Capitulo 1:

Conociéndonos otra vez.

beep beep, beep beep

El sonido incesante de la alarma la despertó, fue la primera vez que tuvo que ponerla. Ocho de la mañana, lista para despertar. Abrió sus ojos y pestañeó, acostumbrándose a la luz del sol que iluminaba su habitación. Se sentó en su cama y miró hacia todos lados, buscando algo. Suspiró, y con pereza salió de la cama.

¿Hace cuanto que no se despertaba tan temprano? Mucho, mucho tiempo... hace mucho que no veía el sol, pensó.

Se vistió con lentitud, poniéndose su habitual blusa rosada y de tirantes negros con sus pantaloncillos cortos. Se calzó las botas y, con las manos en su cabello peinandolo, salió de la habitación. Caminó unos pasos hasta una habitación, y sin golpear entró todavía adormilada. Sin embargo, en su rostro había una sonrisa. La habitación estaba a oscuras, y ella a pesar de no ver bien se las arregló para caminar entre la oscuridad. Llegó a su objetivo, y cerrando sus ojos apartó las cortinas. El sol iluminó toda la habitación, la cama y la persona que habitaba en ella. Yui se acercó a la cama, inclinándose con una sonrisa.

— Ne... despierta, Raito-kun. — dijo, sonriente, acariciando los cabellos castaños del niño.

El niño se removió, rezongó un poco pero al final abrió sus ojos esmeraldas. La miró y le sonrió, acariciando su mejilla con una de sus manos pequeñas. A Yui, el tacto le recordó cuando el Raito adolescente acariciaba su rostro. Sus músculos se tensaron, pero el niño no se dio cuenta.

— Vamos a levantarnos, haré de desayunar algo rico. ¿De acuerdo? — le dijo con otra sonrisa la chica.

— ¡De acuerdo! — le dijo, asintiendo y comenzando a levantarse.

Ella se apartó y dejó que el niño se levantara, y bostezando el se giró hacia ella con el rostro sonrojado.

— Yui-san... ¿Puedo cambiarme en privado? — dijo el niño, tímido.

A Yui casi se le cae la mandíbula al suelo cuando lo escuchó. ¡ESAS PALABRAS, PROVENIR DE RAITO ERAN...! imposible, mucho más que imposible, se dijo a si misma. Pero él era un niño ahora.

— Ca-claro, Raito-kun... — tartamudeó mientras salía de la habitación.

¿Que habrá sido lo que lo convirtió en un degenerado? Era obvio que, de niño nunca lo fue.

Con las mejillas coloradas por los recuerdos que inundaron su mente, se dirigió hacia la otra habitación.


— ¡Auch! — se lamentó muy bajito al tropezar con uno de los juguetes que había en el suelo.

Era la habitación en la que nunca había estado. De seguro que él habría tenido esos juguetes desde hace mucho. Con cuidado y fijándose mejor sus movimientos fue acercándose a la ventana para apartar las cortinas. Las cortinas se abrieron y los rayos del sol hicieron casi blanca la habitación. Caminó, ahora bien, hacia la cama. Con otra sonrisa se inclinó y acarició los cabellos de el niño que yacía dormido.

— Kanato-kun... a levantarse. — murmuró sonriendo, y rió al ver como este abrazaba la mano que lo acariciaba.

— Mmm... Teddy... — masculló el niño dormido.

— No soy Teddy, Kanato-kun.. — dijo ella mientras se reía.

Kanato abrió los ojos, y parpadeando se fijó en Yui. Ella le sonrió y él le devolvió la sonrisa. Le retiró las sabanas y el niño se sentó en la cama, frotándose los ojos y bostezando. Yui lo miraba con ternura. ¡Que adorable era Kanato de niño! el vampiro la miró, y sus ojos parecían confundidos.

— ¿Tengo algo en la cara, Yui-san? — preguntó con esa voz aguda suya, palpándose las mejillas.

Yui salió de su trance, carraspeando. Sus mejillas estaban al rojo vivo.

— ¡N-no, para nada! — movió las manos, riendo nerviosa. Caminó hasta quedar en la puerta, abriéndola. Se giró para dedicarle otra sonrisa. — Cuando te hayas vestido baja, voy a hacer el desayuno... ¿Si?

— ¡Si! — Asintió el niño de ojos como joyas, sonriendo.

Ella salió de la habitación, seguida por una risa infantil que se desvaneció al contar cinco pasos.


Ella se sabía el camino de aquella habitación de memoria, como si fuese la suya propia. Ahh... había estado allí, aunque sea a la fuerza, tantas veces, que parecía que fuese suya. Con confianza fue hacia la ventana y corrió las cortinas, dejando que el sol ilumine también aquella habitación. Allí, donde dormía un niño profundamente, el sol logró despertarlo.

La dama de hierro estaba abierta, y dentro miles de frazadas acolchadas y almohadones se escondía un niño de cabellos rojizos. Yui sonrió, pero con tristeza en sus ojos, y se arrodilló hasta quedar al lado del Ayato dormido. Acarició sus cabellos, despertandolo.

— Ayato-kun... - él niño se quejó, dándose la vuelta y dándole la espalda. — ¿Te quedarás todo el día en la cama, sin hacer nada? —le dijo Yui, sabiendo que ese era el punto debil de su Ore-sama.

Nunca le digas a su pelirrojo vago. Era un limite infranqueable para el vampiro.

En ese instante el chico se vuelve hacia ella con los ojos bien abiertos y su cabello despeinado. Se sentó de golpe y de quien sabe donde, sacó las energías para levantarse. Tiró las sabanas a su paso, tapando a Yui con ellas. La joven rió.

— ¡Ayato-kun! — dijo, riendo, mientras se retiraba las sabanas de la cabeza.

El niño la miraba sonriente, como siempre, y ella pensó que eso no había cambiado. "a pesar de ser un niño... esa sonrisa todavía me hace sentir bien" pensó Yui, nostálgica. Se levantó, recogiendo las sabanas y doblándolas. Las dejó dentro de la dama de hierro mientras se iba de la habitación para darle intimidad al niño pelirrojo.

— ¡Oye, espera! - le gritó Ayato desde atrás. — ¿Qué vamos a comer hoy?

Se tapó la boca con una mano mientras él no la veía, sorprendiéndose. Eso tampoco se había ido de él... se dijo a si misma. Con una sonrisa se volteó y sus rubios cabellos se movieron a la vez.

— Comida. — le dijo, divertida, y salió de la habitación.


¿Una habitación tan ordenada como esta? Nunca había visto una parecida, pero esta era la habitación de Reiji, y siempre sería ordenada. Caminó hacia las ventanas, corriendo las cortinas y iluminando la habitación. El niño de cabellos oscuros se removió en su cama, incomodo por la luz. Yui se quedó mirándolo unos segundos, observando ese niño tan lindo que dormía en el lecho. ¿Aquel era el vampiro sádico, de buenos modales y de control indiscutible que ella conocía? Parecía tan tierno... no tendría más de 11 años, seguro. Claro, ella ya había adivinado de antemano. Avanzó hacia la mesita de luz y tomó los lentes de Reiji, ahora caminando hacia la cama.

— Reiji-san... - su voz fue suave mientras lo tocaba para que despertase. — Reiji...

— ¿Yui...san? - el niño parpadeó y hizo ademán de sentarse, pero solo al segundo intentó lo logró.

Yui rió y le entregó los anteojos, que este se puso de inmediato para mirarla mejor.

— ¿Te sientes bien? — miró preocupada como este fruncía el ceño, como si estuviese pensando.

Estaba con la vista en las sabanas, y en un segundo la estaba mirando. Parecía... ¿Dudoso? ¿Sorprendido? ¿Que podría decir para expresar esa tierna expresión infantil?

— Nunca nadie me había despertado antes... Yui-san... — murmuró Reiji, y parecía que en sus ojos había una chispa de tristeza.

"¿Nadie nunca lo ha despertado de niño?" su mente maquinó rápidamente todo lo que pasaba, como hacía cuando estas situaciones salían a flote. Ella infló las mejillas, exhaló el aire y luego sonrió. Nadie iba a dejar que Reiji se sintiera triste de nuevo. ¿No? ¡Ella no iba a permitirlo!

— ¿Te molesta que lo haga? — le preguntó Yui.

Reiji abrió sus ojos y negó con la cabeza, como si hubiera hecho algo malo.

— ¡No! Es... es amable... — tartamudeó el niño, y ella volvió a sonreír.

Acarició los cabellos del vampiro, y se levantó para dirigirse a la puerta.

— Baja cuando te hayas vestido, desayunaremos todos juntos. — le dijo, con una sonrisa.

Salió de la habitación con el corazón aun más oprimido.


Las cortinas ya estaban abiertas. ¿Estará ya despierto? No, estaba dormido en su cama. Sus mechones rubios estaban desparramados mientras dormía de lado, y parecía que no quería separarse de su mp3 que aferraba entre sus manos. Shu-san, un niño... era terriblemente adorable. Más cuando estaba dormido. Se acercó y se sentó a su lado, acariciando su cabeza.

— Shu-san... Es hora de despertar. — le dijo, y el niño se removió.

¿Es que aquel movimiento era la clave para despertarlos o hacerlos felices? ¡Por qué no se le ocurrió hacerlo cuando eran adolescentes!

— ¿Ma...dre? — murmuró, y abrió sus ojos con un brillo de inocencia en ese azulado intenso.

Los ojos de Yui se humedecieron y parecía que mantenía las ganas de deformar su rostro por la tristeza. Forzó una sonrisa y negó con la cabeza.

— Yui. — lo corrigió, y el niño se levantó. — ¿Quieres desayunar?

El niño estaba muy adormilado, frotándose los ojos y bostezando le dijo que si con la cabeza.

— Yui-san... ¿Has visto mi Violín? — le preguntó Shu, mirando hacia todos lados.

¿Violín? Ah... cierto, su violín... Ella negó con la cabeza y levantándose se dirigió hacia la puerta.

— Lo buscaremos después... — le dijo, sonriendo.

Salió de la habitación con una mano en su boca, ahogando un jadeo. Aquella situación... creía que la mantenía bajo control.


Esa habitación definitivamente era un desastre. No era apropiada para un niño.

Las paredes estaban destruidas por los golpes, con agujeros y la pintura decayendo. ¿De quien pudo ser obra? Oh claro, tendría que ser el menor, pensó divertida. Ella limpiaría ese lugar, para que sea habitable para Subaru-kun. Al abrir las persianas vio que su ataúd estaba abierto, y dormía aferrado a una almohada. El niño de cabellos blancos parecía temblar y fruncía el ceño en sueños. ¿Una pesadilla? Fue con rapidez hacia su lado, intentando despertarlo.

— Subaru-kun... despierta... — le dijo, preocupada, y el niño abrió sus ojos rojos.

Los ojos de Yui se abrieron de par en par al sentir como ese niño la abrazaba con fuerza, Hundiendo su rostro en el pecho de ella. ¿Cómo debía actuar frente a ese momento? Aquel niño, que era su vampiro, parecía atemorizado. No... No podía contenerse... ya no podía, pensó ella mientras sus ojos se humedecían de nuevo.

Creyó que conocer a los Sakamaki de niños sería divertido y tal vez alegre... y resulta que era aún más doloroso de lo que imaginaba. Por eso no dudo en abrazarlo también, acariciando sus cabellos blancos con suavidad.

— Shh... ya está, Subaru-kun... fue solo una pesadilla. — separó a Subaru que tenía los ojos cerrados, y las lagrimas caían de ellos.

Ella las secó con sus dedos y besando las dos mejillas del vampiro. Subaru abrió sus ojos, sorprendido.

Algo que nunca había podido hacer si las cosas fueran diferentes.

— ¿Por qué...? — preguntó Subaru, tocándose las mejillas.

Ella se sorprendió, pero aun así le sonrió. Las pesadillas eran lo peor que podía pasarle a un niño de esa edad, por lo que era su deber desde ahora espantarlas de sus vampiros. Así, con una sonrisa, ella le dio ánimos. Ánimos que ella no conseguía recuperar por si misma.

— Porque me duele verte así, aquí. — tocó su pecho, el lugar donde estaba su corazón.

El niño albino se había quedado sin habla, mirando con la boca entreabierta como si fuera un pez.

— ¿Quieres desayunar, Subaru-kun? — le preguntó con una sonrisa mientras dejaba que él se levantase y se dirigió hacia la puerta.

Una mano la detuvo, y ella al girarse vio como aquel niño albino la tomaba de la mano con el rostro sonrojado.

— Quiero ir contigo... Yui-san... — le dijo, mirándola a los ojos.

El corazón de Yui golpeó tan fuerte en su pecho que creyó que se le saldría. ¡Por todos los santos, que adorable era aquel niño! Le sonrió, aun con los ojos húmedos.

— ¡De acuerdo! — dijo, sonriendo.

Juntos salieron de la habitación, tomados de la mano.


(9:30 am, hora del desayuno)

— ¡Yui, siéntate conmigo! — Dijo Ayato con una sonrisa juguetona, señalando la silla vacía que estaba a su lado.

— ¡Oye, que yo me siento ahí! — Protestó un Raito, pero aun asi parecía divertirse.

Yui rió, llevaba una gran bandeja en sus manos con el desayuno. Los chicos ya estaban sentados en la mesa que casi nunca usaban, pero desde ahora las cosas serían diferentes. Ayato, Raito y Kanato estaban de un lado, Reiji, Shu y Subaru del otro. Solo había otra silla y era la que estaba en una de las puntas. Yui se preguntó si esa silla era la del padre de los Sakamaki, pues era mucho más grande que las demás. Le daba algo de grima usarla, pero no tenía remedio.

— Yo me sentaré aquí. — sentenció ella con una sonrisa nerviosa y dejó la bandeja en la mesa.

Los chicos tenían los ojos repletos de brillos entusiastas. El desayuno lucía espectacular: Seis tazas de chocolate caliente con tres magdalenas para cada uno, seis vasos pequeños con jugo de naranja y tostadas con mermelada de frambuesa. A Ayato casi se le cae la baba al ver todo eso, y sin permiso de nadie comenzaron a comer.

Se preguntarán como habían llegado a eso, ¿verdad? Solo habían pasado una noche... y ella había tenido que hacer un fabuloso espectáculo...

FlashBack

Yo... yo soy... — tartamudeó, incapaz de decir algo en su defensa.

¡Estaba metida en un lío! ¿Que diría ahora? Ni siquiera se acordaban de ella, ¡Ni siquiera sabían que les había sucedido a sus padres! Según lo que le habían contado, dos de ellas estaban... muertas.

"Cordelia murió, yo la herí de muerte y los demás terminaron el trabajo" La voz de Ayato sonó en su mente.

"Contraté a un cazavampiros para que matara a mi madre" La fría voz de Reiji sonó a sus oídos también.

"Mi madre... ella no está bien... vive en otro sitio por su seguridad" La voz, suave y relajante de Subaru la acarició en su interior.

Ahora parecía que no sabían nada, ni siquiera de lo que había pasado. Tragó saliva de forma desesperada, el sudor frío corría por su nuca. ¿Se habrán dado cuenta de su miedo y de sus nervios? Muy de seguro, segurísimo que estaban concentrados en cómo se sentía. Las palabras de Raito, que ahora era un niño a sus ojos, volvieron a escucharse en su mente.

"ella huele a mamá" había comentado, y ella se preguntó por qué. ¿Acaso era posible eso? ¿Oler a otra persona que ya estaba muerta? Su mente divagó segundos en aquella idea, yendo más rápido de lo normal. Oh dios, los nervios la consumían otra vez y no sabía que hacer. ¡Argh! ¿Qué le diría a estos niños? Definitivamente no podría decirles a los trillizos que ellos mismos habían matado a su madre, no podría decirles a Reiji y a Shu que él primero mató a madre por un cazavampiros, y ni pensar decirle a Subaru que su madre estaba loca porque Karl Heinz la violó.

¡Maldita situación que la hacía maldecir!

De pronto una idea prendió en su mente como un foco.

¡S-soy una amiga lejana de Cordelia-sama! exclamó, sonriendo con nerviosismo. Bueno, ahora tenía que seguir con otra mentira, veamos… Cordelia-sama y Beatrice-sama se fueron de… ¡De vacaciones!

¿Vacaciones? preguntaron los niños, mirándola algo sorprendidos y curiosos.

Yui asintió dos veces con la cabeza, riendo nerviosa.

Así que yo tengo que cuidar de ustedes por ahora, ¡es mi trabajo! ~ dijo con una sonrisa.

¿Qué mentiras acababa de soltar? Pero, a juzgar por las caras de los niños, parecían creerle.

Así que eres como… ¿Una niñera? preguntó Ayato.

Algo así. Yui se rascó la nuca con nerviosismo.

Los seis se miraron a si mismos, y luego la miraron a ella.

Yui ya se creía muerta o con sus cosas en la calle.

¡De acuerdo!

Esa afirmativa, de todos los chicos, hizo que vuelva a desmayarse de la impresión.

Fin Flash back

— Yui-san... Yui-san... — la llamó Reiji, que agitaba su mano delante de los ojos ella.

Yui parpadeó y se centró otra vez en el mundo real. Por favor, eso ya pasó. Miró a Reiji con una sonrisa.

— ¿Sucede algo?

— ¡Yui-san, te guardé una magdalena para ti! - dijo Kanato extendiéndole el panecillo con una sonrisa, sin separarse de Teddy.

— ¡Gracias, Kanato-kun! - respondió ella con una risilla, y tomó el regalo.

Todos la miraban mientras comían, pero no con ojos hostiles. Ella pensó que, por un momento, tal vez podría hacer que sean una familia de verdad. Donde el odio no existía y se querían mutuamente. ¿Tal vez, en alguna parte de esta locura, podría cambiar algo?

Pero Yui sabía que esto no podría durar para siempre. Los chicos necesitaban volver a sus respectivas edades. Los niños vampiros crecían lentamente, debido a su inmortalidad. Ella no podría estar para siempre, moriría pronto, como humana que es. Por eso, aunque no supiera como, los volvería a la normalidad.

Pero para eso tendría que hablar con personas que no quería, con las que tenía prohibida charla alguna. Los Sakamakis se lo prohibieron, y Yui aceptó.

Sin embargo, ahora ellos no conocían esa promesa. Mientras los cuidaba, podía pedir ayuda de todo eso... ¿No?

Mientras miraba a sus amados vampiros, solo podía pensar en esas personas que podrían ayudarla.

Debía llamar, con urgencia, a los Mukami.


Una oficina, de blancas paredes y muebles de caoba clara. Se sentó en uno de los sofás color mostaza y cruzó las piernas, con una sonrisa en su rostro. El hombre que estaba sentado detrás del escritorio lo miraba algo curioso, pero satisfecho a la vez.

— ¿Ya ha comenzado? — preguntó al fin el hombre detrás del escritorio, apoyando los codos sobre el mismo.

El hombre del sofá asintió, con una sonrisa más amplia. Llevó una de sus manos hacia la barbilla.

— Hemos suministrado la sustancia hace ocho horas, y los cambios comienzan después de tres horas de haberla ingerido. — informó el hombre de la sonrisa.

— Solo esperemos que esto funcione. ¿Sabes que es lo que eso provoca?

Niega con la cabeza, otra vez acariciando su barbilla, pensativo.

— Ese sujeto no me ha dicho nada, solo me dijo que meta discretamente eso en sus comidas. - explicó sin ganas, sumido en sus pensamientos.

El hombre detrás del escritorio sonrió.

— ¿Habrás cometido sin saber homicidio? — le preguntó, burlón.

— Que más da, no volveremos a ver a esos sujetos. — exclamó el otro sujeto, mientras se recostaba en el sofá.

— Tienes razón... solo espero que el cliente esté satisfecho.


Continuará!

Recuerden...

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