Disclaimer: La historia no me perteneces, es propiedad de Laura Lee Guhrke, una adaptación de su libro; Y entonces él la besó, en el mundo de Naruto, cuyos personajes tampoco son de mi autoría, sino del mangaka Masashi Kishimoto. Personalidades un poco OoC
CAPÍTULO 2
Las hermanas son el demonio en persona. Cuando son pequeñas, te torturan y atormentan. Cuando crecen, tratan de encontrarte esposa, lo que viene a ser lo mismo.
Lord UCHIHA
Guía para solteros, 1893
—Lord Kagetsu y sus hijas han llegado a la ciudad. Sus primas, las Inuzuka, los acompañan.
Con esas palabras de su hermana Naori, Sasuke supo lo que venía a continuación. Le indicó al camarero que tenía más cerca que le sirviera más vino, pues sabía que iba a hacerle falta.
—Qué noticia tan interesante. ¿Quieres que la publique en el periódico? —dijo Sasuke con desgano.
—Mamá y yo las hemos visto durante el intermedio. —Naori, la mayor de sus tres hermanas, seis años más joven que él, era guapa y lista. Y también muy obstinada. Sin dejarse amedrentar por su falta de entusiasmo, sólo dejó de hablar del tema los segundos necesarios para colocarse bien un mechón de pelo y beber un poco de vino—. Se las ve muy bien, en especial a lady Mai. Es una reconocida belleza.
—Seguro que sí —convino él—. Lástima que su cerebro no sea igualmente admirado.
—Amayo Tsuki es el claro ejemplo de lo mucho que valoras la inteligencia en una mujer—contraatacó Naori.
Sasuke decidió no decirle que había roto con la bailarina. Sólo serviría para darle ánimos.
—Es más lista que lady Mai —optó por decir—. Aunque reconozco que eso no es decir demasiado.
La menor de la familia intervino en la conversación:
—¿Por qué vas con esa mujer? —preguntó Izumi con un cejo en su cara de querubín fruncido con genuino asombro.
Sasuke no le contestó; los atractivos de una voluptuosa bailarina no era el tema más apropiado para que un caballero lo discutiese con sus hermanas.
Al parecer, su madre estaba de acuerdo ya que intervino para acabar con aquella conversación.
—Izumi, déjalo ya —dijo Mikoto, tratando de parecer firme y autoritaria, aunque la mujer era tan firme y dura como un flan. Lo que explicaba, Sasuke estaba seguro de ello, que sus hermanas fueran tan imposibles—. Después de todo —añadió—, estamos cenando en el Savoy.
Shijima, la hermana mediana, se echó a reír.
—¿Y eso qué tiene que ver, mamá? —Miró a su alrededor y contempló el lujoso comedor en el que estaban—. Estas paredes rojas, con los candelabros de cristal y los brocados dorados, parecen más que adecuadas para hablar de una bailarina.
—¡Shijima! —exclamó su abuela Uruchi mirando a toda la mesa—. No seguiremos hablando de la tal Tsuki —ordenó con una voz mucho más impresionante que la de la madre—. Me altera la digestión.
Dado que estaba a punto de cumplir los ochenta, los comentarios y la digestión de la abuela eran tomados muy en serio. Para satisfacción de Sasuke, el tema de Amayo se dio por zanjado.
Lástima que lo siguiente que captó la atención de sus hermanas fuera buscarle esposa.
—Lady Mai es un poco tonta, Nao —dijo Shijima, recuperando el tema que había introducido su hermana y dándole la razón a Sasuke sobre la capacidad intelectual de la menor de los Kagetsu—. Seguro que podemos aspirar a algo mejor.
—Ya sé que mi opinión es del todo prescindible —comentó él sarcástico, adoptando un aire de fingida humildad ante los consejos de sus hermanas—, pero sólo de pensar en casarme con Mai Kagetsu, se me ponen los pelos de punta.
—Se te ponen los pelos de punta sólo de pensar en casarte, punto —espetó Naori, seca—. Ese es el problema.
—Eso, Nao, no es ningún problema. Es una bendición. Izumi, pásame el jamón.
La joven le acercó la bandeja.
—¿Y qué me dices de la hermana de Mai, Tsukiko? —sugirió su hermana menor mientras Sasuke se servía—. Tsukiko está bien. Es simpática sin ser demasiado tonta. Me gusta.
—Excelente —contestó él con la boca llena—. Entonces, ¿por qué no te casas tú con ella?
—Sasuke, mastica antes de hablar —le ordenó Uruchi, como si fuera un niño de siete años en vez de un hombre de treinta y seis—. Y niñas, dejad de buscarle esposa a vuestro hermano. Sólo conseguís que aún tenga menos ganas de casarse. Y supongo que es lógico que esté reticente —añadió a regañadientes—, después de lo que pasó con aquella insufrible americana—dijo la mujer mayor con un toque de rabia, pero sin perder ese característico halo educado que siempre tenía.
«Aquella insufrible americana» era como su abuela llamaba siempre a su ex esposa. No era que a él le importara, de hecho, él también prefería no hablar de Sakura.
—Una mala experiencia no debería hacerte renegar para siempre del matrimonio —insistió Izumi.
—Dijo la voz de la experiencia —replicó Sasuke, tratando de cambiar de tema burlándose de ella.
—Yo sólo quiero que seas feliz—dijo la pequeña con preocupación haciendo sonreír al morocho.
—Lo sé, carita de ángel, y te quiero mucho por eso. —Se inclinó hacia ella y le dio un afectuoso beso en la mejilla—. Pero casarme de nuevo no me hará feliz. Créeme.
—Es muy poco considerado por tu parte decir eso, Sasuke, yo me caso dentro de diez meses—se rio Naori, interviniendo de nuevo en la conversación—. A diferencia de ti, yo estoy ansiosa por volver a casarme. Kagami es el hombre más maravilloso que he conocido jamás.
Su hermana había sido muy desgraciada en su primer matrimonio, y aunque su marido le había causado grandes penas con sus descaradas infidelidades, había tenido el detalle de morirse en un accidente ferroviario. A pesar de lo mal que lo había pasado, Naori nunca había perdido la fe en el amor ni en la institución del matrimonio. Seis años después de la muerte de su primer marido, iba a repetir la experiencia. Tal vez esta vez su fe estuviera justificada. Sasuke esperaba por su bien que así fuera, pero eso no significaba que él tuviera que seguir su ejemplo.
—Tú eres una romántica, Naori. Siempre lo has sido.
—¿Y qué me dices de mi prometido? Ya sabes que la primera experiencia de Kagami con el matrimonio fue idéntica a la tuya. También se enamoró de una de esas americanas y se casó con ella. Su divorcio fue igual de difícil y doloroso que el tuyo, pero en cambio no se ha convertido en un cínico.
¿Cínico? Sasuke sintió una punzada de dolor en el pecho, un débil eco de la terrible agonía que había sentido la noche en que finalmente aceptó la verdad sobre su esposa y su futuro. La noche en que ella lo dejó y él abandonó cualquier idea de amor eterno, lo único que le había permitido seguir adelante durante los horribles cuatro años de vida conyugal.
—No soy cínico —mintió entre dientes—. Es sólo que no tengo ningún motivo para volver a casarme.
—¿Ningún motivo? —preguntó su abuela, apartando los ojos de su plato para mirarlo con desaprobación—. ¿Y qué me dices del hijo que deberías tener para que heredase el título?
—Ya hay un heredero para eso. El primo Inabi.
Uruchi suspiró exasperada.
—Pero abuela, él está encantado de serlo, de hecho, está impaciente por hacerse cargo de todo. Cada vez que visita Uchiha Park, repasa la cubertería de plata, pregunta cómo están las cañerías, y se pasa horas interrogando al administrador. Sería una lástima echar a perder tanto talento.
Uruchi, adoptando unas maneras majestuosas, dio a entender la poca gracia que le hacía el comentario.
—Deja de decir tonterías, Sasuke. Siempre haces lo mismo cuando no quieres hablar de algo. Eres vizconde, y tu deber es casarte y tener hijos.
La abuela se había quedado un poco pasada de moda. Se negaba a aceptar que la mayoría de los aristócratas sólo eran ya terratenientes arruinados. Hacía mucho tiempo que Sasuke se había dado cuenta de que soplaban vientos de cambio. En verdad, eso era lo único que le podía agradecer al padre de Sakura, el señor Haruno. Fue él quien le dijo que serían los empresarios, y no los aristócratas, los que liderarían en el futuro. Sasuke siguió su consejo, y aquellos catorce años le habían dado la razón. Tener o no hijos que pudieran heredar el título ya no era tan importante como antes.
Pero su madre debía dar su opinión al respecto.
—Sasuke, tienes que casarte y tener hijos. Debes hacerlo. Los años pasan, ya has cumplido los treinta y seis, y dentro de poco ya será demasiado tarde. Cumplirás cuarenta, y ya sabemos lo que os pasa a los hombres entonces, pobrecitos.
Sasuke se atragantó con el vino.
—Tienes que encontrar esposa en seguida —prosiguió Mikoto, que al parecer no se había dado cuenta de que su hijo casi se ahoga.
Se dijo a sí mismo que su madre no sabía de lo que estaba hablando.
—¿Y por qué debería buscarla yo si mis hermanas se están esforzando tanto en hacerlo?
—¿Qué les pasa a los hombres a los cuarenta? —preguntó Izumi curiosa.
—Ni caso —le dijo Naori, y antes de que la joven pudiera preguntar nada más, volvió a sacar el tema de las chicas Kagetsu—. ¿Sabes, Izumi?, creo que tienes razón. Lady Tsukiko es la mejor de las hermanas. Supongo que hay quien cree que, a sus veintiocho años, es una solterona, y no es tan guapa como Mai, pero tiene, el pelo oscuro y a Sasuke siempre le han gustado las morenas. Además, Tsukiko es la más inteligente de las dos.
—¿Inteligente? —Sasuke suspiró ofendido—. Tsukiko Kagetsu es incapaz de mantener una conversación. Nunca dice nada, me pregunto cómo habéis podido formaros una opinión sobre su inteligencia.
—Es tímida cuando tú estás cerca —le dijo Naori—. Y es comprensible, teniendo en cuenta lo que siente por ti. Aunque no estoy segura de si esos sentimientos suponen que vaya a ser una buena esposa para ti o no.
—¿De qué estás hablando?
La mayor de las muchachas miró a su hermano exasperada.
—¡Oh, Sasuke! Mira que eres lerdo.
—Seguro —contestó él—. Al fin y al cabo, soy un hombre. Pero ¿puede saberse por qué a Tsukiko Kagetsu le da vergüenza hablar conmigo?
—¡Porque está enamorada de ti!
—¿Qué? —Sasuke estaba atónito—. No digas tonterías.
—En serio —insistió Naori—. Siempre lo ha estado. Desde que salvaste a su gato.
Él dejó de comer y las miró a todas; por su expresión, vieron que no se acordaba del incidente. Cuatro resignados suspiros, y uno de exasperación, respondieron a la pregunta que formulaban sus ojos. Sasuke se mantuvo impertérrito. Después de veinte años como único varón en la familia tras la muerte de su padre, había aprendido que era imposible estar a la altura de las expectativas de las damas.
—Estás loca, Nao—dijo, y volvió a comer—. Yo jamás he salvado a un gato. Odio a esos animales, aunque ellos a mí no.
—No puedo creer que no te acuerdes —exclamó ella—. Las chicas Kagetsu pasaron un verano en Uchiha Park. Tú acababas de graduarte en Cambridge. El gato de Tsukiko se quedó atrapado en una ratonera y tú lo soltaste.
La historia empezó a sonarle vagamente.
—Por Dios santo—dijo con cansancio al recordar el incidente. —Eso pasó hace siglos. Quince años, como mínimo.
—Ella nunca lo ha olvidado —le dijo Naori—. Lloró cuando te casaste con Sakura.
—Si hubiera sabido lo que me esperaba, yo también habría llorado.
A nadie pareció hacerle gracia el comentario. Sasuke se preguntó cómo podían pensar que la imagen de Tsukiko llorando iba a despertar en él algún interés romántico. Lo único que le inspiraba era lástima, y ganas de salir corriendo en dirección contraria.
—¿Y qué me dices de Kin Tsuchi? —sugirió Izumi—. También es morena.
—Una familia muy fértil —intervino Uruchi dando su aprobación—. Los Tsuchi han tenido como mínimo dos hijos varones en cada generación.
—Kin Tsuchi no nos sirve —soltó Shijima—. No entiende los chistes de Sasuke. Siempre se queda mirándolo como si le faltara un tornillo.
—Eso es importante —opinó Mikoto—. Los hombres odian que no los encontremos graciosos. En especial Sasuke. A él eso lo pone de muy mal humor.
—No me pone de mal humor. Y no sé por qué mis hermanas están tan empeñadas en elegirme una esposa.
—Porque a ti se te da fatal elegirlas —contestó Shijima, apoyada en seguida por las otras mujeres de la mesa.
Incapaz de rebatir ese argumento, y no queriendo recordarle a Naori que a ella tampoco se le había dado demasiado bien el asunto, Sasuke decidió quedarse callado, a ver si así daban por zanjado el tema. Tres segundos más tarde vio que no.
—¿Y Kagero Fuuma? —sugirió Shijima—. Tiene mucho estilo. Siempre va a la última moda.
Viniendo de Shijima, que adoraba comprarse ropa y todo lo relacionado con la moda, esas palabras eran un gran cumplido.
Izumi descartó a lady Kagero con un movimiento de cabeza.
—Es muy sosa. Además, tiene el pelo claro y de ojos azules. También es demasiado seria y estricta.
—Sí, pero ése es exactamente el tipo de mujer que nuestro hermano necesita. —Shijima lo señaló—. Él es tan inconstante que necesita a una chica como ésa.
—Pero Sasuke odia a las mujeres así.
Lo que Sasuke odiaba era que hablaran de él como si no estuviera presente.
—Esta conversación es absurda —les dijo enfadado—. No voy a volver a casarme. ¿Cuántas veces tengo que repetíroslo?
—Oh, Sasuke —suspiró su madre decepcionada—, en las cosas importantes eres un caso perdido.
Como si el dinero con que pagaban los lujosos vestidos que llevaban, el palco en la ópera y el salón privado para cenar en el Savoy no fuera importante. Pero sabía que sería inútil decirle eso a Mikoto. Con su madre, utilizar la lógica era perder el tiempo, en especial en asuntos de dinero.
Una vez, trató de explicarle cómo funcionaba la Bolsa, y ambos terminaron con dolor de cabeza.
—Tienes que casarte y tener hijos —insistió ella—. Hoy en día es muy difícil encontrar una casa de campo en buen estado.
No entendió qué tenía que ver una cosa con otra, pero bueno, Mikoto era así. Decir cosas incoherentes era típico de ella.
Izumi vio lo confuso que estaba y tuvo el detalle de descifrar el mensaje.
—Si tú murieses y Inabi fuera el vizconde, no nos dejaría vivir en Uchiha Park —le explicó—. Y dado que tras tu muerte todo eso le pertenecería, tendríamos que irnos a vivir a otra parte.
—Ah. —Sasuke optó por no decirles que el millón de libras, más los intereses, que tenía en Lloyd's les garantizaría poder vivir donde quisieran. En vez de eso, fingió reflexionar sobre el tema—. Supongo que, después de mi muerte, podríais ir a América. Allí hay muchas casas de campo. De hecho, hay un pueblo llamado Newport que es precioso.
Su madre nunca se daba cuenta de cuándo le tomaba el pelo.
—Bueno, si así es como están las cosas —dijo con voz temblorosa—, ¿qué haremos si te mueres sin un heredero?
A Sasuke le parecía mucho más grave el hecho de que se muriera que no que lo hiciera sin tener hijos, pero por lo visto era el único que lo veía así, de verdad que a veces su familia lo dejaba con la boca abierta.
Naori tosió incómoda.
—Como he dicho antes, las chicas Kagetsu viajan con sus primas, Akita y Hana Inuzuka. Y he pensado…
—¡Basta! —A Sasuke se le agotó la paciencia y soltó bruscamente los cubiertos sobre el plato—. ¿Queréis parar ya? No hay ninguna mujer sobre la capa de la Tierra que pueda tentarme a contraer matrimonio. Nunca volveré a casarme. ¡Nunca! ¿Está claro?
Ante su estallido de furia, las cinco mujeres que amaba más que a nada en el mundo se lo quedaron mirando como perritos apaleados. Odiaba que hicieran eso. Apartó el plato y, dado que todas habían acabado de comer, le indicó al camarero que procediera a retirar la mesa.
—No sé ni por qué estamos hablando de esto —dijo Sasuke a continuación—. Hoy es el cumpleaños de Izumi. Creo que ha llegado el momento de los regalos. Veamos… —Buscó en sus bolsillos y sacó el paquete. A continuación, se lo entregó a su hermana pequeña con una reverencia—. Aquí está, «carita de ángel». Feliz cumpleaños.
Ella levantó la vista con los ojos llenos de lágrimas.
—Es una cajita de Limoges, ¿a que sí? Tiene que serlo. Es tan pequeño, no puede ser nada más. ¿Tengo razón?
—Ábrelo y lo verás—le indicó con un tono ya mucho más dulce.
La joven tiró de la cinta y rompió el papel. Cuando abrió el paquetito y vio lo que contenía se echó a reír.
—¿Es o no una cajita de Limoges? —Shijima estiró el cuello para poder verla.
—Así es. Mira. —Izumi la sacó para que todas pudieran verla.
Sasuke recordó lo que le había dicho la señorita Hyuga, y se acercó a su hermana.
—Estas cajitas se abren, ¿no? —le preguntó, fingiendo ignorancia.
Izumi picó el anzuelo.
—Sí, claro —contestó, y levantó la tapa para demostrárselo—. Mira… ¡Oh, Dios mío!
Con dedos temblorosos, cogió el anillo y lo depositó en la palma de su mano.
—¡Un zafiro! Mirad, un zafiro. —Dejó a un lado la cajita de Limoges y levantó el anillo un segundo para que todas pudieran verlo antes de ponérselo en el dedo anular de su mano derecha.
Era exactamente de su medida. La señorita Hyuga lo había hecho todo a la perfección, como siempre.
—Ahora ya tienes veintiún años —dijo—, y ya puedes llevar zafiros. Combina con tus ojos. ¿Te gusta?
—¿Gustarme? —Izumi le rodeó el cuello con los brazos—. Me encanta —exclamó, dándole un beso en la mejilla—. ¡Es perfecto! Y la cajita de Limoges también. ¡Tus regalos siempre son los mejores!
Su madre, su abuela y Shijima se acercaron a Izumi para admirar la joya pero Naori no las secundó. En vez de eso, se acercó a Sasuke.
—La señorita Hyuga es impresionante —susurró—. Siempre da con el regalo perfecto.
—No sé de qué me estás hablando—dijo tratando de mantener el tono sereno.
—No te preocupes, hermanito. Soy la única que ha descubierto tu secreto, y no voy a decírselo a nadie.
—Eres un sol, Nao.
—Bueno, a ver si sigues opinando igual después de que te cuente lo que he hecho.
Su hermano la miró a los ojos y ella se lo contó.
—¿Qué? —El irritado grito resonó en la sala, y las otras cuatro mujeres los miraron asustadas. Naori retrocedió al ver la expresión del rostro de Sasuke.
—Me dejé llevar por la compasión —le explicó ella, mordiéndose el labio inferior y tratando de parecer arrepentida.
—¡Qué compasión ni que ocho cuartos!
—Dios santo —dijo su madre—, ¿qué está pasando?
Fue Naori la que respondió.
—Le he contado lo de la invitación.
—Vaya. —Mikoto frunció el cejo y se quedó mirando a su hijo—. No le ha parecido bien, ¿verdad?
—¿Cómo se te ha ocurrido pensar que podía gustarme la idea? —exigió saber él levantando la voz.
—Bueno, ahora ya está hecho —concluyó Naori.
A Mikoto se le iluminó el semblante.
—Sí, y tu hermana ha hecho lo correcto.
—¿Lo correcto?
—Sasuke, querido, no grites. Esas pobres chicas están solas en Londres excepto por el viejo señor Kagetsu. Verdaderamente, es imperdonable que las haya traído a la ciudad sin una carabina. ¿En qué estaría pensando?
—No. —Sasuke sacudió la cabeza—. Me niego.
Pero hablarle a su madre era como hablarle a una pared.
—Lo único que puedo decir en su defensa es que perder a su amada esposa debe de haberlo vuelto definitivamente loco —prosiguió Mikoto como si nada—. Por Dios santo, esas pobres chicas no pueden ir a ningún lado. Se están aburriendo como ostras. —Lo desafió con la mirada—. Yo creo que Naori ha hecho lo que debía.
A Sasuke se le ponían los pelos de punta sólo de pensar en tener a cuatro mujeres más viviendo en su casa durante seis semanas, mujeres a las que sus hermanas consideraban como candidatas a convertirse en su segunda esposa. Entonces se acordó de lady Tsukiko llorando por él, y aún se sintió peor.
—Coged una pistola y matadme —farfulló—. Pero dejad ya de torturarme.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Uruchi—. Naori, explícate.
—Mamá y yo nos hemos encontrado a Kagetsu con sus hijas y las dos chicas Inuzuka en la ópera, durante el descanso. Iban sin carabina, exceptuando al anciano, claro. Y cuando me he dado cuenta de cuál era la situación, las he invitado a pasar las seis semanas que van a estar en Londres en casa con nosotras. No creía que a Sasuke fuera a importarle.
—¡Pues me importa! —gritó él.
—Ya las he invitado —contestó su hermana, serena—, y ellas han aceptado. Ahora no puedo echarme atrás.
—Pues ¡claro que no! —Uruchi se estremeció sólo de pensarlo—. Eso sería de muy mala educación.
Sasuke gimió y se dio cuenta de que estaba atrapado. A pesar de que Kagetsu estaba arruinado, seguía siendo marqués, título muy superior al de Sasuke, y tenía mucho poder en la Cámara de los Lores. Por otra parte, no era de los que olvidan un desaire. La vida social de sus hermanas, que ya se había resentido mucho por lo de su divorcio, no sobreviviría a la enemistad de alguien como él. No sabía si estrangular a Naori o darse de cabezazos contra la pared.
—Ya está todo decidido. Llegarán dentro de una semana, justo cuando tú regreses de Berkshire. —Naori le sonrió—. Sasuke, ¿conoces a lady Hana? Es una dama encantadora.
Él miró a su hermana y, por la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios, supo que lady Hana era a quien había tenido en mente todo el tiempo.
—Es encantadora, ¿a que sí? —intervino Shijima—. Si no recuerdo mal, es morena. Y tiene los ojos oscuros. Y un tono de piel que hace que en ella resalten mucho las joyas.
—Sin embargo, tiene mal carácter —dijo Izumi, pero incluso de perfil, Sasuke pudo ver que hacía esfuerzos por no sonreír—. Dicen que le viene de la parte latina de la familia.
Sus hermanas eran el diablo en persona. Conocían todas sus debilidades. Sasuke empezó a plantearse irse a vivir a una casita en América.
Durante la semana siguiente, Hinata no pensó demasiado en su inminente cumpleaños, pero justo la noche anterior, soñó con seda. Con un tafetán de preciosa y suave seda del que surgía un lujoso vestido que ondeaba con cada uno de sus movimientos. Y con aquellas mangas abullonadas que tanto éxito tenían últimamente. Era de seda verde, con un estampado de lágrimas azules y turquesa que brillaban a la luz de los candelabros.
¿Candelabros? Sí, estaba en un baile, y los músicos tocaban un vals. Ella danzaba con un hombre. Qué raro que no pudiera verle la cara, estaba borrosa, pero él la hacía reír, y a Hinata eso le gustaba. De repente, vio que en la mano sujetaba un abanico, un abanico precioso, hecho de plumas de pavo real. Lo abrió y desde detrás miró al hombre de un modo muy seductor, deleitándose al sentir las plumas acariciándole la nariz.
Entonces se despertó, y vio que el hocico de Kurama estaba a escasos centímetros de su cara, y que eran los bigotes del gato los que le rozaban la nariz. El animal maulló para darle los buenos días. Ante un cambio tan abrupto de decorado, Hinata volvió a cerrar los ojos, pero al abrirlos segundos más tarde, vio sin ninguna duda al atigrado felino acurrucado en su almohada.
Había estado soñando. Y ahora le parecía un sueño absurdo. ¡El tafetán de seda era carísimo!
¿Y cómo diablos había sido capaz de bailar un vals y abanicarse al mismo tiempo? Pero a pesar de todo, sintió una punzada de pesar al darse cuenta de que ni el precioso vestido ni el hombre existían de verdad.
El abanico en cambio era otro cantar. Era precioso, con sus largas plumas, sus varillas de marfil y su borla de seda azul, y había visto uno igual en una tienda en la calle Regent. La misma tienda en la que había comprado la cajita de Limoges para lady Izumi. Uno de esos lugares donde se pueden encontrar piedras falsas de lapislázuli al lado de valiosísimas pitilleras estilo Carlos I, y abanicos como los de su sueño. Un objeto que costaba dos guineas, se recordó a sí misma. Un precio altísimo para un capricho.
Hinata se tumbó de espaldas, mirando al techo, y con la mirada recorrió las cuatro paredes amarillo pálido que constituían su pequeño apartamento de la calle Russell. Pensó en las historias de Las mil y una noches, y en sitios como Ceilán y Cachemira, lugares en los que el aire tenía fragancia de especias y las cimitarras no dejaban de blandir; con mercados llenos de alfombras persas y coloridas sedas. Ver aquel abanico, aunque fuera a través del polvoriento cristal de la caja en la que estaba guardado, la había hecho sentir por un instante tan exótica como Scheherezade. Suspiró.
El Kurama le lamió la oreja, ronroneó, y Hinata decidió dejar a un lado sus fantasías y acariciar al gato. Le gustó sentir el tacto de su piel contra la mejilla. Luego, apartó la colcha y se levantó.
Al ver que su ama salía de la cama, el felino se quejó.
—Lo sé, lo sé —dijo ella—, pero tengo que ir a trabajar. —Lo miró por encima del hombro y, descalza, atravesó la habitación—. A diferencia de otros, yo no puedo quedarme todo el día en casa, durmiendo.
El gato no se dio por aludido, y con un bostezo volvió a acurrucarse en la almohada. Como de costumbre, Hinata se lo permitió mientras ella procedía a su rutina matutina. La cama la dejaría para el final.
Puso agua en el cuenco de mármol blanco que había en el tocador y buscó su pastilla de jabón de pera. Después de lavarse, se vistió con una camisa blanca recién planchada, una falda azul oscuro, y sus habituales botas de lazos negras, y luego corrió las cortinas.
Se sentó al tocador y, tras deshacer la larga trenza que llevaba para dormir, se cepilló el pelo.
En el espejo, observó el reflejo del cepillo deslizándose a lo largo de su melena, que le llegaba a la cintura. Ver el utensilio de madreperla le trajo tristes recuerdos de su tía. Cien pasadas para hacer que el pelo brillara, le repetía su tía Kurenai a diario desde que Hinata cumplió los quince años. Si su padre hubiera estado vivo y hubiera oído el consejo de su cuñada, lo habría tildado de frivolidad, y habría dicho que pasarse tanto rato frente al espejo era un acto de vanidad.
Tal vez lo fuera, pero a Hinata le gustaba cuidarse el pelo. Normalmente, parecía que lo tuviese de un negro de lo más corriente, similar al color del pan de centeno. Pero con la melena suelta, un poco ondulada por la trenza, y con la luz que entraba por la ventana, parecía azulado, como de si fuera un brillante zafiro, claro que por el peinado que siempre se hacia aquello nunca se apreciaba.
El vestido de seda verde, pensó, habría quedado precioso. Bueno, ¿qué se le iba a hacer?
Se recogió el pelo en un moño en lo alto de la cabeza y lo sujetó con dos peinetas hasta asegurarse de que aguantarían todo el día. Satisfecha, se levantó, y, al acordarse de algo, se detuvo en seco.
Era su cumpleaños.
Se volvió a sentar de golpe, con la mirada fija en su reflejo. Tenía treinta años.
Se dijo a sí misma que no los aparentaba, que las pecas que tenía en la nariz y en los pómulos y que no había podido eliminar jamás por muchos limones que se frotara, la hacían parecer más joven. Unos ojos pálidos y sin vida en un rostro ovalado le devolvieron la mirada, ojos rodeados por unas pestañas poco espesas y por unas ligeras arrugas que no estaban allí el año anterior.
Levantó la mano y, con la yema de los dedos, resiguió las tres difuminadas líneas que tenía en la frente.
Aquel horroroso sentimiento de insatisfacción volvió a invadirla, y apartó la mano. Si seguía lamentándose así, llegaría tarde. Se puso de pie y salió de la habitación. Pasaban de las ocho, de modo que no podía quedarse a desayunar con los demás inquilinos en el comedor de la planta baja, pero si se daba prisa, podría tomarse una taza de té en su apartamento antes de coger el ómnibus que la llevaba al trabajo.
Corrió las cortinas de su pequeña sala de estar, calentó un poco de agua en el pequeño hornillo que allí tenía y, mientras esperaba a que hirviera, mordisqueó una galleta. Echó el té en el agua, y, al hacerlo, captó el aroma del jazmín y la corteza de naranja.
Ceilán, Cachemira. Seda verde. Scheherezade.
Qué tontería, se riñó a sí misma, pagar dos guineas por un abanico, aunque fuese su cumpleaños. ¿Gastarse más del sueldo de media semana en algo que jamás podría utilizar? Ella no era así.
Totalmente ridículo.
Pero no pudo dejar de pensar en las plumas de pavo real durante todo el camino al trabajo.
Notas de la autora: Esta es una nueva adaptación y aunque pueden estar un poco salidos de los personajes pensé que sería como una combinación de las personalidades originales y las de Road to Ninja, espero que les guste tanto como a mi.
Hola, no sé en que momento o lugar estés leyendo esto, pero muchas gracias por pasarte y leer esta ada`tación, dejen unos reviews que siempre son bien recibidos.
Gracias por todo, ya nos leemos. Pronto, espero :D
