— A JEALOUS GWIZDO IN ACTION —

2


La adivina estafadora no había movido el culo de la mesa en todo ese tiempo. El gran banquete ya se encontraba dentro de su necesitado estomago. Mirando hacía el techo, no hacía más que sonreír con malicia, a la vez que se mesaba las manos, sintiendo ya casi logrado su objetivo en ese lugar. Puede que un piso la separase del enano iracundo, pero a pesar de todo podía percibir sus malas vibraciones. Ah, eso sería tan fácil, pero tan fácil...

Desvío la vista hacía la pareja de tórtolos, que se habían desplazado hacía el salón. Él, como no, seguía llorando por cualquier idiotez y ella no hacía más que tratar de consolarlo. Ellos no serían un problema. El "perro" azul hacía ya un buen rato que se la había quedado mirando, no notando buenas intenciones en ella. Pero poco le importaba, Hector no podía hacer nada por mucho que quisiera, y podía percibir el aura de la niña, llena de dudas y entendiendo poco de lo que sucedía, bien quietecita en la cocina. Bien, mucho mejor era que se quedara en una esquina sin estorbar, al igual que la alimaña azul.

Se canso de esperar, ya tenía sus a fichas para el juego y pensaba divertirse.

— Dulce pareja —habló acercándose a Lian-chu y Jennyline, con voz de portadora de malas noticias. Ellos la miraron—, mucho me temo que no puedo ver nada bueno en vuestro futuro. Amargura, tortura, más de una separación, desesperación... celos. No puedo ver nada más que eso.

— ¡Oh, no! —exclamó horrorizada Jennyline, mientras que Lian-chu lloró más— ¿Y qué podemos hacer, gran adivina?

La mujer le dedicó una falsa sonrisa conciliadora, mientras sacaba de debajo de su manga un contrato y lo presento ante ellos.

— Algo muy simple y fácil —aseguró con un brillo de malicia apareciendo en sus ojos.


Llevaba tanto tiempo dando vueltas en la habitación, que Gwizdo juraría que escuchó la madera crujir bajo sus pies, amenazando con formarse un boquete justo donde él estaba y tirarlo al piso bajo. No le importaba tanto una posible caída como el dinero que Jennyline le reclamaría por el destrozo del suelo, bastante alboroto había montado ya con la mesa. Decidió sentarse en la cama. Suspiró hundiendo su cabeza entre sus manos. Así qué ¿Lian-chu y Jennyline? ¿Desde cuándo? ¿Cómo? y sobretodo ¿por qué? Es decir, él sabía que su amigo no era muy largo de entendederas, pero de hay a liarse con Jennyline... Otra opresión en el pecho.

"¿Qué tiene ella qué no tenga yo? —no pudo evitar pensar. Sin embargo NO en ese sentido— ¿Qué sabe cocinar cosas que no actúen como pesticida para plantas-dragones? ¿Qué es tan alta como él? ¿Qué es... una mujer?"

Gwizdo casi se golpea a si mismo. Esos pensamientos eran absurdos. ¡¿Por qué siquiera le importaba?! Ellos eran compañeros de trabajo. Más que eso eran amigos de toda vida y él debería alegrarse de que Lian-chu haya encontrado el amor tan cerca de la posada que les servía a ellos, pobres diablos, de techo seguro sobre sus cabezas. Él debería alegrarse porque Jennyline ya no estaría más detrás de su persona. Debería alegrarse porque si ellos formalizaban lo suyo no les faltaría una buena ama de casa en cuanto tuvieran su granja... Debería... tantas cosas que no era capaz de sentir. En cambio los celos lo comían por dentro. Y hablando de comer... Sus tripas volvieron a gruñir, esta vez con más intensidad. De repente, las palabras de la adivina se clavaron en su mente.

"Pareces tener un hondo vacío dentro de ti, cazador. ¿Es el hambre que dices tener... o son celos?"

Gwizdo apretó los dientes.

— ¡Es hambre, vieja bruja! —exclamó, para segundos después sentirse idiota.

Pues obvio ella no se encontraba ahí.

— ¡Ahh! ¡A la porra con esos dos tórtolos! ¡Que hagan lo que les venga en gana, a mi solo me importa llenar el estomago! —gritó al vacío, necesitado de convencerse a si mismo.

A zancadas que demostraban lo molesto que estaba con el mundo en general, salió del cuarto dispuesto a saciar el hambre, pues los celos no hacían que un estomago rugiese.

Aunque no quería, un sonoro suspiro de alivio salió de sus labios cuando noto que no había nadie más que Hector en el piso bajo. No se veía con la fuerza para mirar a la cara a Jennyline... o a Lian-chu, mucho menos la de él. Porque tenía muchas ganas de partirsela por dejarle de lado por una mujer... de nuevo.

Zaza exclamó de alegría y casi salta a los brazos del pequeño hombre un poco más alto que ella, al verle cruzar la entrada a la cocina. Para ella ahora mismo, él era el único adulto que no actuaba extraño, pues lucía tan molesto como siempre.

— ¡Ves! —exclamó la pequeña— ¡Te lo dije, están pasando cosas muy raras!

Gwizdo, que había estado hurgando entre los estantes, cogió un tarro cualquiera, una cuchara de madera y comenzó a comer lo que quiera que fuera esa cosa que llenaba el tarro. El buen sabor alivió un poco su alma herida. Solo entonces sus ojos azules observarón directamente los verdes la niña. Zaza sintió una indescriptible pena por él, al verle tan abatido.

— ¿Y qué esperas que haga yo? —le cuestionó, mordaz— Sabes perfectamente que sin Lian-chu soy un saco de huesos inútil. ¡Y por lo visto él prefiere a tu madre!

Zaza sintió un poco de miedo, pero aun así quería consolar a Gwizdo de lo que sea que parecía aquejarle.

— Eso es mentira —aseguró—. Puedes hacer grandes cosas sin Lian-chu. Recuerda aquella vez en la que... no, él llegó en el último segundo a salvarte. ¡Pero también está esa en la que...! No, ahora recuerdo que el plan te salió mal. ¿Y qué me dices de esa...? Oh, Dios, esa si que no...

Gwizdo cada vez fruncía más el ceño por las palabras de la niña.

— Zaza —la acabó interrumpiendo—, no ayudas.

La niña jugó con sus manos mientras miraba al suelo, azorada por la vergüenza.

— Lo siento, es que te veo mal y yo solo quería...

— ¡Mal! —a Gwizdo le salió un gallo involuntario al chillar esa palabra, a la vez que golpeaba la mesa, de nuevo en su sitio, con la punta de la cuchara. Zaza dio inconscientemente un saltito en el sitio— ¡Yo estoy muy perfectamente, niña! ¿Qué te hace pensar que estoy mal?

— Bueno —comenzó ella, un poco nerviosa, tanteando el terreno—, para empezar has dicho "muy perfectamente" y fuiste tú el que me recalcó que eso estaba mal dicho cuando yo lo dije una vez y de último... pues... te estas comiendo mi dulce, ese que dices que tanto odias, como un auténtico cerdo y agarras el bote como si quisieras romperlo.

El pequeño hombre comenzó a ponerse verde en cuanto escuchó que era lo que estaba comiendo. Sin más dio la vuelta y escupió el dulce que tenía en la boca por la ventana, antes de comenzar a echarse agua en la boca como un desquiciado. Oh, señor, señor, señor. ¡Menudo asco!

— ¿Qué tal les va a mis empleados?

La adivina había entrado en la cocina tan silenciosa como un gato. Zaza creyó que Gwizdo se giraba a ver a la mujer a cámara lenta, antes de adoptar una pose algo más digna.

— ¿Empleados? —escupió la palabra, más que preguntó, a la vez que se acercaba a ella con mirada amenazante. Zaza se escondió detrás de él, pues esa mujer le daba miedo— ¡¿Empleados?! ¡Yo no recuerdo empezar a trabajar para usted, fea arrugada!

Ella bajó la mirada, observándole rezumando odio por los ojos, al igual que Gwizdo.

— Tú no eres él más indicado para insultar mi aspecto, enano. No eres precisamente una belleza —tras decir eso, se sacó un espejo de dentro de su bolsito de viaje, lo puso delante del rostro de Gwizdo y apenas un segundo después este se rompió en sus manos.

Obvio la mujer había hechizado el espejo para que se hiciera añicos. Pero eso no evito que Gwizdo sintiera su orgullo totalmente herido, como nunca antes. Las piernas le temblarón y a punto estuvo de caer, si no fuera porque Zaza arrastró una silla hasta él, para que se sentará.

Gwizdo no era idiota, sabía perfectamente que era feo. No necesitaba que una adivina se lo dijera y mucho menos le importaba... al menos no le había importado hasta ahora.

"Así que, ¿es por eso? —no pudó evitar pensar— Lian-chu la prefiere a ella a mi... porque soy feo"

Se habría echado a llorar como un niño, pero no quería verse aun más debil delante de esa mujer.

— Esperó que alguno de vosotros sepa leer —comentó la estafadora, llamando enseguida la atención de Gwizdo.

La mujer extendía un contrato hacía ellos. Él lo tomó entre sus manos y los ojos casi se le salen de las cuencas al comprobar lo que era.

— ¡Un contrato de propiedad del Dragón Roncador! —exclamó horrorizado mientras su mirada viajaba rápidamente de un extremo al otro del papel, notando que era auténtico— ¡Jennyline debía de estar secretamente desesperada para firmar esto!

La mujer le quitó el contrato de las manos, con una sonrisa mordaz tatuada en el rostro.

— No tanto, en realidad —comentó—. En cuanto le dije que si permanecía por más tiempo aquí, su relación con el cazador se vería precipitada a la ruina pareció, más bien, ansiosa por firmar y marcharse de aquí con su hombre. Y mira, aquí estipula perfectamente bien que la posada y todo lo que haya dentro son mi propiedad ahora, incluidos los inquilinos.

Gwizdo nunca antes había sentido tantas ganas de golpear a una mujer.

— ¡Tú, bruja! —exclamó y se habría lanzado sobre ella, si no fuera porque Zaza lo detuvo.

La mujer rió, mirándole con superioridad.

¡¿Cómo había sido tan estúpido?! Había sido obvio para él que ella era una estafadora, debió encargarse de ella en cuanto la vio, en vez de lamentarse. Ahora por su culpa... ¡Un momento! ¿Había dicho qué Jennyline se había ido? ¡¿Con Lian-chu...?! Lágrimas comenzaron a resbalar de sus ojos sin que él las pudiera detener.

Ya estaba, no podía caer más bajo. Lian-chu se había ido para siempre, otra cosa más ya no le importaba. Se había quedado solo en el mundo. Todo por idiota celoso.

— Si te crees que voy a trabajar para ti vas lista —pero todavía le quedaba un poco de orgullo para tratar enfrentar a la estafadora—. Soy un cazador de dragones no un... un... ¡mesero!

La mujer simplemente se encogió de hombros.

— Si no te agrada la idea, simplemente puedes recoger tus cosas e irte —concedió dándose la vuelta—. Total, ¿quien te iba a echar de menos?

A Zaza le habría encantado decir que ella misma si echaría a Gwizdo en falta, por ejemplo, pero se vio incapaz de decir nada, demasiado sorprendida por lo que acababa de escuchar.

El pequeño hombre fue en ese momento presa de la cólera. ¡Pues por supuesto que se iba a ir bien lejos de esa bruja!

— ¡Hector! —llamó al pequeño dragón, quien apareció enseguida ante su dueño humano— Desvalija este sitio con todo lo que nos pueda servir y metelo en St. George.

Por supuesto, no pensaba irse sin la satisfacción de tener la última palabra.

El dragón entendió que Gwizdo le estaba dando permiso para provocar destrozos y le brillaron los ojos de pura malicia.

Con un asentamiento el dragón se perdió de la vista y en seguida se escuchó el sonido de cacharros siendo volcados.

— ¡Tienes que estar de broma! —logró exclamar por fin la pequeña— ¿De verdad me vas a dejar sola?

Pero él hizo como si ella no existiera y todavía haciéndo oídos sordos subió a su habitación, empaquetó todas sus cosas y salió con ellas del cuarto no sin antes patear las pertenencias de Lian-chu, las cuales se había dejado en el cuarto.