SIMPLEMENTE J
Capítulo 2. Haciendo amigos
Conforme iban caminando podían ver las estancias de la asociación. Un lugar para las charlas, otra parte de oficina, la recepción que habían dejado pasos atrás... En la salita, la mujer que habían visto antes le daba un puré a su hijo. El entorno se veía tan familiar que los nervios del padre de John bajaron de nivel. John, en cambio, seguía igual de nervioso.
El señor Watson saludó a la mujer con la cabeza y siguió hacia el gran salón por el pasillo lleno de puertas. Al llegar, vio que aquello estaba lleno de niños y niñas en una zona de juguetes y de adultos y adolescentes sentados en unas sillas, en posición de mesa redonda. Una conferencia.
—Disculpen. Si molestamos volvemos más tarde.
—De eso nada. Deje a la pequeña criatura con las demás y siéntese tranquilamente —la voz de la responsable de la charla era contundente y amable.
El señor Watson le hizo caso y se dio la vuelta hacia la pequeña guardería. Metió a John dentro de una especie de parque y le acarició las mejillas.
—Estaré aquí al lado —besó su frente y se alejó hasta la silla más próxima.
John vio cómo su padre se alejaba menos de un metro y cómo la mujer que había parado de hablar cuando entraron seguía contando su historia con un micrófono. El señor Watson se volvió entonces para ver cómo le iba a John, aunque hubieran pasado escasos cinco minutos, y éste estaba ya jugando con el resto de los niños a las casitas y los oficios. Suspiró y se volvió de nuevo a escuchar mejor la conferencia.
El título de la misma era bastante curioso: Niñas con pene, niños con vagina. El señor Watson no entendía nada. Cada término era más extraño que el anterior para alguien que no estuviera metido en el tema y allí la gente parecía saber bastante o llevar años compartiendo experiencias. Él, en cambio, no llevaba ni media hora y ya tenía ganas de irse para no volver.
Entonces volvió a girarse para mirar a John y lo vio tan feliz jugando con una niña y una pelota que reunió fuerzas para intentar entender, al menos, las palabras que no eran técnicas. Aunque para él todo era técnico y agobiante.
La señora que le había abierto la puerta entró en la sala con el niño en brazos y se sentó a su lado. El señor Watson relajó los músculos. Ella le parecía cordial y, con suerte, le ayudaría a introducirse más en la temática. No fue así cuando la mujer acunó a su hijo, que se había dormido, y levantó la mano.
—¿Sí?
—¿Podrías aclararnos algunos términos básicos? Hay gente nueva y nos vendría bien refrescar.
—Sin problema.
El padre de John se moría de vergüenza. Ahora sí que quería irse, pero no podía. John estaba saltando literalmente de alegría con los demás niños y niñas. No quería que su hijo perdiera la sonrisa. Así pues, sin mirar a la señora, cruzó las manos encima de su pantalón y escuchó las definiciones básicas.
Persona transexual: Quien no está conforme con los genitales con los que ha nacido, teniendo, al menos, el deseo de operarse para reasignar su sexo.
Persona transgénero: Quien se identifica con un género que, según sus genitales, no sería el de nacimiento. No tiene intención de operarse. Ejemplo: niñas con pene o niños con vagina.
...
El señor Watson sólo entendió esas dos definiciones entre las muchas que escuchó. Otro día volvería a preguntar, buscaría por internet o ya vería qué hacía.
—De nada —espetó la mujer cuando terminó la conferencia—. Mi nombre es Holmes.
—Watson —levantó la vista el padre de John. Hacía unas horas, no le habría ni dicho hola, dado el compromiso en el que lo había metido. En ese momento, estaba dispuesto a darle un piso en Miami por haberle abierto los ojos.
Sherlock empezó a llorar y su madre lo llevó al hombro entre arrumacos.
—Nos vemos pronto —la señora se despidió con un apretón de manos, se giró y entró de nuevo en la sala pequeña. Debe trabajar aquí o algo, pensó el señor Watson.
Enseguida se acercó a John a ver cómo estaba. El niño se encontraba exhausto de tanto jugar pero, aun así, tenían un muñeco en cada mano y un fuerte delante de él. Al otro lado, una niña le tiraba pelotas pequeñas simulando el sonido de un cañón.
—¡Nos vamos a casa, despídete de tu amiga! —exclamó su padre al tomarlo en brazos.
—¡Adiós, Irene!
—¡Adiós, John!
Se alejaron agitando las manos camino de la calle. El padre de John pensó en despedirse de la gente de allí, pero no conocía a nadie y lo dejó para otro día. Al pasar por la salita, John quiso bajar al suelo.
—Quiero despedirme de Sherlock —espetó, y salió corriendo. Cuando estuvo frente a la señora Holmes se paró en seco.
—¿Puedo darle un beso?
—Claro.
John le dio un beso en la frente a un Sherlock medio dormido, que sonrió al contacto y soltó un gritito de bebé feliz.
—Le gustas —dijo la señora. John se formó como los soldados de sus juegos.
—Cuando seamos mayores nos casaremos —la mujer y su padre se echaron a reír.
—Me parece estupendo —sentenció ella. Ahora ve a casa a cenar, es tarde.
John volvió corriendo a los brazos de su padre, se despidieron de la mujer y salieron a por el coche. En el camino, le empezó a contar todo lo que había hecho mientras él estaba con los mayores. Su padre le escuchaba sin perder palabra.
—Papá, ¿sabes que allí todos los niños tienen vagina y todas las niñas tienen pene?
—¿Sí? Qué interesante —respondió el padre—. Pero sabes que eso no siempre pasa.
—Ya lo sé —contestó John. Pero quiero volver a ese sitio. ¿Volveremos?
—Claro. Si te comes el brócoli.
John se hizo amigo del brócoli que tan poco le gustaba desde esa misma noche. Volvería allí, jugaría con sus amigos y seguiría viendo a Sherlock hasta que éste pudiera jugar con los demás niños. Aún era pequeño y John esperaría para, como le había dicho a su madre, casarse con él. Estaba decidido a intentarlo.
