Disclaimer: los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.


El Milenario Libro del Amor

4 meses después

Luego de varios ciervos y un par de oseznos, los tres hermanos Cullen se encontraban descansando en el bosque, en lo que sería la despedida de soltero del menor de ellos.

Rompiendo el confortable silencio que se había instalado por un momento, Emmett se puso de pie, hundiendo sus manos en el amplio bolsillo frontal de su buzo canguro.

—Queridos hermanos… —comenzó, con su característica simpatía—, nos encontramos aquí esta noche para celebrar que el pequeño Eddie se nos casa…

Las palabras fueron seguidas de aplausos por parte de los dos casados, mientras que el hasta entonces soltero hacía una mueca por el sobrenombre que le habían puesto.

—… y, fundamentalmente, ¡que por fin va a dejar atrás sus 107 años de virginidad! —volvió a aplaudir el robusto con más fuerza, mientras Jasper intentaba no reírse y Edward acompañaba la anterior mueca con una mirada fulminante.

—Gracias por recordarlo, Emmett. Hace como cinco horas que no lo mencionas, ya temía que te estuviera pasando algo malo —le dijo el de cabellos cobrizos con ironía.

—Y como esta es tu despedida de soltero… —continuó el morocho, haciendo caso omiso a su hermano menor, principal víctima de las bromas de esa noche—, Jasper y yo vamos a responderte todas las preguntas que tengas, ¿no es así, Jazz?

El sureño lo miró levantando una ceja. No habían hablado nada de eso, por lo que temía algún malintencionado plan detrás.

—Eh… bueno, por supuesto… —respondió con algunas dudas—. ¿Hay algo que te preocupe sobre el matrimonio, Edward?

—¡No, qué matrimonio ni que nada! —interrumpió Emmett—. ¡Preguntas de sexo!

—Ya decía yo —rodó los ojos Jasper.

Edward le dedicó al más grandote de sus hermanos una mirada de incredulidad.

—¿Tú crees que soy tan masoquista como para ponerme a hablar de sexo contigo y tener que aguantar tus bromas toda la noche, Emmett? Gracias, pero no, paso.

—Edward, esta es tu última oportunidad de aprender lo que te falta saber. ¿Acaso no quieres que Bella pase una buena noche mañana, eh? ¿Le vas a fallar a tu mujer en la noche de bodas? Qué fea actitud, Eddie.

Jasper no pudo contener la risa.

—Vaya, Em. ¿Cuándo aprendiste a usar tan bien la psicología barata?

—No es psicología barata, es la pura realidad. La pobre Bella ha estado esperando un poco de acción por años, no estaría bien que encima tenga que soportar que su flamante marido sea un fracaso en la cama —contestó el morocho.

—Emmett, tienes que darle ánimo, no ponerlo más nervioso de lo que está.

—Gracias, Jasper —dijo Edward con un movimiento de cabeza.

—Además, si es malo en la cama no va a mejorar en una noche —añadió el de los rizos dorados, mientras el cobrizo lo asesinaba con la mirada.

—Gracias de nuevo, Jasper —le respondió, ahora irónico.

El tejano sintió la rabia de su hermano y no pudo más que reírse.

—Es una broma, Edward. Relájate, todo saldrá de maravilla —le dijo sinceramente, y a continuación le envió una ola de tranquilidad que lo serenó al instante.

—De cualquier modo, no está de más estar preparado —insistió Emmett—. Nosotros te dejaremos claro el abc para que puedas llegar a la z sin problemas. Pero primero lo primero. ¿Con qué arma cuentas, Eddie?

—Me dices Eddie una vez más y la conversación se termina aquí.

—Está bien, está bien —el que estaba de pie rodó los ojos y asintió—. ¿Con qué arma cuentas, Edward Anthony Masen Cullen?

—¿Cómo que con qué arma cuento?

—Claro, con qué arma cuentas. Qué tanto talento tienes —le dijo Emmett, con un guiño de ojo.

El homenajeado pensó un momento antes de responder.

—Bueno… no sé… soy paciente, romántico…

—¡No, no, no! —Emmett se agarró la cabeza—. Digo que con qué arma cuentas, de qué calibre es tu pistola, Edward.

El cobrizo leyó la mente de su hermano para corroborar aquello que en verdad no quería creer que le estuviera preguntando.

—¡Emmett! —le reprochó, arrepentido de haber entrado en su cabeza.

—Dime que no te estaba preguntando lo que creo que te estaba preguntando —le preguntó Jasper, a lo cual Edward asintió con cara de dolor de estómago.

—Qué puritanos son, por favor —se quejó Emmett.

—¿Y para qué demonios quieres saber de qué tamaño… soy? —replicó el menor de los hermanos.

—Pues porque no es lo mismo contar con una lombriz que con una anaconda, Edward.

—Que nos trague la tierra ya, por favor —murmuró Jasper, mirando las copas de los árboles.

—Créeme, Edward, eso de que el tamaño no importa es todo mentira, sí que importa. Así que para ofrecerte mis consejos primero tengo que saber si eres… pequeñín… o eres más bien grande como el resto de los hombres de la familia.

Edward y Jasper abrieron los ojos como platos, más el segundo que el primero.

—Dime por lo que más quieras que eso lo dijiste en sentido figurado y en verdad no tienes idea de cómo… somos… Carlisle y yo —le suplicó Jasper.

—Ay, hermano, a poco crees que las veces que los he interrumpido a Carlisle y a Esme, o a ti y a Alice, no he echado un vistazo a la competencia —sonrió Emmett. Qué bueno que Jasper no era humano, o sus mejillas ya se habrían incendiado de la vergüenza—. Carlisle no está nada mal, lleva bien puesto el nombre de la familia…

—Creo que me están sangrando los oídos —comentó Edward.

—…y tengo que admitir que tú, Jazz, no te quedas atrás. De hecho, ahora que lo pienso, pobre de la enana, tan chiquita ella y tú con tamaño...

—¡Ya cierra la boca, Emmett! —Jasper le arrojó una piedra que estaba por ahí al costado, la cual el morocho esquivó con gracia mientras reía.

—Claro que el mejor dotado soy yo, por supuesto —terminó, alardeando.

—¿El mejor dotado de dónde? Porque mentalmente estás menos dotado que un renacuajo —protestó Edward.

—¡Ja! No me envidies, Ed. Ya mejor dime: ¿de qué tamaño es tu cañón?

El muchacho se hundió en su lugar bajo el pino y se pasó una mano por los cobrizos cabellos.

—Ya olvídate de eso. Normal, ¿de acuerdo? Soy normal, como cualquier hombre.

—Mmm… —meditó Emmett, rascándose el mentón—. Bueno, supongo que podemos trabajar con un normal. No tienes limitaciones físicas, entonces. Así que dime, ¿en qué área necesitarías más ayuda?

—Deja de presionarlo, Em, más bien déjalo que pregunte lo que quiera. Si es que quiere preguntar algo —sugirió Jasper, pensando que si fuera él el interrogado no le haría a Emmett ni una sola pregunta. Mejor quedarse con mil dudas que morir de la vergüenza un día antes de casarse.

De todas formas, para alentarlo a relajarse y sentirse un poco más cómodo, el sureño bañó a su hermano menor con un poco de tranquilidad. Su don funcionó tan bien, que a Edward se le soltó la lengua y dejó escapar una de sus más grandes interrogantes.

—¿Cómo hago? —preguntó, sin explayarse demasiado.

El más morocho de los Cullen estalló en una carcajada.

—¡Jajaja! ¿Tenemos que explicarte lo de la abejita y la florecita, Edward?

—No seas tarado, Emmett —gruñó el menor—. Digo que cómo empiezo… Cómo entro en clima…

—Ah, la siempre mencionada y nunca bien resuelta cuestión del juego previo —asintió el gran 'hombre mono'—. Hombres de todo el mundo se han preguntado lo mismo, querido Edward, por milenios y milenios, a través del espacio y el tiempo, en la Tierra y alrededor del cosmos, todo ente masculino ha investigado, experimentado, analizado la cuestión de...

—¡Ya ve al grano, hermano! —lo interrumpió el pianista, mientras su ansiedad volvía a ganarle a la anterior ola de tranquilidad de Jasper.

—Ah, ¿ya ves cómo sí te interesa? —sonrió Emmett—. Bueno, en fin, te daré un listado que no fallará. Lo primero, obviamente, es un buen beso. Empiezas con eso, eso es fácil. Primero labios, después un poco de lengua… Luego empiezas con el cuello, unos buenos besos en el cuello. Te diría unos mordiscones también, pero tenemos un problema con eso de que tu chica es humana. Ya cuando se le aflojan un poco las piernas, ahí empiezas con las manitos. Una manito por acá, otra por allá, debajo del vestido o lo que sea que se vaya a poner, y entonces...

—No no no, espera, Emmett, le estás diciendo cualquier cosa —esta vez el que interrumpió fue Jasper, para luego dirigirse a su hermano menor—. Edward, en esto no hay una lista de pasos a seguir. No sabes cómo vas a estar en ese momento, o qué es lo que vas a querer, y mucho menos cómo va a reaccionar ella. Así que lo único que tienes que hacer es dejarte llevar por lo que sientas. Tú sigue tu instinto, fíjate en cómo responde ella, y todo estará bien.

—Ay, sí, sigue tu instinto, fíjate cómo responde —lo remedó Emmett, en tono de burla—. Claro, qué fácil la haces, total tú tienes tu habiliducha esa de leerle las emociones a la gente y puedes saber de primera mano cómo responde Alice. Nosotros los normales no tenemos esa ventaja, Jasper.

El rubio alzó una ceja ante el último comentario.

—Lo siento, no sabía que había vampiros normales y vampiros anormales —replicó, rodando los ojos, para volver a girar la cabeza hacia su otro hermano y finalizar su consejo—. No tiene que ver con tener un don. Tienes cinco sentidos bien desarrollados, sólo tienes que usarlos. El cuerpo habla por sí solo, él mismo te dirá lo que tienes que hacer según se vayan dando las cosas. Mírense, escúchense, aunque no se digan nada. Y a partir de ahí sólo tienes que soltarte y dejarte llevar.

—No puedo soltarme del todo, tengo miedo de lastimarla.

—Y ese es un miedo que tendrás que superar —le contestó Jasper, palmeándole el hombro y guiñando un ojo—. Tranquilo, Edward, todo a su tiempo. Ya te sentirás más cómodo con eso.

Edward dejó escapar un ligero suspiro. No podía esperar el día en que finalmente podría entregarse a Bella completamente, sin miedo a hacerle daño. Pero mientras tanto, haría lo mejor posible por no transmitirle ese temor a ella. Hacerla feliz, sólo eso quería.

—Bueno, en vista de que mis consejos no son tan útiles ni tan bien recibidos como los de Jasper… —comenzó a protestar Emmett, cruzándose de brazos como un niño gigante, lo que provocó las miradas cómicas de sus dos hermanos—, …voy a tener que pasar a la ceremonia de la entrega del milenario libro de los hermanos Cullen.

Jasper y Edward intercambiaron miradas, ahora de desconcierto, mientras Emmett sonreía satisfecho por el efecto de sus palabras.

—¿De qué estás hablando?

—No pongas esa cara, Jazz. Tú ya lo has visto. Lo conoces muy bien —continuó el robusto vampiro, con picardía. Empezó a revolver dentro del gran bolsillo delantero de su buzo, y sus hermanos notaron que llevaba algo escondido en él—. Es un libro muy importante, Edward. Un libro editado hace unas dos décadas, pero con una sabiduría que data de siglos atrás. Una obra que llegó a mis manos de manera inesperada, y que cambió mi vida, y por eso hoy quiero compartirla contigo. Hoy, Edward Anthony Masen Cullen, recibirás como legado el saber que todo hombre desea obtener sobre el amor. Y aquí está.

Sin más palabras, Emmett sacó del bolsillo un pequeño libro que Jasper reconoció al instante. Era el condenado viejo libro de Kama Sutra, ese que primero le regaló a Alice y después cayó como préstamo en manos de Rosalie y Emmett. Ese del que se suponía que nadie se tenía que enterar, y ahora estaba a punto de ser revelado también a Edward.

Emmett se la había jugado bien. El morocho ya le había jurado a Jasper, unos días después del altercado con el regalo de cumpleaños, que le iba a hacer pagar el bochornoso momento que le había hecho pasar, cuando lo había dejado alardear para luego arrollarlo delante de su mujer con sus conocimientos del milenario arte del sexo. El ego y la hombría ante todo, pensaba Emmett. Quedar como un aprendiz de amante al lado de su hermano, jamás.

Lo que el tejano nunca pensó era que su hermano mayor se iba a vengar de esa manera, exponiéndolo delante de Edward. Emmett sabía que Jasper odiaba ventilar su vida íntima, y sabía también que con el único con el que se le podía llegar a escapar un comentario sobre sexo era justamente con él, su hermano mayor. No porque le tuviera más confianza, sino por el simple hecho de que Emmett lo pinchaba hasta que hablara. Era un ser tan sexualmente libre y desprejuiciado, tan abierto a hablar de sexo las 24 horas del día, que andaba siempre en la búsqueda de alguien que le siguiera la conversación. El problema es que el único con el que podía llegar a entablar ese tipo de diálogo era justamente con el más reservado: Jasper. Con las mujeres, no era lo mismo. Con Carlisle, tampoco, porque era su padre. Y con Edward no podía hablar nada, porque todavía no tenía ninguna experiencia que compartir. Entonces la víctima siempre era Jasper, que a veces para no seguir escuchando a Emmett le terminaba diciendo lo que no quería decir, como lo había hecho la vez que le había regalado el libro de Kama Sutra nuevo. Pero Edward ya era otro asunto, y Emmett sabía que lo último que quería Jasper era que su hermano menor se enterara que había estado ensayando todas las posturas del Kama Sutra con la pequeña e inocente Alice.

Mirando de reojo la expresión en el rostro de Jasper y sonriendo con deleite, Emmett le alcanzó al soltero del grupo el libro que tenía en la mano.

—¿Kama Sutra ilustrado? —el cobrizo miró la portada y luego al morocho, rodando los ojos—. Siempre pensando en sexo, ¿no Emmett?

—Claro, tengo la idea fija. ¿No es así, Jazz? —le dijo al del cabello dorado, intentando provocarlo. Jasper tuvo que hacer grandes esfuerzos para no transmitir la tensión que de repente sentía por dentro—. Creo que tienes una dedicatoria en la primera página, Ed.

El tejano abrió los ojos como un búho en cuanto escuchó la sugerencia de Emmett. Lo iba a matar, definitivamente lo iba a matar por humillarlo de esa manera.

—¿Por qué mejor no nos olvidamos de este asunto del libro y hablamos de otra cosa? —propuso Jasper de inmediato, arrebatándole el libro de las manos a Edward.

—No, espera, ya que estamos con esta tontería quiero ver lo que esta bestia me escribió —sonrió Edward, recuperando el libro a la velocidad de un rayo y abriéndolo en la primera página.

La bestia estaba demasiado divertida para enojarse por el sobrenombre que le acababa de poner el homenajeado. El ex confederado, por su parte, se preguntaba si sobreviviría a la vergüenza de la misma manera que había sobrevivido décadas de guerra. El panorama no era demasiado alentador.

—A ver, a ver… '12 de Mayo de 1991' —leyó Edward, y rió—. ¿Ya desde el '91 sabías que me iba a casar?

—Sigue leyendo —dijo el morocho con un guiño de ojos.

—'Ya que tengo pensado ser tu marido y estar contigo por el resto de la eternidad…' —el cobrizo frunció el ceño, para luego bromear—. Creo que tenemos un problema. No quiero herir tus sentimientos, grandulón, pero por mucho que me ames no me voy a casar contigo, me voy a casar con una mujer.

—Tú sigue leyendo, aún no termina.

—Emmett… —murmuró Jasper entre dientes, suprimiendo un gruñido.

—Cállate, Jazz, esto es importante —le respondió el mayor, intentando no reírse de su cara de asesino a sueldo.

—'Sé que es un regalo un tanto atrevido…' ¿No me digas, Emmett? No lo había notado… 'pero te amo tanto que contigo quiero intentarlo todo' —Edward terminó la frase con cara de vinagre—. Esto se está poniendo demasiado raro…

—Lee lo último —indicó Emmett.

—'¡Feliz aniversario!' ¿eh? 'Siempre tuyo, Jasper' —Edward abrió los ojos como platos—. ¡¿Qué demonios? ¡¿Qué es esto?

Jasper escondió el rostro detrás de sus dos manos mientras Emmett explotaba en una carcajada.

—¿Esto…? ¿Qué…? —Edward no encontraba palabras—. ¿Esto es tuyo, Jasper?

—Corre porque te mato, Emmett —el rubio ignoró la pregunta de su hermano menor y se puso de pie, corriendo detrás del mayor, que ya se encontraba a una distancia prudencial y dispuesto a escapar.

—Pero… ¿Qué…? ¿Tú, Jasper? —continuó preguntando Edward.

—Se lo regaló a Alice para un aniversario —le contestó Emmett, mientras corría en círculos alrededor del perímetro de árboles bajo los que se encontraba Edward, con Jasper pisándole los talones—. Parece que cuando nadie los ve les gusta ponerse traviesos.

—¡Ya verás cuando te agarre, te voy a hacer cerrar esa bocota que tienes, Emmett! —le gruñó Jasper, persiguiéndolo.

—No me digas que tú y Alice… —Edward seguía estupefacto, sin prestarle atención a la maratón que sus hermanos estaban corriendo a su alrededor—. ¿Tú haces estas cosas con mi hermanita, Jasper? —preguntó, pasando las páginas y mirando los dibujos.

—Y yo hago las mismas cosas con tu otra hermanita —rió Emmett, todavía a salvo de las manos del tejano, aunque probablemente no por mucho tiempo.

—Sí, pero de Rose es de esperarse porque es una pervertida, en cambio Alice… ¡¿La carretilla? ¿La agarras así… como si fuera una carretilla? —preguntó Edward, horrorizado, mirando una de las posturas del libro.

A esta altura, y con los nervios de Jasper alterando todo el ambiente, no había manera de mantener la calma ni la compostura. El cobrizo se puso de pié y empezó a correr detrás de sus hermanos, tal vez buscando explicaciones, tal vez sólo buscando darle una paliza al rubio.

—¿Te haces pasar por caballero y después la agarras a mi hermanita como si fuera una carretilla?

—¡Sigo siendo un caballero! —protestó Jasper, a punto de alcanzar a Emmett—. Y tu hermanita antes de ser tu hermanita es mi mujer.

—¡Pero también es mi hermanita!

—Pero parece que Sor Alice cambió los hábitos por unos buenos revolcones.

—¡Emmett, estás hablando de mi esposa!

—¡Y estás hablando de mi hermanita!

—¡Bueno, ya basta con lo de tu hermanita, mejor ocúpate de tu futura esposa!

—¡Sí, pero primero me voy a ocupar de ustedes dos!

El estratega derribó al fortachón, y el más veloz derribó al estratega, de manera que los tres rodaron por el suelo, repartiendo puños, patadas y manotazos a diestra y siniestra. Fue entonces que Jasper recordó algo y se apresuró a arrojar una gran ola de calma sobre él y sus hermanos, de modo que todos quedaron sentados y tranquilos.

—Ey, ey, ¿qué pasó? —protestó Emmett—. Qué aguafiestas eres, Jazz, justó cuando estábamos en lo mejor de la pelea.

—Acabo de recordar que le prometí a Bella que Edward volvería en tiempo y forma.

—Va a volver en tiempo y forma. En forma de deforme —rió Emmett.

—Qué gracioso —protestó el cobrizo—. Esto es increíble. ¿Cómo es posible que tú y Alice…? Digo, creí que eran más tranquilos que Em y Rose.

—Claro que somos más tranquilos que él y Rose —confirmó Jasper.

—¿Y cómo es que andan con esto del… del… del Kama Sutra y esas cosas?

—Es que Jazz quería probar las aspas del molino —rió Emmett.

—Si sigues te voy a hacer tragar un árbol entero, Emmett —Jasper lo fulminó con la mirada—. No… en realidad… no fue que… es decir…

—No te entiendo nada —lo interrumpió el morocho.

—No lo compré por mí. Alice tenía una de esas revistas de mujeres, y se me dio por ver lo que estaba leyendo y había una nota sobre eso y… sobre cómo… —Jasper miraba al piso y jugaba con la tierra entre sus dedos, sin encontrar las palabras para explicarse y no morir de la vergüenza en el intento—, ...sobre cómo algunas… posturas… son más… digamos… más placenteras… para la mujer… y yo quería… ya saben… averiguar… sobre eso.

—Ah, ya entiendo —asintió Emmett—. Querías aprender cómo darle un buen sacudón que la deje bien satisfecha.

—Emmett, ¿dónde diablos se te perdió la sutileza? —le reprochó Jasper, acomodándole las ideas de un coscorrón.

—¿Alguna vez la tuvo? —agregó Edward, rodando los ojos.

—Bueno, el caso acá es que lo de Jazz no tiene nada de malo —opinó el robusto—. Está muy bien querer complacer a una esposa, yo hago lo mismo con mi Rose. Y ya pronto te veremos a ti también probando la carretilla con Bella, Ed, así que ya basta de tanto reprimirse, que el amor y el sexo están para vivirse —sentenció, no sin agregar, riendo:— Me salió un versito.

Jasper y Edward menearon la cabeza, sin saber si reírse o propinarle otra paliza. Por esta vez, decidieron, se lo dejarían pasar.