ii.

La recordaba en los primeros días, no sin una cierta vergüenza ante sí mismo.

Para Cullen no había sido posible juzgarla de otro modo, Lavellan era la variable de calamidad acaecida en medio de una situación de por sí caótica. Si el comandante encontró algún consuelo durante esos terribles primeros días, fue pensar que las insinuaciones de Cassandra respecto a un posible liderato por parte de Marian Hawke nunca se volverían realidad. La Heroína de Ferelden fue imposible de localizar y las ominosas predicciones parecían no tener fin, pero Hawke sería siempre la última de las opciones.

El mundo agonizaba y la impotencia solo se comparaba con la tensión. Algo explotaría —de nuevo— y Thedas estaría perdida. En aquel entonces, Cullen no pudo advertir los pequeños detalles que la habían salvado, esas acciones nimias que habían vuelto un todo del mundo fracturado.

Cullen la recordaba y sentía ganas de abofetearse. En medio de toda aquella vorágine, había estado ella, coronando el caos con lo que él calificó como torpeza e insensatez. Esta mujer indisciplinada, que eludía sus responsabilidades como portadora de la marca bajo cualquier excusa —pero que constante y voluntariamente encontraba faenas entre los ingenieros o los sanadores en las barracas—, no podía ser la Heraldo de Andraste.

Uno podía hallarla en la Dama Cantarina, riendo los chistes de los parroquianos, bebiendo lo que le invitaran y perdiendo dinero que no tenía en las apuestas más ridículas. Cuando no, andaba entre los edificios, buscando los relatos de Varric y asaltando al elfo apóstata con eternas sesiones de preguntas. A veces, Cullen podía atraparla vigilando detrás de una tienda el entrenamiento de los nuevos reclutas o los movimientos de Cassandra, sin atreverse a salir de su escondrijo hasta que él le hacía saber con una señal que sus dotes de sigilo eran nulas.

En cuanto a las habilidades que sí tenía, no hubo tiempo de preocuparse. Su apostasía era lo de menos, incluso para él. Leliana mencionó que Lavellan había sido primera del clan, aunque Cullen mantuvo su recelo sobre la exactitud de esa información. Sin duda, era versada en la tradición de su pueblo y la historia en general se le daba bien. Su fuerte, sin embargo, eran los números; sobre cualquier cuestión matemática, ella tenía una opinión. Era una sanadora apta; no obstante, sus destrezas mágicas no iban mucho más allá o lograban ser grandiosas, y a ella no podía importarle menos. La magia no era su mayor interés. Y contrario a lo que él indicó, nunca creyó que ser maga la hubiera condenado al destino que tanto rehuyó.

"Había sido culpa mía, era yo, toda yo. Nuestro clan nunca fue como los otros, y Deshanna creía que para continuar, para evolucionar como clan en ese sentido, una custodio como yo —una chalada hiperactiva, supongo— suministraría la clase de ánimo necesario."

Cuando su relación con Lavellan fue lo suficientemente buena para preguntarlo, ésa fue su respuesta. Nunca negó el honor, el rostro de orgullo de su padre y el cariño que le tenía a Deshanna Istimaethoriel la convencieron de lo contrario, pero en secreto, pidió cada día a sus dioses poder evitar la delicadeza de un cargo de esa índole. Atesoraba su libertad, el privilegio de preocuparse por los demás pero no ser de ellos. Quizá ese fuera su error.

Ella no deseaba ser la heraldo de nadie. Deseaba tiempo para lo que sí amaba. La Inquisición y sus demandas sobre su tiempo, su mente, y toda su vida, parecían un chiste cruel, un sueño raro e incómodo que se burlaba de sus esperanzas de un futuro agradable.

"No soy una de ustedes", había dicho durante una reunión del consejo.

Cullen no lo comprendió. Los elfos dalishanos podían tener esa actitud con los humanos y así lo tomó. Cuando ella se explicó, su opinión sobre ella no hizo mas que agravarse.

"No soy una líder."

Así que además, Andraste había enviado a una persona sin carácter. Cullen cuidó no dejar ver como esa mujer se sumaba a su lista interminable de desencantos, la trató con respeto pero cierta distancia, por el bien de la Inquisición y el de la sana convivencia. De cuando en cuando surgía una leve impresión compasiva, no obstante: por un tiempo, ella misma aceptó que no era mucho más que una fachada, un símbolo vacío que la Inquisición ocupaba para impedir que todo se viniera abajo. Tenía tan poca fe en su potencial como él.

Hasta que un futuro la alcanzó. Lo que vio en Risco Rojo la había sacudido y no mucho después perdió aquello de lo que con tantas fuerzas había intentado escapar.

"Caí en la cuenta de la dimensión de mí misma dentro de lo que creía un juego de humanos."

Había pasado tanto tiempo dentro de un clan —uno abierto e interesado en lo que acontecía más allá de él, pero un clan dalishano al fin de cuentas—, y ahora estaba sola, al mando de un montón de gente que la pensaba una oportunista, una hereje, un obstáculo.

La recordaba en Refugio, un vendaval de alegría y curiosidad, luchando por la poca libertad que ellos le habían consentido.

Ella siempre había luchado por libertad.

—¿Alanna? —La llamó por fin, en el presente.

Ingresar a sus aposentos nunca dejó de ser una aventura. Asomaba su personalidad en cada pergamino maltratado que tapizaba el suelo, el los libros apilados en los rincones y al costado derecho de su cama, en el aroma de las cataplasmas curativas y el aria vándala. Amuletos y cinturones se amontonaban sobre el escritorio, entre notas garrapateadas con números y en las que no quedaba espacio para agregar una cifra más. Había objetos antiguos apoyados contra los muros, armas de variada procedencia, arcos, flechas, dagas, espadas y un solo bastón. Cullen ya había perdido la cuenta de las veces que tropezó con un frasco o un mortero, ocultos bajo una capa de notas rápidas e ininteligibles. En jarrones había ramos de nomeolvides.

Aquella tarde, en medio de ese enigmático desorden, la maga dalishana desentonaba en tonos grises.

Lavellan era solo unos años mayor que él, pero nunca, al mirarla, tuvo la certeza de que había vivido cada uno de ellos hasta ese momento. A pesar de su tendencia protectora —un vicio adquirido por fuerza dentro del clan y su papel en él, según palabras de ella misma—, su inoportuna excentricidad, su locuacidad, e absurda temeridad, habían sido signo de una persona joven. Las cosas no cambiaron gran cosa cuando el clan Lavellan de disipó.

Ahora, de repente, mientras la contemplaba parada frente al cristal de una ventana, adquiría el peso de cada año y, sobre todo, la carga de los últimos días. Ella no giró para encararlo, sus ojos continuaron sobre el cristal y la nevada que se desataba afuera.

—Cullen —respondió con voz lejana.

Y como pudo recordarla exultante, la recordó silenciosa y gris. Justo después de haber perdido a su clan, Lavellan había titubeado y perdido a Hawke también.

—Uno de los soldados declaró haberte visto en los terraplenes anoche… durante toda su guardia.

El cabello que siempre fue una nube hirsuta sobre su cabeza había alcanzado una nueva y enmarañada gloria. Los semicírculos oscuros debajo de sus ojos, característicos de su aspecto —nada que tuviera que ver tanto con la falta de sueño como con herencia de su padre— se acentuaban sobre la piel cobriza que otrora tuviera un aspecto saludable.

—Ahora que he logrado despertar, me gusta estar despierta.

Se acercó despacio, calculando cuánta proximidad podía lograr sin que ella se replegara. Al buscar su rostro, notó que el brillo de sus ojos, de ese misterioso azul-verde, estaba enturbiado por lágrimas y el atisbo de la decepción que habitaba dentro de ella. También advirtió que en el cristal podía ver su reflejo y que al mirar hacia él, no estaba prestando atención a la nieve que lo golpeaba, sino a su silueta irregular.

Miraba el lugar donde faltaba un antebrazo.

Los ojos de Lavellan subieron hasta su cara, quizá avergonzada de verse en aquél estado de nuevo, cuando juró que nunca más se lo permitiría.

—Ojalá pudiera matarlo la próxima vez —declaró de repente, sus ojos fijos sobre los de él.

Lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas pero tenía una expresión más bien serena. En su voz no hubo amargura.

—Lo que Solas ha hecho no quedará impune. —Fue lo que pudo responder al alargar una mano y enjuagar sus lágrimas.

Ella asintió y volvió a la ventana. Cullen compuso un gesto de pena. Ella no contaría con fuerza de voluntad —o fuerza en lo absoluto— para algo tan categórico, pero claro, era improbable que fuera ella quien acabara con la vida del mago. Algo le decía a Cullen que Lavellan, en el fondo, rogaba no tener que ser ella.

Se quedaron de pie y en silencio, observando la distorsionada imagen del exterior, de las montañas y la nieve.

—Aprendí algunas lecciones de él.

—¿No confiar demasiado? —Ofreció Cullen a la súbita confesión de ella, inseguro.

—Me refería a magia —replicó con una inesperada sonrisa.

Estaba ladeada y había en ella un aire apagado, pero no era fingida. Se le ocurrió que ése era su modo de demostrar agradecimiento por su compañía. Después de todo, compañía había sido todo cuando pudieron darse durante los dos años desde la derrota de Corifeus.

—Conservas el buen humor.

Lavellan bufó y rodó los ojos para luego limpiar con la yema de los dedos la humedad que restaba en sus ojos.

—Solas podrá quitarme un brazo, pero nunca el buen humor —agregó de manera irónica. Desvió la mirada un instante—. Y la elegancia —señaló su facha.

—Nunca la elegancia, mi señora —le aseguró Cullen al sonreír.

Ella encaminó sus pasos hacia el ropero mientras trataba de aplacar el desorden de rizos con ambas manos.

Cullen se perdió en el paisaje caótico detrás del cristal durante unos segundos.

En retrospectiva, su comportamiento y él tenían justificación, un motivo que no deseaba dar a los demás y aún menos a sí mismo. La vida había sido un devenir de daño que hubo que esquivar, de algún modo lo había logrado y seguía vivo. Emergido de un ámbito anárquico, se había sostenido en pilares que se tambaleaban y trataba de aparentar que todo estaba bien, que podía continuar así indefinidamente porque alguien debía hacerlo, porque el cambio siempre lo asustó sin importar cuántas veces la gente malinterpretara eso como perseverancia. La incongruencia entre lo que había tratado de fingir, lo que había vivido y lo que había hecho para vengarlo, y su decisión de abandonar la orden para unirse a Cassandra, le quitó el sueño incluso mucho después de haber arribado a Feudo Celestial.

No había logrado reconciliar su pasado con la persona que era actualmente, y estaba bien. Ya no le debía nada más a su pasado, no tenía porqué regresar.

—¿Qué sucederá ahora? —Ella se detuvo, giro sobre sus talones y alzó los hombros. No había captado el sentido de la pregunta. Lavellan no podía estar menos interesada por el futuro inmediato—. ¿Somos libres? —Reformuló—. Ha sido demasiado tiempo, quizá... lo merecemos.

—Ni pensarlo —atajó de inmediato, negando con la cabeza y sonriendo para él.

Presentía que respondería algo así, algo irónico y despreocupado. ¿Es que alguien, en primer lugar, había logrado arrebatarle su libertad a esa elfa en realidad? Comenzaba a albergar fuertes dudas al respecto. Tal vez habría tenido que formular su pregunta de otra forma.

«¿Puedo ser libre contigo?»

Continuó su camino hacia el ropero y al llegar no tardó en desperdigar múltiples prendas a su alrededor en busca de lo que deseaba, cuando lo halló se detuvo para indicarle que se volteara.

—No por mí, pero sé lo incómodo que es para ser Cullen Rutherford —se mofó mientras se retiraba el abrigo.

Cullen sacudió la cabeza, sonriendo de medio lado.

—¿Qué era? —Preguntó en voz alta, yendo a recargarse sobre un muro y cruzándose de brazos, mirando en otra dirección mientras ella cambiaba su ropa.

—¿El qué? —La oyó preguntar, su voz amortiguada por la tela.

—¿Qué era lo que realmente querías decir cuando mencionaste las lecciones aprendidas?

—Puedes mirar —le informó. Cullen obedeció, ella estaba sentada sobre la cama, encargándose de las correas de sus botas. Al finalizar, se puso de pie y lo encaró—. No es una lección en realidad. O quizá, sí. Tal vez son todas las lecciones —dijo con un semblante decaído que procuró ocultar mientras buscaba el cepillo para dar orden a su cabello.

—No debí insistir, perdóname.

—No es eso, si hablar contigo de cualquier cosa, sobre todo esto, continuara siendo tan difícil como hace dos años, probablemente ni siquiera estarías aquí —le recordó con la sonrisa más cálida que pudo darle, esa sonrisa que iba teñida de un afecto muy parecido al que podría profesarle Mía.

La idea era a la vez hilarante, enternecedora y un tanto triste tras los eventos que les habían llevado a forjar una confianza de esa magnitud. Porque era como el cariño de una hermana, sí, pero Cullen podía hablar con Lavellan cosas que no hablaría con Mía sino era bajo tortura.

—Se llama ser amigos, alguien tenía que remplazar a ese maese engreído de Pavus.

Cullen soltó un leve gruñido.

—Casi puedo escucharlo decir que me falta su buen gusto para ser capaz de remplazarlo —dijo con fingida exasperación.

—¿Podríamos rebatirlo?

—Siguen haciendo frente común contra mí, por lo que veo.

—La distancia no ha logrado cambiar eso —admitió Lavellan con una afilada sonrisa—. Pero si te consuela, tu ausencia de buen gusto es parte de tu personalidad única, Cullen. No podrías remplazar a Dorian, pero nadie podría remplazarte a ti. —Concluyó en un tono mucho más serio y una mirada intensa que devolvió.

—Gracias. —Replicó él con suavidad, solemne casi.

Ella amplió su sonrisa y asintió una vez.

No, no era como el cariño de Mía.

—En cuanto a tu pregunta, es complicado —prosiguió, sacándolo de su breve abstracción—. Si pudiera explicarlo de alguna forma... Diría que lo que hizo Solas me hizo madurar. —Se mordió los labios y aquel latente espectro de tristeza que la asechaba la ciñó hasta que logró arrancarle un suspiro trémulo muy similar a un quedo sollozo—. No lo hizo de manera consciente, o eso es lo que me digo para ayudarme a sanar.

Cullen lamentaba no haber advertido la naturaleza de las intenciones de Solas a tiempo.

Alanna se permitió un momento más a la sombra de su desdicha antes de caminar hacia él para entrelazar sus brazos y comenzar el descenso por las escaleras hacia el exterior.

—El futuro es inquietante ahora que no puedo ni imaginar cómo será, a pesar de que debería estar pensándolo. ¿Tu has pensando en el final, Cullen? ¿El final... el de verdad? —La pregunta lo pilló distraído, parpadeó rápidamente, sin responder en seguida.

Cruzaron la puerta de sus aposentos y caminaron por el Salón del Trono. Unas pocas personas, todos soldados de la extinta Inquisición, caminaban con premura, abriendo y cerrando puertas, arrastrando cofres, cargando baúles. Alcanzaron las enormes puertas cuando Cullen decidió contestar la pregunta. Fuera, la nieve se precipitaba con menor intensidad que hacía un rato. Todo al otro lado de las dos hojas de madera era una armonía en diferentes tonos de blanco.

—No sé mucho del futuro, y del final de verdad aún menos, pero.. puedes venir conmigo cuando me vaya, si no tienes ningún lugar mejor.

Ella le dio un leve apretón en el brazo junto a su respuesta.

—No se me ocurre mejor sitio —le aseguró en un tono tan suave que casi era un susurro.

A él tampoco.

—Ese podría ser un buen final.


N/A: Esto pintaba para long-fic en realidad, pero no tuve voluntad para embarcarme en otro de esos. Ambas partes estaban pensadas como prólogo y epílogo, espejo uno de otro, con muchos caps peques de momentos cukis y/o angst sobre la evolución de la relación de la Inqui y Cullen durante los dos años entre la derrota de Cory y el Exaltado Concilio. Razón por la cual es posible que el two-shot se sienta flojo y raro a ratos, con cambios de tono muy drásticos; sí, le faltó todo lo de en medio (como un emparedado hecho de puro pan, ja).

Ugh, la personalidad de mi Lavellan niño me quedó cuki (algún día debo escribir sobre él) pero su contraparte femenina... sigue sintiéndose tan rara wtf

Anyway, amor eterno a quien lee y el doble de amor eterno (? srsly debo dejar de decir cosas que no tienen sentido) a quien comenta.