Lo sabía. Tal vez era demasiado tarde para luchar por lo que una vez pudo pertenecerle. Aun así, quería intentar llegar a su corazón. Si había una ínfima posibilidad quería tomarla y vencer, o tomarla y destruirla. Si la posibilidad florecía aprendería de sus errores y la haría enloquecer de amor. Si la posibilidad se marchitaba, entonces la destruiría por completo a ella, y a la esperanza.

Esta vez nada quedaría inconcluso. Ni el intento, ni la victoria, ni la derrota.


Don't Walk Away

Capítulo 2: Almost here


Los ojos le ardían, cerrados o abiertos. Su cabeza se sentía como un globo inflándose más allá de su capacidad, y desinflándose unos instantes, solo para evitar que reventara. Bum, bum. Los latidos de su corazón retumbaban en su oído como gongs gigantes.

Deseó conciliar el sueño para huir de la tortura, más el brillo azulado del amanecer, difuminándose cerca de la salida del sol en tonos naranjas, atravesó las ligeras cortinas blancas. Una burlona negativa.

Suspiró rendido. Emitió una lacónica y triste risa, pasando las manos por el rostro, sintiendo la piel áspera y las bolsas enormes bajo los parpados.

—Ningún secuestrador debe dormir bien —se dijo y apretó el ceño, aguantando un par de lágrimas. Era un delincuente, de nada le servía llorar por lo que estaba haciendo, era simplemente estúpido hacerlo. Aun así, en la soledad de su culpa una lágrima escapó, y otras le hicieron compañía—. ¿Qué estoy haciendo? —presionó las palmas contra su frente, desesperado, prietos los dientes.

Inspiró hondo, avivando el desprecio que sentía por sí mismo. Contuvo el aire un largo rato, y luego lo liberó.

Apartó sus manos, dejándolas reposar sobre las sábanas y fijó la vista en el techo, recordando el pasado que revivió en la pesadilla que lo hizo despertar sobresaltado, a mitad de la noche, impidiendo que volviera a dormir…

Invierno. Nieve. Cinco meses atrás. Dolor. Una combinación, en sus días, con forma y peso. Una combinación, en sus sueños, efímera pero no menos aviesa. En ambas dimensiones, alguien tocó a la puerta de su casa. Estando solo, se levantó, recorrió el camino de su habitación al recibidor y abrió. Delante de él, Haru esperaba con las manos metidas en una chamarra negra con detalles rojos. Una chamarra que era de Rin, sin duda alguna.

—¿Puedo pasar? —no era pregunta, sino un aviso para que se hiciera aun lado.

Cansado de huir, Makoto se apartó y dejó que entrara.

La puerta desapareció y ambos estaban arrodillados, frente a frente, en el chabudai, bebiendo té para entrar en calor.

—¿Cómo van los preparativos para la boda? —preguntó, fingiendo dos cosas: felicidad, y que sus ojos no iban a cada segundo al anillo de compromiso en el dedo anular de su amigo de la infancia.

—Muy bien —detrás de la mirada estoica de Haru, un brillo refulgió intenso—. Ya decidimos el lugar, y mañana iremos a Tokyo a escoger los trajes y ver algunos posibles anillos. De paso Rin quiere ver una agencia de viajes. Lo de la luna de miel lo tiene especialmente entusiasmado —el té de las dos tazas se coloreó rojo y empezó a hervir.

Makoto se aferró a su taza, sonriendo aun.

—Imagino…

—No —lo atajó Haru—. No lo imaginas. No quieres imaginarlo, Makoto. Lo sé.

Impactado por las palabras de Haru el chico de ojos oliva quedó en silencio, leyendo entre líneas la razón por la cual estaban ahí, sentados, compartiendo una taza de té, dos viejos amigos y rivales de amor, cuando uno había claramente vencido al otro.

—Cobarde —la ausencia de tono en la sentencia de Haru era una presencia total de odio, de reproche, como lo fueron los detalles que dio sobre la boda. No respondió, atacó con saña—. ¿Así serán las cosas? —inquirió al ver a Makoto bajar la cabeza.

Aguardó mudo. Táctica que ocuparía con Rin meses después.

—¿Me lo dejarás sin pelear, igual que lo hiciste cuando regresó de Australia?

—Él te ha amado todo este tiempo. ¿Qué se supone que hiciera? —su voz era suave, pasiva, irritantemente amable.

Negando con un movimiento de cabeza, Haru dejó el té enrojecido, y se levantó.

—Es mentira. Cuando Rin regresó de Australia los dos teníamos oportunidad. Te acobardaste —su rostro ensombrecido descubrió sus pensamientos para que Makoto pudiera verlos sin tapujos. Lo despreciaba por haberle dado una victoria tan ridícula cuando estaba en juego algo tan valioso.

Aun en esa situación Makoto apreció con gracia cuan parecidos eran Haru y Rin. Y esa similitud se le clavó en el alma como una estaca más de su derrota, reflejada en la pesadez de sus hombros. Haru enfureció al darse cuenta y apretó los puños, aunque su semblante permaneció impávido.

—No quiero que te acerques a Rin —un leve temblor en su voz denotó rabia—. Si como amigo no te importo tanto como para darme una pelea justa, y como amor Rin no es tan significante como para luchar por él, no te necesitamos cerca de nosotros.

Los ojos azabaches de Haru se abalanzaron sobre él, gélidos.

El sonido imaginario de una sortija cayendo al suelo, lo volvió a la realidad por segunda ocasión.

Sin rastro de llanto se sentó en el borde de la cama. Metió los pies en unas pantunflas blancas y se dirigió al ropero, del lado contrario a la ventana. Dentro, había unas escasas mudas de ropa, no más que para unos días, así como unos cuantos objetos de uso personal. Lo justamente necesario. Tomó dos tollas, y aun confuso con el orden de las cosas en esa casa que apenas si conocía, fue hacía el baño para meterse en la ducha.

El agua humedeció su cuerpo desnudo durante largos minutos, desprendiendo de su piel y mente, cual si fuera mugre, la confusión que la madrugada trajo consigo. Sus orbes olivas se asentaron decididas, y salió del baño con una toalla rodeándole la cintura, y otra en su cabello.

Una vez vestido se dirigió a la habitación de Rin, justo en el otro extremo del pasillo de la casa. Tocó dos veces, metió la llave en la cerradura y entró.

Rin estaba de pie frente a la ventana del cuarto con las manos apoyadas en el alfeizar y el cuerpo inclinado hacia afuera. Asustado, Makoto corrió hacía él, rodeó su cintura con los brazos y lo obligó a apartarse. Ambos cayeron sentados y entrelazados en las baldosas.

—¡¿Qué demonios haces, idiota?! —gritó tras reponerse de la sorpresa el chico de hermosos ojos rozados, intentando zafarse del agarre de su captor. Al no conseguirlo se giró para ver a Makoto. Por un segundo pensó que se encontraría con el niño de suaves sentimientos, encerrado en un cuerpo demasiado grande para él. No fue así.

Una mirada predadora e intimidante afianzó en su cuerpo un miedo paralizante, una incertidumbre seca. Makoto aprovechó esto y lo acorraló en el suelo, sujetando sus muñecas a los costados de su rostro.

—Ni la muerte te salvará de mí, Rin. Así que no vuelvas a intentarlo, al menos que quieras que te ate a la cama.

La corriente eléctrica del pavor que trajo con sigo la seguridad de esa amenaza, y las subyacentes, recorrió de pies a cabeza a Rin. Su boca tembló y tardó en reunir fuerzas para hablar.

—No iba a saltar, maldito imbécil —los dedos de Makoto se relajaron entorno a sus muñecas, mostrando su alivio al escucharlo decir eso. Una parte de Rin se removió al ver en su mirada un vestigio de la gentileza anterior a esa locura. Empero, otra parte en él permaneció resentida y lanzó su ataque—. Tengo que salir de aquí con vida para ir con Haru.

En vez de flaquear, Makoto río con aspereza.

Ahí está de nuevo, pensó Rin.

—¿En verdad crees que algo de lo que digas me herirá, Rin? –acarició con una de sus manos la tersa mejilla del ahora prometedor nadador nacional de veinte tres años, hundiéndose en la exaltada marea rozada de sus ojos— Te he visto durante todos estos años que has estado con Haru. Te he visto besarlo, tomar su mano, acariciarlo. Te he escuchado declararle tu amor tantas veces—recorrió con el pulgar los labios contrarios—, que puedo soportar lo que digas.

Como el día anterior, sin su permiso y sin su negativa, Makoto lo besó. Sus labios se encontraron y chocaron. Pasión herida contra confusión exasperada.

En el movimiento del beso, Rin podía entrever en la lejanía, sufriendo, al chiquillo que hacía años, antes de Australia, de su regreso, de Samezuka, del segundo relevo que marcó su vida, hizo latir acelerado su corazón. A veces en el inicio, a veces al final o en el medio de los besos que le robaba, el niño aparecía como una duda fugaz, un movimiento torpe, y traía consigo las memorias de esos días, en los que irse a Australia no solo fue un modo de acercarse a su meta de ser nadador olímpico, sino también una manera de huir de los extraños sentimientos que tenía hacía Haru… y hacía él.

A cada beso Rin se maldecía internamente. Enfurecía por el pasado que regresaba al presente y lo ataba a Makoto —alejándolo de Haru— por un efímero momento. Ese pasado que hasta entonces pareció nunca existir.

¡No se suponía que las cosas fueran así!, gritaba en sus adentros, sin referirse al secuestro.

En una preciosa casa de tres pisos, con tejas rojas, paredes de piedra y entrada adoquinada, Rin empujó a Makoto, flexionó la rodilla para golpearlo en la entrepierna, se removió para liberarse de su boca, mordió, arañó, sin conseguir librarse de los besos que le asediaban el alma y el corazón, abriendo una brecha en el reloj de su vida. Makoto era más fuerte que él, y estaba dispuesto a ganarse su corazón o destruir su amistad en el camino. Eso se lo había dejado en claro el día anterior, cuando cerró la puerta sin escuchar suplicas o razones. Estaban lejos de casa, donde nadie los buscaría, y la paciencia era el fuerte de la orca.

Nagisa y Rei acompañaron a los policías a la salida y los vieron subirse a la patrulla. Una vez desaparecieron al doblar la esquina, camino a la casa de la familia de Rin, la pareja permaneció en la puerta, sin decir nada.

—¿Qué estará pensando Haruka-san? —preguntó Rei al cabo de un rato.

El pequeño rubio movió la cabeza en una negativa.

—No lo sé. Solo hay dos personas que podrían saberlo con certeza y ambas están desaparecidas —un hilo de desesperación ahorcaba las palabras en su garganta, a pesar de sus intentos por ocultarlo—. Prepararé té —dijo girándose, y entró.

Una vez a solas, Rei levantó la vista hacía las nubes que tapizaban el cielo de esa mañana fría de marzo, que parecía una extensión de la desgracia que vivían.

Se acomodó las gafas.

—Volverá —no fue esperanza lo que buscó al decir eso, sino justo lo contrario. Pisotear la esperanza era lo que le quedaba, cuando ver que la placa donde se leía el apellido Nanase no fue reemplazada por la Matsuoka, lo hizo feliz. Ser feliz por la desdicha de su persona amada, era caer penosamente bajo.

En la cocina, Nagisa prendió la estufa y colocó la tetera sobre el fuego, consiente de los sentimientos de su novio, y de quién llevó a Makoto con su preciada carga, al muelle, donde un barco aguardaba para llevarlos a su destino.

—Ai —murmuró su justificación.

Mirando el mar desde su habitación, Haru abandonó con facilidad el regusto amargo dejado por el interrogatorio de la policía, centrándose en algo mucho más importante: una pista que solo él conocía.

—Así que después de tantos años está es tu respuesta, Makoto —si había cólera, tristeza o algo más en sus palabras, en tanto apretaba en su puño un colmillo de tiburón, era imposible saberlo.

El colmillo se clavó en la piel de su palma. Haru no se inmutó. La sangre tintó la punta del colmillo como lo hizo la noche de la boda no realizada, cuando lo encontró sobre su almohada, clavado en sus sueños.

—La orca revela su naturaleza.


Notas de la autora:

¿Qué les puedo decir para que me perdonen por el retraso? Creo que nada. Solo puedo esperar que este capítulo, y el mega prometido epilogo de Hope, compensen un poco la ausencia —suspiro—. En verdad, millones de disculpas. Enfermé, me dejaron a cargo de una página de fb MakoRin (lo que es genial) sin avisarme, además de las tareas, exámenes y trabajo, así que mi cabeza andaba más allá de Jupiter, y apenas regresó.

Y tras leer este capítulo ¿me dirán si lo valió la pena la espera?, ¿les gusta el rumbo que va tomando?, ¿qué se imaginan que pasara? Espero que puedan decírmelo en un review, privado o como lo deseen. Sus críticas, tomatazos, etc., son siempre bienvenidos.

Sin más que añadir, me despido, deseandoels una hermosa semana, y ahora si con el tiempo para hacer actualizaciones semanales.

Canción del capítulo: Almost here de Delta Goodrem feat. Brian McFadden.