Los días siguientes fueron una locura para Marinette. Tuvo que dedicar todo su tiempo libre a elegir la tela, confeccionar patrones, cortar, coser, bordar...

Pero el vestido iba poco a poco tomando forma, tal como ella lo había imaginado.

–¡Está quedando precioso, Marinette! –exclamó Tikki, revoloteando alrededor del maniquí.

–¿Verdad que sí? –sonrió ella, satisfecha–. No creo que gane el concurso, pero al menos tendré un vestido nuevo. Por eso me estoy esforzando para que me guste sobre todo a mí, ¿sabes? Para que sea mi vestido perfecto, porque ¡quién sabe cuándo tendré ocasión de llevarlo!

–Tienes toda la razón –asintió el kwami con solemnidad–. Es tu vestido y tiene que ser exactamente como tú quieres que sea. Además, seguro que el señor Agreste apreciará todo el cariño y la ilusión que estás poniendo en este trabajo.

–¿Tú crees? –preguntó Marinette, dudosa.

–¡Claro que sí! Cuando algo está hecho con pasión, se nota, ¿sabes?

Marinette sonrió.

–La verdad, yo me conformo con hacer un buen trabajo y no quedar demasiado mal en el certamen. Y si algún día tengo que asistir a una fiesta elegante, a un baile o algo por el estilo... ¡ya tendré el vestido hecho!, así que no habré trabajado para nada.

–¡Esa es la actitud! –aprobó Tikki con una amplia sonrisa.

No obstante, y a pesar de su buena disposición, era demasiado trabajo para ella sola. El vestido tenía muchos detalles que debía realizar con precisión y gran cuidado, de modo que empezó a robarle horas al sueño para poder acabarlo a tiempo.

Sus amigos notaron en seguida que estaba más cansada de lo normal.

–Marinette, ¿qué te pasa? –le preguntó un día Alya entre clase y clase–. ¡Hoy te has quedado dormida tres veces! Si no llego a despertarte yo antes de que te viera la profesora...

Ella bostezó.

–Es que sigo trabajando en el vestido y...

–Pero estarás a punto de acabarlo, ¿verdad?, porque la gala es pasado mañana.

–Sí, sí, ya solo quedan unos detalles. ¿Quieres verlo?

Le mostró las fotos que había hecho con su móvil, muy orgullosa del resultado. Alya dejó escapar una exclamación de asombro.

–¡Oh, Marinette, es mucho más bonito que el boceto que me enseñaste!

–Pues espera a verlo al natural –sonrió ella.

–¿Puedo verlo yo también? –preguntó entonces Adrián desde el asiento de delante, y ella casi dejó caer el teléfono del susto.

–Yo... yo... no sé... –balbuceó.

Alya acudió al rescate.

–No sé si deberías, Agreste –replicó, cruzándose de brazos con una sonrisa socarrona–. ¿No estás en el jurado del concurso?

–¿Yo? ¡Qué va! –respondió el chico–. Es mi padre quien decidirá el ganador; yo no tengo ni voz ni voto, me temo.

Marinette le tendió el móvil con dedos temblorosos y bajó la mirada mientras Adrián examinaba las fotos de su vestido.

Hubo un largo silencio, y finalmente él dijo:

–Asombroso, Marinette. ¿Lo has hecho todo tú sola?

Alya pasó un brazo por los hombros de su amiga, que estaba demasiado turbada como para responder.

–¡Todo ella sola! –confirmó–. Y el diseño es suyo al cien por cien.

Adrián alzó la mirada hacia Marinette y sonrió.

–Eres increíble Marinette –le dijo con calidez.

Ella se sonrojó. Trató de responder, pero se había quedado sin palabras. Carraspeó y por fin logró preguntar:

–E-entonces... ¿te gusta?

Él asintió.

–¡Por supuesto! Y creo que tienes posibilidades de ganar –respondió–. Aunque, claro, no es decisión mía. En todo caso, te deseo mucha suerte. El nivel será muy alto, pero tu trabajo sin duda está a la altura.

Marinette se puso todavía más colorada.

–Muchas gracias, Adrián.

–Y cuando mi padre te lo vea puesto, seguro que opina igual –añadió él, devolviéndole el teléfono.

Marinette dio un respingo en el sitio, y el móvil resbaló de entre sus dedos.

–¿Cuando me lo vea... puesto? –repitió con una nota de pánico en su voz.

Adrián se mostró confuso.

–En la gala, me refiero.

–¿¡La... gala!? –casi chilló Marinette.

–Ah, entiendo... –murmuró Adrián, aún desconcertado–. Tienes otra modelo. No pasa nada, los diseñadores no tienen por qué vestir sus propias creaciones. Es solo que pensé que el vestido parecía algo muy... tuyo. Como si lo hubieses diseñado para ti.

–S-sí, claro –acertó a decir Marinette por fin–. Esa era la idea. Pero no sabía que tenía que llevarlo puesto en la gala. Pensaba que expondríamos los trajes en maniquíes...

Adrián sonrió.

–No, esta vez es algo distinto. Habrá una pasarela y un desfile de modelos con los vestidos seleccionados. Será algo muy bonito y muy especial, ya lo verás.

Marinette lo miraba aterrorizada, y Adrián frunció el ceño, inseguro.

–¿No lo sabías? Creí que Nathalie te lo habría explicado todo, como al resto de los finalistas...

De pronto, Marinette recordó las palabras de la asistente del señor Agreste: «Te envío todos los detalles por correo electrónico, en un documento adjunto», y reprimió una pequeña exclamación de horror. Había recibido el correo, por supuesto, pero, con la emoción del momento, probablemente habría olvidado descargar el adjunto. Consultó su buzón, buscó el email de Nathalie y allí lo encontró: un pdf con toda la información que había pasado por alto.

–«Los diseños participantes se exhibirán ante el público y el jurado en un desfile de modelos...» –leyó, casi sin aliento–. No lo sabía –murmuró–. No lo había visto. ¡Oh, no, qué desastre!

–Pero ¿por qué, Marinette? –preguntó Alya–. Tienes el vestido hecho y es de tu talla, ¿no? Solo tienes que llevarlo puesto la noche de la gala y...

–...tropezar en la pasarela y caer de bruces delante de todos, al más puro estilo Dupain-Cheng –se oyó entonces la voz burlona de Chloé–. ¡Sería tan propio de ti...! No me lo perdería por nada del mundo –concluyó con una risita cruel, mientras Marinette gemía, mortificada, y ocultaba el rostro entre las manos.

–¡Chloé! –la riñó Adrián, pero ella se limitó a dirigirle a Marinette un gesto de desdén.

El chico trató de animarla.

–No te preocupes, Marinette, lo harás genial, ya lo verás.

Pero no pudieron continuar la conversación, porque en aquel momento entró la profesora Mendeleiev, y Adrián le dio la espalda y se centró en su libro de física. Marinette dirigió una mirada desesperada a su mejor amiga.

–¡Alya, tienes que ayudarme! –suplicó.

Ella suspiró.


Aquella tarde se reunieron todas en casa de Marinette: Alya, Mylène, Rose, Juleka y Alix. Admiraron el vestido, que ya estaba casi terminado, y enseguida Marinette quiso que se lo probaran por turnos.

El vestido no le quedaba bien a ninguna de ellas. Era demasiado largo para Alix y Rose, demasiado estrecho para Alya y Mylène y demasiado corto para Juleka.

–Está claro que has hecho el patrón con tus medidas, Marinette –concluyó Alya por fin–. ¿Por qué no quieres llevarlo?

–Alya, tú ya sabes lo torpe que soy –respondió ella–. No puedo desfilar en una pasarela, sencillamente, ¡no puedo! Chloé tiene razón, voy a tropezar, y seguro que me caigo encima de otras modelos y monto un espectáculo... Adrián se sentirá muy avergonzado, el señor Agreste me odiará por haber estropeado el desfile y ninguno de los dos volverá a dirigirme la palabra nunca más...

–Eh, eh, cálmate –la cortó Mylène–. No tiene por qué pasar eso. Usa unos zapatos cómodos, con poco tacón, practica mucho y tómate una tila antes de salir...

–Y puedes pedirle a Adrián que te dé un par de clases –añadió Alya, guiñándole un ojo–. Quién mejor para echarte una mano que un profesional...

Marinette se puso de color rojo furioso.

–¿A-Adrián y yo...? No, ni hablar, no seré capaz, me pondré mucho más nerviosa, y además... –Bajó la mirada con timidez–, seguro que él está demasiado ocupado.

–Yo creo que él estaría encantado de ayudarte, Marinette –opinó Alya–, pero si no le preguntas, nunca lo sabrás.

Ella negó enérgicamente con la cabeza y volvió a dirigir una mirada suplicante a sus amigas.

–¿Ninguna de vosotras aceptaría hacer de modelo para mí? Puedo arreglar el vestido; lo más fácil será meterle un poco el dobladillo para que sea más corto...

–A mí no me mires –replicó Alix enseguida, dándose por aludida.

–¿Rose...? ¿Por favor? –imploró Marinette.

Ella sonrió.

–Ya sabes que a mí no me importaría –respondió–. Es un vestido precioso, y me encantaría poder ir a un baile de cuento de hadas, y bailar, y bailar, y bailar hasta el amanecer –añadió.

Tomó a Juleka por la cintura y bailó con ella en círculos por toda la habitación, ante la mirada risueña de sus amigas. Juleka se mostró tímida al principio, pero acabó riendo también y, cuando por fin se detuvieron, le revolvió el pelo con cariño.

–Pero es tu vestido, es tu fiesta y es tu momento, Marinette –concluyó Rose, poniéndose seria.

Mylène avanzó hasta ella y le puso las manos sobre los hombros para mirarla a los ojos.

–Rose tiene razón. Es tu gran noche, Marinette. Y has puesto mucho de ti misma en ese vestido. Eres tú quien debe llevarlo.

–También podemos pedirle a Lila que te haga el favor –comentó entonces Alya–. Creo que a ella le quedaría bien, aunque es un poco más alta que tú.

–Lila no es más alta que yo –replicó enseguida Marinette, picada–. No va a ser mi modelo ni en broma, y mucho menos con este vestido.

Alya se rió.

–Sigo sin entender por qué le tienes tanta manía; pero, si tanto te molesta la idea de que sea ella quien luzca tu vestido delante de Adrián, imagina también cómo sería que lo llevase cualquier otra chica que no fueras tú.

Ella frunció el ceño, inquieta. Alya sonrió.

–¿Lo ves? Tienes que desfilar el sábado, Marinette, y tienes que ser tú. Nadie lo concibe de ninguna otra manera. Ni siquiera Adrián, ya lo has visto.

–Pero... pero... ¿y si hago el ridículo?

–¡No vas a hacer el ridículo! –replicó Alix, un poco harta ya de las dudas de su amiga.

–¿Con ese vestido? ¡Jamás! –terció Rose, y Juleka asintió, confirmando sus palabras.

–Pruébatelo, Marinette –la animó entonces Mylène–. Eres la única que no lo ha intentado, y eso que lo has hecho para ti.

–¡Sí, sí, póntelo! –exclamó Rose, dando saltitos, emocionada.

Ella contempló su vestido con emoción contenida, acariciando las mariposas de la cintura con la yema de los dedos.

–No sé... –murmuró; pero sus amigas insistieron tanto que al final suspiró, lo sacó del maniquí y se metió con él tras el biombo.

Salió unos minutos más tarde, muerta de vergüenza. Las otras chicas lanzaron un «Oooh» de admiración.

–¡Es precioso, Marinette! –exclamó Rose, emocionada.

–Sí, y es... ¡tan tuyo...! –añadió Mylène–. No imagino a ninguna otra chica llevándolo, la verdad.

–¿Vosotras creéis? –preguntó ella, dudosa.

Miró a Alya, que aún no había dicho nada. Pero su mejor amiga la observaba con aire crítico.

–¿Qué? –preguntó Marinette cuando ella se le acercó para examinarla más de cerca.

Entonces Alya alargó la mano hacia su pelo y soltó primero una coleta, y después otra, para que los mechones negro-azulados de Marinette cayesen libres sobre sus hombros.

–Mucho mejor –declaró Alya, satisfecha–. ¡Adrián se va a quedar pasmado, chica!

Marinette enrojeció.

–¿T-tú crees? –balbuceó; sacudió la cabeza–. Pero él me ve solo como una amiga. ¿Por qué habría de fijarse en mí? Como diría Chloé, «aunque la mona se vista de seda, mona se queda».

Su comentario levantó un coro de protestas entre sus amigas.

–¡Deja de obsesionarte con lo que diga esa petarda! –la riñó Alix–. ¡Lo importante es lo que pienses tú!

–Además, Adrián tiene que fijarse en ti en algún momento –razonó Alya–. Cuanto más fácil se lo pongas, antes sucederá.

–Pero es que no quiero hacerme ilusiones –replicó ella–. Al principio, vale, porque no me conocía, y yo podía llegar a soñar que, si pasásemos más tiempo juntos, tal vez... –Suspiró–. Pero ahora somos amigos, nos conocemos mejor y resulta que... no le gusto. Para él soy solo una amiga, así que... ¿para qué voy a seguir esforzándome? –concluyó con tristeza.

Alya suspiró y colocó las manos sobre sus hombros.

–Te voy a contar un secreto, Marinette –le confió–. A veces sucede que, de pronto, de un día para otro... puedes dejar de ver a un amigo como tal... y empiezas a verlo de otra manera..., como a alguien especial.

Ella la miró con escepticismo, pero Alya le guiñó un ojo.

–¡Ah! –exclamó entonces, comprendiendo–. ¿Es lo que te pasó a ti con Nino?

–¡Justamente! Éramos amigos, yo lo veía casi como a un hermano y encima a él le gustaba otra. Pero entonces Ladybug nos encerró juntos en aquella jaula del zoo para protegernos de Animan, y empezamos a hablar, y de pronto me di cuenta de lo dulce y divertido que era... O sea, ya lo sabía, pero... no lo sabía en realidad. Es decir, quizá lo sabía en mi cabeza, pero no me había llegado al corazón. O a lo mejor ya lo tenía en el corazón y no me había dado cuenta. No lo sé. El caso es que, desde esa tarde, ya no pude volver a verlo solo como a un amigo.

Marinette suspiró.

–No sé, Alya. No digo que no fuese así en tu caso, pero a mí me parece muy complicado.

–¡Para nada! Sucede más a menudo de lo que piensas. ¿Verdad, chicas? –preguntó, volviéndose hacia sus amigas.

Mylène asintió con solemnidad, y Rose y Juleka sonrieron y cruzaron una mirada llena de ternura y complicidad.

Marinette sonrió también.

–Entonces, ¿vosotras creéis que aún es posible que Adrián se fije en mí? –se atrevió a preguntar.

–¡Absolutamente! –asintió Alya.

–¡Y más con ese vestido! –añadió Rose.

–Tienes que ir, Marinette –concluyó Mylène–. No solo para intentar impresionar a Adrián, sino sobre todo, porque te lo has ganado. Es tu obra, has puesto en ella todo tu talento y tu pasión y ha sido seleccionada nada menos que por Gabriel Agreste; es justo que seas tú quien la lleve, y que la luzcas con orgullo.

«Con orgullo», pensó ella. Tiempo atrás, el propio Adrián le había dicho algo similar.

Sonrió y asintió.

–¡Pues eso haré! ¡Muchas gracias, chicas!

Ellas la abrazaron, con cuidado, para no arrugar los volantes del vestido.

–Lo harás muy bien, ya lo verás –la tranquilizó Alya, y ella sonrió.


NOTA: ¡Muchas gracias por haber recibido este nuevo fic con tanto entusiasmo! Espero de verdad que os guste y que lo disfrutéis. Y sí, es "ese vestido" ;-). Aún no sabemos cómo ni en qué circunstancias lo veremos en la serie, así que me he tomado la libertad de ser creativa en ese sentido :D.