Harry y Jace estaban incómodamente sentados en el sofa de la sala de estar. Sin Carlos, Cruella sentía la necesidad de tenerlos fuera de su casa y de las casas de sus respectivos padres así que les presentó a Diego cuando visitó a su padre cinco días atrás. Hunter estaba quitando el desconchado papel de pared mientras escuchaba las quejas de Diego sobre tener que cocinar.
-Tú, deja de quejarte, tienes tu brújula, ¿no?
-¡Sí! ¡Y tengo secuaces que cocinarían si se lo pido, ¿verdad chicos? –los más jóvenes asintieron rápida y nerviosamente.
-Te tienen miedo y no sé cómo porque no podrías asustar a una mosca incluso si lo intentaras –Diego abrió la boca para quejarse pero fue cortado por Hunter-. Y eras tú quien quería la brújula así que tú tienes que cocinar, si quieren algo que yo pueda proveerles, harán lo que yo quiera.
-Eres tan injusto –gemió el chico.
-Me estoy asegurando que cumplas tu parte del trato.
Diego no respondió, simplemente se quedó mirando a la sartén que contenía algo que parecía un trapo sucio pero era realmente un tipo de pescado.
Hunter cogió una moneda oxidada de su bolsillo y jugó con ella, haciéndola correr por sus nudillos una y otra vez mientras miraba por la sucia (por mucho que intentasen limpiarla, siempre se quedaba de la misma manera) ventana hacia la calle. Humo salía de algunos tubos, pareciendo chimeneas perfectamente alineadas y Hunter se sorprendió a sí mismo preguntándose si había algo interesante que estuviese pasando por allí. Por supuesto tenía que asegurarse que Diego cocinara y no se marchase o pusiera a Harry y Jace a hacer todo el trabajo.
El chico de pelo blanco y negro puso el pez frito en un plato y se lo pasó a Hunter quien solo lo mordisqueó antes de dejarlo en la encimera, para asombro de los dos chicos en el sofá.
-¿Qué demonios haces, Hunter? –preguntó Diego, negándose a creer que el chico en el que confiaba lo suficiente para vivir con él le hubiese hecho cocinar para dejar la comida (un pescado que casi no estaba podrido) en el plato-. Come. Ahora –demandó.
-Lo siento, D. Estabas tan ocupado quejándote que no pensaste que tengo cosas que hacer, sitios en los que estar, gente que ver. Adiós chicos.
Hunter abrió la ventana y salió, usando una escalera para llegar al tejado donde estaba seguro que pertenecía. Corriendo a través de la ciudad trató de llegar (impecablemente) tarde a su cita con Anthony Tremaine. El chico estaba sentado en una vieja caja, mirando a la gente pasar. Hunter saltó del tejado a una ventana, apenas sujetándose a sí mismo antes de caer junto al nieto de Lady Tremaine quien parecía un aristócrata.
-Te vas a hacer daño algún día, Hunter –dijo el chico, aparentemente sin estar impresionado.
-Nunca va a pasar –respondió él, buscando por sus bolsillos-. Aquí tienes, tu reloj.
-Gracias. ¿Cuánto va a costarme? –Hunter buscó en sus bolsillos una vez más, sacando un cepillo de pelo.
-Ves a Ginny más que yo, dale esto y dile que necesito un impulso en la nota clase de Gothel –Anthony rió.
-Trataré de mantenerlo a salvo de mis primas. Ahora, piensa otra cosa que necesitas porque quiero pedir algo más.
-¿Qué es lo que quieres?
-Un catalejo, creo que quedaría bien en mi habitación –Hunter se mordió el labio.
-Una de tus camisas. Una bonita, ese es mi precio.
-¿Por qué querrías una camisa? ¿Quién quiere una camisa bonita en este maldito lugar? Aparte de mí, obviamente.
-No tienes que preocuparte por ello. Es mi precio, ¿trato? –Hunter le ofreció su mano.
-Sí, seguro –respondió Anthony, estrechando la mano del chico firmemente, tratando de averiguar quién iba a ser el dueño de una de sus camisas.
-Te veré por ahí. ¡Conseguiré tu catalejo pronto! –gritó, comenzando a correr. Era hora de hacer otra visita a la casa Clayton.
