Capítulo II
Hermione se miraba las puntas de los pies, solía hacer eso cuando se encontraba nerviosa o le invadía la timidez. No era la primera vez que se encontraba en la Madriguera —así era como los Weasley llamaban a su humilde hogar— y en todas las ocasiones, la familia de pelirrojos había sido amable con ella. Sin embargo, estar rodeada de tanto muchacho siempre la inquietaba un poco. Para Ginny, ver pasar a sus hermanos de un lado a otro, algunos sin camisa, otros con los pantalones demasiado remangados, debía ser algo normal; pero para Hermione no lo era. Si sus amiga del colegio de Londres para señoritas la vieran en ese instante, se escandalizarían y le echarían una buena reprimenda por no esperar fuera de la casa. Observarse la punta de los pies era mas decente y propio, que ver Charlie desnudo de cintura para arriba tratando de arreglar un agujero que uno de sus hermanos gemelos, con una de sus bromas, había hecho en la pared de la cocina.
—¡Maldita sea, me faltan dos clavos —exclamó el segundo hijo de Molly y Arthur Weasley mientras se ponía en pie y se acercaba a la vieja caja de herramientas—. ¿Así que vais de picnic a la Pradera de las Hadas?
—Sí —contestó Hermione tímidamente.
Charlie observó la cestita de mimbre que se encontraba junto a los pies de la niña, miró por la ventana y sonrió mientras decía.
—Hace buen día, lo pasaréis bien. —Siguió rebuscando en la caja de herramientas—. ¡Aquí están!
Miró los clavos de la misma forma que un pirata mira un tesoro encontrado y luego, se agachó para continuar su tarea.
Charles "Charlie" Weasley tenía diecinueve años y era un joven alto, bien proporcionado, alegre y siempre dispuesto a echar una mano cuando hiciese falta. Había dejado la escuela ese mismo año sin que sus padres lo supiesen porque su intención era alistarse en el ejército. Quería ser útil para su país ahora que la amenaza alemana sonaba cada vez más fuerte. Molly aún no sabía de las intenciones de su hijo, sin embargo, Charlie lo tenía muy claro y, de todas formas, si la guerra se volvía una realidad, ni él ni sus hermanos se librarían de ser llamados a filas. A Hermione le caía bien aquel joven, su carácter despreocupado y positivo le simpatizaba, además, solía tratarla con amabilidad y con cariño y la niña sentía que ese afecto era mutuo. Si tuviese que elegir a un Weasley de entre todos —y sin que fuese Ginny— Charlie sería su favorito.
Ron bajó corriendo por las raídas escaleras de la Madriguera, se frenó en seco cuando casi se echa encima de Hermione. La muchacha tuvo que dar un paso atrás para evitar ser atropellada.
—¿Aún no ha bajado mi hermana? —inquirió, enarcando una ceja.
—No —contestó Hermione alegrándose de que al menos uno de los Weasley estuviese completamente vestido.
—Las chicas siempre os retrasáis… ¡Ginny! ¡Baja de una maldita vez!
—Si vuelvo a escucharte, Ronald Billius Weasley, hablarle a tu hermana de esa forma puedo asegurarte que te dejaré sin comer hasta que no te quede ni la sombra.
Hermione ahogó una risa. La señora Weasley, espumadera en mano, asomaba la cabeza por el umbral de la puerta. Era una mujer bajita y regordeta, solía llevar el cabello —rojo como el de sus hijos— recogido en un moño que nunca estaba bien peinado. Siempre cubría su vestido, bastante usado y descolorido, con un delantal que, generalmente, estaba manchado de harina o fruta. A pesar de ser tan pequeña y de que todos sus hijos le sacaban bastante más altura, Molly Weasley era capaz de mantener a raya a todos aquellos muchachos con una simple mirada. Por ello, Ron no abrió la boca, simplemente miró a Hermione de soslayo con las mejillas muy coloradas y luego pasó por delante de su madre agachando la cabeza, abandonando la casa a continuación, no sin antes echarse al hombro su vieja caña de pescar.
—¡Y tú! —vociferó ahora dirigiéndose a Charlie, que del sobresalto se espachurró un dedo con el martillo ahogando un grito de dolor—. ¿Es que acaso no te das cuenta que tenemos visita? ¿Qué haces medio desnudo por San Jorge?
—Hace calor, mamá —replicó el joven—. Además, Hermione es como de la familia. A ella no le importa ¿verdad?
Hermione se puso muy roja y las puntas de sus pies no estaban suficientemente alejadas para desviar la mirada. La señora Weasley usó un tono de voz más dulce cuando dijo de forma lastimera.
—Discúlpalos, querida, supongo que no estás acostumbrada a tanta falta de decoro. A veces, no sé si estoy criando a un grupo de muchachos o a una panda de borregos.
—No se preocupe, señora Weasley.
La repentina llegada de Ginny supuso un alivio para Hermione. La niña bajaba los escalones de dos en dos muy sonriente. Sus ojitos castaños irradiaban una luz de indescriptible felicidad, para Ginny ir de picnic con Hermione y los demás al la pradera era todo un evento que llevaba aguardando todo el invierno.
—¡Mamá! ¿Está la cesta de picnic lista?
—Sí, querida, pero será mejor que la lleve uno de tus hermanos porque te advierto que es muy pesada —le sugirió su madre.
—Yo puedo sola —gruñó Ginny ofendida.
—Pesa demasiado, hija —insistió Molly.
Pero Ginny, cabezota como cualquier otro Weasley, agarró la cesta por el mango de mimbre. Fred y George la observaban con aire divertido desde una esquina del salón, esperando lo inevitable, ladeando sendas sonrisas burlonas. Nada más intentar levantarla de la mesa, Ginny supo que su madre no había querido ofenderla, esa cesta de comida pesaba realmente mucho, mas no iba a echarse atrás ahora que todos tenían la mirada fija en ella. Hasta Charlie había dejado de martillear y la observaba con interés mientras se chupaba el dedo magullado.
Inspiró con fuerza y consiguió levantar la cesta pero la gravedad es a veces muy traicionera y una niña de once años no cuenta con que todo lo que sube, tarde o temprano ha de bajar y, efectivamente, la cesta de mimbre bajó con demasiada rapidez estampándose contra el minúsculo piececito de Ginny. Los gemelos estallaron en risas, Hermione encogió el rostro de dolor al ver como a su amiga se le saltaban las lágrimas y Charlie se levantó presto hacia su pequeña hermana para consolarla.
—¿Te duele?
—Un poco —lloriqueó la niña.
—Te dije que pesaba demasiado, hija —le reprendió con paciencia su madre—. ¡Fred, George! Dejad de burlaros de vuestra hermana y agarrad la cesta cada uno por un lado, ¡vamos!
Unos minutos después los niños salieron de La Madriguera. Ginny al principio cojeaba un poco pero enseguida, llevada más por la euforia de la aventura que por el dolor, terminó correteando alrededor de Harry, que había cazado una araña de patas muy largas y jugueteaba con ella sobre su delgado brazo. Ron miraba la escena con repulsión, si había algo que lograba asustarlo realmente eran esas asquerosas criaturas de ocho patas. Su amigo lo sabía, por ello, no hacía ademán de acercarse al pelirrojo. Ron era el último del grupo, caminaba arrastrando los pies, con la caña de pescar y una cesta colgada del hombro. Los gemelos encabezaban la excursión portando los víveres de los Weasley, detrás, Hermione caminaba con paso firme y alegre, de vez en cuando se quedaba quieta, respiraba un poco de aquel aire sano que la rodeaba y continuaba la caminata cuando notaba como Ron comenzaba a pisarle los talones.
Un poco más adelante, cuando el camino de la Madriguera quedaba ya muy atrás, justo en el cruce que los llevaría al río, Sarah y Luna se unieron a ellos. Y de ese modo, los ocho se adentraron en el bosque.
Alborotaban tanto que los pájaros batían las alas abandonando los árboles que se encontraban a su paso. Luna canturreaba una extraña canción que su excéntrico padre le había enseñado. Los demás no se molestaban en entender la letra de aquella singular composición, que incluía palabras tan poco armoniosas como: proceloso, prepóstera, dédalo o mandrias. Sin embargo, la melodía era pegadiza y finalmente, más de uno terminó tarareándola a lo largo de la caminata.
Ron parecía más animado aquella mañana, todos pudieron notarlo. Hizo algunas bromas con los gemelos y también fue blanco de otras cuantas. Sin embargo, lejos de enfadarse, como era propio en él, se lo tomó con más sentido del humor de esperado. La disposición relajada del muchacho conseguía que Hermione intuyese que aquel iba a ser un gran día. Aun así, seguía molestándole que Ron no dejase la desvencijada caña de pescar ni en un momento en que debía ser de juegos y diversión. La pesca era aburrida y Ron solía ponerse de mal humor cuando no conseguía pescar lo que deseaba o regresaba a casa con la cesta vacía.
—¡Mirad chicos! Ya estamos cerca, puedo ver el puente del trol —vociferó Ginny dando grandes saltos adelantándose a todos los demás.
El puente del trol era un lugar hermoso donde los haya. Hermione adoraba la leyenda que lo envolvía. Según los habitantes de Ottery, hacía mucho, mucho tiempo vivía a un lado de ese rio un trol horrible y sanguinario, pero tonto como todos los de su especie. La estúpida criatura se creía el dueño y señor de aquellas cristalinas aguas y de todos las que las habitaban. Al otro lado, se extendía una verde, extensa y floreada pradera ocupada por unas dulces y relucientes hadas que pasaban el día revoloteando sobre las flores y jugueteando entre ellas. El trol deseaba conquistar también la morada de las hadas, pero él no podía volar y nunca se le ocurriría meter sus mugrosos pies en el agua limpia y pura del río. Los trols nunca se bañaban y jamás podían recibir la luz del sol pues podía volverse de piedra. Mas la criatura ideaba la forma de pasar al otro lado y conquistar el mágico prado que sólo podía observar de lejos. Una noche, oscura, sin luna, el viejo trol tuvo una idea, construiría un puente sobre el río que le permitiese llegar hasta la pradera. Esa misma noche, se puso manos a la obra. Trabajaba hasta la salida del sol, luego, se refugiaba en su cueva y regresaba a su tarea a la noche siguiente. Así poco a poco, fue construyendo un puente de firme roca y a la vez que avanzaba, su impaciencia por conquistar la tierra de las hadas se hacía cada vez más insostenible. Por fin, llegó la noche en que había de terminar el puente, apenas le quedaban unas piedras para acabar su obra, mientras, las hadas, continuaban ajenas a la malas intenciones del trol. La criatura era consciente que aquella era la noche mas corta del todo el año, la llamada noche de San Juan y, por ello, debía darse prisa. Puso piedra tras piedra sin perder de vista el cielo que, poco a poco, comenzó a aclarar y dejar las tinieblas atrás. Pudo haberse detenido, pudo haber dejado para otra noche la finalización de su hermoso puente, pero el irrefrenable deseo de llegar a acariciar la pradera de las hadas fue tan arrebatador que se confió, y el sol le tomó de sorpresa. Nada más posar los ardientes rayos sobre la piel del trol, la criatura se convirtió en piedra fundiéndose con el puente, quedando al instante acabado.
—Dicen, que a medida que iba transformándose en piedra, estiró unos de sus repugnantes dedos para poder tocar al menos una vez la pradera de las hadas y, por eso, esta piedra en este extremo del puente, es tan alargada —comentó Sarah señalando con el dedo.
—¡Es una historia fascinante! —festejó Hermione.
—Es un cuento de hadas, todo el mundo sabe que este puente se construyó en la edad media.
—Eres un aguafiestas, Ron —le reprendió Ginny pisándole un pie cuando pasó por su lado.
Ron corrió tras ella para devolverle el pisotón y cuando se vinieron a dar cuenta ya se encontraban en la famosa pradera de las hadas.
Hermione y los otros dejaron sus cestas sobre la hierba fresca y como ya apretaba el calor decidieron darse un buen baño en el río. Los chicos, Luna y Ginny se zambulleron de golpe en las tranquilas y limpias aguas, Hermione y Sarah fueron más precavidas, aunque por poco tiempo, en seguida, se estaban lanzando desde la rama del viejo roble, que había crecido tumbado y usaban su leñoso brazo de trampolín. Cuando ya todos estuvieron bien remojados, las chicas se pusieron al sol para secarse y los chicos sacaron un viejo balón de cuero raído e improvisaron un partido de fútbol.
Sarah, con su traje de baño casi seco, se incorporó sobre los codos, ya era hora de dejar el sol de lado antes de que su piel comenzara a cambiar de color —el bronceado no estaba bien visto en las jovencitas de su edad—, pudo ver en ese instante, a Fred y George revolcados por la hierba, enfrascados en una tonta riña deportiva. La joven movió la cabeza resignada y entonces, su vista quedó clavada en el puente del trol por donde pasaba un joven apuesto, alto y con el cabello castaño, acompañado de un hombre más bajo y con una espesa barba de color marrón.
—Es el reverendo Diggory —advirtió Sarah a sus amigas.
Prestas, las cuatro muchachas cubrieron sus cuerpos como pudieron con las ropas y se pusieron de pie al unísono.
—Buenos días, niños.
—Buenos días, reverendo —saludaron todos, incluso los chicos, que habían cesado su juego.
—Hemos venido a comer a la pradera —explicó Luna con aire desenfado.
—Me parece muy bien, pero será mejor que os vistáis pronto, porque a pesar del buen tiempo, no es decente que vayáis con tan poca ropa.
—Son trajes de baño, padre.
—Lo sé, señorita Weasley, pero muy cortos —Les sonrió aunque de manera sobria y luego, dirigiéndose a su hijo, añadió—. Vamos, Cedric, mamá debe estar esperándonos ya casi es hora de almorzar. Nos vemos el domingo en la iglesia, niños.
Cedric, el muchacho apuesto que le acompañaba, hizo una leve mueca a modo de saludo con la cabeza y siguió a su padre muy de cerca.
—¡Oh, Cielo santo! ¡Qué vergüenza! —exclamó Sarah cuando el reverendo y su hijo estuvieron lo suficientemente alejados para escucharla.
—No es para tanto. ¿No querrá que nos metamos al agua vestidas?, a los chicos no les ha dicho nada —protestó Hermione cruzando los brazos sobre el pecho.
—No lo digo por el reverendo Diggory, mis padres y yo somos judíos, no frecuentamos su iglesia. Me refiero a Cedric. Es tan guapo y yo con el peinado desecho por culpa del agua.
Ginny soltó una carcajada que enfadó a la joven Fawcett.
—Olvídalo, es mayor que tú, nunca se fijaría en una niña sino en una mujer y a ti aún te queda para serlo.
—Tengo trece años.
—Eres una niña —ratificó George—. Y además una niña tonta.
—Y tú un imbécil sin cerebro, Weasley.
—Oh. —Fred se hizo el sorprendido—. ¿Ha dicho imbécil? Debe haberte costado mucho decir semejante atrocidad.
El rostro de Sarah se puso tan rojo que pareció a punto de estallar.
—Con tu inefable hermano no me es tan difícil.
—¿Inefable? —George rio—. Ahora si pareces tú.
—Vamos chicos, dejadla en paz —les reprendió Hermione.
—Eso, es hora de comer y tengo mucha hambre —exclamó Ron, dando por zanjada la conversación.
Sarah, aún muy malhumorada, fue la primera en extender el mantelito de cuadros sobre la hierba y comenzó a sacar de su cesta la comida que su madre le había preparado. De esa forma, uno a uno, fueron imitándola. Ginny abrió la cesta y dejó sobre el mantel los humildes víveres de su madre, que constaban de patatas cocidas, una ensalada con los tomates y las lechugas de la huerta, unas zanahorias hervidas, leche y fruta fresca. Hermione dejó sobre el trozo de tela una buena hogaza de pan, pastel de carne y verduras, queso y el bizcocho de chocolate que su abuela había preparado esa misma mañana.
Ron gruñó al ver todos los deliciosos manjares que la joven Granger había extraído de su cesta de mimbre. Nada que ver con las rancias patatas cocidas de su madre o de la verduras hervidas, comenzó a sentir que se le cerraba el estómago.
Hermione empezó a repartir el pastel de carne, todos comieron un buen trozo; todos, menos Ron.
—¿No quieres? —inquirió la niña sorprendida.
—No me apetece —respondió el pelirrojo de mala gana.
Hermione frunció el ceñ
o ofendida pero no dijo nada más. Harry miró de soslayo a su amigo que con una mano agarraba un trozo de pan y con la otra una zanahoria hervida. Tras darle un par de mordiscos, Ron se puso en pie y agarró la caña de pescar alejándose de la mesa.
—¿Qué le ocurre? —preguntó Hermione malhumorada.
—No tendrá hambre —contestó Harry sin darle importancia.
—No, eso no es normal, Ron siempre tiene hambre y es un maleducado, aún no hemos terminado de comer y se va sin decir nada—exclamó la niña poniéndose en pie.
—¿Adónde vas?
—A hablar con él, ya está bien. Siempre fue un gruñón pero esta vez se está pasando de la raya.
—No, Hermione, será mejor que lo dejes —le previno Harry. Pero fue demasiado tarde, la niña ya se había encaminado hacia la zona del río, detrás del puente, donde se encontraba Ron.
El pelirrojo se hallaba lanzando el sedal, este, chapoteó en el agua dejando una pequeña onda que fue agrandándose poco a poco hasta desaparecer.
—Quiero hablar contigo —escupió Hermione con los brazos en jarro.
Ron le dedicó una mirada de indiferencia y se sentó sobre una piedra con la vista clavada en el lugar exacto donde había dejado el señuelo. Ante la indiferencia del muchacho, la niña se enfureció aún más.
—¿Es que no me has oído?
—Por supuesto, gritas demasiado —apuntó Ron con desdén.
—Eres un grosero, Ronald Weasley. Se suponía que hoy era un día de fiesta, que estaríamos aquí divirtiéndonos con nuestros juegos y compartiendo la comida. Que nos reiríamos y lo pasaríamos bien y de repente, tú, vuelves a ponerte de morros y te marchas en medio del almuerzo dejándonos a todos de lado para venirte a pescar. ¿Es que no puedes vivir sin esa maldita caña? ¿No hay nada más importante en tu vida que matar peces? —Hermione gesticulaba furiosa con los brazos mientras hablaba—. Llevo casi dos semanas aquí y las pocas veces que nos hemos visto has estado en el río pescando o preparándote para ir pescar. Antes no eras así, antes te divertías y lo pasábamos bien, aunque siempre hayas tenido un carácter inaguantable…
—Antes todo era distinto —musitó Ron, interrumpiéndola—, y yo aquí no soy el único que tiene un carácter del demonio.
El rostro de Hermione se encendió ante la actitud terca de su amigo. Frustrada, dio una fuerte patada en el suelo y, más enfadada que nunca, le espetó.
—Muy bien, haz lo que quieras, quédate aquí solo si lo prefieres. No pienso volver a preocuparme por ti.
El muchacho la vio alejarse de él dando grandes zancadas y farfullando por lo bajo, trató de no pensar en Hermione y centrarse en lo más importante, llevar comida a casa.
Hermione estaba muy enfadada, nunca antes lo había estado tanto y eso que Ron Weasley siempre la había desquiciado, en ocasiones, le parecía tan inaguantable que estaría abofeteándole todo el tiempo, sin embargo, cuando estaba de buenas le hacía reír con sus comentarios irónicos y sus bromas y lo pasaba bien a su lado. Antes, cuando más niños, esos momentos fueron muchos, pero ahora parecía estar enfurruñado todo el tiempo y a veces ni siquiera hablaba, se quedaba callado en un rincón pensativo y con la mirada perdida. Hermione intuía que algo debía sucederle porque, aunque siempre fue un niño con un carácter un tanto imposible, él no era así, no era tan idiota como pretendía hacer creer. Cierto era que Ron jamás le había hablado de sus miedos, inseguridades o penas, siempre trataba de no tener que contar nada sobre él, no era como Harry —que parecía un libro abierto para ella—, o Ginny, o Luna, incluso Sarah, que era un poco más reservada, le había contado siempre sus más importantes secretos; Ron nunca se había abierto a ella de esa forma y si había alguien que pudiese saber qué era lo que martirizaba al muchacho —porque Hermione se negaba a creer que hubiese cambiado tanto— ese, sin lugar a dudas, era Harry.
Cuando llegó hasta sus amigos, estos ya casi habían terminado con toda la comida. Sarah, precavida, apartó en un plato un poco de comida para Hermione y otro poco para Ron, porque estaba convencida que en menos de nada el pelirrojo vendría a saquear lo que quedase en las cestas.
—Gracias —dijo Hermione cuando su amiga le acercó su porción del almuerzo.
—Vendrá y además muerto de hambre —aseguró Sarah mientras observaba como Hermione contemplaba aturdida el plato de Ron.
—¿Pudiste hablar con él? —susurró Harry.
—Tú sabes qué le pasa ¿verdad? —quiso saber la joven.
—¿Él no te lo ha contado?
—¿Por qué habría de contármelo? ¿Cuándo ha confiado Ron en mí? Sabes que nunca me dice nada.
—Entonces no sé si debería decírtelo yo —se excusó mientras se colocaba bien las gafas, que debido al calor resbalaban por su nariz.
—Sabía que le pasaba algo. Tienes que contármelo, tal vez pueda ayudarle.
—Ron no se deja ayudar, ni siquiera por mí. Además —Harry miró de soslayo a Ginny—, ahora no podría decírtelo aunque quisiera.
Hermione se percató del gesto de su amigo y comenzó a comer muy deprisa, con los carrillos a punto de explotar terminó su plato enseguida y dijo en voz alta.
—Tengo que andar un poco para bajar toda esta comida, ¿me acompañas Harry?
Todas las miradas se clavaron en ellos, Harry se puso muy rojo cuando los gemelos le sonrieron de forma maliciosa.
—Si quieres voy yo —exclamó Luna que hacia tiempo que había terminado de comer y se aburría.
—Eh, bueno, estaría bien pero… —Hermione pensaba muy deprisa—, tal vez te gustaría mejor ir detrás de esa roca, cuando volvía de la zona de río donde está pescando Ron vi una flor muy rara, seguro que a tu padre le interesa.
—¿De veras? —se agitó Luna—. Entonces es mejor que vaya a buscarla.
La niña se levantó del suelo precipitadamente y corrió con todas sus fuerzas hacia el lugar que le había indicado su amiga, lugar donde, obviamente, no hallaría nada, pero al menos la mantendría entretenida un buen rato. Hermione suspiró aliviada.
—Harry ¿Vamos?
El muchacho carraspeó un poco mientras se ponía en pie. Ya se disponía a seguir a Hermione, cuando escuchó vitorear a los gemelos y la risita infantil de Ginny. Con el rostro encendido, Harry alcanzó a su amiga y caminaron juntos.
—¿Sabes qué va a pasar ahora?
—No —contestó Hermione tajante.
—Pues que esos dos no me van a dejar en paz durante una buena temporada —explicó malhumorado.
—¿Por qué? —preguntó ella con inocencia.
—¿Por qué? —se sorprendió Harry, pero al ver que realmente la niña no entendía como podía afectarles a ambos ese paseo a solas, decidió no explicárselo para no inquietarla—. Da igual, olvídalo. Supongo que lo que quieres es hablar de Ron.
—Pues claro, a qué sino el hecho de pasear contigo. Me di cuenta que no podías decírmelo delante de Ginny.
—Es que es algo muy personal de los Weasley y ella no lo sabe.
—¡Oh vamos, Harry! Desembucha de una vez —apremió Hermione intrigadísima.
—Los Weasley no lo están pasando bien. En la madriguera apenas entra dinero, despidieron al señor Weasley de la casona donde trabajaba hace algunos meses y desde entonces no ha conseguido que nadie vuelva a darle trabajo. Se comenta que, si no llegamos a un acuerdo pacífico, tarde o temprano entraremos en guerra contra Alemania, algunos dicen que hay que pararle los pies a ese hombre tan malvado, ahora no recuerdo su nombre. Por eso nadie se atreve a invertir su dinero en negocios o contratos, por temor a lo que pueda suceder. Se supone que los niños no tenemos por qué saber esto. Pero Charlie habla con nosotros y nos cuenta todo lo que ese hombre horrible hace y por qué hay que impedir que siga haciéndolo. Dice que quiere dominar el mundo y que aborrece y pretende hacer daño a los judíos.
Hermione se llevó las manos a la boca escandalizada.
—Sarah…
—No sé qué sabe ella, pero Charlie nos ha dicho que si ese hombre se sale con la suya, dará igual si Sarah vive o no en Alemania, ella y su familia tendrán que salir de Europa. En cuanto a Ron, no le juzgues, ni sus padres ni sus hermanos mayores nos han dicho nunca cual es la situación real de la familia pero ya sabes, algunas veces a los gemelos se les escapa algo y Ron no es ningún tonto. Con lo que Bill gana en la herrería, no hay suficiente. La señora Weasley no quiere que Percy se ponga a trabajar porque piensa que es buen estudiante y alejarlo de los estudios, destruyendo su futuro, es algo que no se perdonaría. Charlie limpia caballerizas y asea caballos, pero no le pagan mucho, a veces Ron va con él, con la excusa de aprender pero en realidad va porque sabe que el dueño de los caballos le da una propina que luego le entrega a su madre. La señora Weasley no quiere ni oír hablar de que los gemelos, Ron o yo nos pongamos a trabajar y Ginny no tiene ni la menor idea, vive feliz sin saber los problemas por los que estamos pasando. Mis padres me dejaron una pequeña herencia al morir pero no puedo hacer uso de ella hasta mi mayoría de edad y de que eso se cumpla, ya se encargan los Dursley. Así que de poco sirvo como ayuda y eso me hace sentir muy mal. Incluso han estado hablando a escondidas de poner en venta La Madriguera.
—¡No pueden hacer eso! —exclamó Hermione aterrada—. Es su hogar, es la casa de los Weasley. No hay un lugar como ese, la señora Weasley no lo permitiría.
—Pues fue ella misma la que lo propuso, Ron y yo la escuchamos escondidos detrás de las escaleras. Desde ese día no es el mismo, su único afán es conseguir comida o dinero como sea para que sus padres no se vean en la obligación de dejar su casa. Creo que cuando sacaste toda esa comida, el pastel de carne, el queso, todo eso de lo que ellos carecen, Ron se sintió mal y por eso se fue, siento que a veces se avergüenza de ser tan pobre, pero jamás lo admitirá.
—Es un terco sin remedio —se enfurruñó la muchacha otra vez al recordar a su amigo.
Un segundo después su enojo se apaciguó y comenzó a sentir que, tal vez, había sido injusta con él y algo brusca. Sin decir nada, se giró retrocediendo sobre sus propios pasos. Harry la miraba atónito, casi sin pestañear, de pronto la joven se había marchado dejándolo solo, casi con la palabra en la boca. Resopló, se metió las manos en los bolsillos de su pantalón mientras seguía la estela de su amiga.
Sarah y Luna —con el rostro compungido por la decepción de no haber encontrado la maravillosa flor de la que Hermione le había hablado— recogían los restos de almuerzo. Algunos pajarillos revoloteaban a su alrededor intentando "robar" las migajas de pan que quedaban sobre el mantelito. Ambas niñas se sobresaltaron ante la improvisada llegada de Hermione.
—¿Dónde está la comida que apartaste para Ron? —dijo dirigiéndose a Sarah.
La pequeña señaló dentro de la cesta de los Weasley, Hermione, ni corta ni perezosa, la agarró y tal como vino se fue, en dirección al río.
—¿Adónde vas ahora? —gritó Sarah, pero no obtuvo respuesta—. Cuando se pone en ese plan de "yo sé cómo resolverlo todo" es insufrible ¿No crees, Luna?... ¿Luna?
Como era costumbre Luna había desaparecido, se hallaba a bastante distancia de ella gateando sobre el suelo con la nariz pegada a la tierra, haciendo algo que sólo ella sabía. Sarah entornó sus oscuros ojos.
—¿Por qué no tengo amigos normales? —musitó dedicándole una mirada de ternura a Luna.
Cuando Ron vio como Hermione volvía a acercarse a él, chasqueó la lengua con impaciencia y trató de ignorarla para que la niña se marchase pronto. Mas Hermione llegaba con otras intenciones, por esa razón, se sentó a su lado, dejando la comida muy cerca de ellos. Miró hacia la cesta de Ron y vio al menos tres colas de peces asomando por ella, sonrió.
—Veo que has pescado algo —comentó jubilosa.
—Desde que te fuiste y dejaste de importunar —contestó Ron con frialdad.
La actitud risueña de Hermione comenzó a mermar, Ron era un idiota, siempre se comportaba como un idiota. Pero ella había venido en son de paz y trataría de mantenerla hasta el final.
—Seguro que tienes hambre. —Ron se encogió de hombros como respuesta, Hermione la interpretó como un sí—. Pues toma, Sarah te apartó algo antes de que todo desapareciera.
Sacó el plato de la cesta y se lo acercó, Ron lo miró de soslayo pero no tardó nada en llenarse la boca con los deliciosos manjares.
—¿Puedo ayudarte a pescar? —preguntó Hermione.
Ron se atragantó con un trozo de queso y tuvo que toser varias veces para evitar morir asfixiado. Con los ojos muy abiertos miró a Hermione atónito, la muchacha enarcó una ceja mientras decía.
—Debe ser muy divertido cuando pasas tantas horas en ello, así que, podría probar como va esto de la pesca ¿Qué tengo que hacer?
El pelirrojo pestañeó varias veces antes de responder con voz entrecortada por el alimento.
—Básicamente sólo hay que esperar a que piquen.
—Ah, perfecto, pues esperaré —afirmó Hermione resuelta.
—Te vas a aburrir.
—Ya verás que no.
—Como quieras —se rindió Ron ante la determinación de su amiga.
Hermione se cruzó de brazos mientras clavaba sus ojos castaños en el lugar exacto del río donde se perdía la tanza de la caña de pescar de Ron. Pasaron así, en silencio unos minutos mientras Ron degustaba su comida, hasta que de pronto, algo comenzó a tirar de la tanza con fuerza.
—¿Qué es? ¿Qué pasa? —gritó Hermione poniéndose en pie.
—Agarra la caña por la empuñadura, Hermione.
La muchacha hizo lo que Ron le indicaba, pero lo que fuese que estuviese tirando del hilo de pescar tenía más fuerza que ella y, poco a poco, arrastraba a la niña hacia el río. Ron, que había interrumpido de forma brusca su almuerzo, corrió hasta ella y la sujetó por la cintura para evitar que cayese al agua.
—Sigue sujetando la caña, Hermione, yo iré enrollando el hilo en el carrete. ¡No lo sueltes!
—¡No lo haré!
El pez seguía luchando con todas sus fuerzas para liberarse del anzuelo, Hermione lo veía chapotear con su cola en el agua mientras Ron lo arrastraba hasta ellos. Era un buen ejemplar, no dejaría que se escapase.
—¡Ya casi está, Hermione, sujétala solo un poco más!
Le dolían las manos, notaban como le ardían, la vieja caña de Ron estaba algo astillada y algún trozo de maderita se le había clavado en las palmas, sin embargo, a pesar del dolor no iba a dejar que aquel pez se fuese corriente abajo. Con aquello, los Weasley podrían cenar bien esa noche.
—¡Oh Dios mío! ¡Míralo Hermione, es un salmón! ¡Un salmón enorme! —Ron daba voces de júbilo.
El pez se retorcía en el aire, el muchacho se metió en el agua y agarró al animal con fuerza, llevándolo hasta la orilla. Allí lo dejó sobre la tierra y, con gran habilidad, le sacó el anzuelo de la boca. Luego se quedó mirándolo con una enorme sonrisa y una brillante mirada de satisfacción. Hermione, exhausta cayó de rodillas al suelo; le sangraban las manos.
Poco a poco, el resto de los niños fueron llegando al lugar, alertados por los gritos de Ron, creyendo que se encontrarían con una desagradable noticia, se sintieron aliviados al comprobar que era todo lo contario. Sarah, rápidamente, divisó las manos ensangrentadas de su amiga y se acercó a ella muy diligente.
—¡Santo Cielo! ¿Qué ha pasado aquí?
—Hemos pescado un pez magnífico —expresó Hermione orgullosa de sí misma.
—Pero tus manos… por suerte tengo un pequeño botiquín de emergencia en mi cesta. Vamos, te curaré esas heridas —apremió Sarah mientras ayudaba a Hermione a ponerse en pie.
Fred y George felicitaron a Ron por la hazaña con sendos golpecitos en la espalda.
—¡Bien hecho, hermanito!
—Gracias —dijo Ron ufanado. En ese instante, Hermione, con las palmas de las manos enrojecidas, pasó por su lado. Ambos se miraron, él le sonrió y añadió en voz alta—. No lo habría conseguido sin ella.
Gracias a tod s los que leyeron el primer capítulo, pero sobre todo gracias a:
susy snape, nahima-chan, gin19, Feorge-Gred, Becky Middle, Asuka Potter, , Copia Pirata, guillermina, Lunera39, CaroMWM, Adarae, AraceliAmaya, Luna Oculta, LulaGrint por vuestros comentarios, sabéis que es la única recompensa que recibimos.
Un besazo y volveré...
