-No debería estar aquí. Mañana tengo una reunión muy importante—protesté mientras era arrastrada por Celine.
Pasaron tres años desde la inundación antes de que la gente se animara a hacer una celebración en la ciudadela. Había estado ocupada atendiendo los asuntos del reino como para darme cuenta de que ya había pasado tanto tiempo.
Celine siempre decía en tono de burla que me asemejaba a una anciana. Atendía asuntos del reino durante días, nunca salía del castillo y rara vez aceptaba las invitaciones a bailes. Me insistió durante un mes para acompañarla a al carnaval que se llevaba a cabo en la ciudadela, en donde la gente se olvidaba de sus deberes y bailaban y se divertían durante toda la noche. A pesar de que había aceptado para que Celine dejara de molestarme, la verdad es que también me daba un poco de curiosidad. Aunque siempre hacía una aparición pública para oficiar el comienzo de la celebración, pocas veces me quedaba más de lo necesario.
El corazón de la ciudadela estaba adornado para la ocasión, lámparas colgantes y una fogata en medio para ambientar el lugar. También había puestos montados que ofrecían comida, bebida y uno que otro juego de feria para que la gente se divirtiera. Yo solo observaba la diversidad de personas y sus vestimentas mientras Celine bailaba animada con un joven de cabello castaño.
Había mucho ruido y no me sentía muy cómoda. Una corriente de aire me trajo un encantador aroma a comida y sonreí. Una mujer regordeta de ojos azules y cabello rizado castaño me sirvió una enorme porción, después, un hombre que por su apariencia debía tratarse de su marido me ofreció una bebida para acompañar la comida. Tomé un lugar en las improvisadas mesas de madera y comí gustosa sea lo que fuere que me habían servido, siempre había sido uno de mis sueños cocinar, aunque nunca lo conseguí.
Hubo fuegos artificiales y de pronto un joven se acercó para invitarme a bailar. La verdad es que el baile no era una de mis grandes pasiones, no me apetecía en lo absoluto. Lo rechacé tan sutilmente como me fue posible.
Bebí el último trago de aquella bebida agridulce y sonreí. El viento era fresco y la gente parecía feliz, eso me hacía sentir feliz también. Justo cuando rechacé al cuarto joven que me invitaba a bailar, el hombre del puesto de comida llenó mi vaso mientras reía divertido.
-¿No estás aquí en busca de un marido, niña? —lo miré confundida.
-Bueno, es cierto que pronto cumpliré veintitantos, supongo que es una edad apropiada para el matrimonio—comenté—pero he estado muy ocupada durante este último año y creo que seguiré así por algunos años más.
El hombre me miró como si no entendiera lo que acababa de decir y después volvió a reír. Me dejó la botella diciendo que la necesitaría y se fue. Yo volví a prestar atención a la música y a las jubilosas risas de las personas que bailaban.
Una vez que terminé mi cuarta botella me sentí acalorada, mi visión se puso nublada y mi cuerpo se volvió más ligero.
-¡Señor! Me gustaría ordenar otra botella ¡por favor! –dije lo mejor que pude. Encontrar las palabras me resultaba difícil.
-Ya deberías volver a casa, niña. Estas muy borracha.
Me molesté y me puse de pie, de pronto me sentí con mucho ánimo de bailar y me uní a lo que sea que fuera que estaban bailando. Recuerdo las siluetas oscuras de la gente, cantando y bebiendo.
Un agudo dolor en la cabeza hizo que me despertara malhumorada. Abrí los ojos lentamente, intentando acostumbrar mi vista a la exagerada luz de la habitación. Fue inútil. Llamé a Celine con voz ronca para que me trajera algún remedio para el dolor de cabeza, esperé que entrara corriendo haciendo un alboroto, pero no lo hizo. La volví a llamar, pero tampoco hubo respuesta.
Suspiré. Estiré los brazos con pesadez y me sorprendí cuando descubrí que no tenía el espacio suficiente para hacerlo. Palpé el bulto junto a mí aún con los ojos cerrados, era suave y cálido. Seguí palpando hasta que tuve la sensación de que había tocado cabello. Debía ser Celine. Su espalda era amplia y desnuda. Tardé un minuto más en reaccionar y darme cuenta de que era imposible que se tratara de ella. Abrí los ojos, sin importarme la luz, ni estúpido dolor de cabeza.
Casi me caigo de la cama cuando noté de que junto a mí se encontraba el cuerpo de un hombre dormido. Miré a todos lados, no estaba en mi habitación del castillo. Me quedé helada cuando intenté levantarme, estaba desnuda. Mi vestido estaba tirado en el suelo de la habitación, junto a mi ropa interior y mis botas.
Me levanté de un salto y me vestí tan rápido como pude, me calcé las botas sin cuidado y trastabillé con una mesita de madera en el acto. El jarrón sobre la mesa se cayó y se rompió en mil pedazos. Quería huir sin ser descubierta, pero al parecer mi plan había fallado. Dirigí la mirada al cuerpo del hombre quien gruñó de mal humor y se levantó mientras se apretaba la cabeza con la mano izquierda.
Sus ojos estaban entrecerrados, su rostro aún estaba adormilado y confundido. Después de observarlo un momento, me pareció familiar. De pronto, sus ojos de abrieron, como si hubiera recordado lo que acabábamos de hacer y abrió la boca para decir algo, pero antes de que pudiera hacerlo me cubrí el rostro y salí huyendo antes de que pudiera hacer preguntas. Abrí todas las puertas hasta que di con la salida, no estaba muy lejos de la plaza de la ciudadela.
Había soldados Zora y Goron en la entrada del castillo y de pronto recordé que tenía una reunión, ya debían estar todos en el castillo.
-Escuché que la princesa no está—comentó un soldado Goron.
Tomé aire y corrí a lo largo de sus formaciones, con la esperanza de ser confundida con una simple aldeana. Por fortuna nadie me prestó atención y continué mi camino hacía mi habitación con celeridad.
-¡Diosas! ¡pensé que sería ejecutada! –bromeó mi doncella mientras trenzaba mi cabello—en serio, me diste un susto princesa ¿en dónde te metiste?
-Hablemos después, Celine—contesté molesta mientras me levantaba con dirección al salón de reuniones.
Los guardias abrieron la puerta y pude sentir la mirada curiosa del rey de los Zora y el jefe de los Goron sobre mí. Normalmente nunca desatendía mis obligaciones, ni llegaba tarde a las reuniones que yo misma convocaba.
La reunión empezó de inmediato y a pesar de que intentaba escuchar con atención, la verdad es que no podía concentrarme, lo único que estaba en mi cabeza era la imagen de aquel joven desnudo dormido junto a mí. No podía creer que hubiera hecho ese tipo de cosas con alguien que ni siquiera conocía. Suspiré y me hundí en mi silla, sólo deseaba terminar la reunión y volver a mí habitación.
Odiaba el hecho de beber de la manera en que lo hice. Decidí en mi mente que el alcohol quedaba prohibido para mí en el futuro. Pensé que la cabeza me explotaría.
-¡Lo lamento, princesa! –Celine intentó arrodillarse, pero la detuve antes de que pudiera hacerlo, entonces comenzó a llorar—sólo quería que te divirtieras un poco como la gente de tu edad, nunca pensé en la posibilidad de que algo así podría sucederte.
Suspiré.
-Lo sé… -dije mientras me metía bajo las sábanas—ha sido mi culpa, no debí beber de manera tan irresponsable.
-¡Maldito pervertido! –comentó molesta-¿cómo te sientes, princesa? –preguntó con tristeza.
-No lo sé—me encogí de hombros—supongo que tenía que pasar alguna vez.
-¿Sabes quién era? -Negué con la cabeza.
-En realidad me dio la sensación de que ya lo había visto antes…
Los días se me iban entre suspiros, intentaba mucho no pensar en aquella situación; pero en cuanto llegaba la hora de dormir y me quedaba sola con mis pensamientos no hacía más que recapitular los sucesos. Sólo veía imágenes o recordaba partes de conversaciones que había tenido con personas cuyo rostro era oscuro y desconocido.
Me levanté de la cama, por quinto día consecutivo no lograba conciliar el sueño. Caminé por los largos pasillos de piedra hasta la cocina. Abrí la angosta puerta de madera y me senté en la mesita a esperar que el agua en la tetera estuviera lista. Escuché el sonido de un leve trueno y vi gotas de agua repiquetear en la angosta ventana de vidrio. Había comenzado la temporada de lluvias. Tomé el periódico que alguien había olvidado en la mesa, con la esperanza de distraerme un poco, observé la nota que hablaba sobre la inundación y las fotografías en blanco y negro de personas sonrientes que habían sido re ubicadas a hogares provisionales y acondicionados para ser habitados. Sonreí al observar la imagen de Rusl con su bebé en brazos, la pequeña bebé Zelda que había nacido en el castillo hacía cuatro años. Supuse que estaría bien, sus padres parecían buenas personas y sus hermanos… en la siguiente imagen se observaba Collin y su hermano mayor, Link.
Me paré en cuanto el recuerdo atravesó mi cabeza. El joven con quien había pasado la noche hacía algunos días tenía los mismos ojos azules que el hijo mayor de Rusl.
-¡Oh! ¿El chico de la sopa de calabaza? —asentí—¡Vaya! Que decepción… parecía ser un buen chico.
-¿Lo conoces, Celine? –Ella me miró pensativa y después asintió.
-Bueno, me lo contó mi hermano mayor—dijo mientras se sentaba en la mesa frente a mí—El señor Rusl fue capitán de un grupo de soldados, sirvió a tu padre muchísimos años, princesa.
-¿Sabes en dónde puedo encontrarlo?
-En la villa Ordon, supongo. Ahora Rusl es quien resguarda ese lugar.
Terminé todos los asuntos que requerían de mi supervisión con celeridad. No se me ocurrió alguna razón para justificar mi ausencia en el castillo, así que no me quedó más remedio que enviar a mi doncella en búsqueda de información, sin ningún éxito.
Después de algunos días sin noticias, se me ocurrió que podía volver al lugar en el que había despertado. Me puse la capucha y salí haciendo mi mejor esfuerzo por no ser vista. Caminé por la plaza central y giré en el callejón de la izquierda. Llamé a la puerta, pero nadie atendió. Sentí el impulso de girar la perilla y funcionó. La puerta se abrió y entré sigilosamente, sosteniendo con fuerza la empuñadura de mi espada bajo la capa. La casa se encontraba vacía y por su estado descuidado no parecía que alguien habitara en ella.
Celine me llevó el desayuno a la cama, hacía un par de días que me sentía muy cansada e indispuesta. Después de terminar mis alimentos me recosté intentando dormir un rato. Sentí una opresión en el abdomen. Me giré en la cama con la esperanza de que desapareciera.
Me reí con amargura, durante todo un mes había estado tan ocupada persiguiendo a aquel joven para decirle unas cuantas verdades, que me había olvidado de cuidar de mi salud. Pensé que estaba tan estresada que incluso la comida comenzaba a caerme mal. En cuanto me sintiera mejor debía resolver el asunto de una vez por todas.
