranquilos. –Repuso el padre y los otros hijos rieron. El hombre sonrió a mi madre como para pedir su aprobación y tras que ésta fuese otorgada con una sonrisa, prosiguió. –Por cierto, ¿dónde está el hombre de la casa? Ya me imagino yendo de pesca con el señor Granger.

Adiós sonrisa.

La cuchara resbaló de mis manos haciendo un escándalo sobre el plato que todos miraron. Mamá se aclaró la garganta pasándole una mano por el cabello a Luna y les sonrió humildemente. ¿En serio? ¿Después de todo, aún sonreía? ¿Le quedaban ganas de hacerlo?

-Bueno, el señor Granger murió el año pasado. –Y más cucharas cayeron sobre platos ajenos. –Así que tuve que salir adelante y criar a mis dos hijas, sola. –Rió con los pómulos levantados y los demás le imitaron, riendo también. Yo simplemente había perdido el apetito de pronto. –Esta comida esta exquisita. –Acotó saliéndose del tema lanzándome una mirada de circunstancias. –Como somos nuevas, tendré que conocer a toda la gente de la villa, creo que haré una gran comida como esta.

-Oh, no te preocupes aquí estamos todos, solo faltan los hombres ricos de la casa del lago y la familia de los Black, ricos también. Supongo que somos los únicos pobretones del lugar. –Y todos los chicos, incluida la pequeñita frente a mí rieron a carcajadas. ¿En qué clase de cuento había caído? –Hemos estado aquí más de diecisiete años, pero para ser sinceros, nunca había entrado en esta casa. ¡Es enorme!

-¿Cuántas habitaciones hay? –Preguntó el chico mandón que se peleó con Draco.

-Creo que seis, pero no usaremos todas, no tenemos tanto espacio. Quien viviera antes aquí debió de ser un hombre con una familia numerosa.

-¡Claro que no! –Dijeron los gemelos al mismo tiempo.

-Antes vivía un hombre solo. No sé a qué se dedicaba la verdad. –Reflexionó el padre. –Jamás salía al pueblo, ni siquiera pude hablar con él. Pero siempre nos llevaba regalos en la puerta de casa en Noche Buena, eso lo recuerdo porque dejaba una etiqueta con su nombre.

-Antes de que muriera no lo vimos. –Repuso la mujer junto a su marido. –Murió de un ataque al corazón.

-La verdad –dijo uno de los gemelos a mi lado acercándose sigilosamente –, se lo comieron los lobos.

Y mis ojos se abrieron de par en par.

-¡¿Qué?! –Gritó mi hermanita.

-¡George!

-¡Estos niños, de verdad! –Se exasperó la madre, jalándole las orejas mientras él y su gemelo se morían de la risa. –La verdad, es que solía criar lobos en el granero de al lado. No se lo comieron.

-¿El granero? –Pregunté y todos asintieron. – ¿Porqué hacia eso?

-¿Se los comía? –Preguntó Luna y estuve segura que mamá la pateó bajo la mesa.

-No, escuché que era para estudiarlos o algo. –Respondió el padre comiendo un poco de verdura. –Subía y bajaba con grandes libros. Tan pesados que curvaron su columna.

¿Acabaríamos nosotras igual que estas personas? ¿Creyendo en caníbales y hombres desfigurados? Les resté importancia y admiré la escena. Mamá estaba totalmente atenta y Luna ni pestañaba, olvidándose del pelirrojo junto a ella que insistía en donarle una cereza de su postre adelantado.

-Pero dejemos de hablar de eso, ¿quieren? Me crispa los nervios. –La madre arrugó el ceño, frotándose los brazos. Entonces sus ojos se posaron sobre los míos y aparté la mirada. –Por cierto, tus hijas son muy bonitas, me hubiera gustado tener más mujeres también. –Reflexionó un momento y volvió a mirarme. –Pero la escuela queda muy lejos de aquí… caminarán bastante. Tu pequeña, estás en el instituto todavía, ¿verdad?

-Si señora. –Confirmó mi hermana.

-¿Y tú?

-Y-yo…

-Tal vez vas en preparatoria, ¿verdad? –Insistió.

-Hermione no va a la escuela. –Soltó mi madre. La aniquilé con la mirada y la mujer rió.

-No te preocupes cariño, también fui educada en casa. –Y fue suficiente.

-Saldré a tomar aire, con permiso.

Cuando me levanté de la mesa sentí la mirada de todos los comensales sobre mi nuca, sin embargo continué hasta la salida, recargándome en el marco de la puerta a escuchar la razón por la que todo esto había iniciado salir de los labios rosas de mi madre.

-Lo que pasa es que nosotros de hecho no queríamos una casa grande, apenas somos tres. Sin embargo, Hermione está enferma. –Dijo para lamentos de los presentes. –Es por eso que nos mudamos, el doctor dijo que necesitaba aire puro, un cambio de vida…

-¿Puedo preguntar qué es lo que tiene? –Indagó el señor Weasley.

Y respondí la verdad para mí misma mientras salía a paso lento hasta el centro del jardín, sentándome en la banquita de piedra bajo el cerezo. Mi mano derecha se dirigió a mi pecho y reposó un momento, presionándolo con fuerza. Levanté la mirada hacia el cielo despejado y le hablé al astro menguante sobre mí.

-Mis pulmones nunca funcionaron bien. –Dije, sintiendo la hoja filosa de la daga penetrar mi pecho de nuevo. Sin preverlo, las lágrimas inundaron mi rostro y por esa vez dejé que continuaran su recorrido, bajo la mirada de la luna. –Moriré en un par de meses, ¿sabías? Me gustaría hacerlo en una noche como esta. En silencio…

Carraspeé limpiando mi rostro con la manga de mi sweater de lana cuando el crujido escalofriante de la puerta del granero me hizo levantar la mirada. Recuerdo que papá decía que era curiosa en niveles no sanos, pero esa vez iba a faltar a mis instintos… solo por esta vez. ¿La razón? Bueno, en la oscuridad yo ya no era tan valiente. Me puse de pie desconfiando de darle la espalda al granero y entré a casa de nuevo, apoyando mi espalda en la puerta cerrada.

«Lobos asesinos» ¿Sería posible?

-Hermione, no seas absurda. –Me dije mirando por la ventana intentando calmar mi corazón desbocado. Algo corrió del banquito de piedra que yo ocupaba hace segundos y se ocultó en la maleza. Me di la vuelta y corrí escaleras arriba bajo la mirada atenta de los vecinos y mi familia.

Cansancio, eso era. Lobos asesinos, por favor… ¿qué clase de broma era esa?

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Aquí de nuevo, con el primer capítulo de la historia. Es algo pronto pero debo compensar mi falta de inspiración con mis otros fics, sin embargo este va viento en popa :) Díganme qué les ha parecido ^^ Me despido con un abrazo de oso

Hermy Dwritte