Luke Morgan se encontraba sentado en primera fila en aquel santuario, aunque sentía un pequeño picar en su nariz, sabía que era por la mosca que hace unos segundos había posado allí, su cuerpo recto que no se inmutaba a los ruidos del ambiente, aquel niño llorón de la fila de atrás o la mujer que murmuraba en la fila delante de él.

No giraba su cuello ni para mirar la espesa nieve que caía a las afueras del santuario, ni para regañar a sus hermanos menores por estar haciendo un poco de ruido, Luke no podía darse aquel lujo de dar una mala impresión, no el, no el hijo de Dimitriv Morgan, no el hijo del alcalde.

Dimitriv mejor conocido por todos como el alcalde era un hombre de renombre, que había ganado dos veces la alcaldía de aquel pequeño pueblo a las afueras de Minnesota, un hombre querido por todos, muy creyente de la religión con una familia perfecta. Luke sabía lo que esto significaba desde muy chico, este desde que empezó a ir a la escuela ya era hijo del alcalde, sabiendo que no podía equivocarse aprendió a controlar su ira, su tristeza, sus emociones para así solo demostrar un estoico e inamovible rosto sereno. Pero aun así había algo que detestaba y era ir al santuario los domingos, aunque sus padres lo pasaran por alto sabían que este no era devoto a la religión, prefería quedarse en casa leyendo avanzados libros de electrónica o física, ver un documental científico, pero este sabia cuanto importaba la imagen de su padre así que solo decidía acompañarles.

En esos momento que se encontraba en el santuario solo recordaba cada palabra de aquel discurso de su padre cuando gano por primera vez las elecciones, él no sabía cómo ni porque razón él podía recodar aquello con tanta claridad, algo que había escuchado a sus tres años, su memoria perfecta le llamaba el, cosa que no comentaba a nadie, solía ser reservado y cerrado todo lo opuesto a sus padres, quienes eran abiertos y amables.

Para el la época de fiestas no era nada, no recordaba alguna vez haber recibido nada de lo que algunos chicos llamaban papá Noel, sabía bien quien era Noel, había leído sobre aquel viejo barbudo vestido de rojo, pero la religión que profesaban sus padres no le permitía darse el lujo de celebrar en opinión de el un simple intercambio de regalos, la religión de sus padres le prohibía muchas cosas, pero este en su necesidad de conocimiento aun así las buscaba y conocía…

Cada noche de víspera de navidad como esta se recostaba en su cama mirando el techo preguntándole a el universo que si estos eran sus padres porque a él no le agradaban sus ideas, porque era tan diferente, sus hermanos quienes vivían para el en la ignorancia si podían convivir con ellos pero el no, el solo debía callar y todo estaría bien o tal vez su padre le golpearía de nuevo dejándole más cicatrices en su espalda.

Cada veinte de diciembre el compraba algún objeto para dárselo de regalo así mismo, sus padres no le celebraban cumpleaños por su religión tan ortodoxa, pero por lo que sabía había nacido un veinticuatro de diciembre, aunque sonara triste él prefería darse un regalo a si mismo antes que nadie se acordara de él.

Cada vez que él hablaba con el amplio cosmos buscando en algún lugar del basto universo hubiera un lugar donde alguien se acordara de él, pero si no lo hacían sus propios padres quien lo aria.

Luke aun siendo un chico muy listo no sabía qué hace once años antes de mudarse a Minnesota sus padres habían hecho un trato con un hombre de piel oscura para cuidar a un niño, sin nombre y sin familia, un niño abandonado que ellos habían prometido proteger, pero Luke sentía que si no podía protegerse de su padre no se podría proteger de alguien más.

Inconscientemente en el basto universo si había dos personas que no hacía unas hora en Malibu se habían despedido uno del otro llorando por aquel hijo perdido, Pepper quien había tomado camino a un hotel y Tony quien se había quedado bebiendo toda la noche como los últimos once años en esa fecha.

No sabía si alguien se acordaba de él, si sus padres le querían, pero había algo que él nunca perdía y era la fe en saber quién era realmente en la vida, sus padres le habían enseñado era que cada quien tenía un propósito para nacer y si él no lo sabía debía descubrirlo, porque después de todo, el tiempo no esperaba por nadie.