Vegeta estaba en su habitación colocándose el uniforme de combate cuando recibió un mensaje a través del intercomunicador que llevaba colocado en su oreja derecha y que mediante una pantalla que cubría su ojo le mostraba la información de su entorno, especialmente la fuerza de combate de cualquier ser vivo.

–Vegeta, Lord Freezer requiere tu presencia en el puente mando.

Vegeta gruñó disgustado y apretó el botón del intercomunicador para devolver el mensaje.
–Recibido. –Y sin más explicaciones salió de su cuarto. Se encontraba en el interior de la nave principal de Freezer donde había vivido los últimos 20 años de su vida desde que su padre, el Rey Vegeta, le había entregado al tirano. El maldito reptil se había encaprichado con él desde niño y el Rey no dudó en complacerle a cambio de cerrar un Tratado comercial con uno de los mayores Imperios del Espacio que, según el monarca, volvería a traer la prosperidad a su pueblo.

Sin embargo, al poco tiempo de ingresar en las filas del Imperio, el planeta Vegeta sufrió una catástrofe apocalíptica debido al impacto de varios meteoritos que hicieron desaparecer al planeta y con él a toda su raza. O al menos, esa era la historia oficial. Sin embargo, el príncipe Vegeta sabía con certeza que el único responsable de la desaparición de su planeta era Freezer. El impacto de un meteorito era improbable, el impacto de varios meteoritos era prácticamente imposible, pero incluso acogiéndose a esa posibilidad y que la destrucción generada hubiese aniquilado a la civilización saiyajin, el planeta como tal hubiese permanecido en el universo aunque en el peor de los casos se hubiese fracturado. Sin embargo, del desaparecido planeta Vegeta ya no quedaba ni el polvo, y eso el Príncipe sólo lo había visto en dos ocasiones en las que Freezer había lanzado una poderosa bola de energía contra un planeta, introduciéndose en su interior hasta llegar al mismo núcleo haciéndolo explotar en miles de millones de pedazos y desapareciendo en el silencioso espacio sin dejar rastro.

De toda su raza sólo habían sobrevivido tres saiyanjins incluyéndose él mismo: un guerrero de tercera clase llamado Raditz y el saiyan encargado de su guarda cuando fue entregado con seis años al Emperador, Nappa. Ahora trabajaban como mercenarios para Freezer conquistando planetas para el Imperio, pero Vegeta no se dejaba engañar así mismo, aunque a los mercenarios se les pagaba, él se veía más como un esclavo anclado bajo el dominio de un ser del que no había escapatoria.

Vegeta tomó el pasillo principal de la nave y se dirigió al puente de mando. Por el camino se cruzó con parte de la tripulación de la nave. Allí se encontraban razas de todo tipo: reptilianos, insectoides, incluso algunos tipo calamar que se desplazaban con sus tentáculos casi sin tocar el suelo. Pero quitando a sus camaradas saiyajins jamás había conocido a otra raza humanoide y mamífera en sus largas exploraciones por el espacio profundo. Hasta hacía poco ni siquiera se había parado a pensar en ello, pero últimamente una idea no dejaba de merodear en su cabeza y era desoladora, porque ya estaba prácticamente convencido de que jamás conseguirían reproducirse y con ellos desaparecería su raza quedando en el olvido. El que fuera miles de años atrás el honorable Impero Saiyan acabaría borrado de la memoria colectiva.

Llegó a la entrada principal del puente de mando y la puerta se deslizó hacia la derecha justo en el instante en el que plantaba sus pies delante. Se introdujo en la sala donde una gigantesca pared acristalada daba unas vistas espectáculares del espacio. Freezer se encontraba observando una nebulosa mientras le daba la espalda junto a sus dos lugartenientes: Dodoria y Zarbón, situados a sus flancos, que se giraron para recibir al saijajin con una perversa sonrisa.

–Me ha llamado, Lord Freezer. –Vegeta se arrodilló ante el tirano pese a que este continuó dándole la espalda.

–Tengo una nueva misión para ti. –Freezer guardó unos segundos de tenso silencio hasta que se decidió continuar. –Quiero que acudas al planeta B33 y hagas una limpieza. Para dentro de un mes no quiero que quede ni una sola forma de vida, tengo planes que desarrollar en ese espacio.

–Como deseéis Lord Freezer. –Vegeta se incorporó esperando recibir permiso para abandonar la sala, pero este no llegó y continuaron sumidos en un tenso silencio que de ninguna manera él iba a romper. Casi estaba agradecido de que el monstruo no se diera la vuelta para enfrentarse a él. Cada vez que le había mirado a los ojos un escalofrío inevitable recorría su columna vertebral. Vegeta había crecido entre la muerte y la violencia, y sin embargo aún continuaba protegiendo en su interior los principios que regían a su pueblo, una auténtica raza de conquistadores. Sin embargo, Freezer no se guiaba por ningún principio que no fueran sus propios caprichos, y éstos, en el 90% de los casos implicaban la aniquilación y la muerte sin ningún tipo de justificación o sentido. Era la encarnación más pura del mal concentrada en un ser vivo y para él la vida carecía de cualquier tipo de valor. Toda la gente de la que se rodeaba eran meros instrumentos para conseguir sus fines y si alguien dejaba de resultarle útil se deshacía de ellos. Ésa fue una de las primeras lecciones que aprendió Vegeta en aquella nave, para conseguir sobrevivir debía hacerse imprescindible, aunque para ello tuviera tuviera que renunciar a su propia humanidad.

–Esta misión la realizarás solo –Freezer rompió finalmente el silencio y Vegeta observó su espalda mientras escondía su sorpresa de sus enemigos. Sin duda otra medida básica de supervivencia en aquel lugar hostil era saber ocultar los pensamientos aunque él de manera natural ya se mostraba frío y reservado. –Ya puedes retirarte, Vegeta. –El monstruo levantó su mano derecha para despedirle.

–Así se hará, Lord Freezer. –Vegeta giró sobre sus pies y abandonó el puente de mando a paso rápido mientras cavilaba en su interior. Enviar a un hombre solo a ocuparse de un planeta entero era algo extremadamente inusual. La mayoría de las veces se hacía en grupos de varios guerreros, en el caso de los Saiyajins les enviaban por parejas debido a su gran fuerza de combate. Esta sería la primera vez que Vegeta asumiría sin Nappa una misión de este calibre y un mal presentimiento se iba adueñando de su estado de ánimo. Freezer jamás tomaba ese tipo de decisiones a la ligera y sin duda alguna una sorpresa desagradable le estaría esperando en el planeta B33, pero se encargaría de que nada le pillara por sorpresa. Era un maniático del control.

Llegó a la cantina donde rápidamente visualizó a Nappa comienzo una pieza gigantesca de carne. Se acercó a su mesa y se sentó enfrente sin saludar. Para los Saiyajins hablar durante la comida era una muestra de falta de educación, nada debía perturbar la hora de comer. Con esta premisa, se cruzó de brazos y esperó a que su compañero acabara de devorar su plato.

–He oído que Lord Freezer te ha hecho llamar. ¿Nos ha encargado una nueva misión ese bastardo? –Nappa se limpió la boca con el dorso de la mano y apartó la bandeja vacía hacia un lado.

–Me envía sólo a limpiar el planeta B33.

–¿Sólo? –Nappa levantó la voz confundido, a diferencia de Vegeta era un saiyajin de emociones volubles que no se molestaba en ocultar. –¿En qué está pensando ese desgraciado? ¿O acaso el poder de combate es tan insignificante que no necesitas que nadie te acompañe?

Vegeta frunció el ceño a su camarada. –Lo dudo y si así fuera me sentiría incluso más ofendido. –Nappa asintió entendiendo su punto de vista. Cuanto mayor era la fuerza de combate de un guerrero, mayor era la fuerza de combate de los enemigos que se le escogían, hacer lo contrario sería como proclamar a los cuatro vientos que eras débil y la debilidad en la nave de Freezer se pagaba muy cara. –Estoy seguro de que me espera alguna sorpresita de las suyas, pero no importa, sea lo que sea que tenga preparado estaré aquí de regreso dentro de medio año.

–¡Bien dicho! –Nappa dio un trago a su amarga bebida y golpeó la mesa con el vaso para darle más énfasis. –Por cierto, ¿has sabido algo nuevo de Raditz?

–No, aún no ha regresado de su misión. Al fin y al cabo su nivel está muy por debajo del nuestro.

Nappa se estiró sobre la mesa y observó con media sonrisa a Vegeta –supongo que ya se encontrará aquí cuando regreses, de lo contrario tú y yo seremos los últimos de nuestra raza.

Vegeta emitió un gruñido dándole la razón a su compañero y se levantó de la mesa. Sólo se había acercado para contarle la buena nueva que le había preparado Freezer y no había necesidad de seguir alargando la reunión. En aquella nave cuanto más cortas fuesen las conversaciones, mejor. Uno nunca sabía que oídos te estaban escuchando y a quién llegarían los rumores.

Abandonó la cantina y se dirigió directamente a la zona de despegue de las naves. Ya tenía una misión asignada y nada le retenía de seguir perdiendo el tiempo en la nave nodriza. De hecho, cualquier excusa le resultaba perfectamente válida y atractiva para huir de allí. Se acercó al soldado encargado de la asignación de las vainas y le entregó el código de su misión.

–Vegeta, misión 234532DELTA, se te ha asignado la vaina 3 del hangar B.

El Príncipe asintió y fue directo a su nave asignada. Al entrar marcó en la pantalla el planeta B33 y el mapa estelar diseñó la ruta más rápida. –Destino, B33, tiempo estimado de vuelo tres meses, el proceso de letargo se iniciará a los 10 minutos del despegue y finalizará 10 minutos antes del aterrizaje. –La voz metálica de la nave resonó dentro de la esfera. El lapso de 10 minutos para inducir al pasajero en un estado de sueño no era casual, se había estimado que ese era el tiempo en el que podría producirse alguna incidencia tanto en el despegue como en el aterrizaje que necesitara del viajero despierto. Vegeta se acopló en su asiento y se inyectó la vía en su brazo de derecho que le alimentaría con un suero durante los siguientes tres meses. Cada vez que aterrizaba en un planeta después de un prolongado letargo, necesitaba comer más de lo habitual. Los cuerpos de los sayajins no estaban hechos para el suero, su dieta era íntegramente carnívora y sus organismos se resentían si se les privaba de su ingesta de proteínas.

Con un zumbido se inició la cuenta atrás que activó la lanzadera situada debajo de la nave. Sesenta segundos después se encontraba en el espacio rumbo a su nuevo destino. Las luces interiores de la nave cambiaron a un color rojo oscuro y se activó el gas que al inhalarlo le sumió en un coma inducido. Vegeta no volvería a despertar hasta llegar a B33.