Parecía que el único propósito ese día era torturar a Arya.
Se había visto obligada a ir a las clases de costura por su señor padre, que era el único que insistía en que siguiese yendo, para la frustración de Arya y de Lady Catelyn, ya que ninguna comprendía porque se empeñaba su padre en que tuviese la educación de una dama de alta cuna. Ella era sólo una bastarda, como le recordaba siempre que podía la esposa de su padre.

Por ese mismo hecho sus clases de costura eran una completa tortura, todas las mujeres y niñas allí se empeñaban en recordarle una y otra vez quien era y se reían de ella constantemente.

Incluso lady Sansa, su medio hermana, que se empeñaba en que la llamase así, con sólo seis años ya sabía qué posición tenía y se burlaba siempre que podía de ella.

Arya era casi un año mayor que ella, pero a su lado siempre se sentía pequeña. Sobre todo por la belleza de su medio hermana, que era completamente igual a su madre.

Donde Sansa tenía un cabello de fuego, ella lo tenía marrón y su cara era dulce, bonita. Arya había sacado la cara de su señor padre y de su hermano, solemne y larga y la amiga de su medio hermana, Jeyne Poole, le había puesto el mote desagradable de Arya Caracaballo.

Pero ella se alegraba de tener la cara de su padre, porque no quería parecerse a la mujer que era su madre, ya le bastaba con tener esos raros ojos morados, que se habían vuelto con el tiempo de color violeta. Su hermano Jon siempre había querido conocerla y Arya también tenía curiosidad, pero a los dos le daba miedo que fuese una puta que no les quisiese ni ver. Por eso ella no quería tener su cara ¿Y sí no era nada como ellos querían y soñaban?
La niña tenía miedo de tener el aspecto de una mujer que podía no haberlos ni querido.

Además a ella le gustaba parecerse a su padre y a Jon, porque era a las dos personas que más apreciaba.

De repente fue interrumpida de sus meditaciones por una voz.

– Y tú, niña, como siempre, mal – reprochó la septa Mordane la quinta vez ese día, recogiendo su labor –. Unas puntadas tan torcidas como se cabría esperar de una bastarda, supongo.

A Arya le escocieron los ojos, pero se obligó a no llorar o a que se le notará.

La septa creía que ninguna bastarda podría compararse nunca a una dama y que, por tanto, Arya sólo lo haría mal continuamente, lo que había demostrado una vez más en ese momento.

En vez de ponerse triste le frunció el ceño y no le prestó atención, arrebatándole el trozo de tela y siguiendo con lo que estaba haciendo, porque sabía que eso molestaba mucho a la mujer.

– Tú... – exigió con rabia mal disimulada la septa, aunque se contuvo a tiempo, dándose cuenta de quien estaba delante.

Lady Sansa la miraba con cierta curiosidad detrás de su propia labor, pero pronto giró la cabeza para oír uno de los comentarios desagradables de Jayne y se olvidó de ella, optando por reírse disimuladamente a costa de Arya.
Esa fue la gota que colmó su vaso, de repente estaba de pie, agarrando la tela bordada con sus puños apretados, comenzó a huir de la habitación, ignorando los gritos de la mujer mayor, que exigía que se quedase.

Sabía que luego de salir de la habitación no la perseguiría muy lejos, porque tampoco tenía la necesidad de hacerlo, ya que a lady Catelyn le daría igual y después de todo sabía que Arya nunca le contaba a su señor padre como se portaban con ella, la niña prefería defenderse sola de esas cosas.
Rápida en su escapada se dirigió por los pasillos de Invernalia, alejándose sin demora de ese cuarto.

Ella era pequeña para su edad y podría haber pasado desapercibida sí no la conociesen ya por ahí, la única niña que podía correr por allí dentro era la bastarda de Invernalia, a la que no hacia nadie caso.

Arya no podía soportar eso así que de dirigió al patio de armas, donde esperaba que estuviesen sus hermanos.

No se detuvo a observar a las demás personas dispuestas en ese lugar, sólo echó una mirada hasta encontrar a alguno de los niños y cuando lo hizo se puso a correr hacia él.

Robb parecía haberla visto venir, porque cuando saltó a sus brazos ya estaba preparado y se rió de su ímpetu, que le había hecho tropezar un poco.

– ¿Qué haces aquí Arya? ¿No deberías de estar en tus clases? – preguntó con guasa, aunque él ya debía de haber supuesto porque estaba allí.

– Me he escapado – respondió con honestidad, separándose de él, aún con el ceño fruncido – ¿Dónde está Jon?

Su hermano le pasó un brazo por los hombros antes de revolverle el pelo con una mano.

Robb era uno de sus medios hermanos con el que estaba más cerca, debido a su edad y a que no había emulado a su madre cuando se trataba de ella y Jon.

– Ahora volverá. No te preocupes cuando venga te lo puedes llevar de aquí – contesto con una sonrisa afable, haciendo caso omiso de la cara burlona de Theon, que los observaba desde un punto cercano –. Ya lo he derrotado lo suficiente para que sepa quién es el mejor aquí.

A continuación le guiñó un ojo, con una expresión de superioridad fingida.

– Lo dudó mucho, hermano – replicó ella riéndose un poco.

En ese mismo momento vieron como Jon entraba al patio con su expresión solemne. Sí era posible él sonreía incluso menos que ella cuando estaba delante de los demás, pero cuando la vio junto a Robb sus labios se contrajeron hacia arriba y se miraron con expresiones idénticas.

Poco después de eso ellos dos ya habían conseguido alejarse lo suficiente para que estuviesen los dos solos, entre los pasillos vacíos.

Se quedaron en un silencio cómodo antes de que Arya comenzase a tirarle del brazo.

– ¿Qué haces, hermanita?

Jon tenía la costumbre de llamarla así, aunque ninguno de los dos sabía quién nació antes, seguramente porque ella era media cabeza más pequeña que él en altura.

– ¡Vamos a ver a padre! – anunció decidida, cambiando de rumbo directa al solar del señor de Invernalia.

Jon se paró en seco, observándola como si estuviese loca.

– Pero seguramente este ocupado, habrá hombre con los que tenga que hablar u otra cosas más importante – lo que en realidad quería decir era "Cosas más importantes que ver a sus dos bastardos" y Arya lo sabía, aunque no lo decía en su presencia porque él no quería hacerla sentir mal.

Muchas veces su hermano le había susurrado en mitad de la noche en la habitación que compartían que ella no debería haber nacido así, que ella se merecía mucho más que esa vida, pero Arya se enfadaba cuando lo escuchaba, porque lo hacía sonar como sí él no lo mereciese.

– Oh, venga Jon, sino tendré que ir yo sola y no quiero – se aferró aún más a su brazo, poniendo una expresión triste.

Su hermano ya parecía sospechar de qué se trataba todo eso.
Sólo hizo falta que oyese su suspiro para saber que había ganado. Y se puso a arrástralo otra vez.

No tardaron mucho en llegar a las puertas de madera que daban al solar y, antes de que Jon pudiese llamar a la puerta los dos oyeron una voz procedente de allí, de su padre, que estaba hablando con otra persona.

Era normal que estuviese reunido con alguien, por lo que su hermano le hizo señas a Arya para que se retirase y esperasen a otro momento, pero la niña se negó a irse y tiro de él, hasta que su cabeza estuviese presionada a la madera, sus rostros muy cerca, tanto que estaba segura de que su hermano podía vislumbrar los tonos rojos que tenían sus ojos violetas.

– No deberíamos de hacer esto Arya – le susurró nervioso Jon, apretándole la mano que le tenía sujeto para que no se fuese.

– Sólo estamos esperando a que termine la conversación para poder entrar – replicó su hermana antes de ponerse un dedo en la boca, para indicar que se callase.

Hubo de repente otra voz familiar en el otro lado de la puerta.

– No, mi señor, al invierno aún le faltan unos cuantos años – habló el maestre Luwin, como sí terminase de zanjar un tema –. De todos modos no vine a hablar de eso, mi señor, vine aquí porque ha recibido otra de sus cartas de Desembarco del Rey.

A eso tanto Arya como Jon, después de lanzarse una mirada, se apretaron más contra la puerta, intentando oír mejor.

– ¿De nuevo de Arthur Dayne? – preguntó su señor padre, aunque Arya no pudo entender muy bien los sentimentales detrás de su voz amortiguada –. Ese hombre no falta a su palabra. Parece que de verdad se toma en serio sus promesas.

Hubo un momento de silencio, que ninguno de los dos niños supo interpretar, hasta que el maestre Luwin lo rompió.

– No puedo preguntar ¿Cierto? – inquirió el viejo hombre.

– Puedes hacerlo, pero no te contestare, los sabes bien. Estos asuntos son privados. Y ahora, sí no te importa.

– No lo hace, mi señor.

Oyeron movimiento detrás de la puerta y eso alertó a los dos niños para moverse, corriendo hacia una de las esquinas de los pasillos tan silenciosos como pudieron y rápidamente, escondiéndose en contra de la pared y escuchando como la puerta se abría y unos pasos se escuchaban alejarse en la dirección contraria.

Un suspiro se les escapó de la boca, antes de que se quedaran en silencio de nuevo.

– Creo que deberíamos de irnos – Jon parecía inseguro y ya empezaba a tirarla lejos del solar, pero a pesar de que habían estado espiando, Arya no se amedrentó y negó con la cabeza.

– Tengo que ir a ver a padre – declaró rotundamente, plantando los pies en el suelo –. No seas un gallina Jon.

Lo que le pasaban a su hermano no era por culpa de la cobardía, era porque siempre había sentido mucho miedo de ser rechazado por su padre.
Pero hasta él sabía que nadie podía ganarle a Arya cuando una idea se le metía entre ceja y ceja, por lo que se dejó llevar en esa dirección, resignado.
Ella sabía que Jon podría adivinar fácilmente porque estaba yendo a ver a su padre, porque de vez en cuando ella lo arrastraría allí, con uno de sus bordados en la mano, decidida.

Ese mismo día estaba haciendo lo mismo que hacia siempre que no le daba sus labores con puntadas torcidas a su hermano. Se la iba a regalar a su padre, lo que siempre traía una sonrisa cariñosa a su rostro cuando le entregaba sus bordados desastrosos.

Porque Arya sabía que guardaría con él todas las telas que le había entregado a lo largo de los años. Era lo único que ella sabía que le podría ofrecer sin que Sansa lo hubiese hecho ya, porque su medio hermana sólo una o dos veces en toda su vida le había regalado una de sus labores a su padre.

Ella siempre recordaba con cariño las miradas nostálgicas que le echaba en esos momento, fue ahí cuando pensaba que realmente a él no le importaba que fuesen bastardos, que los quería tanto como a todos los hijos que le había dado Lady Catelyn y por eso siempre se esforzaba de más para intentar conseguir bordados bonitos, sabiendo que su padre siempre apreciaría su esfuerzo, igual que Jon.

Sin embargo, aún a pesar de la anticipación que la llenaba el darle esa labor, no pudo olvidarse de la extraña conversación que oyó discutir detrás de las puertas de madera y la curiosidad la carcomía mientras entraba al solar.

¿Qué tendría que decirle ser Arthur Dayne a su padre? ¿No era ese hombre uno de los que había luchado contra su padre en la rebelión de Robert? ¿No era uno de los que tuvo que derrotar su padre para poder llegar a su tía Lyanna?

¿Entonces porque le enviaba cartas? No era lógico que los dos se escribiesen si eran enemigos ¿Verdad?


TO BE CONTINUED? :333