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"De viajes, envidias y licores"
Segunda Parte
ANTIGUA CASA TENOH
Bienvenidos a esta segunda parte del blog anterior en el que me embarqué en este inusual viaje familiar, continuemos:
Luego de algunas horas de viaje en carretera, entramos en un camino donde el verde poco a poco sustituyó al café árido de la tierra seca y la gente se manifestó, parecían estar teniendo una especie de campamento o "picnic"; a lo lejos se les veía diseminados descansando junto a la carretera. Luego vino una arboleda y los campos de sembradío y viñedos aparecieron a los costados. Mi madre y mi tía sonreían fascinadas con las extensiones de tierra y enormes vallas que sostendrían a los próximos retoños de uvas, que estaban ausentes por no ser temporada de cosecha. Entonces, arribamos a una plantación: "Antigua Casa Tenoh", y no pude evitar recordar a un viejo amigo con ese mismo apellido: Tenoh.
Dentro de la plantación había un gran kiosco en el centro y automóviles aparcados lo cercaban. Detrás del kiosco, una iglesia, y junto a ella, una tienda de licores que me hacía cuestionarme: ¿desde cuándo Dios es partidario del alcoholismo? Sí, lo sé, incluso él bebía.
A unos metros de la tienda de licores la gente comenzó a aglomerarse, un guía vendría para iniciar un recorrido: Una chica vestida de forma ordinaria tomó la palabra y explicó dónde estábamos, fue entonces que mi prima y su novio comenzaron a andar abrazados como si no pudieran andar por sí solos y tuvieran que sujetarse para no caer. Pensé: "Ok..." Y mientras ellos hacían notar su relación, "la guía" nos condujo por los corredores de una fábrica de vinos en desuso, pero que juraban, aún era posible ser utilizada de ser necesario. También había un corredor donde el techo eran enredaderas de uvas y las vides estaban marchitas, pues —como dije—, no es temporada. Supongo que debe verse interesante cuando dan su fruto.
Así que caminamos en el aburrido y absurdo recorrido que no había ido a ver. Esperaba ver fósiles de dinosaurios, perros de la pradera y quizá piezas arquitectónicas, pero no, estaba ahí, aburriéndome con una presentación sobre fermentación y la definición de libro de texto de lo que es un "catador de vinos", en tanto una pareja —que más parecían los dueños del viñedo de la competencia—, atacaban con preguntas a la pobre e indefensa guía que debía enfrentarse sola a los conocedores. Y en mi interior, seguía preguntándome: "¿Qué demonios hago aquí? Yo no quería escuchar esto, ya me canse de fermentaciones, grados Celsius, concentrado, destilado..." Cosas que había visto a través de años de aprendizaje en la escuela y que de adulto traté de evitar a toda costa. Sentía que me quería dar de golpes en la cabeza por la pérdida de tiempo que eso representaba.
Y mientras seguía el recorrido y mi madre se alejaba un poco de mi tía, aprovechaba para acercarme y reclamar la situación:
—Esto no es nada interesante, creí que iríamos al museo…
Mi madre como siempre me ignoró, pero aun así hizo el intento de hablar con mi tía y externarle no sólo mi descontento, sino el que claramente —a juzgar por su rostro— era suyo también.
—Dile a mi sobrina que si nos vamos ya —dijo mi madre a mi tía que sólo hacía de teléfono descompuesto y le preguntaba a mi prima como si ella fuera a tomar la decisión y no importara lo que el resto quisiera. Cosa que fue así. Todo era:
—¿Ya se quieren ir? —Preguntó Michiru.
Yo decía que sí, pero parecía que a nadie le interesaba mi opinión, era como un silente: "tú no opinas nada". Quizá era debido a que yo no estaba contemplado en los planes, así que lo que yo dijera era como la voz de un espectro intentando convencer a un escéptico de su existencia, o lo que es lo mismo: estaba hablándole a la pared. Así que nadie dijo nada y el estresante recorrido por las calderas de cobre, tinajas, barriles —que alguna vez contuvieron vino—, el "Chardonnay", "Shiraz" y el blah, blah, blah, continuó, así como las fotografías en los verdes campos en las que todos salían excepto yo, que había rechazado la oportunidad de guardar un recuerdo de un desacuerdo.
Hastiado, me alejé de mi familia y seguí al grupo hasta que hubo una degustación de un barril que quién sabe cuántos años tenía ahí, y la guía, invitaba a la gente a probar dando pequeñas muestras en la palma de la mano con un trozo de madera embebido en el vino de un viejo barril, y pasaba el tapón del mismo a los versados para aspirar el buqué. Pensé por un momento: "¿Lo probare?" Lo dudé porque mi madre no estaba mirándome y eso era muy conveniente, porque de estar ahí, quizá me lo habría prohibido. Lo pensé dos veces hasta que uno de los presentes hizo una expresión de que estaba demasiado fuerte y no era de su agrado. Así que me abstuve de probar semejante cosa. Seguimos a la —gracias a Dios— última cámara de la presentación donde había una antiquísima máquina para moler uvas —y yo que pensé que siempre lo hacían con los pies—, y otra de etiquetado de botellas bajo un muy interesante mural hecho de mosaico. Que si mal no recuerdo, fue lo único que me gustó: Su historia.
Se trataba de un mural con dioses griegos, centauros y hadas celebrando "La Vendimia", es decir; la temporada de la cosecha y el comienzo de un nuevo proceso para obtener el vino del año. La guía dijo que la celebración del mural es tradición en Casa Tenoh y que aún se realiza los días de agosto. No recuerdo que días, pero lo que atrajo mi atención, es que dijo que se realiza como en los tiempos antiguos haciendo ofrendas a Baco —dios helénico del vino—, con una fiesta de música, luces y color, donde como dicta la tradición, las mujeres realizan bailes triturando la uva con los pies para obtener el jugo y darlo como ofrenda para conseguir una buena cosecha, y donde malabaristas juegan con fuego y las personas se visten de fiesta como en los grandes carnavales de Venecia o de Río de Janeiro. Pude imaginar la celebración de las uvas entre arlequines danzantes, bellas mujeres gitanas sosteniendo jarras llenas de vino sirviendo a los paseantes que asombrados miran la fiesta del color. Me sentí fascinado con la idea de ver algún día ese evento. Pensé: "Eso es lo que deberíamos haber venido a ver y no el tour de la muerte cerebral".
Y por fin salimos de la fábrica, escuchamos otra pequeña muestra de una puerta con dos pequeñas ventanas que guardaban tras ellas los recién adquiridos barriles para la nueva reserva cuando llegara la Vendimia. La gente se acercaba y ponía la cara en aquellas viejas ventanas mirando maravillados aquellas adquisiciones como si fueran la novena maravilla del mundo. —Porque la octava es mi novia—. El tipo, se posó tras mi prima y la abrazó por la espalda apoyando el mentón en su hombro. Me quedé observándolos un momento y no pude rehuir al sentimiento: envidia. Yo quería estar así con mi novia, y en vez de eso, ellos estaban frente a mí haciendo sus escenas sin importarles los presentes, cosa que me pareció una total y completa falta de respeto. ¿No era evidente mi dolor? Está claro que no.
El recorrido terminó y mi madre dio una compensación a la guía luego de que un señor que se auto nombraba: "El mejor guía y conocedor de vinos y procesos de Japón, certificado por el gobierno como experto y #1", indicó que debíamos darle propina por sus servicios. El tipo no me agradó, se la pasó diciéndole a la pareja de conocedores que él esto, él aquello, pero nunca dio explicación de nada, sólo se jactaba de sus supuestos "logros" que sólo se reflejaban en la camiseta que llevaba puesta promocionando un slogan de "Casa Tenoh" que la verdad no recuerdo.
Salimos de ahí y nos dirigimos a la tienda de licores, había motivos rústicos, cuadros de reconocimiento, animales disecados, barriles de vino y una enorme vid barnizada en el centro. La gente se reunió en el mostrador, tenían a la venta dulces regionales y una moderada cantidad de botellas en exhibición. La gente se acumuló de pronto en un extremo. Otra degustación, pero esta vez era más propia, llenaron pequeños vasos de plástico para la gente e incluso niños que supuestamente eran vigilados por sus padres. Mi madre se acercó y me preguntó si quería, lo pensé por un momento, pero con sólo olerlo sabía que tenía demasiado alcohol y no había comido nada desde el desayuno, era seguro que me provocaría dolor en el estómago y respondí:
—No gracias, no bebo más del 4% de alcohol.
Y en efecto, no tolero el aroma y sabor del alcohol. Mi prima y su novio veían los licores y adquirieron varias botellas. Mi tía compró algunos dulces y comenzaron a comerlos con el pretexto de tener apetito, sobre todo mi madre que le da hambre cada 5 minutos por un problema gástrico, pero bueno, siguiente parada: un restaurante.
Queridos lectores, gracias por seguir leyendo esta historia que continuará en la próxima edición.
Seiya Kou
