Prompt #9. Vive conmigo. Tabla Quemaduras de pólvora.
Sed
Dedicado a Annie.
I've been thinking about you, baby
By the light of dawn
And in my blues
Day and night
I been missing you
I've been thinking about you, baby
Come and live with me
Twilight singers
Tenía la garganta seca cuando despertó. Lo mismo que los labios, que le sangraban, ¿se habría mordido en sueños? Le dolían los dientes también. Estaba bañada en sudor frío y sus manos lucían pálidas.
Intentó reconstruir sus recuerdos mientras que el mundo se aclaraba a su alrededor, en la habitación oscurecida del hotel abandonado en el que su escuadrón se ocultaba. Desde hacía un par de semanas, cuando Yu se…
Volvió incapaz. Sí.
¿Le tocaría llevarle la comida o el desayuno? ¿Qué hora serían? ¿Mitsuba habría olvidado descorrer las cortinas? A Shinoa le gustaba contemplar las estrellas antes de dormir y despertar con el sol en la cara. Goces sencillos. La habitación era una boca de lobo a tal punto que solo cuando se puso de pie notó que a su lado, en el lugar donde usualmente se encontraba Mitsu, cuando no la abandonaba para dormir junto a Shiho, estaba…
—¿Mika?
Los vampiros no necesitaban dormir pero él a veces amanecía apretando el cuerpo de Yu contra el suyo, como si quisiera hacer retroceder el tiempo a una época en la cual ambos eran niños humanos, sin tabúes con respecto al afecto ni adultos alrededor hablando de qué es apropiado. Al resto de los miembros del escuadrón los desconcertaba esta costumbre, más no a Shinoa, que la encontraba tierna.
Se consideraba afortunada por haber nacido mujer. Algunos la subestimaban, sí. Pero ella podía abrazar a Mitsuba, su querida amiga, tanto como quisiera. Las chicas hacían eso y no se convertían en lesbianas para nadie. Necesariamente.
Que Mika amaba a Yu tampoco era un secreto. A Shinoa le daban celos pero no podía competir con eso. Era el pasado, inocencia perdida, un lugar con ilusiones de seguridad desvanecidas. Tentador. ¿No lo hubiera sido para ella envolverse en el perfume nostálgico de Mahiru, si alguna vez regresaba del Crepúsculo marchando con la espada de Guren gallardamente, como Shinoa había soñado que lo hacía, más de una vez?
No podía juzgarlos. Y para Yu tampoco era extraño confundir su piel con la de Mika, que era fría y blanca como la nieve recién caída en Navidad. Yu, que era casi un niño todavía, no captaba las bromas ni indirectas de los demás, a diferencia de Mika, que se enfurecía al más mínimo comentario.
—Estás despierta.
Shinoa se restregó los ojos, preguntándose qué escenario era plausible para devenir en eso. Generalmente, Mika la miraba con recelo y resentimiento, como si solo que Shinoa respirara cerca de Yu pudiera contagiarle a este último una enfermedad incurable y esto fuese alguna clase de plan maligno, por parte de ella o de toda la raza humana para quitarle a Mika lo único preciado que le quedaba. Una cosa había que admitir: Shinoa no se sentía en absoluto insignificante en su presencia. Odiada, tal vez. Pero no ignorada.
—Si…—contestó Shinoa, frotándose los brazos ateridos por el frío y mordiéndose más los labios. Sabía que debía avergonzarle tener solo una camisola de dormir frente a un chico pero los vampiros tampoco sentían atracción sexual, ¿cierto? La ropa era de Mitsu y le quedaba holgada. Algo de su pecho se veía, por los breteles caídos sobre sus hombros. Y sin embargo, a Shinoa no podía importarle menos.
La expresión de Mika le preocupaba. O mejor dicho, la absorbía, como si su mera satisfacción o tristeza determinaran la propia. Era un impulso difícil de refrenar.
—No mejorará tan fácil. De hecho, no lo hará nunca. Te acostumbrarás, sin embargo.
No entendía de qué hablaba Mika. Pero sus palabras la estremecieron y en la confusión de los días pasados, la empujaron hacia un lugar lleno de interrogantes e inquietudes. Esto solo empeoró cuando Mika hizo lo insólito en él: se arrastró sobre la cama hacia Shinoa y pasó las manos por encima de sus brazos, en caricias que casi le provocan a ella un desmayo por lo simples (los vampiros eran máquinas vivas para matar, ¿cómo podía Mika ser tan delicado?) y a la vez intensas.
—Estoy aquí para lo que necesites. Yo…te amo, Shinoa.
Sintió deseos de llorar. No era exactamente una declaración romántica o mejor dicho, no tenía nada de eso. Pero la sinceridad de su naturaleza le provocó temblores a Shinoa. Nadie le hablaba con tanta amabilidad desde Mahiru en sus momentos buenos, edulcorándole la niñez antes de los tiempos más crueles, de abandono y Apocalipsis.
(Mitsuba tenía sus días pero en general, la relación se daba entre bromas, abrazos interminables y silencios compartidos en los que ambas entendían todo lo que lo que una y otra pensaba.)
—¿Mi…Mika?
Parpadeó varias veces. Estaba oscuro todavía, ¿no seguiría soñando ella? Sus nociones de tiempo estaban confusas aún. Habría pescado alguna fiebre, sin duda. Eso explicaría su malestar, incluso esa…extraña alucinación de la que no tardaría en despertar.
—¿Si, Shinoa?
—¿Dónde están los otros?
No era su pregunta. No esa, sino más bien: ¿Por qué, desde cuándo eres así conmigo? ¿De qué me perdí…? Pero las palabras, por mucho que las empujara hasta el borde de su boca, se negaron a salir. Tuvo que arrojar esas.
—Abajo. Debo decirles que despertaste. Querrán verte. O eso me han dicho.
Mika le acarició las manos, mirando al suelo con resentimiento. Ella comprendió menos y menos. ¿Había tenido alguna clase de accidente? ¿Le habría dado fiebre y se hubieran turnado sus compañeros para cuidarla? ¿Mika estaría confundido por la gravedad del estado de Yu?
Yu.
—¿Yu ha…?
El semblante de Mika se iluminó.
—Todavía no. Se supone que lo haga pronto. Y es gracias a ti. Te lo debo —agregó Mika, sonriendo. Tal vez, en un momento anterior, Shinoa hubiese adjudicado a su semblante la gracia de humano. Pero en la actualidad, la comparación se le antojaba pobre. Mika era más que eso.
Y se estaba inclinando para besarle las mejillas dulcemente, como si ella se tratara de una niña.
Shinya había incurrido en ese gesto cuando era pequeña, antes de que Mahiru, enferma de celos maternales, lo acusara de perverso y le prohibiera esa clase de tratos con Shinoa.
Shinoa dejó de respirar, sonrojada.
—Cuando Yu despierte…vámonos los tres juntos, Shinoa. No importa a dónde. Nos apañaremos. ¿Lo prometes?
Mika le acarició la nuca, los hombros. Su piel no le pareció fría como en otras ocasiones en las que había existido un roce fugaz o un contacto indispensable pero incómodo.
Shinoa no sabía cómo responder pero al igual que la vez anterior, las palabras hallaron su cauce casi sin su permiso.
—Claro.
Mika jadeó, aliviado. Sus ojos estaban llenos de lágrimas y antes de que Shinoa pudiera obligarse a hacer más preguntas pertinentes a tan extraña situación, el joven vampiro volvió a acercar su rostro brevemente al de ella en un suave beso de labios cerrados.
Al separarse, Shinoa seguía mirándolo, sorprendida.
—Gracias. Por ahora, sin embargo, hay que seguir con ellos –la boca de Mika se torció con repugnancia, erizando la piel de Shinoa aún más—. Dicen que eres su sargento de un modo u otro.
—Lo soy –aclaró ella, sin reflexionar mucho al respecto pero cohibida por el desprecio de Mika. Se habían esforzado mucho por ganar su confianza y él seguía teniendo sus reticencias. ¿Eran tan profundas, sin embargo? ¿Qué había hecho para merecer un trato tan especial del resto?
—Veremos. Ya sabes cómo son.
Trató de moderarse. En un día menos loco, habría empujado a Mika, mordiéndose los labios, intentando hacer su mejor esfuerzo por no insultarlo. Por Yu, claro está, por Yu.
—Mi familia. Eso son. Todos ellos. Y tú.
—Shinoa…—Mika repitió su nombre como si con aquel gesto pudiera hacerla entrar en razón o mejor dicho, adherir con él en su rechazo.
Por un instante pareció que iba a alzar la mano para acariciarla de nuevo pero se contuvo, como si ello pudiera comenzar una serie de eventos que no terminarían hasta horas más tarde. La ansiedad y confusión abatían a Shinoa cuando él se bajó de la cama, colocándose un jersey sobre la camiseta.
—Iré primero. Tómate tu tiempo. Prepararé tu desayuno, ¿sí? –Mika fue resueltamente hacia la puerta. La entreabrió y volvió sobre sus pasos, preocupado—. Solo te pido…no te quites el colgante. Era de Krul. Si te es incómodo, buscaremos otra manera luego. Esas joyas tienen encantos muy sencillos.
Solo entonces Shinoa notó la gargantilla de oro que alrededor de su cuello. Una piedra roja (¿Un rubí? Brillante como la sangre) colgaba de ella. Terminaba por encima de donde latiera su corazón. Acostumbrada a haber renunciado hasta a las insignias del JIDA, era extraño que no se hubiese dado cuenta de la novedad.
—C-Claro.
Mika volvió a sonreír antes de salir, cerrando la puerta con suavidad tras de sí. Había algo en sus maneras que le hacía pensar a Shinoa en los hermanos mayores que hubiera querido tener. Incluso en Guren antes de su decadencia de los últimos años sobre todo.
¿Mika se sentiría confundido por lo que le hubiese pasado a Yu? ¿Estaba aferrándose a Shinoa como substituto? ¿Habría sucedido algo realmente grave con él?
Shinoa se puso un vestido cualquiera sobre el camisón, que se sacó luego por debajo de la nueva prenda, apresurándose al pasillo del hotel para bajar las escaleras, tocándose disimuladamente la piedra obsequiada (¿O prestada?) por Mika, preguntándose si no debería quitársela. No quería ofenderlo pero, ¿Mika la habría estado cuidando? ¿O se había colado en su cuarto cuando nadie veía? A todo esto, ¿dónde estaba Mitsuba? ¿Sería posible que él…la hubiera lastimado y a los otros?
Cuando escuchó los murmullos usuales desde la cocina, Shinoa se alivió e incluso se enfadó consigo misma por desconfiar tanto del hermano de Yu. Nada fuera de lo común, por suerte y lo hubiera reconocido con los ojos cerrados: el repiqueteo de lo que fuera que Shiho estuviera cocinando en una sartén, tazas llenándose con té o café, paquetes de galletas que se abrían, discutiendo sobre raciones y la próxima partida.
Ni bien Yu se recuperara.
Entró en la cocina desperezándose y sonriendo.
—¡Qué día! ¿Cómo están todos?
De la manera en que la miraron, parecía que en lugar de su joven ex sargento (pues ya no pertenecían a la Compañía de Guren Ichinose, sino que eran desertores), había entrado un fantasma, una aparición tortuosa dispuesta a atormentarlos. El silencio se instaló en la habitación pero Shinoa trató de ignorarlo.
¿Cuánto tiempo habría dormido? Tal vez su fiebre (¿O resaca?) los tenía preocupados o incluso fastidiados con los cuidados. No eran tiempos para recaer así, sobre todo ya teniendo que lidiar con Yu-poseído.
Yu, ¿realmente estaba mejor? Shinoa deseaba verlo. Dio su mejor esfuerzo por mostrarse saludable, agradeció las atenciones que sin duda le habían dado y rebuscó en la vieja nevera puesta en marcha con sellos mágicos. Moría de sed. Suspiró de gozo al encontrar la jarra de jugo.
Fue difícil, actuar cotidianamente con todos mirándola de esa manera tan inconfortable. Hasta que Yoichi rompió el silencio de cuasi monólogo, yendo a los tropezones hacia Shinoa para abrazarla.
—Pensamos lo peor, sargento.
—¿Qué? –preguntó Shinoa, atónita pero intentando corresponder a las muestras de afecto de su compañero. Yoichi siempre le había agradado. Cuando le confesó su homosexualidad (confesar tal vez no sea la palabra, sino corroborar las primeras impresiones algo obvias pero en fin), Shinoa lo había apoyado e incluso alentado a confesar sus sentimientos a Makoto.
—Tonto Yoichi. Era claro que iba a sobrevivir. Pero…—Kimizuki dio un paso hacia Shinoa también y frotó su hombro, dejando a un lado las preparaciones del desayuno, que de todos modos se estaban chamuscando. Raro en él distraerse tanto.
—¡No lo sabíamos! Mika dijo…—comenzó a explicar exasperado Yoichi, aferrando a Shinoa como si la hubiera encontrado a la salida de un incendio, temiendo lo peor.
—¡¿Se dan cuenta de que ella apenas entiende de qué están hablando?! –estalló Narumi, golpeando la mesa frente a la cual estaba sentado junto a Mitsuba. Esta última, con los brazos cruzados, clavó la vista en Shinoa. Sus ojos brillaban: era un gesto que tenía desde niña, con su manía de no querer demostrar debilidad alguna, disimulando las lágrimas hasta que la sacudían sin remedio, haciendo que perdiera el control.
—¿Mii? ¿Qué sucede?
Shinoa conocía la expresión de sobra. Mitsuba estaba a punto de decirle algo difícil e importante. ¿Sobre Yu, tal vez? La ansiedad carcomió sus entrañas.
—Siéntate, Shinoa. Mika vendrá con tu desayuno en breve.
—¿Qué…? –Shinoa comenzó a preguntar cuando un sonido más o menos conocido le llegó desde la otra habitación. ¿No era la máquina de extracciones que habían traído para que Mika…?
—Hace tres días tuviste un…accidente –comenzó Mitsuba, reluctante, bajando la mirada un instante y limpiándose tan fugazmente una lágrima que quien no hubiera crecido con ella pensaría que solo acaba de tocarse la mejilla, antes de rascarse la ceja en un tic.
—¿Accidente? –repitió Shinoa, en blanco. Ciertamente no recordaba…
—Te atacaron –expresó Makoto, ahogando un jadeo indignado.
Era como sumar dos más dos. Shinoa no quería hacerlo, sin embargo. Estaba demasiado sorprendida y dolida.
—¿Quién? ¿Acaso Yu…?
—Como un jodido animal —expresó Shiho, mordiéndose los labios, aunque dos de cinco le hicieron reproches con poca energía.
—¿Pero…? Yo me siento bien. ¿Tal vez fue solo un golpe en la cabeza? –indagó, separándose de Yoichi y tomando lugar junto a Mitsuba, tan casualmente como fuese posible.
Esta vez la miraron con lástima. Y era algo peor que cuando ella hablaba sobre que Yu despertara tras una semana de ausencia, refiriendo experimentos con sujetos de otros países. No se trataba de condolerse con una viuda frustrada a la que querían mucho, sino de asistir a un entierro.
En vida.
Shinoa dio un sorbo al jugo de naranja. No tenía olor raro. Se notaba que lo habían preparado en el día, como usualmente hacía Kimizuki, ni bien despertar. Y sin embargo…
—¡Está rancio! –exclamó Shinoa, solo por buenos modales tragando el primer sorbo agrio que intentara pasar por sus labios. De inmediato empujó hacia adelante el vaso y volcó su atención hacia el pan tostado sobre la mesa, debatiendo internamente si tomar una rebanada. Había un olor sutil pero delicioso llamando su atención pero no podía saber de qué era.
—Shinoa…—comenzó Mitsuba, juntando los dedos de ambas manos, sobándose los labios y enfrentando su mirada.
Shinoa intentó sonreírle pero estaba demasiado pendiente de ubicar qué olía de manera tan agradable y reconfortante. Era como una mezcla de cosas deliciosas: tocino friéndose para sándwiches, pollo cociéndose en una sartén para acompañar con arroz. Y sin embargo, el extraño aroma tenía una reminiscencia a agua de rosas y frutillas maduras.
No sabía qué era, exactamente. Pero debía estar solamente en ese refugio de la realidad y acaso en el Cielo, si existía.
Mika llegó entonces, respondiendo con su mera presencia más de una interrogante terrible. Llevaba consigo una taza de té que colocó frente a Shinoa, mientras que se bajaba una de las mangas del jersey. De allí venía el intrigante perfume que a Shinoa le hacía agua la boca y el corazón que notaba ahora, particularmente inmóvil.
—Aquí está tu desayuno. Bebe pronto. No querrás que se enfríe…—insistió Mika, acariciándole la mejilla.
Shinoa supo desde antes de resignarse a mirar con detenimiento el brebaje color rubí en el interior de la porcelana…
—Te lo ofrecería…de la manera tradicional pero…sé que eres reservada y en cierto modo, no nos conocemos tanto –susurró Mika, especialmente para ella, besando la punta de sus cabellos mientras que Mitsu rompía a llorar y la abrazaba, apartándolo para su disgusto y frustración.
Shinoa solo tenía ojos para el brebaje. Sabía que una probada de ello le haría desear más, enfermizamente. Era lo más cercano al amor o la redención de lo cual alguien como ella podría gozar. Yu podía matarla o no quererla, que hasta hacía realmente poco era lo mismo para ella. Y sin embargo, mientras pudiera beber aquello, el destino sería soportable. Hasta reconfortante.
Se obligó a dejar de mirarlo y solo entonces, las lágrimas fluyeron.
—Shinoa…—la consoló Mitsuba, como si fueran las únicas ahí, ante el desconcierto (y algo parecido a los celos, si no lo eran…) de Mika.
Debió saber desde que despertara con la lengua y los labios heridos por lo que ahora comprendía, eran colmillos repentinamente afilados, bajo una luz matutina que le hacía daño, siendo tanto peor si la encarara sin el filtro del colgante de la reina Krul.
Es solo que le quedaba lo necio e inmaduro de su humanidad tan temprana como su muerte.
