Nunca he pensado en vivir otra vida que no sea esta. Bien, lo he hecho; pero nunca pensé que sucedería tan rápido. Las palabras "Muérete" se repitieron en el fragmento de segundo, luego de las palabras de Kentin.
El sudor recorrió rápidamente mi rostro.
-¿A qué…te refieres?—Pregunté, nerviosa.
-Lo que dije. Ya no tienes por qué ocultarme…-Sacó algo detrás de su espalda.—…cosas como éstas. ¿Sabes? Hace un año yo también tenía uno, y lo llevaba para todos lados—Rió simpáticamente.
Mi maldito peluche de felpa rosado se había caído en algún momento de mi bolso. Bendito seas peluche de mierda.
Pensé en algún recuerdo vergonzoso y fácilmente pude sonrojarme.
-Muchas gracias.—Musité—No sé qué haría sin este amiguito, hehe.—Sonreí de una forma (a mi parecer) muy tierna, provocando que los ojos del joven enfrente de mí brillaran con gran intensidad. ¡Oh, yo y mi ternura extrema! Lamenté.
Me despedí suavemente de él, dejándolo así, con los ojos brillantes.
En el camino hacia mi salón, noté que Ámber y el dúo de gatos estaban acechando a la débil y linda Sucrette ¡Ay de ella!, que no tiene a nadie para salvarla. Decidí parar por una vez en mi vida a ayudarla. Mientras caminaba apresurada pero sigilosamente, me metí en el baño y levanté la capucha de mi sudadera, ocultando mis ojos y cabello completamente. Salí al pasillo y me escondí en el hueco de los casilleros, en un punto donde nadie me vería. Me tapé la nariz y grité, con un tono de voz agudo y muchas ganas:
-¡¿Eeeeeeeeh?! ¡¿Que Ámber se acostó con el novio de Lee?! ¡No te creo!—Mi voz llamó la atención de todos los alumnos, y las vistas enseguida se clavaron en ella, impactadas. Lee miró sorprendida a su "amiga". ¡Oh! Pero no pararía allí.-¡No te la creo! ¡¿Y además se operó la nariz?!
Y eso fue suficiente para que sus chillidos desenfrenados comenzaran a resonar, volviendo loca de alegría a Peggy y llenando de risas y cuchicheos a todo el colegio. Sucrette ante todo esto, miraba muy sorprendida y preocupada a la rubia parada al frente de ella. ¡Pedazo de ignorante! ¡Corre ante de que se la agarre contigo! Pero ya me aburrí de la situación. Caminé a mi salón y comenzaron las clases, finalmente, luego del bochinche (y probablemente el chisme más famoso del lugar).
En medio de mis recién comenzados sueños, escuché una voz que me despertó al instante. Sin querer solté un suspiro al verlo. Se trataba ni nada más ni nada menos que del niño friki y su hermano el homo.
-¡Woah!—Exclamó-¡Lo siento profesor! Este niño de aquí me dijo que quería ir al baño y no pude detenerlo.—Bufó Alexy, a continuación de una queja de Armin, refutando la excusa de su gemelo.
Este Alexy. La persona de la que tan perdidamente me enamoré. Fue tan rápido, tan fugaz, que no recuerdo ni cómo comenzó. Creo que esta persona fue la primera…en enamorarme tan seriamente. ¡Bah, tonterías! La inútil de Violeta no hace más que hacerme pensar cursilerías. Como sea, al fin y al cabo esto del amor terminó luego de ser rechazada. Cursilerías de Violeta, con su estúpida poca fuerza de voluntad.
La campana penetró en mis oídos cual katana, lo que provocó que mis sueños se desvanecieran nuevamente. ¿Ya tengo que irme? Pensé, decepcionada. Tomé mi bolso y acomodé mi vestido. Al dar un paso para irme, paré en seco mirando inconscientemente por el rabillo del ojo a Alexy, que sonreía y hablaba de cosas al azar con Sucrette y su hermano, y, de vez en cuando bromeaba con Kentin sobre su trasero. Me extrañé cuando este chico "militar" se ha quedado mirándome como en trance. Algo espantada, caminé apresurada hacia la salida del colegio.
Suspiré del cansancio. Gracias a dios que no me encontré con este tipo Castiel. No me quiero topar con nada más que me traiga proble—
-¡Violeta!—Se escuchó a lo lejos. Apresuré mis pasos al oír mi nombre, pero la persona en cuestión fue más rápida. Se plantó en frente de mí, impidiéndome el paso.
-¿Tienes un momento?—Dijo Nathaniel, sonriéndome simpáticamente.
No, zoofílico de mierda.
-Sí…-Murmuré en realidad; levantando la vista hacia sus ojos. Parece ser que hoy no podré regresar a casa temprano. ¡Qué difícil es ser popular!
El joven de cabellos soleados y ojos como girasoles (¡me he vuelto poeta! Algo más para mi lista de habilidades), me llevó hacia la sala de delegados. Todo el camino hacia allí hubo un silencio que atravesó él, cuando tomó asiento detrás de su común escritorio, lleno de pilas de papeles y carpetas de no sé qué.
-Si mal no me comentaron, tu promedio es uno de los más altos de tu clase ¿verdad?—Inquirió, tecleando en su laptop, a gran velocidad, quién sabe qué.
Asentí tímidamente, escondiendo el gran orgullo que llevo por mis notas.
-Pero…-prosiguió—fallas en una única materia…Ciudadanía y Participación II, si no me equivoco.
Bajé la cabeza y puse los ojos en blanco.
¡Bien! Puede ser la materia más fácil del mundo (por lo menos para la mayoría), pero ¡me jode! Solo hablan de política, discriminación y sandeces que me interesan un pingo. ¡UN! ¡PINGO! ¿Para qué mierda quiero saber yo sobre los tipos de discriminación? Es inútil. ¡Me paso toda la puta vida discriminando al que me pasa por el lado! Obviamente voy a fallar. Y ni hablar de la política. ¡Todo el que tenga tres dedos de frente sabe cómo votar! O el que tenga televisión, o padres, o algo. Definitivamente esta materia no es para mí. Pero si no la apruebo me joderá todas las vacaciones.
-Entonces, ¿me permitirías ir a tu casa mañana para darte una tutoría? La profesora me ha dicho que sería una lástima que no apruebes la materia cuando tienes mucha capacidad, y…- ¡Bla, bla, bla! Este tipo de hombres charlatanes del tipo intelectual me joden la vida. (Pareciera que todo me jode la vida, pero hay cosas que zafan).
-Está bien.—Formulé, cansada de que me retuviera. Me despidió, y yo solo asentí sonriendo. ¡Al fin casa, allá voy! Caminé casi trotando hacia afuera, porque en ese momento me sentía como un imán de problemas.
Llegué a casa y enseguida caí dormida. Soy del tipo que casi nunca cena, pues es deprimente cenar sola con la televisión. Aunque de todos modos, no deseo que mis padres lleguen. Solo un poco que llegue mi hermano.
El otro día llegó en un abrir y cerrar de ojos, y mi apariencia era zarrapastrosa. Me duché lo más pronto posible y me di paso hacia el Sweet Amoris (insisto en que nunca me gustará el nombre).
Al entrar, sentí un escalofrío tremendo. Algo ocurría detrás de mí, y aunque no quisiera averiguarlo, el sentimiento de ser acechada era repugnante. Me di media vuelta y noté al instante que Kentin me miraba de soslayo cada dos segundos. Entonces, nuestras miradas se encontraron y me sonrió, y por mi mala suerte en esta semana, se acercó.
-Hola…-Articuló, con una sonrisa inocente de lo más feliz.
Le devolví el saludo con mala gana.
-Yo…estaba buscando a Sucrette y bueno, te vi a ti y…bueno, hehe.- ¡Oh no! Mierda. Mierda. Mierda. ¿Qué hice para merecer esto?—Sabes...a la salida quiero hablar contigo sobre…algo.—Agregó, sonrojado. ¡Ugh…!
Verás, cuando niña, era MUY popular. Si hablaba con los niños más de cinco minutos, al otro día tenían la sonrisa tan estúpida que lleva este zopenco en el rostro ahora. Nunca supe cómo arreglarlo, pues aunque los rechazara, no se rendían; hasta que Kim, en mi último año de primaria, me dijo como solucionarlo: rechazándolos por otra persona. Así que ella se hacía pasar por mi "novio", y ellos se rendían (y ella los amenazaba para no decir nada sobre la "relación" que llevábamos, aunque yo no voy todavía por esa ruta). El único defecto de esto era que debía hacerlo con chicas, o con algún chico que se resistiría a… ¿hm?
Me alejé del idiota rápidamente y caminé a un paso rápido hacia el patio.
Pero no estaba.
¡Claro! Hablamos del mayor estúpido de la tierra. El niño con máscara del diablo, ¡JA! Por favor, no me hagas reír. ¿Entonces llega cuando se le cantan las pelotas?
Chisté molesta y me paré impaciente cerca de un gran árbol. Habré esperado por lo menos una hora y media, cuando finalmente apareció. Con un rostro indiferente y arrastrando los pies del evidente sueño. Me levanté furiosa y lo llevé de la camiseta, hacia el jardín. Por supuesto, ignorando sus incontables quejas.
-¡¿Qué mierda quieres?!—Gritó, zafándose de mi agarre. Reí y me senté cruzando las piernas, sobre la mesa de mármol del invernadero.
-Necesito un favor. Y si lo haces sin chistar, te deberé el favor más grande que pueda hacerte. Con tal de que el mojigato de Kentin no se me esté pegando.—Expresé indignada.
Noté que sonrió satisfecho. De verdad le dolía un poco a mi orgullo pedirle un favor a este idiota, pero Rosa no asiste por dos días, Sucrette…ni muerta, ya tiene demasiados triunfos; y ya le debó demasiadas a Kim. Alexy es un poco…no…no somos tan cercanos como para hacerlo ¡eso!, y el único que queda es este pedazo de mierda, que es inmune a mis adorables encantos.
-¿Entonces? ¿Qué quieres?—Inquirió, todavía sonriendo.
-Necesito que te hagas pasar por mi novio para que Kentin se rinda conmigo.
Me miró indiferente, tratando de descubrir en mis expresiones si estaba mintiendo o no. Al parecer me creyó, porque no dijo nada más. A excepción de una mueca de asco.
-Sí, yo también estoy sintiendo bastante asco, pero eres el único hombre que no ha caído en mis dulces encantos.—Sonreí, golpeando mi cabelló en forma engreída.
-¿Y? ¿Cuándo se supone que tengo que hacer eso?—Preguntó, ignorando mi comentario.
-Dijo que a la salida debía decirme algo, seguido de un espeluznante sonrojo.—Declaré, abrazándome a mí misma por los escalofríos del recuerdo.
Suspiró con notable cansancio y se largó del lugar. Me molesté porque se atrevió a dejarme hablando sola, pero a los cinco segundos ya estaba neutral, y volví a clase, entregándole a Farrés una nota de retraso, falsificada, de mis padres.
La última campana sonó, indicando el retiro de la mayoría de los alumnos. Entonces, llegó la hora de la mentira.
Me dirigí hacia la entrada y miré de reojo a Castiel, que asintió con la cabeza, en señal de haberme entendido. Kentin me llevó a la parte de atrás del colegio, y calculé que el idiota también fue hasta allí disimuladamente.
-Violeta, sé que nos conocemos hace poco… ¡pero! Yo…creo que si nos conocemos mejor, yo podría llegar a, no sé, gustarte. Por lo que ahora…quiero que salgas conmigo, como…uhm novios.—Declaró, siempre con el rostro ligeramente ruborizado. Respeto tu valentía pero, ¡lástima!, esta chica tiene un grave problema que no entenderías. Actué estar muy sorprendida, y hasta provoqué que mi rostro se sonrojara por completo. Después de varios años con esta actitud, ya sé cómo provocar este tipo de cosas. Es algo conveniente.
-L-Lo siento—musité—Me alegra saber tus sentimientos, pero…ya hay alguien que me gusta.
-¿E-Eh?, yo… ¿puedo saber quién es? Porque si es mentira, yo… ¡Yo no me rendiré contigo!—Exclamo escandalosamente. Rodee los ojos y me di vuelta, mirando a Castiel, que estaba bajo la sombra de un árbol. Notó mi mirada y soltó un gruñido que me irritó. Se acercó a nosotros y pasó su brazo sobre mis hombros.
-¿Qué le dices a mi novia?—Dijo, mirando "molesto" a Kentin. La expresión de terror y confusión del otro casi me hacen carcajear, pero me contuve de alguna forma, soltando un quejido que notaron ambos.
-¿U-Uste…des? Pero, creí que a ti te gustaba Su-
-No sé quién creas que me gusta, pero no andes soltando gilipolleces de cosas que no te incumben, pedazo de niña. Ésta…-me señaló con su mano libre—es MÍ novia. Pero si le llegas a decir a alguien algo sobre esto…-ahora me soltó y se acercó a él, de forma amenazante.-…si tan solo escucho una sola palabra de nuestra relación en la boca de otros, quedarás paralítico de algún lado, por cada palabra que escuche.—Se alejó, y Kentin solo me pidió disculpas y se largó. Me dio algo de lástima, y golpee a Castiel por haberse sobrepasado, pero bueno, creo que no dirá ni una palabra con eso.
Caminamos apresurados hacia la entrada, antes de que Sucrette saliera del colegio (pues tenía clases extra por no aprobar varias materias). Murmuré a Castiel el primer consejo para ligársela, luego de que me haya exigido en todo el camino que le debía una grande y que más vale que los consejos funcionen.
-Sucrette el otro día me comentó que ama el pescado. Y dijo que se casaría con quien le dijera que su cabello huele a pescado.—Lo miré, sin una pizca de duda. Un tic apareció en su ojo, lo que me hizo reír algunos segundos.-¡De verdad! Acabas de hacerme un gran favor. ¿Crees que te mentiría ahora? Vamos, ya salió, díselo. La tendrás comiendo de tu mano.
Chistó, y a regañadientes caminó hacia ella.
-He-Hey, tabla.—Tartamudeó, ¡JA! Quién lo diría.—Tu…he estado pensado y creo que tu cabello…-Sucrette lo miró sonrojada, esperando el cumplido inesperado de su vida-…tiene olor a pescado.
Entonces, mis carcajadas reteniéndose por mis manos, tan fuertes que tuve que esconderme detrás de un arbusto. Y el rostro petrificado de Sucrette, y Castiel curioso por su reacción.
-Si eso era todo lo que tenías que decirme, adiós, Castiel.—Formuló decepcionada la joven de ojos bicolor.
Castiel se dio vuelta y caminó hacia mí a toda velocidad. Un puño se acercó a mí, pero mis reflejos pudieron esquivarlos.
-¡Lo siento, lo siento! No creí que fueras tan idiota.—Mis reflejos esquivaron una patada, y proseguí.—Solo invítala a una cita, pedazo de zopenco.
-Ah, no. Lo harás tú. Ya demasiada vergüenza pasé por tu maldita culpa.—Dijo, esbozando una sonrisa "malvada".
-Ok, ok. Lo que tengo que hacer por ti. Enserio…- Alcancé el paso de caracol de Sucrette y me paré al frente de ella.
-¿Violeta?—Musitó, sorprendida.
-Hola.—Sonreí adorablemente y la miré a los ojos.—Recién escuché que Castiel, luego de insultarte, agarró su cabeza y se auto-insultó, diciendo que es un…idiota por no ser sincero cuando te habla…o algo así.- ¡Me matará si escucha esto! Pensé, sonriendo para mí misma por la idea.
-¿E-Enserio?—Inquirió, ruborizada hasta las orejas.
-Sí…Y sé que no debería meterme en esto, pero, ya que eres muy valiente y honesta, creo que deberías invitarlo a una cita. ¡De seguro no se negará!—La miré triunfante, por su rostro decidido.
Así, Sucrette le pidió a Castiel una cita. El otro bromeó como acostumbra con ello, pero terminó aceptando. ¡Y el día terminó! Caminé casi trotando nuevamente, hacia mi casa, pero sentí pasos a mis espaldas. Había olvidado que el día, desafortunadamente, todavía no termina.
Nathaniel se paró detrás de mí y tocó mi hombro.
-Violeta, las tutorías, ¿recuerdas?—Me sonrió radiantemente.
Asentí decepcionada. El día no…termina.
Ruego a todos los dioses, y si quieren, a los demonios, que nada extraño pase. ¡Por favor, imán de los desastres, despégate de mí!
