Lust

CAPÍTULO 02

"Deploro"

«¿Dónde diablos estoy?» se preguntaba en medió de la espesa oscuridad, no sabía dónde estaba, solo sabía por medió de su tacto qué, se encontraba amordazada y atada a una silla. Su cuerpo débil por la falta de alimento y su mente cansado por todo lo que había pasado el día anterior. Desde que fue capturada junto con Jūgo, lo único que recibió fueron los toqueteos de los Ninjas que la encerraron dentro de una sucia celda, apenas equipada con una vieja cama y un mugriento retrete. Estaba sola y débil ¿Qué era lo que Vania a continuación?

Una columna de luz impactó en su cara, e inmediatamente cerró los ojos, debido a la intensidad de esta. Había sido la puerta de la habitación, que fue abierta por la figura de un hombre alto e imponente, mismo qué, presionando el interruptor cerca de la puerta, encendió un sucio bombillo que colgaba en medio de la habitación y que disparaba una tenue luz que apenas la iluminaba.

—Buenos días Karin —saludó el hombre—. Ese es tu nombre ¿Cierto?

Karin se llenó de terror al ver a su oscuro alrededor, hasta donde alcanza ver, advirtió varias mesas con todo tipo de instrumentos metálicos y punzantes sobre ellas, desde herramientas comunes, pasando por el típico armamento ninja, hasta las cosas más sofisticas, casi diseñadas específicamente para la tortura, o eso aparentaban. Todos aquellos instrumentos en sádicos, en mesas, en las cuatro paredes, incluso colgando en el techo. La aterrada Carmesí, se acudía con fuerza, intentando, inútilmente, librarse de aquella silla.

El hombre tomó una silla y se sentó frente a Karin, esta dejó de moverse de repente, y solo observó, con pánico en sus ojos, a su posible verdugo. Un hombre mayor, de rostro intimidante atravesado por dos feas cicatrices. Llevaba un pañuelo negro que cubría su cabeza y un gastado abrigo negro qué, parada, caía hasta sus rodillas.

—Mi nombre es Ibiki Morino —dijo perezosamente—, y voy a interrogarte.

El hombre se reincorporó nuevamente y comenzó a caminar

—Escucha —continuó, mientras caminaba a su alrededor—. Necesitamos que nos digas todo lo que sabes, absolutamente todo. Ubicaciones, experimentos, planes, aliados, todo ¿Entiendes?

El Ninja se paró frente a una de las mesas y comenzó de examinar con sus manos, una de las herramientas, mientras continuaba su discurso.

—Para eso estas aquí. Por eso… estoy aquí

El hombre regresó a su asiento. Contempló, por un momento, los aterrados ojos de su prisionera.

—No quiero lastimarte —continuó—, por eso voy a darte un lapso de un minuto para que decidas hablar, si tu decisión es no hacerlo, comenzare a trabajar.

Ibiki desató el trapo que actuaba como mordaza, liberando unos cuantos jadeos de la boca de Karin.

—Corre tiempo —sentenció.

El tiempo pasaba lentamente para Karin, una batalla se desató en su cabeza. Cada segundo desperdiciado significaba estar más cerca del dolor y la agonía, y no quería eso, sus sentidos no lo querían, pero si lo hacía, traicionaría a Lord Orochimaru, y más aún, a su amado Sasuke Uchiha ¡No! No podía traicionarlo, había luchado mucho tiempo por su amor, y finalmente, aquella noche, lo había conseguido. Sasuke le había hecho el amor como nunca se lo hubiera imaginado, tomó su virginidad, fue el mejor momento de su vida ¡¿Cómo podía traicionarlo?! Era el hombre perfecto, el único hombre que la amó, el hombre que amaba, el hombre que revolucionaria al mundo. La traición no era una opción, no después de todo lo que habían trabajado. Y si eso significaba permanecer en el infierno, entonces lo afrontaría, pero no traicionaría a Sasuke.

—Tiempo —declaró el Morino.

Karin levanto su rostro con determinación y miró directamente a los ojos del hombre

—No traicionaré a mi Sa… —un violento bofetón arrebató las palabras de la boca de Karin, provocándole un gemido seco al instante.

—Tu tiempo se terminó —sentenció Ibiki, apuntándole con su dedo. Karin quedó atónita, en parte por el fuerte golpe. El terror volvió a invadirla, las lágrimas escapaban de sus ojos, y la idea de hablar volvió a su cabeza por unos segundos.

—Esto es lo que pasará, niña —dijo Ibiki, reincorporándose y colocando su abrigo en un enorme gancho que colgaba del techo— A partir de ahora comenzaré a trabajar en ti, estas sesiones estarán fragmentadas en rondas, la primera ronda durará un minuto, luego, tendrás un lapso de diez segundos para hablar. La siguiente ronda durará dos minutos, tendrás otra oportunidad, la otra durará tres, la siguiente 4 y así sucesivamente, hasta que se cumpla una hora ¿Quedó claro? mueve la cabeza si entendiste. Bien. —Ibiki se encaminó hasta una de las mesas y ahí, comenzó examinar con sus manos, varias herramientas punzantes— Si usas las oportunidades de hablar, para insultar o escupir, se cancelará el tiempo y se prolongará la duración de la siguiente ronda, y como consecuencias, las demás rondas se verán prolongadas, así que te sugiera que no desaproveches tus tiempos.

Ikibi volvió a tomar asiento frente a la aterrada Karin, esta vez con una especie de picahielos en la mano izquierda y un martillo oxidado en la mano derecha. El corazón de la Carmesí comenzó a bombear con fuerza, no podía suplicarle, lo único que podía hacer era implorarle misericordia, con sus ojos, al indiferente rostro de su torturador.

—He hecho esto por muchos años—continuó Ibiki—. Sé cuando alguien miente y cuando dice la verdad, esto no acabará hasta que yo lo decida, hasta que sepa que me has dicho todo lo que sabes. Así que te sugiero que te apresures.

El Hombre soltó sus herramientas por un momento, para amordazar nuevamente a Karin. Las lágrimas se hicieron presentes en los ojos de la chica, y el pánico invadió todo su cuerpo. Con llanto, suplicaba piedad al hombre, cuya frialdad tatuada en su rostro era tal, que provocaba un frenesí en su palpito. Una sutil mirada del Morino avisó a Karin que el tiempo había llegado, el infierno se desataría en aquella oscura habitación. Jadeos bruscos escapaban de la boca amordazada de la chica, al punto que parecía que su pecho estallaría en cualquier momento. Una última plegaría fue lanzada por los ojos de Karin, al instante que su torturado levanto el picahielos y arremetió contra ella.

El tenue eco de un desgarrador gemido rebotó por las paredes de un desolado pasillo, llegando hasta los oídos de un joven barrendero que pasaba por ahí, quien luego de observar la horrible puerta al otro extremo del pasillo, hizo una mueca miedosa y continuó con sus labores.

Al otro lado de la aldea, en una parte de las muchas manzanas que componían el Cementerio General de la Hoja, se estaba dando inicio a un entierro. Esa mañana, por alguna razón, en plena primavera, el cielo se encontraba gris y el viento soplaba fuerte, arrancando varias hojas de los diferentes arboles esparcidos por todo el cementerio. Un gran número de féretros con la bandera de la Hoja y la frase "Voluntad de Fuego", eran cargados a través de un camino de baldosas de piedra gris, qué a su vez, se hallaba rodeado por la gran multitud, vestida de luto, que observa el recorrido. Algunas cámaras se alzaban por encima de la multitud, provocando, por momentos, fuertes destellos, y disgustando a muchos.

Naruto, con pantalón negro, camisa gris oscuro, estilo Kimono, y Bata negra que caía hasta sus muslos, observa, entre la multitud, los distintos comportamientos. muchos se desahogan con el llanto, otros en los brazos de su pareja, incluso algunos niños abrazan a su madre con lágrimas entre escapando de sus ojos. No obstante, también había quienes, tanto niños como adultos, actuaban de manera indiferente ante la ceremonia.

«¿a cuántos realmente les importa esto?» se preguntaba, a medida que observaba las expresiones de muchos.

Entre un grupo muy distinguido entre la multitud, el Ojiazul advirtió a Hinata Hyūga, vestida con un elegante Mofuku, observando en primera fila, el paso del féretro de su primo Neji Hyūga, féretro qué, además de la Bandera de la aldea, portaba el estandarte de los Hyūga. Naruto miró a Hinata por mucho tiempo, hasta que ella se dio cuenta que era observada. Hinata vio a Naruto con ojos tristes, cosa que él lamentaba, al no estar a su lado. La vio hasta que ella finalmente quito su mirada de él y no volvió a mirarlo por el resto del recorrido de los féretros.

Tiempo después, cuando los cinco Kages, y sus respectivos consejeros, finalmente se hayan sentados en sima de una elegante tarima, frente a la multitud, que a su vez se encontraba sentada frente a los más de veinte ataúdes, custodiados por más de treinta Shinobis. El Hokage, el cual, junto a su familia, se encontraban en medio de los cinco, fue el primero en subir al pulpito.

—Estamos aquí reunidos…, para despedir…, para lamentar…, pero sobre todo…, para agradecer y honrar, a cada uno de los hombres que dieron su vida sirviendo a nuestra aldea.

Mientras el discurso de su padre continuaba, Naruto contemplaba el féretro en donde se encontraba el cuerpo de Neji. El remordimiento y la culpabilidad invadieron su corazón al recordar la muerte de su amigo. No podía evitar sentir dolor al recordar cómo Neji se sacrificó por él. Lagrimas comenzaron a escapar de su rostro, intentó secarlas con sus dedos antes de que se hiciera evidente, pero ya era muy tarde. Una pequeña mano acarició la de él, al girar su vista, Naruto se encontró con los compasivos, ojos Jade de su hermana, que lo veía con una sonrisa triste, el Ojiazul le devolvió el gesto, al tiempo que tomaba su mano y la apretaba levemente.

A pesar de haber perdido ante su hija, Kushina veía con ternura la manera que en la pequeña Sakura reconfortaba a su hermano.

Luego de que los cinco Kages, y otras personas más, hubieron discursado, y los fallecidos hubieron sido enterrados, cuando la mayoría de las personas y periodistas se marcharon y la ceremonia finalmente llegara a su fin. Hizashi Hyūga, un hombre alto y apuesto. Piel parda. Melena negra que caía hasta la mitad de su espalda, y apagados ojos Byakugan. Depositaba cuidadosamente una corona de flores, frente a la lápida de la tumba de su hijo, mientras que hojas lila, caían de la mano de su sobrina, Hinata, alrededor de la tumba decorada con varios ramos de flores y rosas. Un tercer personaje los acompañaba, se trataba del Padre de Hizashi y abuelo de Hinata. Un hombre mayor. Ojos cansados. Piel arrugada y melena canosa. Dueño de un gesto neutral ante aquella lapida.

Una segunda corona de flores, aunque esta era más pequeña, fue depositada por una mano desconocida.

—Naruto —dijo Hizashi en lo bajo, sorprendido, al igual que su sobrina.

—Señor Hizashi. Lady Hinata. Lord Hyuga. Nuevamente, les doy mis condolencias.

—Gracias hijo —respondió agradecido Hizashi—, pero sabes que no era necesario.

—Lo es para mí. Fue por mí qué él… —Mi hijo murió por la aldea —dijo Hizashi colocando su mano en el hombro del ojiazul—, y estoy feliz de que por fin haya regresado a mí.

—Yo también lo estoy —respondió Naruto, con una triste sonrisa.

—Es hora de irnos —declaró el Anciano Hyūga, dándose la vuelta y yéndose sin despedirse.

—Nos vemos Naruto —dijo Hizashi marchándose.

—Adiós Naru… —Espera Hinata.

—¿Qué sucede?

—Quiero hablar contigo

—¿Hablar? ¿de qué?

—De nosotros

—¿No ves que acabo de enterrar a mi primo?

—Lo sé, pero… necesito saberlo

—¿Saber qué?

—Saber por qué terminamos

—Ya lo sabes

—Lo siento, pero, aquella explicación no me la creo

—Pues es la única explicación que existe.

—No. Sé qué hay algo más, algo que no me quieres decir

—No hay nada más, Naruto, no hay nada que decir. Yo ya no te amo. Supéralo, por favor.

—¡Hinata! —irrumpió el llamado de una joven fémina que se acercaba a ellos.

—¿Si, Hanabi? —respondió Hinata.

—¡Ah! Hola Naruto —saludó Hanabi cortésmente, percatándose de la presencia del rubio.

—Hola Hanabi —saludó Naruto con una sonrisa.

—¿Nos vamos? —le preguntó la joven a su hermana.

—Si —respondió Hinata a secas—. Adiós Naruto —dijo marchándose.

—Adiós Naruto —se despidió Hanabi

—Adiós Hanabi —respondió Naruto con una falsa sonrisa.

Cuando finalmente se halló solo, su expresión cambió a una de sufrimiento. Las palabras de Hinata había impactado, como navajas, en su pecho. Luego de contemplar por unos instantes la tumba de su compañero Hyūga, se marchó en silencio.

Al otro lado del cementerio, frente a una lápida alta, con la inscripción en vertical de; "Jiraiya Namikaze, el Galante", se encontraba Minato Namikaze, depositando una corona de flores.

—Siento no visitarte a menudo —dijo—. He estado muy ocupado últimamente… Ahora sé porque rechazaste el puesto de Hokage.

Minato miró la lápida por unos instantes. Advirtió los tres ramos de flores que estaban junto a su corona. Uno era de Cerezos, otro de flores varias y al ultima de flores lilas. Minato sonrió.

—Parece que soy el último de los cuatro en visitarte —dijo sonriente—, Padre.

—Un hombre único —dijo una voz femenina desde atrás.

—Sin dudas —respondió Minato levantándose al ver a Lady Mizukage detrás suya.

—Nunca tuve la oportunidad de hablar con él —dijo la carmesí—, pero lo vi un par de veces, y escuche muchas historias.

—Seguramente hubiera intentado seducirla —dijo Minato sonriente.

—-De eso no hay duda —respondió la Mizukage con su involuntaria sensualidad—. Me hubiera gustado verlo, seguramente era muy bueno en eso. Las mujeres parecían amarlo y odiarlo al mismo tiempo.

—Siempre tuvo debilidad por las mujeres, por eso nunca se casó.

—Algunos nacen para ser libres, Lord Hokage.

—No tiene que tratarme con tanta formalidad. Minato, está bien.

—Bien, Minato, llámame Mei…, Mei Terumī.

Parada frente a un árbol a la distancia, Mito Uzumaki veía con recelo a Mei, quien cada se encontraba cada vez más cerca de Minato.

—Usted se parece mucho a su padre, Minato —dijo Mei.

—Mi hijo piensa que soy una mala versión de él.

—Su hijo tiene mucha razón

—¿Disculpe?

—No me malinterprete Minato, usted es tan atractivo como su padre —dijo la carmesí, despertando el rubor en las mejillas del Hokage—, pero el espíritu aventurero y seductor que observé en su padre las pocas veces que lo vi, están muertos en usted.

—Usted misma lo ha dicho. Algunos, como mi Padre, nacen para ser libres, pero otros, como yo, nacen para ayudar.

—La pregunta es, ¿para qué nació usted? Veo en sus ojos muchos pesar, Minato —dijo Mei, acercándose al alto hombre—. Como los ojos de un león enjaulado, esperando ser liberado algún día, para liberar todas sus pasiones.

—Es usted muy perspicaz —dijo Minato con desconcierto en su voz.

—Lo describo lo que veo, Minato

—Y… ¿Eso es lo que ve en mí?

—Eso es lo que muestra su encantador rostro —dijo con Mei estando bastante cerca de Minato—. Muchas veces nos cuesta aceptar que necesitamos ayuda.

—¿Cree que necesito ayuda?

—Creo que usted necesita liberar tensión —dijo coqueta Mei, colocando su palma en el pecho de Minato, cosa que enfureció a la lejana Mito.

—¿Interrumpo? —preguntó una voz muy conocida para Minato.

Mei automáticamente quitó su mano de Minato y retrocedió dos pasos.

—Kushina —dijo Minato sorprendido.

—Lady Kushina —saludó sonriente la Mizukage, al tiempo que asentía con la cabeza—, es un placer verla de nuevo.

—El placer es mío, Lady Mizukage —respondió Kushina con un ademán.

—¿Qué sucede Amor? —preguntó Minato.

—Sakura y Naruto ya se van, al igual que yo. Queríamos saber si vendrás con nosotros.

—Ahora no puedo Kushina, aún tengo algunos asuntos que atender —Una expresión entre el dolor y la tristeza se dibujó en el rostro de Kushina—, pero posiblemente llegue a cenar.

—Bien —dijo Kushina— entonces…, no los interrumpo más. —No lo hacía, Lady Kushina.

—Fue un gusto verla Lady Mizukage —El placer fue todo mio, Lady Kushina.

Kushina se acercó a su esposo y lo besó de modo no tan elegante. La Mizukage observó aquella escena, escondiendo su disgusto. Kushina besando a Minato con cierta pasión, mientras acariciaba su pecho sus dos manos, y Minato acariciaba su espalda. Durante el beso, Kushina abrió los ojos por unos segundos, Mei quitó la mirada inmediatamente, al encontrarse con la profunda mirada de la carmesí.

—Espero verte esta noche —dijo Kushina cortando el beso y regalándole una tierna mirada a su esposo.

—Te prometo que lo haré —dijo Minato enamorado.

Luego de acariciar la mejilla de su esposo, Kushina se dio la vuelta y comenzó a marcharse

—Te amo —declaró Minato

—Y yo ti —replicó Kushina a la distancia.

En la tarde, Sakura, Kushina y Naruto fueron invitados a almorzar por la Lider del Clan Inuzuka y mejor amiga de Kushina, Tsume Inuzuka. Se trataba de una mujer de bellas facciones, pero a la vez fuertes. Cara cuadra, rodeada de rebeldes cabellos castaños que caían hasta su mentón. Penetrantes ojos felinos, con pupilas en forma de aguja, y piel parda. Al igual que sus hijos, poseía dos marcas borgoñas en forma de colmillo en ambas mejillas, dándole un aire salvaje a su fuerte carácter. También poseedora de un virtuoso cuerpo.

—¡Vamos Kiba, dame la salsa! —exclamaba la molesta Inuzuka mientras atendía la estufa— ¡La necesito!

—Aquí esta —respondió Kiba, de mala gana, entregándole el recipiente con salsa a su madre.

—¿Qué esperas? ¡Viértela!

Los Namikaze observaban, desde el comedor, con vista al jardín, la divertida discusión madre e hijo que se desataba en la cocina.

Hanna, una hermosa chica de melena castaña que recogía en una coleta baja. Grandes ojos negros y las características marcas de su Clan. Colocaba los platos en la mesa.

—¿Habrá un día que no discutan? —dijo Naruto sonriendo.

—Aunque no lo creas, los hay —replicó Hanna divertida.

—¡Tengo un hijo tonto! —Exclamó Furiosa Tsume.

—¿Ahora que pasa? —respondió Kiba molesto.

—¡Te dije que le echaras sal a las verduras!

—Pero lo hice.

—Pruébalo —mandó Tsume, tomando con unos palillos, un pedacito de zanahoria, e introduciéndolo en la boca a su hijo. Kiba, inmediatamente el pedazo de zanahoria.

—¿Qué demonios? —dijo Kiba asqueado, limpiando su boca con la mano.

—¡Lo qué echaste fue azúcar!

—¡¿Azucar?! —preguntó sorprendido Kiba, tomando un frasco de vidrio— ¡Pero si eche de este frasco!

—¡Es el frasco de azúcar!

—Entonces, ¡¿Cuál es el de sal?!

—¡Es este! —profirió la Inuzuka, sosteniendo otro frasco de vidrio

—¡Pero si se ven completamente igual!

—¡No. Al de sal, le hice una marca con mi labial! ¡Mira! —Tsume sostuvo el frasco frente al rostro de su hijo, mostrándole la marca.

—Está bien. Está bien. Se me olvidó.

—¡¿Se te olvido?! ¡Ahora tengo que preparar eso plato de nuevo, niño inútil!

En la oficina, Minato se encontraba leyendo unos expedientes, cuando fue interrumpido por una de las secretarias.

—Lord Hokage, Lord Kazekage está aquí, y quiere verlo.

—Que pase por favor, y gracias por el aviso.

Un minuto después de que la muchacha se hubo retirado, Gaara entró por la puerta.

—Lord Hokage —saludó el pelirrojo.

—Lord Kazekage —saludó Minato—. Por favor, tome asiente.

Luego de que Garra se sentó, el silenció perduró por un tiempo.

—Quería hablar sobre la extraña misión que intentaban cumplir los hombres que enterraron hoy —pronunció el joven.

—Sabía que, tarde o temprano, me preguntaría.

—Solo quiero aclarar las cosas. Cuando las respuestas no salen a la luz, las personas empiezan a especular.

—Lo sé, eh escuchado lo que se habla.

—Algunas personas, muy importantes, están vinculando esto con lo sucedido en Tonika.

—Eso no lo sabía.

—Ahora la sabe.

—Es descabellado pensar que la Hoja masacró a una aldea aleada.

—De hecho, no lo es. Hasta donde sé, Tonika quería independizarse del país del fuego, además, según tengo entendido, la relación entre usted y el líder de aquella aldea, era algo inestable.

—Eso es cierto, pero, ¿qué ganaría yo, destruyéndola?

—Esa pregunta no les interesa a los que quieren hundirlo.

—Tal parece que, al fin y al cabo, no podré mantener esto confidencial.

—Es lo mejor, después de todo, esto también me afecta.

—Tiene razón

—Entonces…, ¿me contará la verdad?

—Si —respondió Minato con resignación, reclinándose en su silla.

En el gran comedor, iluminado naturalmente por la luz que entraba por los ventanales, ambas madres conversaban placenteramente sobre su juventud, mientras eran escuchadas por sus hijos.

—¿Recuerdas a este chico…? ¿Cómo se llamaba? Te invitó a cenar y era muy tímido.

—¡Por Kami, Kushina! —respondió Tsume— ¿Crees que recuerdo a todo el idiota sin personalidad que me invitaron a cenar?

—Sé que no —respondió Kushina divertida—, pero este en especial, era bastante tímido, casi no hablaba.

—¿Quién? ¿Tetsu?

—Si, Tetsu

—Él era todo un galán —dijo Tsume suspirando, y comiendo un pedazo de carne—. Lástima que fuera un antisocial, de hecho, me sorprendió que tuviera el valor para invitarme a cenar.

Las risillas se escucharon por toda la mesa, en especial las de las jovencitas.

—Créanme —prosiguió la carmesí—, si no le preguntaba alguna estupidez, él hubiera sido capaz de pasar el resto de la velada ¡callado!

Las risas volvieron a inundar la habitación.

—Fue tu peor cita, según recuerdo —comentó la Kushina, devorando un pedazo de carne.

—No —replicó la castaña— Mi peor cita fue con el idiota que se quiso propasar conmigo ¿lo recuerdas?

—Perfectamente.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Sakura curiosa.

—Quería obligarme a acostarme con él —respondió despreocupada Tsume, provocando el rubor en todos los presentes, y haciendo que Naruto se atragantara.

—¡Mamá! —le reclamó Kiba

—¿Qué? —preguntó Tsume confundida.

—Siga por favor —suplicó Sakura.

—Se llamaba Satoshi, y eran tan divertido —dijo Tsume nostálgica—, Fue una romántica velada en su casa, hasta que me di cuenta que intentaba embriagarme. Comencé a inventar cualquier excusa para marcharme, y él intentaba desesperadamente convencerme de quedarme —todos estaban atentos a las palabras de la castaña—. Entonces comenzó a acercarse, me tomó de la cintura e intentó besarme, pero lo empujé de inmediato. No le di un puñetazo solo porque me gustaba mucho. Fue cuando intentó quitarme la ropa a la fuerza.

—Maldita sea —musitó Kiba en lo bajo, tapándose el rostro de la vergüenza, provocando la risa en su amigo ojiazul.

—Entonces perdí la paciencia y le di una paliza —concluyó la madre Inuzuka.

Los hermanos Namikaze rieron ante el final de aquella historia, mientras que Hana y su hermano, apenados, trataban de terminar su plato.

—Tuve que ir a sacarla del Edificio de la Policía Militar, al día siguiente —rio Kushina.

—Los vecinos llamarón a los ineptos de la Policía Militar, y ellos me encarcelaron toda una noche

—Recuerdo que me contaste como intentaste seducir al guardia para que te liberara.

—Si —replicó Tsume con una mueca— Y resulta que el guardia inútil, prefería la compañía de un hombre.

Todos en la mesa rieron, a excepción de Kiba.

—Fue una lástima —continuó Tsume— Era un guardia tan apuesto. Aunque era de esperarse, después de todo era un Uchiha.

Sakura se inmutó ante las últimas palabras de la castaña, cosa que su madre y hermano, notaron de inmediato.

—Era un clan con hombres y mujeres bellas. Es muy triste lo que les sucedió. Masacrados por uno de los suyos.

El ambiente del lugar cambió completamente, nadie se atrevía a hablar, ni siquiera Kushina. Solo esperaban a que la Castaña opinará nuevamente.

—¿Recuerdas a Mikoto Uchiha? —le preguntó Tsume a su amiga, quien se sobresaltó al escuchar ese nombre.

—Si —respondió Kushina—. La madre de Itachi y Sasuke Uchiha.

—Y nuestra amiga —sentenció Tsume enseriada— No se merecía morir de esa forma tan horrible, asesinada por su propio hijo.

Las duras palabras de la Inuzuka, se clavaban como dardos en el pecho de la pequeña pelirosa, causándole un pesar que intentaba disimular. Naruto, por su parte, guardaba silencio.

—Mikoto no se merecía engendrar a esas dos escorias.

—Gracias por la comida —interrumpió Sakura con una falsa sonrisa, alejando levemente su plato— La cena estuvo deliciosa. Iré a tomar un poco de aire —concluyó, dejando su asiento y saliendo al jardín por la puerta corrediza de cristal.

Un incómodo silencio inundó a las dos familias, por unos instantes.

—Dime…, Naruto —continuó la castaña— ¿cómo están Hinata y tú?

Naruto dejó de masticar por un momento, poniendo una expresión de tristeza.

—Nosotros… terminamos hace un mes —respondió luego de tragar, provocando la sorpresa en el rostro de la Inuzuka, y la incomodidad en el de Kushina.

—Qué mal —comentó Tsume indiferente, llevándose un pedazo de verdura a su boca. Naruto rio ante la reacción tan desdeñosa de la Inuzuka.

—Mamá, no seas tan fría —dijo Hana.

—No pasa nada —dijo Naruto.

—Tú no te preocupes, Naruto —dijo Tsume—, ya encontraras a alguien que te ama realmente. Solo tómalo con calma, y diviértete con tus amigos ¿Cuántos años tienes? ¿diecisiete? Eres muy joven como para estar sufriendo por amor, o complicándote la vida. Sé que suena tonto decirte esto después de lo que pasaste en la guerra, pero lo que trato de decir es que aproveches cada minuto para intentar ser feliz, porque no sabemos hasta cuando durara esta paz. —Tsume masticó y engulló un poco de arroz— Además, eres muy popular entre las jovencitas de la Aldea, incluso en el clan se habla mucho de ti. No creo que tu soltería dure demasiado.

—Tsume, creo que…, Naruto debería darse un tiempo para sí mismo —dijo Kushina sonriendo.

—¿Son celos los que detecto? —preguntó Tsume divertida, haciendo como si olfateaba.

—¡¿Qué?! —protestó una apenada Kushina, con las mejillas encendidas— ¡Claro que no!

Naruto se ruborizó de sobremanera, y escondió la cara, mientras que Kiba y Hana reían en lo bajo

—Tranquila Kushina, tranquila, solo fue una pregunta —se excusó Tsume fingiendo ignorancia—. Sería completamente normal que fueras celosa, es tu hijo ¿no? Incluso yo me he sentido celosa con Kiba

—Ya basta Mamá —reclamó Kiba avergonzado, al tiempo que su hermana reía.

—¡No me reclames Kiba! —protestó Tsume— Tú también eres celoso conmigo.

—¡Eso no es cierto! —replicó Kiba.

Naruto rio al ver la nueva discusión que se había generado entre ambos Inuzuka. El rubor en sus mejillas se había esfumado y su vergüenza, desaparecido. Giró la mirada hacia su madre, quien, cubriendo parte de su rostro con su mano, le quitó inmediatamente la mirada de encima, poniendose aún más roja. Naruto se halló sorprendido al ver que aquella expresión, calmada e inmaculada de su madre, se encontraba corrompida por enrojecimiento de su piel. Kushina lanzó fugaces vistazos para verificar si su hijo aun la miraba. Al ver que así era, el calor en su cara, aumentaba.

—No me veas hijo —dijo Kushina escondiendo su rostro.

Naruto se ruborizó al instante, y quitó la mirada rápidamente. La familia Inuzuka rio ante aquella escena. Naruto giró a ver a su madre nuevamente, en el mismo instante que ella hacia lo mismo.

—¡Naruto, no me veas por favor! —exclamó la sonrojada carmesí, escondiendo su rostro nuevamente.

—¡No lo hago! —exclamó Naruto, avergonzado, bajando la mirada.

—Mira tu cara, Naruto —rio Kiba— Pareces tomate

—Callate —gruño Naruto, tapando su rostro

—Tú también Kushina —dijo Tsume burlona

—¡Demonios Tsume! —protestó la carmesí— ¡Mira en la situación tan embarazosa en la que me has puesto!

—No recuerdo la última vez que te escuché maldecir —rio la castaña

—Tú sacas lo peor de mí —replicó Kushina con una sonrisa en su rostro, cosa que sorprendió a Naruto. Siempre había estado consiente de la belleza de su madre, pero verla sonreír mientras cubría su ruborizado rostro con su delicada mano, era algo que quizás nunca había visto.

—Necesito usar tu baño —dijo Kushina levantándose— ¿puedo?

—Claro —dijo la castaña— ve a refrescar tu rostro —rió.

Kushina abandonó la habitación inmediatamente.

—Naruto —llamó Kiba— Si tú también necesitas usar el baño, puedes ir al que está arriba.

La mesa se inundó de risas en aquel momento, incluyendo a Naruto.

Había pasado ya mucho tiempo desde que aquel infierno había terminado. Una hora horrible, una ahora en la locura intentaba poseer su menta y la muerte la convencía de abrazarla. Solo de pensar que al siguiente día viviría el mismo infierno, la hacían querer morir de cualquier forma posible. Después de que Ibiki hubo dejado de trabajar en su cuerpo, como él le llamaba, la habían trasladado hacia una clínica de mala muerte, a unos cuantos pasillos del cuarto de interrogatorios, ahí, fue curada por un depravado que se hacía llamar Ninja Medico quien, por medio de una dolorosa técnica, reconstruyó torpemente la piel desgarrada de su brazo derecho, y la hizo beber su propia sangre, misma que le habían extraído un día antes, para poder recuperarse. Luego había sido anestesiada y dejada en una sucia celda, en lo que parecía ser una prisión, oscura y nauseabunda.

Karin intentaba mantenerse despierta, acostada en la dura colcha pegada a la pared, con la que contaba aquella celda, mientras intentaba ignorar su horrible brazo derecho. De cuando en cuando, intentaba observar su oscuro alrededor, intentando darles forma a las figuras de yacían dentro de las demás celdas. A veces observa a su izquierda, a través de los barrotes, a aquella chica, totalmente delgada. Con la cara tapada por el sucio cabello. apenas vestida con un harapo. Teniendo una placida conversación con la nada. A veces a su derecha, a otra chica. Descuidado cabello rojo que cubría parte de su rostro. Sucia piel cremosa que, al igual que la anterior, apenas está cubierta por un sucio camisón. Totalmente estática, y sin pronunciar murmullo alguno.

El silencio y la oscuridad eran eternos, a veces interrumpidos por algún gemido agonizante, o algún insulto dirigido al aire. Karin no sabía si había anochecido o si ya era otro día, quizás había pasado solo un minuto, pero para la carmesí, había pasado una eternidad.

—Me crecerán alas —declaró la perdida voz de la chica a su izquierda quien la veía fijamente.

—¿Qué? —preguntó Karín desconcertada.

—Mira —dijo la pálida chica, acercándose a los barrotes y pasando su mano a través, sosteniendo una pluma—. Me volveré un ángel —rio esperanzada.

—Karin miró fijamente el rostro de la escuálida. Grandes ojos verdes, levemente enrojecidos. Mejillas descarnadas y pómulos saltados. Labios pálidos y agrietados. Dientes parejos pero amarillos. La belleza que aquella pobre infeliz alguna vez poseyó, había sido totalmente destruida.

—¿Te gusta? —preguntó la pálida.

—Es… Es muy bonita —replicó Karin, intentado regalarle, una sonrisa.

—Te la regalo

—¿En… ¿En serio?

—Si. Tómalo

—Gracias —dijo Karin, tomando la sucia pluma de los flacos dedos de la chica.

—Cuando me vuelva ángel, te regalaré todas las que quieras —dijo la pálida con una sonrisa perdida.

—Te lo agradezco —respondió Karin, al borde del llanto.

La perturbada sonrisa de la pálida, desapareció repentinamente, y simplemente se dio la vuelta, para seguir conversando con la pared.

—Era una chica agradable —dijo una pesada voz detrás de Karin.

—¿Cómo dices? —preguntó Karin volteándose hacia la chica pelirroja de su derecha, quien la veía seriamente.

—La loca a tu izquierda —dijo la sucia carmesí— era muy cariñosa y amable.

—¿Qué le paso?

—¿Qué no lo acabas de ver? Enloqueció.

—Ya lo sé, pero… ¿por qué?

En ese preciso instante, dos luces irrumpieron en lugar, las dos chicas se quedaron estáticas. Las columnas de luz, se hacían cada vez más fuertes, a la medida que varias voces masculinas se acercaban riendo. Finalmente, aquellas luces fueron apuntas directo al rostro de las dos pelirrojas, estás se cubrieron los ojos instintivamente. Se trataba de tres hombres, dos de ellos eran Shinobis, mientras que el tercero, era un hombre obeso.

—Mira estas dos bellezas —dijo el Shinobi que le apuntaba a Karin.

—Que delicia —dijo el hombre obeso, tocándose.

—Esa es la tuya —dijo el otro Shinobis iluminando a la chica pálida, quien, a pesar de la fuerte luz de la lampara, veía directamente a los sujetos. El hombre obeso, observó por unos momentos a la chica pálida.

—No está tan mal —dijo, haciendo una mueca—, pero está muy flaca.

—Es lo que hay amigo —replicó uno de los Shinobis.

—¿Cuánto por la pelirroja? —preguntó el obeso, señalando a Karin.

—Aún no está a la venta

—¿Y la otra?

—Esa te costará el doble.

—¡¿El doble?!

—Así es ¿la quieres?

—Mejor voy a un burdel —gruñó el obeso, sacándole una carcajada a los otros.

—Incluso si vas al peor burdel de la aldea, con la miseria que ofreces, lo mejor que obtendrás será a una vieja obesa y velluda —rio el Shinobi, junto con su compañero— Mira a esta chica, ojos verdes y, ve cómo te sonríe. Le falta a algo de carne, pero, peor es nada ¿no crees?

—Creo que… tienes razón. La compro.

—Eso quería escuchar —dijo el Shinobi, sonriendo— Hanki saca a la chica.

El otro Shinobi abrió la celda de la pálida y levantándola bruscamente, la sacó.

—¡Hola! —Saludó sonriente la chica.

—Hola —respondió desconfiado el gordo.

—Tranquilo —dijo el que abrió la puerta— Está algo loca, pero no es peligrosa. Vele el lado bueno, estará feliz cuando se la metas.

—Maldita sea —refunfuñó el obeso, llevándose a la chica.

Karin, observó con tristeza, como aquel desagradable hombre se llevaba a la escuálida chica, mientras la tocaba.

—¡Recuerda! —exclamó un Shinobi— ¡Tienes una hora!

—Veamos que tenemos aquí —dijo el otro, apuntando con su linterna a la carmesí, quien comenzó a asustarse— Que carne tan deliciosa nos acaba de llegar. Mira esas ricas piernas, y esa boquita suave.

—¡Yo quiero ser el primero! —dijo exaltado su compañero, intentando abrir la celda. Karin retrocedió al instante, soltando patadas al aire.

—No tan rápido —dijo el otro, jalándolo.

—¡Dijiste que podría… —Y lo harás, amigo, pero no hoy. Mañana

—Mierda

—Por el momento, divirtamos con la de siempre —dijo, acercándose a la otra celda—. Ven aquí Tayuya, se buena.

La carmesí, no movió un solo musculo, cosa que llenó de angustia a Karin.

—Ven aquí —mandó el hombre—. No hagas los mismos dramas de siempre.

—Púdrete —fue la respuesta de la carmesí.

—¿Qué has dicho? —preguntó enfadado el hombre.

—He dicho que te vayas a la mierda, maldito.

—Creo que esta zorra necesita una lección —dijo el Shinobi, ejecutando varios sellos con sus manos.

Tayuya fue brutalmente envestida por una ráfaga de agua helada, tan grande que incluso mojó a Karin. Tayuya, en el piso, temblaba fuertemente, sus dientes chocaban involuntariamente y de su boca y nariz salía sangre. Karin está en Shock, retrocedió hasta que su espalda chocó con los barrotes que dividían su celda con la de la chica pálida.

—¿Ahora obedecerás? —preguntó el Shinobi.

Tayuya hacían un gran esfuerzo para levantarse del suelo. Cayó un par de veces, antes de. finalmente, y con mucho dolor, ponerse de pie.

—Muerete…, cerdo —Tuyuya fue aventada de manera violenta, por una segunda ráfaga de agua, contra la pared. Esta vez el golpe la dejó agonizando del dolor, y escupiendo sangre.

—¿Quieres otra? —preguntó triunfante el hombre, mientras que su compañero reía.

Tayuya, moribunda, negó con la cabeza. Acto seguido, el hombre se bajó el cierre del pantalón, y sacando su miembro comenzó a masturbarse. Karin veía con asco y miedo aquella escena, y cuando no pudo más, simplemente apartó la mirada de aquel hombre.

—Vamos muñeca —dijo el hombre, pasando su pene a través de los barrotes— ¿Qué esperas? Ven.

Karin dejó escapar las lágrimas de sus ojos, al ver cómo Tayuya, comenzó a arrastrarse, en dirección al ninja.

«¡No lo hagas!» Suplicaba la asustada carmesí en sus adentros, a medida que la chica se arrastraba dolorosamente hasta los pies del ninja «¡Por favor!»

Luego de que Tayuya hubo llegado a su destino, y hubo hecho otro doloroso esfuerzo para arrodillarse, fue tomada bruscamente del cabello y obliga a practicar una felación.

¡Oh sí! —clamaba excitado el hombre, mientras sacudía su erección contra la ensangrentada boca de la casi inconsciente Tayuya— ¡Eres maravillosa mi amor! ¡Tu sangre está calentando mi verga!¡Ni se te ocurra morderla, o te arrancaré los labios!

Karin rompió en llanto al ver como abusaban de la pobre chica. Cerró los ojos con fuerza y tapó sus oídos con las manos, para no escuchar el horrible sonido de las arcadas que aquel depravado le provocaba a Tayuya, pero, sobre todo, para no escuchar las vulgaridades escupidas por la boca del mismo.

—¡Hey, pelirroja! —llamó el ninja— ¡Míranos preciosa! ¡Mira cómo se devora mi verga!

Karin estaba paralizada, no quería moverse, o más bien, no podía. Sus ojos se negaban rotundamente en ver tal aberración, pero su miedo le suplicaba obedecer. Quizás podía ser la siguiente.

—¡Míranos! —clamó el ninja— ¡O serás la siguiente!

Karin acató la orden de inmediato, sus ojos se querían cerrar, pero el deseo de conservar integridad le daba la fuerza para mantenerlos abiertos, pero no para retener las lágrimas que se desbordaban de sus parpados.

—¡Si, Mira como acabo en su sucia boca! —gemía el abusador, forzando a Tayuya a llegar más profundo— ¡Me vengo!

—¡No! —suplicó Karin entre lágrimas, cerrando sus ojos y tapando sus oídos. Intentando ignorar los bramidos del abusador, y los sonidos producidos por la garganta de Tayuya al tragar.

—Espero que lo disfrutes mi amor —jadeó el hombre— porque no tendrás cena esta noche —soltando la cabeza de la chica, esta cayó fuertemente al piso, tosiendo con fuerza.

—Es mi turno —dijo su compañero acercándose.

—Ya fue suficiente —dijo el abusador, deteniéndolo.

—¡Pero tú dijis… —¡Suficiente por hoy!

—¡Mierda! —gruñó enfadado el hombre, saliendo de la habitación.

—¡Adios Tayuya! —rio el hombre— Adiós princesa —le dijo sádicamente a Karin.

Cuando el área quedó nuevamente en silencio, Karin aprovechó para tomar el control de su pulso sanguino, relajando sus respiraciones y secando sus lágrimas.

—Oye —llamó vagamente, a la chica inmóvil—. Oye.

—Cállate —fue la respuesta que recibió.

—¿Estás bien?... Escucha…, Lamento lo que… —¡Que te calles! —bramó dolida Tayuya, reteniendo su llanto, no quería quedar más humillada, frente a aquella desconocida.

Luego de la no tan agradable cena, con los Inuzuka, Sakura tomó un rumbo distinto al de su famila, habiéndose excusado con tener que visitar a Kakashi en el hospital, se introdujo en la floristería Yamanaka para comprar unas flores. Siendo las flores de Cerezos sus favoritas, fueron su primera opción, sin embargo, al entrar y contemplar la variedad de flores en la espaciosa tienda, la duda irrumpió en su corazón, debía elegir flores que le gustaran a Kakashi pero…, ¿Cuáles?

—¿Indecisa, Sakura? —preguntó una bella chica acercando se a Sakura.

—No —respondió indiferente la peligrosa.

—¿Para quién son las flores? —preguntó la chica.

—Eso no te incumbe, Ino —replicó Sakura con una sonrisa.

—¡Hay perdón! —se disculpó Ino, sarcástica—, no quería ofenderte.

—Tu sola presencia me ofende —se burló Sakura, provocando la molestia en Ino. Chica de cabello dorado y sedoso, recogido en un moño alto, con un largo flequillo cubriendo parte de su fino y encantador rostro, mismo que era iluminado por dos grandes ojos color azul cristalino. Cuerpo esbelto y voluptuoso, que vestía con una atrevida falda corta, color morado, con partidura en ambos lados, y debajo, pantalones cortos y ajustados, del mismo color. Camiseta blanca, holgada, sin mangas, y de escote profundo, dejando ver parte de sus proporcionados senos, y evidenciando el hecho de que no usaba sujetador, por la forma en que sus pezones se marcaban por debajo de la tela.

—Son para Kakashi-sensei ¿cierto? —continuó preguntando.

—Si —replico Sakura de mala gana— ¿Satisfecha?

—Lo sabía —dijo Ino entusiasmada—. Sakura. No tenía y de que te gustaran los mayores —se burló, enrojeciendo a Sakura de inmediato.

—¡No digas estupideces! —exclamó ruborizada la Namikaze.

—Mira nada más como te has puesto —continúo burlándose Ino—. Me das tanta ternura niña.

—¿Crees que puedes llamarme niña, solo porque eres dos años mayor que yo?

—No solo eso. También soy más alta, más hermosa, más desarrollada y, sobre todo, más madura.

—No —replicó Sakura— No eres hermosa, eres provocativa, ¡mira como vistes!, y no eres madura, simplemente pecas de soberbia.

—Bueno… sigo siendo más alta —replicó Ino sonriente, y encogiéndose de hombros.

—Además —continuó Sakura—, el hecho de que toda tu grasa se acumulara en tu pecho, no te hace más desarrollada.

—Estás celosa, por no tenerlos de mi tamaño —se burló Ino, levantándose los senos con las manos.

—No los necesito, tengo otras virtudes —rio Sakura, acariñado sus muslos y glúteos.

—¡Si claro! —se mofó Ino— Una chica de quince, que parece de trece. Bajita y delgada, con senos diminutos, pero con piernas firmes y trasero levantado. Eras la niña perfecta para los pervertidos de la aldea, y más aun con ese suéter lila sin hombros y ese pantaloncillo, que es un más corto que el mío. Eres la loli perfecta para Kakashi-sensei, pero un hombre cómo él no se fijaría en una chiquilla cómo tú.

Sakura dejó escapar una risilla burlona ante las palabras de la Yamanaka, quien quedó desconcertada ante la actitud de la pelirrosa. Normalmente aquella palabra la hubieran hecho enfadar mucho.

—No sabes nada, Ino —rio.

—¿Qué quieres decir con qué no se nada?

—Quiero decir que, si yo quisiera, podría enamorar a Kakashi-sensei.

—No creo que Kakashi-sensei esté dispuesto a cambiar pañales. Es mucho hombre para ti, Sakura, necesita a alguien que sepa complacerlo, alguien como yo —rio Ino, sosteniendo nuevamente sus dos senos, cosa que enfadó grandemente a Sakura—. No te molestes en llevarle flores, yo le pasé dejando un lindo ramo, cuando visité a Shikamaru.

—Seguramente eran horribles —dijo Sakura— Tienes un pésimo gusto, para tener una floristería.

—¡Soy una experta en flores, niña tonta! —proclamó Ino molesta.

—Bien… experta. Dime, ¿Cuáles debería llevar?

—Bueno… los hombres no poseen un gusto especial por las flores. Mi consejo es que le regales flores que sean bonitas, no importa de que tipo, pero eso si, llévalas en un lindo jarrón. Yo, personalmente, le obsequio Anemonas, y parecen gustarle mucho, al igual que mi compañía.

Sakura sabía que Ino intentaba provocarla nuevamente, pero no le daría el gusto.

—Bien, entonces creo le llevaré estas —dijo señalando unas bellas flores turquesa.

—Está bien —dijo Ino, tomando un manojo y llevándolas a la caja.

—Dame un jarrón pequeño —dijo Sakura, al otro lado de la caja.

—Tengo estos —replicó Ino, señalando una estantería.

La pelirrosa observó por unos instantes la variedad de jarroncitos en la estantería, casi todos muy bonitos, pero le llamó la atención uno en particular, largo y cuadrado, de color blanco, el cual eligió para comprar. Luego de que Ino hubo puesto las flores en el pequeño jarrón, lo sostuvo por unos instantes.

—Salúdame a tu hermano —dijo picara, entregándole el florero a Sakura—. Bésalo por mí ¿Quieres? —Sakura rio al instante.

—¿También coquetearas con mi hermano? —preguntó divertida.

—Es su culpa por ser tan guapo —replicó Ino—. Eso no puedes negarlo.

—Bueno… —se encogió de hombros Sakura—, pero ¿Qué no tienes novio?

—Si, pero…, eso no me impide tener algunas fantasías.

—Adiós Ino —rio Sakura.

Ino miró sonriente a Sakura, mientras cruzaba la tienda hacia la salida. Sin dudas, adoraba discutir con ella y, sobre todo, hacerla enojar.

—Lord Hokage —dijo, el anciano desde su asiento—, ¿Nos citó en privado para pedirnos que malgastemos dinero en una expedición alrededor de nuestros países?

—No, Lord Tsuchikage —replicó Minato, al otro lado de la mesa redonda— Los cité, para pedirles que lleven a cabo una expensa investigación en sus respectivos países, para poder encontrar a los responsables de acto terrorista en Tonika.

—La masacre ocurrió en su Pais, Lord Hokage —intervino el Raikage—, no en los nuestros.

—Es cierto —afirmó el Tsuchikage.

—Un grupo que es capaz de destruir toda una ciudad en una noche, y sin dejar rastro, no es algo que debamos tomar a la ligera —replicó Minato.

—Lord Hokage —intervino, nuevamente, el Raikage—, déjeme recordarle que una misión de ese tamaño, requiere de un presupuesto enorme, y de muchos hombres. Las defensas de nuestras aldeas se verían debilitadas, y ese es un riesgo muy grande, que no pienso correr.

—Ni yo —sentenció el anciano Tsuchikage.

—Lores Raikage y Tsuchikage —interrumpió Mei—. Nuestras aldeas, son cinco veces más grandes que Tonika, y 10 veces más fuertes. Creó, que una reducción en nuestras defensas, no conllevaría mayor peligro.

—Si esos supuestos terroristas, no representan un peligro para nosotros, entonces…, ¿para qué gastar valiosos recursos en capturarlos? —preguntó el Tsuchikage— ¿Por qué no dejarles la tarea a aldeas aleadas?

—Por qué las aldeas más pequeñas si pueden quedar vulnerables ante un ataque —replicó Gaara, al intervenir—, y porque sería más tardado, al no contar con tantos hombres. Los terroristas, seguramente se están haciendo más fuerte. Debemos detenerlos lo más pronto posible, antes de que representen una amenaza real.

—Convincentes palabras —dijo el Raikage—, pero lo que no me convencen, son los argumentos que nos presentan para creer que haya sido un grupo terrorista, del que jamás se ha escuchado.

—Es más fácil pensar que fue Orochimaru —interfirió el anciano—. Ha sido por años el mayor enemigo de la Hoja, y pensar que atacó a una de sus aldeas, no sueño tan descabellado.

—Orochimaru no pudo haberlo hecho —dijo Minato— no tiene hombres suficientes.

—¿Debo recordarle el ataque de Orochimaru a la Hoja, hace ya varios años? —se burló el Tsuchikage.

—Es un caso distinto —intervino Gaara—. Tenía a la Aldea del Sonido de su lado. —Y también a la Arena, si mal no recuerdo —interrumpió el Raikage.

—Y aun con todo eso, la Hoja no cayó —dijo la Mizukage, regalándole una sensual sonrisa a Minato.

—Nos estamos saliendo un poco del tema —dijo Minato—. Sé que Orochimaru no fue, porque él se encontraba al otro lado del país, cuando Tonika fue destruida.

—¿Cómo es que sabe la ubicación en la que se encontraba Orochimaru? —preguntó rápidamente el Tsuchikage—, hasta donde sé, esa información era desconocida para todos.

—Cierto —agregó el Raikage—, de hecho, me gustaría saber lo que les sucedió a los Shinobis en enterraron hoy, ¿Qué tipo de misión estaban cumpliendo?

—Esa es información confidencial —replicó Minato.

—¿Confidencial? ¿También lo es el por qué no nos informó sobre la situación de Orochimaru? Es el criminal más buscado en el mundo. Y él no informarnos es considerado un acto de hostilidad.

—¿Me está acusando de traición?

—No, pero si lo acuso poner en riesgo la paz mundial.

—Mucho cuidado con lo que dice.

—Deberíamos posponer esta sesión —interrumpió la Mizukage—, creo que, nos hemos desviado mucho del tema, y la conversación se ha tornado calurosa.

—Estoy de acuerdo —agregó Gaara—, Mañana, cuando hallamos calmado nuestras ansias, podríamos seguir.

—Me parece bien —dijo el Tsuchikage.

—Bien… —dijo Minato parándose—, se pospone la sesión. Gracias, por asistir.

Los cuatro Kages, con sus respectivos consejeros, comenzaron a abandonar la sala, no obstante, Minato se dejó caer nuevamente sobre la silla, observando cómo los demás salían por la gran puerta. Del otro lado de la espaciosa mesa redonda, se encontraba Mito, ordenando vario de sus documentos. Minato al darse cuenta de esto, se levantó rápidamente de su asiento, y caminó hacia la carmesí, quien estaba lista para irse, siendo la última de todos.

—Mito —la tomó del brazo.

—¿Qué quieres? —preguntó Mito, zafándose.

—Quiero disculparme —replicó Minato.

—Discúlpate entonces. Tengo cosas que hacer.

—No debía tratarte como lo hice anoche.

—No, no debiste.

—Lo siento.

—Me hiciste mucho daño ¿Lo sabías?

—No tenía idea.

—En serio me dolió la forma en la que rechazaste.

—No me dejaste opción, tú estabas… —¿Estaba qué? ¿intentando hacerte compañía? ¿intentando demostrarte mi amor? ¿por eso me echaste de tu despacho, de esa forma tan agresiva?

—Mejor… olvidemos lo que pasó ¿Quieres?

—Para ti es fácil decirlo.

—¿Qué es lo que quieres que haga?

—Nunca vuelvas a tratarme así ¿encendido?

—Está bien, pero no siguas intentando seducirme ¿de acuerdo?

—No te puedo prometer eso.

—Pero te acabo de prome… —Tú eres el que se está disculpando, no yo —dijo Mito victoriosa, marchándose en ese momento, dejando a Minato con las palabras en la boca.

El Namikaze no tenía idea de porque se disculpó con su difícil cuñada, simplemente actuó impulsivamente al verla de nuevo, quizás el recuerdo del dolido rostro de Mito, tan parecido al de su esposa, lo había hecho actuar. Minato reflexionaba sobre sus acciones, mientras camina por un largo pasillo, que llevaba a su oficina. En la lejanía pudo advertir a una pequeña fémina que se acercaba, inmediatamente reconoció a la chica, una sonrisa se formó en sus labios, al darse cuenta que se trataba de su pequeña, de su princesa.

—Hola Papá —saludó Sakura entusiasmada.

—Hola Cariño —Saludó Minato extrañado— ¿Cómo fue que entraste?

—Por Kami Papá. Nos conoce medio mundo. Todos saben quién soy.

—Cierto —replicó Minato recapacitando— tanto trabajo me ha hecho olvidar. Vamos a mi oficina —dijo, tomando a su hija del hombro.

Ya en la oficina, Minato tomo una silla y la sostuvo frente a su escritorio, para que la pequeña pelirrosa se sentará, luego se sentó en el escritorio, frente a ella.

—Bien…, ¿qué pasa, pequeña?

—No me llames pequeña —le reclamó Sakura con cierta molestia—. Tengo suficiente con ser la más bajita de la familia.

—No eres bajita Muñeca —replicó Minato compasivamente.

—Si lo soy —dijo Sakura denotando preocupación—. Apenas mido un metro sesenta y seis.

—¿Lo ves? No eres pequeña. La mayoría de las mujeres de las mujeres de la aldea miden los mismo. Eres… de estatura promedio.

—Quizás, pero tú y Mamá son muy altos, incluso el tarado de Naruto.

—No somos tan altos cariño.

—¡¿No?! Papá, tú mides como un metro ochenta y cinco, creo que más. Naruto, un metro ochenta y dos. Y mamá, un metro setenta y tres.

—De hecho, tu madre mide un metro setenta y cinco.

—¡¿Ves?! —exclamó Sakura dejando caer su espalda sobre la silla.

—Vamos peque… Sakura. No es tan malo como crees. Apenas tienes quince años. Seguramente crecerás mucho más.

—Eso espero —suspiró Sakura.

—Ya verás que si. —dijo Minato, regalándole una sonrisa a su hija— Bien… ¿Para que querías verme?

—Bueno… Yo… —Sakura se ruborizó ante la pregunta de su padre.

—¿Sucede algo? —preguntó el padre, con una expresión de curiosidad.

—Nada —respondió Sakura tímidamente— Es solo que… Bueno… Vengo de visitar a Kakashi-sensei en el hospital y… verás… no tengo nada que hacer y… como me la paso aburrida en la mansión, quise venir a verte.

El rostro de Minato se llenó de orgullo y ternura. Siempre pensó que, al llegar a la adolescencia, su princesa se olvidaría de él, o que lo vería como un viejo fastidioso, pero era todo lo contrario, y aunque ya no lo abrazaba, o lo besaba como antes, aquel amor de hija yacía intacto. Lo que daría por que su hijo Naruto fuera igual a ella.

—¿Puedo ayudarte? —pregunto entusiasmada la pelirrosa.

—¿Ayudarme?

—Si. Mamá me dijo que prometiste llegar a cenar. Puedo ayudarte con el papeleo o algo, así terminarás más rápido.

«¡Mierda!» exclamó Minato en sus adentro «¡Lo olvidé por completo!»

—¿Qué dices? —preguntó Sakura— El sol casi se esconde.

—Está bien pequeña —¡Que no me llames así!

—Lo siento, lo siento, Sakura. Puedes ayudarme con unos documentos —dijo Minato, dirigiéndose al otro lado del escritorio y sentándose en su habitual silla. Sakura, por su lado, tomó su silla y se sentó a la par de su padre.

—Bien… ¿Qué hago? —preguntó curiosa, viendo las pilas de documentos, en el escritorio de su padre.

Minato comenzó a explicarle cuidadosamente lo que debía hacer y como lo debía de hacer, se sentía feliz de tener a su princesa a su lado, ayudándolo con sus responsabilidades. En aquel momento, aquella desolada oficina, había cobrado algo de vida. No importaba si no hablaban por largos periodos de tiempo, Minato revisando presupuestos, formularios, y distintos folios, Sakura sellando y organizando múltiples documentos de manera sorprendente, no se advertía incomodidad alguna. Solo mediaban palabra cuando la pequeña ojijade tenía alguna duda, o cuando el rubio le imponía una nueva tarea, pero en lugar de formar tensión, aquel trabajo en equipo parecía ser la mejor forma de conectarse, y quizás, la mejor convivencia padre e hija que Minato había tenido en mucho tiempo.

En la mansión Namikaze, el azul degradado del cielo, despintaban los colores de la mansión y el jardín, opacándolas con los tristes contrastes del atardecer. Oscuridad y melancolía, eran transmitidas desde los altos arboles del bosque, que actuaba de paisaje, frente al espacioso balcón, en donde se encontraba Naruto, ejercitándose, acompañado del canto del grillo y el búho. Había perdido la cuenta de la cantidad de flexiones que había ejecutado con su mano derecha, de nuevo, aquella insoportable quietud de la mansión, invadía sus sentidos, y lo invitaban a volverse loco.

Un grito cargado de furia, recorrió los pasillos cercanos a la habitación del muchacho. Naruto, de pie, intentó calmar su extraño enfado. Atravesó la puerta de vidrio que, conectada el balcón con la espaciosa habitación, y ahí, en la oscuridad de su dormitorio, comenzó a despojarse de sus sudadas prendas.

—¡Joven Naruto! —irrumpió la voz de una fémina en la habitación, denotaba angustia en su rostro, angustia que cambió a sorpresa, y luego a vergüenza, al ver el cuerpo desnudo y sudado de Naruto.

—Mierda — dijo Naruto, cubriéndose la entrepierna con sus manos.

—¡Lo siento! —exclamó muchacha, saliendo instantáneamente del dormitorio.

Al encontrarse de nuevo solo, Naruto se ató rápidamente una toalla en la cintura, quizo cubrirse el torso, pero por alguna extraña razón, pensó que con la toalla era suficiente.

—Pasa —dijo

La puerta de la habitación comenzó lentamente a correrse, y el rostro de Shizune se introdujo sigilosamente por la puerta.

—Vamos Shizune —dijo Naruto, invitándola—, entra.

—Lo siento —dijo Shizune apenada—. Escuche un grito y me preocupe.

—Yo lo siento —replicó el ojijade, acercándose a la pelinegra, provocándole nuevamente el sonrojo en sus mejillas—. Solo quería desahogarme un poco.

—¿Desahogarse?

—Si. La quietud de este lugar, puede llegar a ser desesperante.

—Lo sé

El rubio notó el rubor en las mejillas de Shizune, y el esfuerzo que hacía por no verle el torso, en especial, la entrepierna tapada por la toalla blanca, eso en cierta forma lo éxito «¡Deja de pensar estupideces!», se reclamó a si mismo, tratando de evitar que su excitación se hiciera mismo estaba confundido, jamás había sentido atracción por Shizune, siempre la consideró hermosa, pero jamás lo había invadido una atracción carnal hacia ella, como ahora. ¿En que clase de pervertido se estaba convirtiendo?

—Bueno…, estaré cerca por si me necesita —dijo Shizune, intentando escapar.

—¡Espera! —exclamó Naruto, tomándola del brazo «Déjala ir, no hagas tonterías»

—¿Sí? —respondió Shizune muy nerviosa.

Ambos quedaron estáticos ante la mirada del otro. La vergüenza de Shizune se había convertido en miedo, por muy irreverente y atrevido que fuera Naruto, jamás dejaba que ella lo viera sin camiseta, y mucho menos la trataba de esa forma tan rara. Al había cambiado en él, lo podía ver en sus ojos perdidos, y en la fuerza de su respiración.

«¡¿Qué carajo está haciendo idiota?!» gritaba la razón en la mente de Naruto «¡Sueltala!» Clamaba. Un tipo de fuerza depravada y de origen totalmente desconocido, actuaba en el cuerpo de Naruto, lo controlaba. Un fuerte cosquilleo perturbó su pecho, acelerando su corazón, y enviando pulsaciones peligrosas a su pasión, haciendo lo crecer inmediatamente.

El miedo, y los ojos de la pelinegra, crecieron, al instante que advirtió el intimidante abultamiento bajo la toalla del rubio, el cual se encontraba cada vez más prominente. Hizó un leve esfuerzo por zafarse del agarre de Naruto, pero la mano de este la tenía bien sujetada.

—¿Joven Naruto? —dijo tímidamente, viéndolo a los ojos, suplicándole con la mirada. Luchando por no ver aquel monstruo.

—Shizune… Yo… —Naruto se la comía con la mirada, Shizune se sentía desnuda e impotente. La altura del ojijade le impedían luchar, y los músculos de este, la invitan a probar— Yo…, te necesito ahora —dijo Naruto atrayéndola a él, y enrojeciéndola por completo ¡Era ridículo! ¡Le tenía miedo a un niño! Peor aún ¡Le tenía miedo a Naruto!

La toalla no pudo más con la presión que le era ejercida, rindiéndose finalmente. Un sobre salto, seguido de un gemido ahogado, fueron las reacciones de la aterrada pelinegra, quien con su mano libre tapaba su boca enmudecida. Veía aterrada la gran virilidad del chico, la cual se agitó al verse liberada.

Naruto ni siquiera se inmutó al verse totalmente expuesto ante la mujer de veinticinco años. El espanto reflejado en los bellos ojos de la ojinegra al ver la condición en la que se encontraba, le llenaban de morbo. Había perdido la capacidad para pensar, de razonar, era como un zorro en celo, desesperado por saciar su sed de carne.

Atrayendo fuertemente a la pelinegra, Naruto la tomó por la cintura, pegándose a su cuerpo, arrancándole un chillido a Shizune, quien enrojeció más de lo que podía, al sentir la erección del rubio, atrapada entre ambos cuerpos. Levantó su mirada, encontrándose en lo alto, a los ojos hambrientos Naruto, sintiendo su respiración en la frente. Estaba atrapada entre los fuertes y sudorosos brazos del ojiazul, podía sentir lo pegajoso de sus pectorales con la palma de las manos, suaves, pero a la vez firmes.

«¡Detente!» vociferaba la casi inexistente conciencia de Naruto, pero no podía detenerse, la lujuria había ganado, está dominando en ese instante, ¿para qué parar?, si se sentía tan bien, su cuerpo se sentía bien, el cuerpo de Shizune se sentía terriblemente bien. ceder ante la carne, era lo mejor que podía hacer en esos momentos de necesidad, de soledad, era lo que desea haber.

—Joven Narut… —las palabras de su boca fueron selladas por los carnosos labios de Naruto, su corazón se detuvo al igual que su respiración, sus ojos se abrieron cómo nunca antes, y sus mejillas ardieron. Los cálidos labios de aquel niño la paralizaron, dominando sus sentidos, pero no su mente. Una dura batalla inició, entre la libidinosa lengua del Namikaze, y el muro de dientes dentro de los labios de Shizune, quienes se veían tentados a comerse la boca del rubio. ¡No!, ¡eso no sucedería! ¡Si Naruto llegara a atravesar la barrera, era el final! Naruto por su parte, se excitaba al sentir como su lengua se bañaba entre la saliva de la mujer, y rosaba sus lisos y duros dientes, sin embargo, eso no evitaba que se sintiera desesperado, e intentara tomarla por otros medios.

Las desesperadas manos del rubios hicieron un pequeño recorrido desde la espalda baja hasta el trasero de Shizune, sobresaltándola, sacándole un gemido de placer, que fue devorado por Naruto, quien aprovecho al instante para introducir su lengua a través de los dientes de la sobresaltada pelinegra. Todo se había acabado, el escudo había sido atravesado, la lengua de Shizune se encontraba vulnerable. Naruto profano cada centímetro de la boca de Shizune, lleno su interior con su saliva y su sabor.

«¡No!», clamaba el sentido de la razón, ahora de Shizune «¡Es el hijo de Lady Kushina! ¡Es tu amigo!»

La lengua de Shizune actuó por si sola, abrazando con desesperación la de Naruto, saboreándola por completo, tomó la cabeza del ojiazul y, acariciando por un momento sus dorados cabellos, lo atrajo más hacia ella. Ambos abrieron más sus bocas, profundizando el beso, desatando sonidos indecentes en cada movimiento, sus lenguas chocaban bruscamente, sus cuerpos se friccionaban de manera involuntaria. Shizune sentía el éxtasis en su abdomen, en donde se restregaba la gran pasión de Naruto. Comenzaba a sentirse bien, terriblemente bien, las manos de Naruto masajeando sus nalgas, sus labios devorándola por completo, su verga sacudiéndose contra ella ¡No!, ¡¿Cómo podía disfrutar eso?! El sentimiento de culpabilidad llegó cómo una ventisca helada que azotó su espalda ¡¿Qué demonios estaba haciendo?! Se trataba de Naruto, el chico a quien quería como a su hermano, ¿o sentía algo más por él? ¿había en su alma, algún sentimiento oculto que su moral y su vergüenza no dejaban florecer? ¿Algo que siempre la atormentó por dentro? Ahora lo tenía frente a ella, o más bien, unido a ella, completamente erecto, desnudo y entregado, tocándola, deseándola, lo que en mucho tiempo no le había pasado ¿Debía acaso liberar aquellas emociones? ¿comprobar sus sentimientos en ese preciso momento? Después de todo, aquello no era tan malo ¿o si? Ella solo era una sirvienta, aquello solo era un servicio más. Los Namikase se habían portado maravillosamente bien con ella, dándole un lugar en su mansión ¡Qué mejor forma de agradecerles que complaciendo a su hijo! Conociendo a la tímida exnovia de Naruto, seguramente nunca lo hicieron ¿Quién mejor para introducir a Naruto en este delicioso mundo que la mujer que más se preocupa de los Namikaze? ¡¿Pero qué clase de excusas baratas eran esas?! ¡Estaba mal, muy mal!

Naruto abandono los lubricados labios de Shizune para concentrarse en su cuello, comenzó a arrancar gemidos de la boca de la pelinegra, saboreando con su lengua, cada centímetro del cuello de la prendida mujer. Masajeaba sus pechos por encima del Kimono, provocándole calor en la punta de los erguidos pezones, mientras el vaivén de cuerpos continuaba.

Un impulso movió a Shizune a separarse bruscamente del extasiado Naruto, no sabía que era, probablemente la culpabilidad, en su último aliento, le había abofeteado el cerebro, misma acción que ella repitió con Naruto, pero en la mejilla, dejándolo anonadado por unos segundos.

Shizune arreglaba su arrugado Kimono negro, contemplando a Naruto mostrar la primera señal de conciencia, una lagrima, que salía de sus ojos, mismos que, poco a poco, volvían a recobrar la razón.

—Naruto —Llamó Shizune con inseguridad.

El dolor apareció rápidamente en la cara de Naruto, quien se desmorono en lágrimas frente a la asustada pelinegra.

—Lo… Lo sien… Lo siento —dijo Naruto con dificuldad, entrando en pánico, retrocediendo rápidamente y tropezándose con sus propios pies.

Shizuna observaba con terror, como el chico que casi le hacia el amor, ahora se retorcía en el piso, luchando por respirar. Sin pensarlo dos veces, acudió a ayudarlo. Con dificultad, lo levantó y lo sentó en la cama.

—Naruto —dijo preocupada, arrodillándose frente a él—. Mi amor, escúchame —tomándolo de las mejillas con ambas manos—. Estoy aquí. Intenta calmarte ¿sí? No entres en pánico. No tienes la culpa de esto ¿entiendes?

Naruto la veía alarmado, llorando, respirar se le hacía cada vez más difícil. Su corazón latía a mil y su miedo crecía cada vez más.

—Vamos pequeño. Inhala y exhala, inhala y exhala —decia Shizune, moviendo sus manos de arriba a abajo, guiando a Naruto, quien intentaba inútilmente seguirla.

Shizune también entró en pánico cuando vio que sus intentos por calmarlo no daban resultado, y que, además, su Naruto comenzaba a convulsionar. —¡Por favor Naruto calmate! —suplicó llorando— ¡Me estás asustando! —clamaba desesperada, sosteniéndole el rostro con las manos— ¡Mi amor, te lo suplico!

En un intento desesperado, Shizune besó apasionadamente a Naruto, para luego abrazarlo con todas sus fuerzas. —Tranquilo —murmuro suplicando— Estoy aquí para ti

Los temblores en el cuerpo de Naruto comenzaron a disminuir de a poco. Su respiración se normalizo y su corazón regresó a sus latidos normales. Shizune se separó lentamente del muchacho, quien la veía desconcertado. La pelinegra limpió sus lágrimas y luego las de él, regalándole una sonrisa esperanzadora y abrazándolo fuertemente, desahogándose en su hombro, por su parte, Naruto, abrazaba a una Shizune que lloraba de alegría, y lo abrazaba como si no hubiera un mañana. Se mantuvieron abrazados por unos instantes, sin hablarse, sin verse, en la oscuridad de la noche.

Cuando Shizune logró calmarse, se apartó lentamente de Naruto, quien la veía con una expresión desorientada.

—Me asustaste —dijo la pelinegra, secando sus lágrimas.

—Perdóname —dijo Naruto, totalmente perdido.

—No —replicó Shizune—, fue mi culpa.

Naruto se paró repentinamente, al igual que Shizune, tomó la toalla tirada en el suelo, y corriendo la puerta del cuartó de baño, ingresó en silencio, cerrando la puerta detrás de si.

Shizune advirtió, por medio del vidrio esmerilado de la puerta, como el rubio prendió la luz del baño y se movía a través de él. La preocupación en su ser no se desvanecía, tenía un nudo en la garganta, cada vez más grande. ¿Qué pasaría ahora? ¿Debía dejarlo solo? ¿Cómo afectaría esto a su relación? Estas interrogantes eran poco, comparado con el miedo de ser descubierta, de que Naruto dijera algo. Por el momento, lo único que podían hacer ambos era, asimilar las cosas por separado.

Al escuchar, desde el baño, que la puerta de su habitación se cerraba, Naruto cedió al lamento de sus acciones, dejándose caer al frio del suelo, desconsolado.

—¡Lo siento! ¡Lo siento tanto! —clamaba mientras masticaba— ¡No quiero hacerlo!

Karin observaba con cierto temor, a la chica de la celda a su izquierda, que lloraba desconsoladamente mientras comía de un plato. Ella, también intentaba comer, del plato que, para su sorpresa, está muy apetecible, pero los gritos angustiantes de la chica pálida no dejaban que disfrutara de su comida. Había consumido la mitad de su plato, cuando volteó a ver a Tayuya, tendida en la sucia colcha y completamente inmóvil.

—¡Hey! —susurró con algo de fuerza— ¡Hey!

La aparente moribunda, se levantó pesadamente, recostando su espalda contra la pared, girando su cansada vista hacia Karin.

—Toma —le dijo Karin, levantando su plato con ambas manos, haciendo que los ojos de la débil muchacha, se iluminaran.

Tayuya se acercó lentamente a los barrotes decidían las celdas, y pasando la mano a través de ellos, tomó un manojo de arroz y comenzó a comer de su mano.

—Aquí hay más —dijo, colocando el plato en el suelo, cerca de la carmesí.

—Gracias —dijo Tayuya, sorprendiendo a Karin.

—De nada —respondió esta.

—¡Lo siento tanto! ¡No me los quiero comer! —Se lamentaba la pálida.

—¿Qué diablos le pasa? —preguntó Karin a la nada.

—Cree que son enanitos —replicó Tayuya, inesperadamente—…, o algo así.

—Pobre

—Hay días en los que no come por eso —dijo Tayuya, tomando otro manojo de arroz—, pero días como hoy, en los que no aguanta el hambre, se vuelve insoportable al comer.

—Antes me dijiste que no siempre fue así.

—Era mi única amiga aquí, me dijo su nombre el primer día que llegó, ya no lo recuerdo.

—Espera… ¿Hace cuánto que estás aquí?

—Unos 4 años, quizás más. Para mí ha sido una eternidad.

—¿y ella?

—Poco menos de un año. Era hermosa y gentil, siempre trataba de ser positiva, de hacerme reír. Creo que lo hacía para no perder la cordura.

—¿Qué le pasó?

—Cuando llegó aquí, hermosa y esbelta, la convirtieron en su pequeña mina de oro, hombres venían todos los días, la violaban tantas veces al día, era horrible. Fueron meses de eterna tortura, no sé cómo podía sonreírme después de todo eso. Hace poco más de dos meses, dejó de comer, ya no lo soportaba, ni yo sé cómo soportó tanto tiempo así, adelgazó, perdió su belleza, solo así la dejaron en paz…, pero la falta de comida comenzó a provocarle alucinaciones, la volvió paranoica, enloqueció.

—Lo siento amiguitos… —decía la pálida, lamentándose en posición fetal contra la pared, observada por Karin ¿Acaso era ese el destino que le aguardaba a ella también?

—¿por qué la trajeron aquí? —preguntó Karin.

—Era novia del líder de un grupo opositor, o algo parecido —respondió Tayuya—. Al igual que tú, y yo, pasó por las manos de Ibiki.

—¿Él sabe lo que sucede en este lugar?

—No lo creo, puede ser que si, pero no le importa.

—¿Cómo es que has mantenido la cordura?

—No tengo idea, los primeros meses fueron un infierno para mí, así que hice lo mismo que ella, dejé de comer, pero no llegué extremos. Cuando te ven flaca, con los senos caídos, y sin trasero, entonces ya no te usan tanto. No puedo decir que ahora estoy mejor, pero…, al menos ahora, ya no me violan tan seguido.

—Están enfermos —dijo Karin angustiada—. Necesito salir de aquí.

—No podrás salir.

—¿Cómo lo sabes?

—¿Crees que en cuatro años no he intentado escapar?

—Debe haber una forma. Con nuestras habilidades ninja podemos… —Si tuviera mis habilidades, hubiera asesinado a estos cabrones y escapado hace mucho tiempo.

—¿De qué hablas?

—Mira —dijo Tayuya, mientras se levantaba el camisón y le mostraba su esquelética espalda a Karin, dejándola boquiabierta.

—¿Qué demonios es eso? —pregunto aterrada la Uzumaki.

—¿Qué más puede ser? —replicó Tayuya tapándose nuevamente— Un sello. Tú también lo tienes. Anula nuestra habilidad para para controlar y usar nuestro Chakra.

—Esto es una maldita pesadilla —dijo Karin asustada.

—Y se pone peor —replicó Tayuya—. Este lugar, está bajo tierra.

—¡¿Bajo tierra?!

—Si, era la prisión de Raíz, una clase de organización secreta de la Hoja. Pero cuando el líder, Danzo, murió, el Hokage mandó a cerrar las instalaciones subterráneas, excepto, esta prisión. Yo fui capturada cuando la organización aún seguía activa, me trataban como basura, pero al menos no me violaban.

—Ahora lo recuerdo. Sasuke fue quien asesino a Danzo, cuando a atacó a los cinco Kages.

—¿Sasuke Uchiha?

—Si.

—¿Eres aliada del maldito Sasuke Uchicha?

—Bueno…, realmente soy su… novia.

—Vaya mierda de coincidencia.

—¿Lo conociste? ¿Tuviste algo con él?

—No, no tuve algo con él, pero fui capturada al tratar de protegerlo.

—Lo siento mucho.

—No lo sientas, no fue tu culpa, fue la de él. Si algún día viene a sacarte de este lugar, le daré una patada en los testículos —dijo Tayuya, dándose la vuelta y dejándose caer sobre la polvorienta colcha—. Gracias por la comida.

—Bienvenido a su mansión, Lord Hokage —saludó Shizune al otro extremo del Genkan con una reverencia— también usted, Lady Sakura.

—Gracias Shizune —dijo Minato sonriente, quitándose el calzado—, pero sabes que no tienes que ser tan formal conmigo.

—Ni conmigo —dijo Sakura.

—Lo siento —replicó Shizune— es la costumbre.

—Minato —apareció Kushina sonriente.

—Lo prometido es deuda mi amor —dijo Minato avanzando hacia su esposa.

—Gracias por cumplir —replicó Kushina, abrazando a su esposo por el cuello y regalándole un apasionado beso. Sakura quitó la mirada con recelo.

—Estaba comenzando a preocuparme por ti, hija —dijo Kushina viendo a Sakura.

—Estuvo en mi oficina —intervino Minato—, me ayudó a terminar más rápido.

—¿ha sí?

—Es muy buena con los números, y muy ordenada.

—De seguro. La cena está lista.

—Perfecto, estoy hambriento.

La familia se dirigió al gran comedor, con la hermosa vista a los jardines, asearon sus manos y tomaron asiento. Minato se sentó en un extremo de la mesa, teniendo a su hija, Sakura, a la izquierda, y a su esposa, Kushina, a la derecha.

—¿Y Naruto? —preguntó Minato, buscándolo con su mirada. Shizune sintió un nudo subiendo por su garganta.

—Seguramente está en su dormitorio —dijo Kushina levantándose.

—Yo lo llamaré por usted, Lady Kushina —se interpuso Shizune.

—No hace falta Shizune —replicó Kushina tratando de seguir su camino.

—Deja que vaya Shizune —interrumpió Minato, quédate conmigo.

—No —insistió Kushina sonriente—, yo iré —prosiguiendo su camino.

—No tardes Amor.

—No lo haré.

La carmesí abandonó el comedor, cruzo varias salas antes de encontrarse con las espaciosas escaleras que la llevarían al segundo nivel. Atravesaba los pasillos, perdida en sus pensamientos. Por fin, después de tanto tiempo, volvieran a cenar como una verdadera familia, esa noche su dormitorio se bañaría en la pasión matrimonial, volvería a sentir el tacto de su amado esposo, llegarían juntos al clímax. Todas aquellas sensaciones inapropiadas, que eran dirigidas hacia su hijo, desaparecerían por completo. Se liberaría de aquella desesperación después de todo.

Al llegar al dormitorio, dio tres toques simultáneos a la puerta. No recibió respuesta del interior. Volvió a tocar nuevamente, y otra vez, no hubo respuesta.

—Naruto —Llamó con dulzura—. Soy yo, tu madre.

La molestia se tatuó en el rostro templado de la mujer. Naruto siempre abría a la primera.

—¿Estás ahí Cariño? —llamó con más fuerza— Abre la puerta —tocó de nuevo— ¿Me estás ignorando jovencito?

Harta, corrió la puerta. Para su sorpresa, la habitación se encontraba desolada, el desconcierto llegó a su rostro ¿A dónde había ido su hijo? Ingresó en la habitación lentamente.

—Naruto —llamó, buscándolo con la mirada—. Querido ¿Estás aquí?

Advirtió el sonido estático de agua cayendo, que provenía del cuarto de baño. Se acercó lentamente a la puerta, pegando su oreja a la misma.

—Hijo —llamó, golpeando el cristal— ¿Me escuchas?

Al no obtener, nuevamente, una respuesta de parte de Naruto, comenzó a abrir la puerta con sigilo. Su corazón se aceleró levemente, temía sorprender a su hijo como vino al mundo. Pero también tenía curiosidad de ver los cambios corporales que había sufrido.

Sus ojos se abrieron en gran manera. Su corazón se detuvo. Su rostro palideció, y un horrible escalofrió recorrió desde sus pies, hasta su cabeza, al ver el cuerpo desnudo de su hijo, tendido en medio del cuarto, con la ducha de mano, encendida, sobre su pecho.

—¡Naruto! —gritó aterrada, aproximándose al cuerpo de su hijo, y haciendo lo posible por levantarlo— ¡Ayuda! ¡Minato! —la carmesí rodeó su cuello con el brazo de Naruto y cargándolo con dificultad, lo llevó hasta la cama. Kushina se introdujo al vestidor y tomó un fajo de toallas. Cubrió el cuerpo de Naruto, colocó su dorada cabeza en su regazo y comenzó a secarla con una toalla blanca.

—Mi amor, despierta por favor —murmuraba entrando en pánico— Mamá está aquí bebe —miraba el rostro exánime del muchacho, temblaba y sollozaba, a medida que pensaba en lo peor.

—¡Kushina! —clamó Minato con preocupación, irrumpiendo en la habitación, seguido de su hija. Ambos quedaron anonadados al ver la alarmante imagen frente a ellos.

—¡Naruto! —gritó Sakura, acertándose al cuerpo de su hermano.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Minato acercándose, intentando conservar la poca calma que le quedaba

—¡No lo sé! —profirió Kushina alarmada— ¡Lo encontré inconsciente en la bañera!

Minato quedó perplejo ante la mirada aterrada de su esposa, su rostro calmado y puro estaba completamente roto, y peor aún, su hijo, estaba, aparentemente, muerto.

—¡Ayúdame Sakura! —mandó Kushina, quitando la toalla que cubría el torso de Naruto.

Inmediatamente, palpó el centro del torso tonificado de su hijo, aplicando Chakra en él. Sakura imitó a su madre, pero, aplicando en el abdomen.

—Mi amor despierta —suplicaba Kushina entre sollozos, acariciando la mejilla de su pequeño—, no me dejes bebe.

—Vamos Hijo —dijo Minato, tomando la fría mano de Naruto con ambas manos—, vuelve a nosotros.

—¡Está despertando! —exclamó Sakura esperanzada al advertir los leves gemidos que escapaban de la boca del rubio.

Poco a poco, los parpados comenzaron a separarse, dejando a Kushina ver nuevamente el brillo del profundo azul del mar, en los ojos de su hijo.

Debil y desorientado, Naruto observó con pesadez a su alrededor, no sabía dónde estaba ni lo que estaba pasando, sentía que su cerebro palpitaba, y su distorsionada vista apenas lo dejaba ver los rostros borrosos de lo que parecían ser sus familiares, le intentaban decir algo, no sabía que, veía sus bocas moverse, pero sus oídos no podían procesar las palabras con claridad. Rindiéndose ante el dolor en su frente, dejó caer su cabeza, en el surco formado por dos acogedoras piernas, dejando su, aun distorsionada, vista hacia arriba. Gotas cayeron en su frente, resbalándose hacia los lados de su cabeza, dirigió su vista hacia arriba, su visión comenzó a mejor, la imagen ante él, a tomar forma. Dos hermosas hoyas lo veían con alegría, sudando lágrimas —Hijo—, escuchó. Era la voz de su madre, él, estaba en su regazó, ella, lo acariciaba con ternura.

Los ojos de Naruto se quebraron en lágrimas, su boca dejó escapar gemidos tristes, la incertidumbre dio lugar al llanto.

—Tranquilo mi amor —dijo Kushina entre llanto, levantando la cabeza de su hijo cuidadosamente y colocándola en su seno— Aquí estoy Corazón. —Abrazando su cabeza y acariciando su espalda.

Naruto no paraba de llorar, totalmente desconsolado y miserable, su llanto era silenciado por los senos de su madre, y sus lágrimas se perdían en medio de ellos. Por primera vez, en mucho tiempo, la abrazó con todas sus fuerzas, sin importar que estuviera desnudo encima de ella. Kushina atraía a su pequeño cada vez más hacia su pecho, intentado consolarlo, diciéndole dulces palabras que no le había dirigido desde hace mucho tiempo. Naruto jalaba con fuerza las mangas del Kimono de la carmesí, como intentando desahogarse por medio de la fuerza, desnudándole ambos hombros, y dejando semi desnudos sus senos, cosa que no le importó a nadie, al ver como el rubio, el alegre Naruto, se torcía desconsolado en los brazos de Kushina.

Madre, Padre y Hermana, se veían unos a otros, confundidos, impotentes y angustiados.

Continuará…