Ok, esta es la continuación. Y es...bastante explícita. Sino te gustan este tipo de lecturas no sigas, por favor. Lo mismo si no te gusta la pareja xD
Solo voy a hacer una pequeña aclaración: yo me baso en la versión de Joseph del manga, no del anime. Como sabrán los lectores del manga, son bastante diferentes, sobre todo en la parte actual. Piensen en la última portada que salió, algo más o menos así xD El Joseph del anime, si bien apareció una sola vez, es demasiado aniñado. Bah.
A Chise le hubiese gustado preguntarle a qué se refería con eso, sólo que Joseph se apartó de ella lo suficiente para que ésta extrañara su presencia física sobre ella, sintiendo frío y vacío. Entrelazó su torso con ambos brazos pese a que el vestido no había descendido del todo y se permitió observar al hechicero en una labor metódica que avergonzó a la pelirroja; desprendía botón por botón su chaleco y luego su camisa en forma despreocupada, sin prisas. Se deshizo del chaleco y desprendió los puños de su camisa ya abierta.
—¿Por qué me miras así?¿Te gusta lo que ves, acaso?
—Me da curiosidad, es todo.
Chise no pudo evitar sonreír ante la expresión de asombro que había puesto Joseph ante su comentario; su rostro daba a entender que acababan de propinarle una bofetada, pero se recompuso rápido, deshaciéndose también de la camisa.
—Y a mi tú me das curiosidad. Déjame ver un poco más.— con movimientos felinos se colocó otra vez sobre ella intentando apartarle los brazos, sin mucho éxito.— Chise…
Sintió su nombre pronunciado como un regaño y acto seguido, Joseph volvía a besarla, ésta vez con mayor demanda, mayor necesidad. La pelirroja intentó corresponderle como pudo y, una vez hubieron alcanzado un ritmo lento pero satisfactorio para ambos, se permitió bajar la guardia por unos segundos, cerrando los ojos y dejando de forcejear contra el de cabellos platinados.
Supo que había perdido la batalla en cuanto había acercado más a Joseph abrazándolo por el cuello en busca de mayor contacto. Sintió como la tela bajaba por su torso al tiempo que aquella mano fisgona acariciaba su costado provocándole cosquillas. Sus labios ansiosos abandonaron su boca y descendieron por su cuello, su clavícula, su torso.
Chise se limitó a recostarse e intentar relajarse cuando sintió aquellos labios ardientes y ávidos acercarse a uno de sus pechos. Gimió y se mordió el labio inferior cuando la lengua húmeda y anhelante lamió aquella parte de su anatomía tan sensible para luego besar y succionar a gusto, sin tapujo alguno.
Sintió calor en el rostro y entre las piernas, y una sensación, una necesidad primitiva y extraña se apoderó de ella en ese momento. Quería ser caprichosa y egoísta, pero le avergonzaba exigir más contacto, más fricción entre ellos. Tampoco sabía a ciencia cierta cómo hacerlo, cómo darle a entender a Joseph que precisaba sus manos y su boca con urgencia y mayor ímpetu, mayor brusquedad. Sus movimientos eran lentos, tranquilos, desesperantes. Besaba la piel de su torso con parsimonia, y sus manos ahora acariciaban sus piernas sin reserva por debajo del vestido a medio subir, a medio bajar, aprisionado en su cintura, enrollado. Sus labios y su lengua hacía estragos, cortocircuitos en su cerebro, y los sonidos húmedos que desprendía su boca contra su piel la enardecían aún más, y no había hecho casi nada aún.
La excitación y ansiedad que sentía la urgieron a acariciar la espalda desnuda del hechicero, sus hombros, sus brazos; escuchó apenas la risita divertida contra sus pechos, provocándole escalofríos. Clavó sus uñas en la piel cuando sintió que los dedos de Joseph se enredaban en los tirantes de su ropa interior, intentando bajarla por sus piernas. La confianza que había ganado se esfumó en un segundo cuando la inseguridad y la timidez volvieron a ella al percatarse de sus intenciones.
Rápidamente todo se transformó en una batalla muda, un forcejeo amistoso, sin violencia pero sí mucho empeño por parte de Joseph. Pese a la posición de desventaja en la que ella se encontraba, Chise no previó que la mano ajena abandonaría la tela y se escabulliría por debajo de ésta. El efecto electrizante y asombroso que sufrió la asustaron al punto de intentar apartarlo; lo empujó hacia atrás por los hombros, fracasando. Lo único que logró fue que Joseph se acoplara más a su cuerpo, aplastandola, sin que sus dedos se marcharan de aquella zona tan sensible que apenas estaba tanteando.
—¿Qué se siente?.— el cuchicheo contra su oído le erizó la piel.— ¿Duele, te complace? ¿Quieres que me detenga?
Reparó en que la atención se volvía más afanosa, osada. Joseph exploraba cada vez un poquito más, volviendo luego al punto inicial con parsimonia y una dilación que llegaba a trastornar a Chise. Como tenía ambas piernas abiertas le era imposible desembarazarse de la situación, sintiéndose expuesta y en una franca provocación que ella no había premeditado. El contacto fue volviéndose más confortable conforme aquel sector de su anatomía se impregnaba con su propia esencia, desconcertándola y abochornándola a partes iguales.
Se sonrojó intensamente cuando la intimidad entre ellos se volvió más intensa, recíproca; instintivamente la pelirroja movió las caderas en un intento por aumentar la fricción, y agradeció que Joseph interpretara correctamente sus deseos. Varios gemidos se escaparon de sus labios y sus piernas se aflojaron cuando sus caricias se volvieron más vehementes y entusiastas. Nuevamente procuró retirar la prenda del camino y en esa ocasión, no hubo resistencia; el hechicero se alejó lo suficiente para maniobrar y poder quitar el estorbo y ahora ya sí, acomodarse otra vez, acoplándose a su cuerpo como si ambos encajaran a la perfección.
Un poco cohibida por el paso que habían dado pero dispuesta a llegar hasta el final, Chise buscó los labios de Joseph en forma casi hambrienta; lo sintió reír contra su boca mientras él presionaba allí abajo con su cuerpo en un vaivén rítmico pero pausado, provocándola indirectamente a través de sus pantalones. La pelirroja sintió una mezcla de curiosidad, pena y excitación al percibir aquel roce duro pero agradable, y sin pensarlo dos veces, dirigió su mano hacia la entrepierna del hechicero, tanteando, indiscreta. Le oyó suspirar ahora contra su cuello al presionar lo que evidentemente era su erección y el sonido le agradó lo suficiente para volver a hacerlo, una y otra vez.
—Mira nada más.— su voz estaba tomada, un poco agitada. Chise pudo vislumbrar un pequeño sonrojo decorando sus ojos profundos, acuosos. Volvió a presionar y el hechicero se frotó contra su mano, aún con la ropa puesta.— ¿Me estás provocando, acaso?
—Puede ser.— sintió fuego en el rostro al decir aquello, pero no se arrepentía de sus palabras. Le costaba mantener el contacto visual con Joseph por la intensidad y la promesa de lujuria en sus ojos pese a que sentían lo mismo.
—Luego no te quejes si ya no puedo detenerme, niña.
Se sorprendió al percibir aquellos dedos juguetones otra vez sobre su intimidad, yendo un poco más allá. Una pequeña molestia se instaló cuando presionó con uno de ellos intentando entrar, consiguiéndolo. La sensación era extraña, entre agradable e incómoda, pero conforme fue acostumbrándose a sus movimientos y a la entrada de un segundo dígito se permitió relajarse, disfrutándolo. Sus dedos imitaban la oscilación de una penetración, hacia afuera y adentro repetidamente, una y otra vez, y a medida que los segundos pasaban el movimiento se hacía más natural, accesible. El ritmo fue aumentando y Chise se descubrió abriendo aún más las piernas, impaciente y agitada.
—¿Ansías más, Chise?¿Quieres más de mi?.— a la aludida le fastidiaba que Joseph hubiese notado ya el efecto encantador que tenía su voz susurrada, grave, incitadora.
—Sí…
—¿Sí, qué?.— un tercer dedo se había unido a los anteriores obligándola a darle más espacio, avergonzada por la obstinación del hechicero. Sabía que no iba a hacérselo tan fácil.
—Sí, quiero.
—¿Qué es lo que quieres? Dímelo, yo seré sincero.— besó su cuello y lamió su oreja mientras volvía la penetración más lenta, sosegada. La menor soltó un suspiro de protesta, frustrada.— Anhelo estar en tu interior, deseo sentirte completamente, Chise. Pretendo corromperte y hacerte perder la razón, obligarte a que sólo puedas decir mi nombre e implorarme que no me detenga.
Sus palabras no sólo surtieron el efecto deseado de enajenarla aún más, sino que también hicieron sentir a Chise deseada, codiciada, hallándose orgullosa por ello, dándole el empujón de confianza que necesitaba.
—Yo...quiero eso. Quiero que lo hagas, Joseph.
—¿Me estás dando permiso para conquistarte, Chise?
—Sí, te lo doy.
Aquellas palabras sellaron un pacto tácito que ambos parecían dispuestos a cumplir. Joseph volvió a alejarse, a separarse sólo un poco, y otra vez, aquella actividad metódica se presentó cuando se deshizo del resto de su vestimenta, ayudándola a despojarse también de su vestido rojo arrugado y olvidado en su cintura. Quizás consciente de los nervios y la incertidumbre que aquella situación le generaba, Joseph no le dio demasiado tiempo a admirar sus cuerpos desnudos; se acomodó nuevamente entre sus piernas, abriéndolas por completo mientras aprisionaba sus manos sobre la cabeza de la pelirroja, sobre la cama. Percibió la presión que ejercía en forma suave, luego insistente; se volvió molesta e intrusiva llegando a ser dolorosa, y en todo ese tiempo, el hechicero no despegó su mirada de la suya, evaluando su reacción.
—Relájate, así.— Chise frunció el ceño, apenada y dolorida.
Intentó relajar sus músculos, notando como su cuerpo finalmente cedía. El dolor se mezcló con plenitud y pasión, sintiéndose llena y completa. Al cabo de un momento que Joseph le permitió acostumbrarse, un nuevo vaivén comenzó, parecido pero a la vez muy diferente, más íntimo y profundo. Chise se familiarizó con su ritmo y al poco tiempo aquella sensación cálida y agradable comenzó a crecer nuevamente, relajándola.
El silencio entre ambos fue llenado de suspiros y gemidos contenidos hasta que el acto se volvió más apresurado, demandante, ávido. Chise sólo pudo aferrarse a Joseph cuando el ímpetu de éste la arrolló al punto de tener que morderse el labio para no elevar demasiado la voz en una tentativa infructuosa por contener sus gemidos. Cuando quiso despegar los labios para pedirle que se apiadara de ella, un grito mal disimulado se atascó en su garganta, abochornada.
—Te dije que te haría perder la razón.— su voz agitada mezclada con la risa que no escondía azoró un poco a Chise.— ¿Te hago daño, acaso quieres que me detenga ahora?
En ningún momento había bajado la intensidad de sus embestidas; el colchón parecía moverse con ellos, y una fina capa de sudor había cubierto la piel de Chise, acariciada todo el tiempo por las manos suaves y cariñosas del hechicero, generando un contraste con su actitud que desorientaba a la joven. No quería que se detuviera, para nada. Sentía una presión muy grande comenzar a generarse en su bajo vientre e intuía que si Joseph se detenía en esos momentos, iba a perder la oportunidad de experimentar aquello, se frustraría y rompería el momento mágico que habían creado.
Al contrario de lo que creía posible, el vigor y la rapidez con la que Joseph se movía dentro de ella aumentaron, y Chise ya no tuvo fuerzas para contener sus quejidos. Ya no podía pensar con claridad porque su cuerpo entero parecía reaccionar a aquel calor extraño y fuerte que crecía, más y más.
—Dime que me detenga.
—N-No...no lo hagas…
—¿Cómo se dice, niña?.- era increíble, pero podía hablar decentemente pese a que estaba en las mismas condiciones que ella.
—Por favor, no te detengas…
Y no lo hizo. Y así, aquel calor creció y explotó en su interior, haciéndola enloquecer. Sintió a Joseph aferrándola, conteniéndola en su orgasmo mientras lo oía culminar entre suspiros refrenados. Sus respiraciones extenuadas se mezclaron, irregulares. Joseph se recostó sobre ella sin aplastarla, apenas apoyando los codos, y Chise se dedicó a acariciar su espalda y su cabello conforme recuperaba la compostura. Se sentía flácida y liviana, en paz.
—Ahora eres toda una mujer, Chise.— lo vio reír y la pelirroja le devolvió la sonrisa, sin ánimos de pelear. Sintió sus labios cálidos y amorosos sobre los suyos en un beso que no tenía ambiciones eróticas, sino afectuosas.
Y abrió los ojos.
Lo primero que vio fue el techo de la habitación que ahora ocupaba; inspiró el suave olor a jazmines que inundaba el lugar y palpó las suaves sábanas blancas que no eran las suyas. Su respiración estaba agitada, su cuerpo caliente.
Se sentó en la cama lentamente. Acababa de amanecer por la luz tenue que se filtraba por la ventana; llevaba un camisón blanco que tampoco era suyo pero que le sentaba bien, y al ver las vendas en su brazo izquierdo recordó bruscamente lo que acababa de vivir.
De soñar.
Apretó las piernas, avergonzada de sí misma y sofocada por descubrir lo mucho que aquello le había gustado. Se preguntó cómo su mente había formulado semejante escena y sensaciones, tan vívidas y placenteras para ella, que no conocía absolutamente nada de todo aquello.
Un pequeño golpe en la puerta la alertó; la madera se abrió sin producir casi ruido alguno ni esperar a su respuesta, y Joseph ingresó sonriendo, vestido y animado. Chise comprobó de un sólo vistazo que su brazo izquierdo estaba en su lugar, y que su ojo derecho era el suyo. Eso no lo había soñado, era real.
—Buenos días. ¿Cómo te sientes?
—Buenos días. Me siento bien.— frunció el ceño al ver la sonrisa del hechicero expandirse en su rostro, como si se estuviera riendo de un chiste que ella no comprendía.
—Sólo quería comprobar que todo funcionara correctamente. Apenas está amaneciendo, deberías dormir un poco más, niña.
—No me digas niña.
—Ah, ya. Lo siento.—Joseph ya estaba saliendo de la habitación, tomando el pomo de la puerta y cerrándola.— Olvidé que ya ahora eres toda una mujer.
Y cerró la puerta tras de sí, dejando a una Chise completamente pasmada, sentada en la cama. Aquello, después de todo, no había sido un sueño.
Espero les haya gustado!
Nos leemos!
-corre antes de que la maten-
