¿Qué si tengo perdón de los cielos? ¡Nooo! Sí, ya sé, demoré un chorro en actualizar y no merezco perdón mucho menos condescendencia por parte de ustedes. Las excusas no servirán para maquillar mi notable irresponsabilidad la cual me colma el alma en pena más nada porque ustedes me han abierto espacio de su tiempo. Pero eso sí, por encima de todo quiero agradecer a sus bellísimos reviews que tanto me han fortalecido en los períodos de debilidad, sin ello sepa Zeus donde anduviera metiendo las narices. A todas ustedes les dedico este segundo y tercer capítulo.


II.- Es oficial, soy su secretaria.

Había conseguido el trabajo ¿Y ahora? ¿Qué es lo que seguía? ¡Claro! El papeleo, recolectar firmas de aprobación y después presentar el acta de confirmación a recursos humanos. No fue tarea fácil ir del tingo al tango por diversos sectores del hotel para cazar firmas tras firma y así llenar el último renglón del documento que le entregó Sesshomaru. Fue algo maratónico. Rin sobrevivió a su último día como mísera cajera del departamento de contabilidad para estrenarse al día siguiente como la asistente administrativa del Gerente de AyB. Una intensa felicidad la embargaba de pies a cabeza y lo que le maravillaba de sobremanera era el no saber cómo le hizo.

Miroku, como el buen cotilla que era, le quiso exprimir toda la información a quien fuera su mano derecha. Rin reprodujo con exactitud todos los hechos, desde el severo elevamiento de su voz hasta la pelea casi a muerte que sostuvo con el picaporte de la puerta. Ella estaba que todavía no digería la simplicidad con la cual Sesshomaru soltó un definitivo: Empiezas mañana. Miroku estaba atacado de la risa y no desaprovechaba la oportunidad para mencionarle a Rin que no cualquier mujer tiene las agallas suficientes como para desafiar al cara dura de Sesshomaru. Sin dudas, la suerte le sonreía.

—Mujer, no puedo creer que hayas tenido los ovarios para gritarle a esa pedante cabeza de algodón.

Las mejillas de Rin se encendieron, estaba muy apenada.

—Ya ves… —dijo con voz trémula—Uno tiene que sacar las garras.

¿Para qué mentir? Rin no sabía de donde empuñó el coraje, ella estaba igual o más impresionada que Miroku; desconocía la fiera que escondía dentro. Terminaron la plática porque Sara (cuyas miraditas eránse de sentir como agujas en el rabo) andaba como perro sin dueño buscando donde despechar su herido orgullo, y si algo disgustaba a Rin era tener que lidiar con las víboras malas leches que circulaban en la oficina. Por eso cuando Sara daba señales de ir a reclamarle, Rin buscó la manera de sacarle la vuelta e ir a su antiguo cubículo para empacar las pocas cosas que le faltaban mudar a su nueva oficina.

Dábase la casualidad que aquella mañana en la que Rin hacía oficial su papel como asistente de Sesshomaru, él no estaba. El cabeza de algodón había tenido una emergencia fuera del hotel. Rin supo lo indispensable gracias al correo electrónico que recibió al iniciar el computador. La mañana transcurría lenta, pesada y llena de mudos celos por parte de uno que otro compañero, en específico mujeres. Para ahuyentar el peso de las miradas y cuchicheos detrás de espaldas empezó por ponerle orden a su archivero y llenar con información la base de datos. Rin se dedicó en revisar punto por punto el check list de sus funciones, tal tarea le absorbió mucho tiempo y no fue sino hasta la hora del almuerzo cuando Rin se preparaba para abandonar la oficina porque el hambre ya hacía huecos en su estómago y no le perdonaba ni un minuto sin alimento.

Rin que atravesaba la puerta y Sesshomaru que se acomodaba para pasar a su despacho. Uno estaba centímetros cerca del otro, sus respiraciones se rozaban tanto que Rin percibió cierta nota a tabaco en el entrecortado aliento de su monísimo jefe. Rin mostró perplejidad, no tenía estímulo para sonreír, la apantallante altura de Sesshomaru y ese porte estricto y regio tan característico de él la apabullaba, le cautivaba y paralizaba. Otra vez regresó a ella la sensación de estar pasando frío, culpa del silencio y la glacial mirada de Sesshomaru que para mal, no la veía. De no ser porque Sesshomaru rápido se desembarazó de la situación al hacerse un lado, ella se salvó de morir congelada.

Un escalofrío nada más la corroyó. Inclinó la cabeza a modo de reverencia y se echó andar; esperando a que algo ocurriera hizo en su camino una pausa. Por el rabillo del ojo espiaba a Sesshomaru que todavía seguía de pie en el umbral de la puerta sin mover un dedo, quizá estaba agarrotado por la peligrosa cercanía que tuvo con su nueva secretaria. Rin volvió la cabeza hacia él, estaba ansiosa de una palabra, de un movimiento que, aunque falso, rompiera el hielo entre los dos. Pero no pasó aquel suceso especial que Rin, con la mandíbula tensa, añoraba desde el fondo de su ser. Ella llegó al comedor de empleados con un vacío en el corazón, agitada y gesticulando en cada músculo de su cara el sentimiento de decepción. La comida, después de todo, le supo insípida.

III. El demonio que hay dentro de él.

Una pared de cristal los dividía, a través de ella Rin podía observar (sin obstrucciones en el camino) el atrayente ensimismamiento de su nuevo jefe (en secreto: amor platónico) cuyos ojos color miel apuntaban al computador y a una torre de carpetas las cuales revisaba con absoluta calma y determinación.

Había pasado no un par de días desde que Rin volviera oficial su papel de secretaria, y en ese tiempo (del que exprimía segundo a segundo) descubrió un rasgo luminoso que hacía de Sesshomaru aún más encantador de lo que ya era, un rasgo hechicero del que rezaba poder tocar con los dedos y absorber con ellos su historia. Sobre la blanca frente de su jefe, harta ligera pero notable había una mancha rosácea en forma de luna, desaparecía entre líneas cuando Sesshomaru fruncía el ceño cada que el estrés o el malhumor invadía su aplomo.

Entregada Rin a los pensamientos de querer tocarla y mirando sin cuidado a Sesshomaru, sus insaciables ojos negros volvieron a chocar con los de él, esta vez las miradas se compenetraron y como temblor que arrasa con todo, el cuerpo de Rin se sacudió y su estómago (órgano en el que recaen las emociones) sufrió graves estragos: despavoridas revolotearon millares de mariposas. Rin no podía procesar bien su estatus actual, residía todavía en su cerebro la fantasía de sus dedos sobre esa mágica luna, por eso, cuando Sesshomaru le hizo seña con su mano de que entrara a su despacho, la incredulidad en Rin fue suprema, tanto así que se apuntó el pecho desconfiando que fuera ella la elegida. Para acabarla de fregar e hundirla más en la vergüenza, Sesshômaru cogió el teléfono y le marcó. Rin automáticamente pegó su oreja a la bocina y enseguida fue acribillada con la enérgica y varonil voz de Sesshomaru:

—Ven…

Ese "Ven" dicho con una simplicidad admirable guardó miles de significados para Rin, como por ejemplo: un ven de vente, te estoy cogiendo y ya quiero que te vengas sobre de mí. Ni tarde ni perezosa Rin salió disparada como flecha de su silla giratoria para acudir al llamado de su jefe, a cuenta gotas se le humedecieron sus bragas de lo fugaz que fue su imaginación para transportar su pensamiento a esa escena cachonda. No obstante, su aterrizaje a la realidad fue doloroso, casi mortal. Apenas Rin atravesó la puerta su nuevo jefe sacó el demonio que traía dentro.

—¿Se puede saber qué carajos me miras?

La mágica luna desapareció.

Rin enmudeció.