Las mañanas siempre parecían tan frías. Metió sus manos hasta el fondo de los bolsillos de su abrigo. En la esquina, le esperaba como de costumbre aquel que había sido elegido el guardián de la lluvia. Alto, despreocupado y con aquella sonrisa eterna en el rostro.
De sólo verlo, se sentía molesto. Era una sensación retorciéndose dentro de él cada vez que se le quedaba viendo.
Algo debía andar bastante mal con él. No había otra explicación. Sólo para distraerse, sacó sus manos de los bolsillos y buscó sus cigarrillos para tener algo mejor que hacer que pensar estupideces.
-No te hace bien seguir fumando.—Llegó la continua frase sin que le importara demasiado.
Cuando estuvieron frente a la puerta del Décimo Vongola, se permitió parecer más relajado. No podía parecer demasiado cansado o nervioso ante el jefe, porque su intuición lo delataría como otras veces.
Sonrió naturalmente al verlo aparecer en el marco de la puerta mientras se disculpaba por demorar en bajar.
-No se preocupe, Décimo. Estamos a tiempo. —-Dijo sonriendo más, mientras palmea su espalda y empiezan a caminar.
Por un momento, el frío de la calle se vuelve reconfortable. Quizás porque no se siente tan inútil al verse caminando junto al Décimo, como si todo tuviera sentido, aunque fuera por un momento.
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DC
Octubre 2010.
