Capítulo 2: Conociendo Troya

Miraba como todos los hombres presentes hablaban sin descanso de las guerras, de Agamenón y un tal Aquiles. Recuerdo que decían que el ejército griego no tenía tantas ventajas como el de Héctor, pero que aquel hombre llamado Aquiles, quién era hijo de un mortal y una diosa, era un As bajo la manga. Decían que había que tener cuidado con él ya que, mataba a cualquiera que se le encontraba a su paso, sin importarle la edad, la destreza ni menos la armadura.

Tragué saliva para poder hacer pasar la comida la comida dificultosamente por mi garganta. Estábamos cenando en el comedor real, con una mesa de por lo menos 15 puestos, donde cabíamos todos nosotros en una mesa de mármol, era tan larga que Príamo y Hécuba se veían algo distantes. Había todo tipo de manjares, los más deliciosos que alguna vez había probado y los vinos eran suculentos. La hospitalidad también era excelente, pero aún odiaba el plan que se traían los troyanos entre manos, como si con intención hubieran involucrado a mis hermanos para hacerme la vida imposible.

-¿No crees que es genial que seamos primos de el mejor príncipe de la historia, quién tiene el mejor ejército?- susurró Obelix en mi oído de manera rápida, para que mis padres no se fijaran. Ambos miramos a Héctor, quién estaba escuchando ansiosamente a mi padre, ya que este le estaba contando historias de Focea. Le miré incrédula, pero el príncipe tenía un brillo en los ojos.

-Obelix, basta, ¿no te das cuenta que son unos desquiciados?- le susurré de vuelta, o por lo menos eso creí, porque sentí como la mirada del príncipe mayor se posaba en mí, algo disgustado. Lo miré de reojo y clave mis ojos en mi comida. Sabía que me había sonrojado, sentí mis mejillas hirviendo.

-Discúlpame, gran Celestino, pero deberíamos hablar sobre tus hijos y su entrada a mi ejército- habló Héctor, golpeando suavemente la mesa, me resalté un poco y asustada le miré por duodécima vez en las 2 horas que había estado en Troya. Héctor me miró fijamente, casi burlón, esperando que mi padre le concediera la palabra para comenzar su plan. Y así fue- Obelix y Thenos entrarían dentro de la próxima semana, donde tenemos las batallas más planeadas para poder sacar a los griegos de nuestras tierras, pero necesito saber en qué área se especializan ¿Podrían contarme?- ahora parecía verdaderamente interesado.

-Pues a mí me fascina y me destaco siendo arquero, claramente la espada no la puedo manejar fácilmente, por el contrario, el arco y flecha son mis compañeros desde pequeño, príncipe Héctor- hablo humildemente Thanos, alzando sus brazos rápidamente para acentuar sus palabras. Una risita se escapó de mis labios, nadie la percató.

-Y yo, príncipe, soy un muy buen manejador de la espada, he luchado de manera de prueba con grandes guerreros de Focea y he podido vencerlos. Me gusta también cabalgar, tal como a usted, mi Lord- dijo Obelix, tímido.

Mientras yo tomaba la copa de vino, miré otra vez a Héctor, para seguir admirándole a pesar de su cobardía por haber formulado el plan de integrar a mis hermanos a la guerra. El sonrió después de que mi hermano habló, y un destello de luz apareció sobre su figura, haciendo ver todo totalmente borroso. Pero había un foco donde todo era nítido y era justo donde estaba él, solamente podía verlo a él. Pestañeé seguidamente para poder comprobar si era de verdad lo que veía, y claro que lo era, el destello seguía ahí, y mi estómago se contraía mas mientras entendía lo que me sucedía. Cuando lo comprendí al cien por ciento, mi bronceada mano, que sostenía una copa de vino, se tambaleó y durante esos segundos, todos miraron el acto torpe que venía a continuación. Héctor giró la cabeza y me miro tratando de decir "¡Cuidado!", pestañeé por última vez y ese leve movimiento bastó para que la copa se cayera de mis manos temblorosas, volteara todo el líquido color rojo oscuro sobre el manto que mi madre me había confeccionado para la ocasión y cayera con un crujido duro y agudo en el suelo, mientras que volaban los pedazos que quedaban de la copa.

Escuche muchas respiraciones de personas sorprendidas, yo solo pude reaccionar a tirarme al suelo y recoger los pedazos de vidrio de la copa entre mis manos. Me comencé a cortar con los pedacitos filudos, pero parecía que el dolor no estaba presente en ese momento, pues una ola de vergüenza se había adueñado de mi cuerpo. Un esclavo se acercó para ayudarme mientras me quedé arrodillada con los pedazos rotos en mis manos un poco ensangrentadas. Todos miraban hacia el suelo, pero solo Thanos pudo levantarme de este, lentamente, para evitar mareos. Cuando miré a todos los troyanos presentes, sabía lo estúpida que fue la escena, claro que nunca pensaron que alguien de una familia con clase podría armar tanto desorden. Andrómaca miraba mi vestido aterrorizada, entonces me miré a mi misma y pude ver una mancha roja esparcida en todo mi abdomen, y seguía su paso hasta la cadera del vestido. Ahora cambié la vista hacia el Príncipe Héctor y él me miraba confundido, se incorporó rápidamente pero Hécuba se le adelantó diciendo:

-Héctor, hijo mío, acompaña a la chica al lugar donde se encuentran mis vestimentas y busca alguna prenda que pueda quedarle, rápido- ordenó la madre de los príncipes.

Obedeciendo, Héctor me guió hasta la gran habitación donde cientos de personas ordenaban las ropas de la familia real. El príncipe hizo un gesto con su mano y todos desaparecieron de la habitación, dejándonos totalmente solos. Esta idea me hizo temblar y agachar la mirada por mucho tiempo, solo sintiendo los pasos de él que recorrían toda la pieza.

-¿Qué tal… este?- escuché que decía Héctor, mientras se detenía delante de un vestido color blanco, que era hasta los talones. Pero era demasiado sobresaliente y caro para mí, entonces por la primera vez, levanté el rostro y observé todos los vestidos que había. Muy delicado, muy caro, muy bien confeccionado, muy perfecto. Pero luego de rondar varios minutos encontré un vestidito algo abandonado en una esquina, era de color rosado claro, de una pieza, pero era acinturado y corto. No era tan caro, ni tan fino, era estupendo para mí. Sonreí encantada.

Héctor, quién estaba al otro lado, se acercó rápidamente, mirando la prenda que yo había escogido. Su cabeza se movió hacia atrás sorprendido y me miró extrañado.

-¿De verdad quieres ese, Nicia?- primera vez que decía mi nombre tan dulce. Suspiré y sonreí, pero no por la hermosura del vestido.

Estiré la mano para poder apreciar con mayor detalle el vestido que yacía colgado, pero una punzada en la palma de mi mano lo evitó. Gemí en voz baja, retirando mi brazo y mirándome la mano adolorida, la cual estaba llena de cortes y sangre esparcida, recordé lo que había hecho hace unos minutos con los pedazos de copa del suelo.

Héctor advirtió mi movimiento erróneo y mi gemido de dolor y me cogió suavemente el brazo, donde por unos segundos una corriente eléctrica se esparció por mi cuerpo. Lo miré y me mordí el labio, simulando que fue por el dolor, no me miró de vuelta, miraba concentrado mi mano. Sus ojos chocolate tenían una chispa de preocupación, su cabello adornado caía débilmente sobre sus hombros, y su atuendo de color azul, le hacía ver como un dios.

-Te lo curaré en seguida, no te preocupes- entonces el príncipe rompió parte de su atuendo perfectamente confeccionado y lo colocó en mi mano. Hice una mueca, él me miró y rió suavemente- Tranquila, tengo cientos de estos atuendos- amarró la cinta que recientemente había hecho en mi mano para detener la sangre y cuidar que no se infectara la herida.

Luego, comenzó a sacar y arreglar el atuendo para que yo lo pudiera utilizar, yo había olvidado completamente que estaba llena de manchas rojas como una embarazada que recientemente había dado a luz. Mientras escogía él mismo accesorios para mi atuendo, decidí hablarle por primera vez, pero pesadamente:

-¿Por qué nos llamaste?- me crucé de brazos, dando un aire de fortaleza.

Héctor vaciló unos segundos, fingiendo estar mirando unas piedras preciosas.

-Escuché los rumores de un guerrero cuyos papás eran Celestino y Kalonice, decían que uno de sus hijos tenía al dios de la guerra junto a él, que verdaderamente era un buen caballero para las batallas- no se volteó a verme, prosiguió- No quería aprovecharme de la ocasión pero… entiendo lo que la mayoría de los caballeros con tan buenos dotes para la batalla quieren, es gloria y fama, y sé que esta guerra no se olvidará nunca, y pasará de generación en generación-

-¿Entonces decidiste aferrarte a una familia que no tiene nada que ver con esta guerra? ¿Porque tienes que meter a mis hermanos en cosas que no les incumbe?- espeté enojada, sabía que no era forma de tratar a un príncipe, pero poco me importaba.

Héctor se mantuvo como una estatua por unos segundos y se volteó a mirarme, parecía furioso también.

-Nosotros los ayudamos mucho, prima, y nunca nos quejamos del aprovechamiento que ustedes tenían con nosotros- frunció el ceño mientras hablaba

-¡Nosotros nunca nos aprovechamos de nadie! Lo único que se te ocurrió a ti y tu hermanito quien es culpable de todo esto es traer a mis hermanos a una lucha donde obviamente van a morir como personas inocentes, enséñale a tu familia que ellos resuelvan sus temas y que no involucren a otros que incluso ni siquiera viven en tu mismo país- hablé entre dientes, mirándolo con desprecio. Mi cabeza comenzó a latir con dolor, mis manos se empuñaron ignorando las punzadas de una de ellas, respiré dificultosamente. Entonces fue cuando una horrible imagen apareció en mi mente sobre la guerra, todas las vidas que se perdían por culpa de la orden de un solo hombre, que estaba allí dentro de la sala. Fue cuando exploté

Héctor corrió hacia mí para socorrerme, y mientras yo lloraba sin consuelo, traté de quitarme sus manos de encima, que me sostenían los hombros suavemente. Las lágrimas corrían por mis mejillas y Héctor se mantenía lejano, tratando de consolarme.

-Nicia, prima querida, entiendo lo que significa que tus hermanos estén en una guerra ajena, pero yo también deseo la protección de mi familia- al notar que mi llanto no había cesado, tomó mi barbilla con sus grandes pero delicadas manos y me miró a los ojos- Te juro, prima, te lo juro por mi honor, que tus hermanos estarán bajo el cuidado mío y no los arriesgaré a nada que no puedan hacer- terminé de sollozar y lo miré con atención, su cara tenía un aspecto doloroso, casi como la mía, por primera vez confié en él y terminé asintiendo.

Pude notar que Héctor estaba siendo demasiado bueno conmigo y terminé yo sintiéndome culpable. Quizás me hacía falta conocerlos para juzgarlos, entendía que Paris estaba en grave peligro, a pesar de que él fue el torpe que cometió el error, Héctor lo amaba y daría todo por él, tanto como yo por mis hermanos. Yo había sido la arrogante todas estas horas, y aunque era doloroso, tenía que comenzar a comprender y ponerme en el lugar de los troyanos.

-La cena ya debió haber terminado, Nicia- Héctor ahora se había alejado de mí luego de unos pocos minutos de contacto- Me gustaría presentarte Troya de manera adecuada, quizás así puedas encariñarte un poco más con ella, pero primero, debes ponerte el vestido- Héctor colocó el vestido y un collar de piedrecillas brillantes en mis manos. Se retiró de la habitación y cerró las puertas.

Luego de colocarme el vestido con sumo cuidado, me quedé junto a la puerta de la sala, oyendo lo que ocurría con Héctor en el pasillo, entonces oí murmuras:

-¡Claro que no!, está bien, solamente le presentaré Troya- se calló aquella voz que me encantaba y me mordí el labio- Andrómaca no se niega- silencio, no escuchaba con quién conversaba- Hermano, ¿puedes dejar las boberías de lado?, yo no soy el que le quita la virginidad a las chicas de los pueblos griegos… Vete de aquí, ya-

Sonreí y comencé a dar giros dentro de la habitación como una niña, acariciando el vestido que me había puesto, estaba totalmente feliz ahora, Héctor me había dado mucha paz y calma.

-Nicia, ¿Estás bien?, no quiero que salgamos a recorrer Troya de noche- gritó el Príncipe desde el otro lado de la habitación. Abrí las puertas de esta, que eran gigantescas y con muchos grabados de dioses, tuve que colocar mucha fuerza para terminar cerrándola. Ignoré la mirada hipnotizada de Héctor sobre mí, era totalmente ilegal que me mirara más de lo habitual, pues tenía una esposa y un hijo, pero personalmente, me encantó llamarle la atención. Él termino sonriendo.

Un momento ¿Alguna vez recordé que él era mi primo?

-Supongo que estoy lista, primo- dije, dándole la espalda y caminando en dirección a la salida del castillo.

-Es hacia el otro lado- se carcajeó Héctor, mientras yo me volteaba y me reía junto a él- Es normal, hasta yo me suelo perder- Entonces emprendimos nuestra marcha para recorrer Troya.

Escuchaba como Héctor me comentaba sobre la historia de su pueblo, señalándome los lugares más importantes, saludando a los campesinos y campesinas, sabía que estaba enamorado de Troya, me hablaba emocionado sobre esta, dándome interés incluso a mí.

-Ese que esta allá, es un pequeño templo que le tenemos hecho a Apolo, donde le rezamos y le ofrecemos vacas, para que nos traiga felicidad y buenas cosechas- Héctor me señaló un templo no tan alejado del centro de Troya, donde nosotros nos encontrábamos. Suspiró- Te seré sincero, pero este es un secreto que no le puedes revelar a nadie. Yo no le tengo tanta veneración a los dioses, de hecho, le tengo más fe a los hombres que a los dioses, pero como mi pueblo se rige según sus órdenes no puedo comentarlo-

Aquella confesión me sorprendió, ¿era verdaderamente posible? Los príncipes y reyes se encontraban obligados a la veneración de los dioses, pero claro, Héctor no era un príncipe normal y dudo que alguna vez lo fuera.

Nos acercamos a un pequeño corral, que se encontraba a unos metros del centro de comercio de Troya. Héctor saludó al dueño del lugar, un tipo de cabeza rapada y aspecto feliz, quién le hizo una reverencia.

-Es un placer verlo, señor- dijo el hombre, sonriéndole con humildad, llevaba solamente una tela que parecía trapo sobre su cuerpo.

-Igualmente- respondió Héctor, golpeando suavemente su hombro de modo cariñoso- He venido a sacar un poco a mis caballos-

-Me lo temía, señor- se rió un poco, ahora me miró con curiosidad- ¿Para usted y la señorita? Creí que estaba casado, Príncipe- habló astutamente el hombre, mirando a Héctor con picardía.

Héctor y yo nos sentimos incómodos, lo noté por la posición de su cuerpo. Sentí como mis mejillas se quemaban, siempre me pasaba eso y nunca pasaría desapercibido. Ignoramos el comentario y caminamos por un pasillo de tierra, lleno de polvo, hasta que llegamos a la parte trasera del corral, donde se encontraban todos los caballos del príncipe Héctor. Había caballos de todos los colores, estaban muy bien cuidados y se veían muy fuertes, cada uno con su respectivo alimento, su respectivo lugar y respectivo nombre. Me quedé observando un caballo de color blanco papel que estaba tranquilo, mirándome también, moviendo su mandíbula pues estaba comiendo. Relinchó cuando vio que Héctor, su dueño, se aproximaba a nosotros.

-¿Sabes cabalgar?- preguntó Héctor, quién ya tenía las riendas de un caballo color chocolate entre sus manos. Yo asentí, tímida, otra vez. Recordé que gracias a las clases ocultas de batallas, había aprendido a cabalgar incluso al revés- ¿Te gusta ese?- y señaló el maravilloso caballo frente mío, lo encontré muy bonito, pues su color parecía relucir-Son todos míos y hoy cabalgaremos por Troya- se montó ágilmente a su caballo luego de ponerle la montura. Yo imité sus movimientos y una vez arriba del caballo, se comenzó a inquietar.

-Tranquilo, tranquilo- cogí suavemente las riendas, y lo traté de calmar con suaves palmadas en su cuello. Héctor me miraba desde lejos, pues su caballo ya tenía el ritmo para avanzar.

-Es yegua, su nombre es Marmara, significa radiante- me replicó Héctor, cuando ya habíamos salido del establo para comenzar nuestra expedición. Sonreí, mirando la crin blanca de Marmara, ya se había calmado, apenas había escuchado a Héctor hablar ¿Hasta los animales estaban enamorados de él?

Comenzamos a cabalgar por los costados de Troya, muy próximos a las paredes que la rodeaban, cabalgábamos tranquilamente, lo suficiente para poder mostrarme todos los lugares importantes, tales como el palacio por la parte trasera, el lugar de Apolo, donde practicaban guerras, etc. Troya parecía un lugar pacífico y acogedor, la mayoría de la gente era muy amable, pero no faltaba el tipo de persona que te arruinaba la diversión de una tarde con brisa de primavera.

-¡Príncipe! Sé que no es de mi incumbencia, ni menos que podría afectarme a mí del todo, pero con mucho respeto, ¿Qué hace con una plebeya cabalgando por nuestra hermosa ciudad? Usted debe estar pensando en la guerra, en su esposa y en su hijo, es inaceptable para la política de Troya que engañe a su esposa con esta- habló un hombre, de cabellos negros y cortos pero con barba larga que se encontraba medio de la muchedumbre del centro. Héctor y yo estábamos observando los comercios y cuidando que todo estuviera bien, pero no habíamos tenido ningún contacto ni nada por el estilo.

Cuando oí esa última palabra, me hubiera gustado haber tenido una espada, pues le hubiera separado la cabeza de su cuerpo en cinco segundos, se me subieron los humos a la cabeza y apreté las riendas del caballo fuertemente, hiriéndome las manos. Me limité a bajar de Marmara, pues Héctor ya lo había hecho.

-Primero que todo, debes informarte bien, cuidadano. Ella es mi prima, por lo tanto no es una plebeya, sino que también pertenece a la realeza y no permitiré que la trates de aquella manera. Segundo, tuve que venir a presentarle Troya, no por amoríos ni nada por el estilo, sino por una cuestión de cortesía y tercero, empieza a cuidar tus palabras, quizás si algún día te encuentro te negaré cualquier nacionalidad troyana que tengas- Héctor tenía aspecto irritado, de hecho habló del mismo modo. Tanto el hombre como yo nos asustábamos, ya veía que el Príncipe le ahorcaba por la ira. Tenía los puños al lado de su cuerpo, apretados de manera extraordinaria, fue cuando yo me calmé y le dije:

-Primo, vamos, creo que ya le diste un buen susto- tiré de las riendas de Marmara para girarme, pero algo me detuvo, un golpe fuerte pero tolerable que recibí en la nuca. Me dolió un poco, pero bastó para hacerme explotar, pues noté que la piedra que me lanzaron cayó en mis manos.

Bajé de un brinco de la yegua y en dos rápidos movimientos ya tenía la espada de Héctor entre mis manos. Sentí como la adrenalina se apoderaba de cada término de mi cuerpo, haciéndome sentir algo mareada y ágil. Cuando apunté con la punta de la espada el cuello del hombre que tenía las manos en alto, sentí un poco de griterío pero automáticamente se calló, mi concentración no estaba en ello, sino en mi blanco. No había percatado que Héctor me estaba jalando hasta que me gritó en el oído que parara con eso, que no era necesario, etc. Pero yo sabía que lo era. Mantuve la respiración para asegurarme de lo que haría a continuación era lo correcto. Por más que mi cuerpo llegaba al extremo de temblar, pude mantener mi brazo sin moverlo para decapitar al desgraciado, pues el calor y fuerza que emanaba la mano de Héctor me mantenía inmóvil. No pude percibir que él me tenía el brazo casi llegando a cortar mi circulación. Fue cuando comencé a notar mi locura, pues recordé una escena que había vivido con una niña a los 12 años.

"-Nicia ¿Acaso no te cansas de ser la más fea de Focea?, eres una abominación ¿Lo sabías no? Esa piel morena, de seguro ibas a ser basura pero tus padres pudieron arreglarte, aunque no salió del todo bien. Supongo que tus padres te lo habían advertido, eres una plebeya-"

Escuchaba aquella voz chillona retumbando en mi cabeza, la cual me hacía perder los estribos en ese momento. Veía como el hombre que estaba ahí modulaba las mismas palabras, como si él mismo las dijera, pero era todo producto de mi imaginación, aún así, seguí amenazándole. Los griteríos de la gente que nos rodeaba se volvían más distantes.

"-Nicia, tienes que defenderte, nadie puede pasar sobre ti sin tu consentimiento-"

Recordé lo que me había dicho mi hermano después de haber llorado todo el día.

Decidí entonces ir al próximo paso, matar al que había pasado sobre mí, nunca había permitido-excepto aquella vez- que alguien me insultara por mi color de piel o por mi procedencia. Alcé la espada contra su cuello, exhalé y grité a todo pulmón, cerrando los ojos y moviendo mis brazos para partirle la cabeza en dos.

Cuando finalicé el movimiento, sentí como mi brazo en vez de haber quedado algo estancado y luego haber cortado por completo el cuello, pasó de largo, como si tan solo hubiera hecho un movimiento en el viento. Gritaba, con pena y rabia, pero ahora me encontraba en una oscuridad plena, no veía a nadie, ni a Héctor ni al maldito, ni siquiera me veía a mi misma. Noté también que tenía los ojos cerrados, decidí abrirlos rápidamente, sin parar de gritar, para proceder con mi venganza, pero me decepcioné cuando me fijé que no estaba allí. Estaba acostada en una cama real, de por lo menos dos plazas, estaba boca arriba, mirando el techo de la hermosa habitación. Cuando moví un poco mi cuerpo, sentí las suaves sábanas que me cubrían hasta los hombros. Mis gritos cesaron y me incorporé tan rápido que llegué a marearme, noté que estaba sudorosa, pero cuando recordé todo lo que había pasado, recé para que hubiera sido un sueño.

Abrieron la puerta de golpe apenas me senté en la cama y apareció Héctor con rostro desconcertado y preocupado. Me miró unos segundos desde el umbral gigante de la habitación y luego corrió al lado de la cómoda cama, colocándose en cuclillas en el lado izquierdo.

-Nicia, Nicia, tranquila, ¿Está todo bien?- su voz me tranquilizó de a poco, regularizando mi respiración. Solté los puñados de sábana que apretaba con tanta fuerza y asentí sin ganas. Héctor suspiro, agachando la cabeza y sacudiéndola.

-¿Qué pasó? ¿Dónde estoy?- pregunté con voz temblorosa.

-Estás en la habitación que te reservamos en el palacio. Lo que pasó fue que comenzaste a amenazar con mi espada a un troyano que te había lanzado una piedra, pero antes de haberlo matado creo que el golpe de afecto y te desplomaste y quedaste en el suelo. Te traje a caballo rápidamente pues creí que habías tenido un duro golpe y te acosté- Es decir, nada había sido un sueño. Primero, me sentí devastada, había formado todo un berrinche y con Héctor presente, estaba avergonzada y apenada, no podía creer lo que había hecho. Segundo, que el Príncipe me hubiera traído hasta aquí y haberlo visto tan preocupado por mi en ese instante me hizo sentir especial y algo reconfortada.

-Lo… lo siento tanto- hablé, asustada y con vergüenza, no era propio de una mujer haber hecho aquello. Héctor levanto la mirada, sorprendido y se mordió un poco el labio, sentí como el alma se me caía a los pies

-No tienes nada que lamentar- dijo Héctor mirándome con consuelo- Lo que todavía no entiendo es… ¿Cómo pudiste levantar mi espada?- arrugó la frente, esperando una respuesta de mi parte, al notar que no le miraba, prosiguió- Te dejaré descansar, fue un día duro, pero a propósito, nadie de nuestra familia no sabe nada- me aseguró. Se levantó y caminó lentamente a la puerta para dejarme dormir, pero yo de verdad no quería.

-¿Me puedes acompañar un rato? No quiero estar sola…- me atreví a decir sin timidez. Se giró rápidamente sin dudarlo y le hice un hueco en la cama. Se lanzó de espaldas hacia la cama, rebotando y riendo como un niño. Me reí junto a él y nos quedamos ambos acostados, mirando el techo color blanco de la gran habitación.

Fue cuando pude pensar que estaba perdidamente enamorada de mi primo, del príncipe de Troya, del esposo de Andrómaca y líder del ejército. Todo hoy día había sido una clara señal de que yo no tenía vuelta atrás sobre aquello, quería convencerme que era un amor de adolescentes, pero me temía que no lo era, lo podía ver en sus ojos y los míos y lo podía sentir en cada fibra de mi cuerpo. ¿Le gustaré? Me pregunté algo preocupada por si así no era.

Giré mi cabeza para mirarle, pero él ya estaba en un profundo sueño, ni percatando donde estaba. Había sido un día pesado y mañana tenía que empezar con los preparativos de la guerra. Acerqué un poco mi mano a su rostro, rozándolo despacio para no despertarlo.

Era más hermoso cuando estaba dormido…