En el capítulo anterior...
–Se trata de una misión de infiltración –Shizune le pasó una carpeta con los detalles de la misión y la fue explicando mientras Sakura observaba los documentos y las fotos–; como sabrás, los Uchiha controlan las misiones de los anbus...
–Pensaba que los anbus trabajaban directamente para Tsunade-sama –comentó, frunciendo el ceño, mientras miraba de reojo a los dos anbus que las acompañaban.
–Los anbus sólo aceptan las órdenes de Tsunade-sama, así que por eso se dice que trabajan directamente para ella, pero el clan Uchiha ofrecen sus establecimientos para el entrenamiento de los anbus y controlan el desarrollo de las misiones, siempre informando a Tsunade-sama de cada suceso, por supuesto.
–Déjame adivinarlo –pidió Sakura–, sospechan que el clan Uchiha esté utilizando a los anbus para misiones secretas de beneficio propio.
–¿Cuál es mi papel en esto? –preguntó finalmente Sakura.
La otra mujer titubeó un poco antes de contestar:
–Hace dos meses que Tsunade mandó a un representante para estar al tanto de todo lo que ocurría con los anbus y desde entonces hay un control más exhaustivo. Pero el Consejo siguió presionando y quieren meter a un espía para que descubra lo que sea que esté ocurriendo, en el caso de que ocurra algo.
–Y yo soy ese espía –finalizó Sakura, tomando una foto de la carpeta–, ¿quién es?
–Uchiha Itachi, es el actual patriarca del clan.
La verdad sobre el caso Namikaze.
...Y de polis que fingen, dirigen el crimen,
percibes declive allí donde mires,
el líder prohíbe que vibres, respires,
lucha sobre esto, tú decides...
Capítulo 2: Trabajar con la familia.
Su nuevo piso era bastante espacioso aunque contaba con un único dormitorio. El salón y la cocina estaban comunicados, el baño era amplio y la terraza daba vistas a un gran parque en el que Sakura recordaba haber jugado alguna vez de pequeña. El diseño del inmobiliario no era de su gusto, pero no iba a quejarse por algo como aquello. El suelo era de losas frías y se ensuciaba con facilidad. El suelo era de losas frías y se ensuciaba con facilidad, pero Sakura no tenía que limpiar porque de eso se encargaba una limpiadora dos veces por semana, aunque fuese un gasto excesivo. Tampoco le dejaban hacer la compra; se la traían a casa por catálogo. Y por encima de todo, Sakura no podía salir a la calle sin el disfraz de Koizumi Natsuki, es decir, la peluca de rizos castaños y las lentillas de color marrón. Su cabello rosado y sus ojos verdes eran muy cantosos y de fácil reconocimiento, por lo que era demasiado arriesgado.
En las horas que tuvo antes de la entrevista de trabajo, Sakura había estado practicando algunas poses y gestos que podrían caracterizar a Koizumi Natsuki, como era el apartarse el pelo de la cara o mojarse los labios con frecuencia. Practicó también una forma de andar característica y en el armario de la habitación se encontró con un estilo selecto a la hora de vestir que no coincidía con el de Sakura. La mayor parte de la ropa que había eran trajes elegantes de chaqueta que usaría diariamente para el trabajo, joyas y complementos con los que ir a juego, y una colección de zapatos de tacones que, si bien no le molestaba usarlos, tampoco es que le entusiasmasen precisamente. En la cómoda había un kit de maquillaje de una marca eficaz y una cabeza de maniquí sobre la que dejar la peluca para que no se estropease.
Ya había hecho antes otros trabajos de infiltración pero siempre habían sido cortos y en grupo, además, nunca antes había tenido que disfrazarse, así que sólo esperaba que no se le cayese la peluca en ningún momento. Shizune le había enseñado a colocarse y quitarse las lentillas de colores, las cuales eran bastante molestas. Sakura había pensado pintarse un lunar en la cara pero podía ser que no todos los días se lo pintase en el mismo lugar, por lo que desechó la idea. El historial de Koizumi Natsuki decía que era originaria de Sunagakure y Sakura había pasado allí los últimos seis meses, así que el acento lo tenía, si bien no tan marcado como un ciudadano propio, pero menos era nada.
Se sentía emocionada por empezar la nueva misión después de todo el tiempo que había estado inactiva. También quería ver a sus amigos de Konoha, pero por el bien de la misión era mejor que ninguno supiese que había regresado, tal y como le había dicho Shizune. Ella estaba de acuerdo con ello.
Esa noche se recogió el pelo y se puso un gorro que encontró en el armario lleno de ropa. Se vistió con un chándal y dio una vuelta por las calles de su ciudad. Llevaba puesta también las lentillas marrones, así que era difícil que alguien la reconociese.
Al día siguiente tomó un taxi para ir a la comisaría de policía que dirigía el clan Uchiha.
En mi nuevo apartamento había un portátil con acceso a Internet que me vino de perlas. Me pasé toda la noche buscando información sobre Uchiha Itachi y los Uchiha en general, pero no encontré mucho más de lo que ya sabía. Cuanto más leía sobre ese hombre más claro me quedaba algo: teníamos muchas cosas en común.
Estaba impaciente por conocerle y descubrir si la mitad de los rumores que pululaban sobre él eran verdad.
El taxi paró ante la indicación de Sakura. El taxista, que no había parado de mirar a la despampanante mujer por el retrovisor, se impresionó por el billete recibido como pago por el transporte.
–Quédese el cambio y... me haría un gran favor si viniese a recogerme a última hora de la tarde.
El hombre, entrado en los cuarenta, con barba canosa, barriga y papada, ropas descuidadas y mirada cansada, le agradeció la buena propina recibida y le aseguró que vendría a recogerla. El hombre no dejó de contemplar sus andares firmes y el movimiento hipnótico de sus caderas al andar. Arrancó el taxi con una sonrisa renovada por la mañana tan afortunada que llevaba.
Todos los policías que habían en ese momento en comisaría se giraron a mirarla, pues era inevitable ignorar su belleza, pero ella sí que ignoraba todas las miradas y todos los comentarios que formaron su sola presencia. Su imagen resaltaba en un lugar en el que todo el mundo vestía con el mismo uniforme. Sakura vestía con un traje de chaqueta y falda azulón, con unos tacones negros a juego con el bolso. Los cabellos castaños de la peluca los llevaba recogidos en un moño perfecto. Su rostro estaba muy bien maquillado y las gafas de sol le daban un aire de modelo de revista.
–Disculpe, ¿puedo ayudarla en algo?
Un hombre de mediana edad y vestido con el uniforme de la policía acudió a recibirla.
–Estoy buscando al señor Uchiha Itachi, tengo una entrevista de trabaj... –habló con el acento característico de Sunagakure, que para su sorpresa le había salido muy bien. No pudo terminar la frase porque fue interrumpida.
–¡Ah sí, la nueva secretaria! –el hombre la miró de arriba a bajo sin ocultar el agrado que le provocaba su visión.
–Ya me ocupo yo Shiro, vuelve al trabajo –dijo otro hombre, que vestía con un traje en lugar del uniforme de policía–. Soy el inspector Uchiha Shunsui para servirla –y le tendió la mano. Shiro le miró mal pero obedeció sin decir palabra. Sakura se quitó las gafas de sol entonces.
–Koizumi Natsuki –estrechó la mano del hombre–, tengo una entrevista de trabajo con...
–Con Itachi, lo sé, pero él nunca está por aquí –Sakura se preguntó si era una manía de todos los Uchiha el cortarla a media frase–; aquí sólo estamos los polis. Sígame por favor, la llevaré ante él.
Sakura observó con disimulo a Shunsui. Era un hombre entre los veinticinco y treinta años, de cabellos y ojos negros, como todos los Uchiha por lo que había comprobado hasta ahora. Tenía el pelo repeinado y una sonrisa picaresca. Tenía confianza al hablar y parecía ser todo un galán. Era el tipo de hombre que Sakura sabía meterse en el bolsillo con facilidad.
Todo el barrio pertenecía a los Uchiha, por lo que llevaba el nombre de la familia. Las calles y los edificios estaban decorados con el símbolo característico: el paipay rojo y blanco, que además, iba cosido en los uniformes de la policía. De ese modo era muy fácil distinguir quien era del clan y quien no, porque no todos los componentes de la policía eran Uchiha.
En el solar por el que estaban, conectados por paseos a través de unos jardines, había tres edificios que sobresalían: la comisaría, el centro de entrenamiento de los anbus y un último edificio que tenía toda la pinta de ser oficinas. A éste último era a donde se dirigían.
Durante todo el camino no pararon de hablar, porque Shunsui era un hombre muy abierto y expresivo y Sakura sabía cómo manejar a este tipo de hombres.
–Y el señor Itachi, ¿es cómo dicen? –cambió la dirección de la conversación Sakura, fingiendo delicadeza y dulzura.
Shunsui sonrió.
–Bueno, depende de cómo digan que es.
–Quiero decir –se explicó Sakura–, dicen que es muy serio y callado, y que bueno... da un poco de miedo.
Ahora no sólo sonrió, sino que soltó una carcajada.
–No te preocupes Natsuki-chan –le había cogido mucha confianza en muy poco tiempo, pero Sakura ya se lo esperaba–, Itachi no daría miedo ni a un niño, es un trozo de pan, si lo sabré yo. Aunque eso sí, no le vendría mal salir más de juerga y divertirse.
Sakura pensó que el concepto de diversión de Shunsui debía de ser muy diferente al de Itachi.
–¿Son muy cercanos?
–Bastante, ya lo creo –sonreía el hombre.
En el edificio en el que trabajaría Sakura se supervisaban las misiones de los anbus y quedaban archivadas todas ellas, además de tratarse los negocios que la familia Uchiha tenía con instituciones ajenas al país. Era normal que al clan Hyuuga le molestase este tipo de actividades, ya que ellos eran los que se encargaban, como representantes de Konoha, de las relaciones exteriores de todo tipo, por lo que una competencia interna no era bien aceptada y las ganancias individuales que los Uchiha estaban teniendo comenzaban a convertirse en una amenaza para el clan Hyuuga, y por lo tanto, para Konoha.
Todo el mundo saludó a Shunsui y todo el mundo se quedó mirando también a Sakura mientras caminaban hacia los ascensores. El despacho de Itachi estaba en la última planta, la cual únicamente tenía una puerta. El pasillo era estrecho pero tenía una amplia cristalería que mostraba unas vistas estupendas.
–El atardecer es maravilloso desde aquí –le reveló Shunsui mientras caminaban.
–Lo supongo, pero conozco un lugar mejor en Konoha para ver el atardecer –no pudo evitar contestar Sakura.
El pasillo tenía varios cuadros y algunas macetas artificiales como única decoración. Las paredes eran de un blanco inmaculado y las baldosas del suelo de mármol blanco. Llegaron a las dobles puertas del final del pasillo, a las cuales entraron sin pedir permiso. Sakura supuso que entre ellos no hacía falta llamar. Las dobles puertas marrones cedieron con facilidad y sin chirriar, caso contrario al que aparentaban. Daban acceso a una habitación bien iluminada en la que había un amplio escritorio con un ordenador, un teléfono y una silla. Una pequeña biblioteca de archivadores decoraba las paredes, excepto la pared en donde continuaba la cristalera. La habitación no era muy grande pero tampoco pequeña, y continua a esta, había otra habitación, otro despacho más bien, mucho más grande, con más mobiliario y con una decoración personalizada. Entraron en la siguiente sala sin detenerse y Sakura se quedó absorta por lo que vio.
La habitación era redonda y en la pared del fondo había una enorme pecera llena de peces coloridos y hermosos. Delante de la pecera se encontraba un escritorio bastante amplio, lleno de carpetas, documentos y archivadores, además de un ordenador de última tecnología. Esta habitación no tenía cristalera y la mayor parte de la luz provenía de la propia pecera y de pequeños focos de luz que había en el techo. En mitad de la sala había dos sofás y una mesa en la que el jefe atendía a los clientes más selectos. También había un sillón de masajes más alejado en donde suponía que el hombre se relajaba. Las paredes estaban llenas de estanterías con libros también y en la pared de la derecha había otra puerta a la que se necesitaba un código especial para entrar y donde Sakura supuso que se guardaba algo importante.
–Itachi, te traigo a tu nueva secretaria –anunció Shunsui, con todo el desparpajo que Sakura se había dado cuenta que le caracterizaba–. ¡Oh, Sasuke-chan! ¡Hacía mucho que no venías a visitarnos!
En los sofás habían sentados dos hombres, uno enfrente del otro.
–No era necesario que te molestases en acompañarla –contestó Uchiha Itachi, con voz suave y grave.
Sakura se quedó mirándole asombrada. A pesar de que le había visto en fotos era mucho más impactante tenerlo cara a cara. Itachi se puso en pie para recibirles y Sakura pudo comprobar entonces que era más alto que ella, pero no más que Shunsui. Vestía con un traje gris, con corbata a rayas en dos tonalidades de grises y la camisa y los zapatos negros. Iba impecable. Su cabello, igual de oscuro que el de todos los Uchiha, era largo y estaba recogido en una coleta baja. Su mirada amable estaba enjaulada en unos ojos afilados de un profundo color azabache, que no distinguía el iris de la pupila. Los ojos estaban enmarcados en unas largas pestañas negras y usaba unas gafas rectangulares que le daban un aire intelectual y serio. Tenía los rasgos faciales muy marcados, la tez levemente bronceada y se notaba que el traje ocultaba un cuerpo de gimnasio. Era mucho más atractivo que en las fotos, aunque las prominentes ojeras que surcaban sus ojos no aparecían tan marcadas como ahora.
Dándoles la espalda seguía sentado el que Sakura supuso sería Sasuke. Por el movimiento que hizo con el brazo, imaginó que estaría bebiendo algo.
–Por supuesto que sí hombre, no iba a dejar a la señorita sola –Sakura sonrió a Shunsui aparentando estar halagada por sus palabras–, además, aprovecho para recordarte que no debes hacer ningún plan para el viernes por la noche, tenemos una cita pendiente.
–No se me ha olvidado –habló tranquilamente Itachi.
–Sí, pero es lunes y de aquí al viernes seguro que te buscas alguna excusa para escaquearte como siempre, así que Natsuki-chan por favor, encárgate de que tenga la noche del viernes libre.
–Haré lo que pueda –contestó Sakura, que no sabía muy bien cómo actuar en esas circunstancias.
–Si has terminado Shunsui, ¿harías el favor de dejarnos solos? –pidió con toda la amabilidad que fue capaz de reunir Itachi.
–Sí claro, pero no lo olvides, el viernes tenemos mesa en Madam Charlotte –por el tono de voz que empleó, Sakura supuso que tipo de lugar era ese– me gustaría saber, por cierto, qué le he hecho a tu hermano para que me ignore de esta forma.
Itachi miró a su hermano de reojo y luego cerró los ojos unos segundos. Shunsui le dio una palmada en la espalda y le guiñó el ojo a Sakura. Finalmente, el Uchiha se fue, cerrando las puertas exteriores tras de sí, dejando abiertas las que conectaban ambos despachos. Itachi se pasó una mano por la cara mientras su familiar se marchaba.
–Discúlpale, es demasiado efusivo.
–Sí, lo he notado... –dijo Sakura sin pensar, luego se dio cuenta de que un "oh, no importa", hubiese quedado mejor.
En ese momento se escuchó como una taza, posiblemente de café, se posaba sobre un plato pequeño y el cuerpo que había estado sentado en el sofá se levantó. Sakura le vio a cámara lenta girarse y agarrar su chaqueta oscura, que descansaba sobre el respaldo del sofá. El muchacho caminó sin mirarles hasta la puerta, anunciando un "yo también me marcho". Era un poco más bajo que Itachi y su cabello tenía reflejos azules oscuros, además de que lo llevaba corto en comparación al de su hermano, con la parte de atrás de punta. Sus ojos eran igual de negros, pero estos no estaban enmarcados en largas pestañas ni tenía ojeras. También vestía muy diferente: con unos vaqueros y una camiseta negra de mangas largas.
–¿Tienes clases hoy? –le preguntó Itachi.
–No pienso comer contigo –fue lo último que dijo antes de salir.
A Sakura le molestó el hecho de que ni siquiera la hubiese mirado, por lo que frunció el ceño inconscientemente.
–Disculpa esto también, trabajar con la familia es lo que tiene, demasiada confianza –comentó Itachi y Sakura le sonrió forzada–. Koizumi-san, he leído su currículo y, ¿qué puedo decir? Es simplemente espectacular, así que nos saltaremos la introducción y la pondré al día en los asuntos que nos atañen. He estado una semana sin secretaria y pensaba que me iba a volver loco.
Itachi la condujo entonces hacia el que sería su despacho, el cual tenía toda una montaña de papeleo que Sakura adivinó era todo para ella solita.
–Es agobiante con sólo verlo, lo sé –sonrió levemente el hombre; Sakura le devolvió la sonrisa–, no te preocupes, están ordenados pero es preciso que los leas todos para estar al día. Puedes preguntarme cualquier cosa que no entiendas. Miwako, mi anterior secretaria, te ha dejado un listado con las cosas que debes hacer, como un índice para que todo te sea más fácil.
Sakura había trabajado como secretaria de Tsunade junto con Shizune hacía algún tiempo, así que sabía de qué iba la cosa, pero nunca venía mal tener una guía de pasos a seguir. Muy atenta la tal Miwako.
–También tienes un horario de mis salidas y entradas –Sakura pensó que no podían ponérselo más fácil–, a las cuales me tienes que acompañar claro está –la alegría se le pasó rápido–. Normalmente no suelo salir, a menos que se trate de un asunto importante, pero sí que suelo pasarme por los entrenamientos anbus para dar consejos y hacer demostraciones. Y hablando de los anbus, necesito que bajes a por los reportes de las misiones de la semana pasada. Lunes: revisión de los reportes. Ya verás que divertido –lo último lo dijo con ironía–. Una cosa más Koizumi-san, ¿por qué Uchiha?
–¿Cómo dice? –Sakura parpadeó, estaba demasiado sorprendida por todo el torrente de información que le había soltado el hombre en el último minuto.
–Me refiero que, para todas las personas con las que habría podido trabajar con semejante currículo, ¿por qué lo echó aquí?
Sakura no se había preparado para esa pregunta, así que de todas las respuestas que se le habían ocurrido en varios segundos, eligió la que le pareció más convincente.
–Quería cambiar de aires y creo que esta es una oportunidad que no debía dejar pasar.
–Ya veo, en su currículo decía que había nacido en Sunagakure, ¿lleva mucho tiempo en Konoha?
–En realidad he pasado los últimos seis meses en Sunagakure por asuntos familiares, pero ya había trabajado antes en Konoha y me gustó la experiencia.
–Pues espero que le guste también esta –Itachi le dedicó una leve sonrisa y volvió a su despacho.
–¡Disculpe señor! –exclamó entonces Sakura– es que, no sé cómo debo dirigirme a usted.
–Itachi está bien, aquí hay demasiados Uchiha –bromeó y Sakura no pudo evitar sonreír.
–De acuerdo, Itachi-sama.
Itachi puso una mueca de desagrado.
–En realidad, no me gustan tantas formalidades.
–¿Itachi-san está bien?
–Mejor.
Itachi no cerró la puerta que conectaba los dos despachos, ni ese día ni ninguno de los siguientes, únicamente lo hacía si tenía alguna reunión o conversación privada por teléfono.
Tardé varios días en ponerme al día en los negocios en los que estaba sumergido Uchiha Itachi y me di cuenta de que Tsunade tenía razón cuando pensó que en este puesto tendría más facilidad para acceder a la información. Mi nuevo jefe era una persona muy agradable pero tenía un pizca de misterio que, sinceramente, me fascinaba. Nunca hablaba de temas personales, lo único que sabía de su vida privada era que Shunsui intentaba llevárselo de juerga siempre que tenía la ocasión.
Hice buenas migas con Shunsui en seguida, ya que se pasaba a menudo por el despacho para holgazanear y ligar conmigo, y yo le daba conversación. Itachi procuraba meterse lo menos posible pero sus comentarios siempre eran muy certeros. Era agradable trabajar en ese ambiente.
Sasuke no volvió a aparecer.
Al despacho subía gente continuamente, para entregar informes, para cerrar negocios con la familia que nada tenían que ver con Konoha, y demás. Itachi solía reunirse a menudo con los ejecutivos y yo aprovechaba esos momentos para explorar a gusto su despacho, pero no lograba encontrar la contraseña para acceder a la sala continua a su despacho.
Los negocios que la familia llevaba al margen de Konoha eran de inversiones en su mayoría, nada que se pudiese considerar alarmante. Investigué con ahínco el caso del pacto con Amegakure y descubrí que habían pagado una considerable suma para comprar la paz. Los Uchiha no actuaban bajo las órdenes de Konoha, pero habían comprado la protección de su ciudad y, como la ciudad era la capital, habían comprado también la seguridad del país. Me asombró que Itachi hubiese usado las ganancias de las inversiones para comparar la paz. Yo no sabía de cuanto capital disponía Konoha, pero sí que sabía que el capital que el clan disponía debía ser semejante, además, como eran una empresa individual, las ganancias se convertían en beneficios de la familia, y de Itachi principalmente, que consultándolo con un grupo selecto, decidían el uso que le daban al capital.
En los dos meses y medio que llevaba infiltrada no había encontrado nada turbio. Informaba semanalmente a Tsunade directamente de mis avances, que lo único que hacía eran descartar y descartar supuestos trapos sucios. Sabía que el Consejo se estaba impacientando al no obtener los resultados que querían y por eso presionaban a Tsunade, y ella me presionaba a mí, pero si no había nada, no lo había.
Por mi parte, buscaba información sobre Uchiha Madara, ya que mi investigación personal me había llevado a él, pero no había ni un sólo dato en los archivos de los Uchiha que hablase sobre él, lo cual me estaba haciendo dudar de si realmente existía o había existido ese hombre.
Fue al tercer mes cuando comenzaron los sucesos extraños.
¡Y recuerda!: por cada review recibido, un Deidara te esculpe una figura no explosiva sobre el personaje que quieras, con todo detalle y en la pose que elijas.
