Bert, un gigante de algodón

Bert bajó la ventanilla del taxi casi con desesperación, en busca de una inexistente briza de viento. Las calurosas noches de California serían las culpables de su muerte, confirmó. Y maldijo —por enésima vez en lo que iba del día— al idiota que golpeó su auto, obligándolo a dejarlo en el taller mecánico, a trasladarse en taxis muy pequeños para su estatura, y a soportar el calor. Había tenido un mal día; primero, algún imbécil y pedante físico había decidido jugarle una broma, escondiendo sus rocas más preciadas en las jaulas de los simios del Departamento de Biología. ¡Un simio intentó prender fuego su camisa! Bert no sabía en qué estaban trabajando ésos biólogos, pero sintió algo de lástima por el encargado de limpiar las jaulas de aquellos agresivos monos. Y, también se recordó jamás volver a coquetear con Amy; si ésa era la venganza de Sheldon por las inocentes rocas que le obsequió a su novia hace años, no quería saber que haría si seguía insistiendo…

No; Amy jamás podría ser para él. En el fondo, lo supo desde el primer día que la vio. Le había gustado, con su expresión seria, sus palabras amables, la forma en la que confirmó que él no era un monstruo. De un día para el otro, estaba sufriendo un potente enamoramiento hacia Amy. Le había dado gemas preciosas en bruto, y —lo sabía— había sido insistente. Simplemente pensó: "oh, esa mujer no se burla de mí. La haré mi esposa". Pero todo era mucho más complicado que eso.

El amor era complicado.

Quizás estaba destinado a pasar las noches solo, abrazado a su perra Rubby, mientras comía hamburguesas y miraba documentales de geología. Ni siquiera podía decir que la geología era su amor; la pasión en la relación con su trabajo había ido apagándose con el paso de los años.

Sí, al menos tenía a Rubby. Su fiel amiga no se espantaba por su tamaño amenazador, ni por su voz áspera. Después de todo, ese maldito dicho :"El amor es ciego",sólo podría ser aplicado a los animales.

El súbito sonido que hizo la puerta del auto al abrirse sacó a Bert de sus pensamientos. Miró confundido a la izquierda, notando a una agitada mujer que parecía no haber notado el hecho de que el taxi ya estaba ocupado.

—Señora, me temo que tendrá que salir —dijo el conductor, de malas pulgas. Ya era bastante agotador tener que lidiar con el lento tráfico y el calor, cómo para tener que luchar con una mujer despistada.

Bert observó a la mujer detenidamente, parecía avergonzada. Un potente color rojo subió a sus mejillas. Y Bert pensó, castigándose después de hacerlo, que ella se veía adorable.

—Dis-disculpe, yo… yo, sólo estoy muy apurada por salir de aquí —respondió la mujer, con voz temblorosa. Y Bert pensó, imprudentemente, que su voz era suave… muy suave.

Decidido, aunque confundido, Bert ayudó a la avergonzada mujer.

—Disculpe, me dirijo hacia el cine. Si su destino queda en el camino, no tengo problemas en compartir el taxi… —Era mentira. ¿Porqué mintió? No se dirigía al cine, sino a su casa. Lo único que quería hacer hace momentos era llegar a su apartamento y acurrucarse con su linda Rubby.

La mujer lo vio, sus ojos brillando de gratitud.

—Podría ir al cine… —susurró.

El taxista observó el intercambio con un encogimiento de hombros. Mientras conducía hacia el cine pensó que sería gracioso que ésos dos acabaran juntos. Una vez más, no le interesaba. Pero aparte de gracioso; sería lindo… diablos, ver novelas románticas con su esposa lo estaba volviendo sentimental.

Bert y la mujer desconocida bajaron del taxi, quedándose plantados incómodamente uno frente a otro. Bert se arrepintió de haber intentado… lo que sea que haya hecho. Ahora debería tomar otro taxi para llegar a su apartamento, mucho más tarde y malhumorado; todo por seguir a una mujer con la cual no había intercambiado más de dos frases. No era como él actuar de esa forma tan espontánea.

Todo por ésa mujer... de mejillas adorables y voz suave, sí. Pero continuaba siendo una desconocida.

—Sabes… tenía planeado ver un documental sobre… mmm, el Valle de la Luna… me preguntaba si me acompañarías —Bert observó, impactado, cómo la mujer luchaba por las palabras adecuadas para invitarlo a ver una película—. ¡Si tienes algo mejor que hacer lo entenderé! —Se apresuró a añadir, mirando el suelo.

Bert se apresuró a ponerle fin a sus preocupaciones.

—Me gustaría eso —sonrío. Un silencio torpe los envolvió mientras se encaminaban a comprar las entradas. Bert se permitió examinar a la mujer. Era gordita, con el aspecto adorable y comprensivo de una maestra de jardín de niños. Su cabello negro estaba sujeto en una complicada trenza, y aretes en forma de corazones colgaban de los lóbulos de sus orejas.

Bert no sabía que ella estaba haciendo lo mismo con él; robándole miradas fugaces cuando no la observaba. Y le gustó lo que vio.

—Así que… el Valle de la Luna. Estuve allí hace años —dijo Bert, súbitamente. Decidido a entablar una conversación. La mujer se detuvo en seco, abriendo grandemente los ojos. Bert temió haber dicho algo malo. Pero la sonrisa de excitación que floreció en los labios de ella, le confirmó lo contrario.

—¡¿Realmente?! ¿conoces uno de los más grandes espectáculos geológicos del mundo? —la mujer vibró de emoción, contagiando a Bert con su alegría.

—De hecho, sí. Soy un geólogo —respondió Bert, con orgullo.

—¡Wow! —exclamó, con algo rayano a la admiración— Sabes, estuve a punto de obtener mi doctorado en geología. Sin embargo, debí conformarme siendo profesora de geografía… aunque, aún así, amo mi trabajo —la mujer sonrío.

—Estoy seguro de que ellos también te aman.

Bert se reprendió internamente. Genial, estaba teniendo una conversación con una bella mujer interesada en la geología, y tuvo que arruinarlo comportándose como un gigante y tonto bicho raro. ¡Buen trabajo, Bert!

Pero la mujer sólo lo observó sonrojada, sintiéndose alagada.

—Me llamo Stella —dijo finalmente, ofreciendo su mano a Bert.

—Bert —Bert estrechó la mano de Stella. Y tocarla fue como sostener algo vivo, latiente, y suave. Sólo supo que nunca más querría dejar ir esa mano.

Poco sabía Bert, que Stella se estaba sintiendo exactamente igual.

Entraron a la sala de cine, sus manos aún unidas. Y demasiado ocupados como para analizar el hecho de que, a partir de ese momento, serían inseparables.

XXX

Un año después…

Bert sostuvo la correa de Rubby, mientras ésta se encargaba de correr por el parque, persiguiendo a Stella juguetonamente. Observó con amor a sus dos chicas, recordando cuando sólo eran él y Rubby. La figura materna que significaba Stella en la vida de Rubby los había convertido casi en una familia. Eran demasiado grandes para tener hijos, pero siempre podían adoptar animales, amarlos, y agrandar su familia aún más.

Sólo faltaba un detalle para ser "oficialmente" una familia.

Bert tocó la mediana caja de madera que guardaba en el bolsillo de su chaqueta y tragó saliva nerviosamente.

Había ensayado ese momento tantas veces, y en ese instante, llegado el momento, se sentía perdido.

Volvió a mirar a su familia, Stella reía mientras Rubby lamía su cara.

Se acercó lentamente, mirándola con la mirada de total cariño y admiración que sólo reservaba para ella. Y ella le devolvió la mirada con el mismo grado de amor. No necesitaba palabras ni locos actos, sería la propuesta perfecta por el simple hecho de que eran ellos dos.

Le entregó lentamente la caja a Stella. Aguantó la respiración mientras ella la abría, sacando, confusamente, una geoda. Sólo cuando vio dentro de la piedra lo comprendió.

Ahí estaba, un anillo con diminutos extractos de diferentes gemas coloridas. Nada soberbio ni extremadamente caro; sólo colorido y diferente, justo como lo era Stella.

—Stella, ¿me concederías el magnifico honor de ser mi esposa?

El de Stella se perdió en los labios de Bert, mientras ella lo atacaba con un gran beso.

—Claro que sí. Te amo, Bert —Stella lo abrazó, aún mirando su anillo incrédulamente.

Bert sintió lágrimas de felicidad queriendo escaparse de sus ojos. Mientras tanto, Rubby observaba a su amo, feliz de que haya encontrado, después de tanta soledad, a su pareja perfecta.

Nota de autora:

No soy buena escribiendo sobre romance súper esponjoso, y es una lástima, porque justamente eso es lo que se merecía Bert. Pero, en fin, el objetivo principal está cumplido: amor correspondido y a primera vista.

Próximo capítulo: Kripke.

¿Críticas?