Thomas suspiró, tirado en la cama de la sobria habitación que habría de servirle como su nuevo hogar durante su estancia en Harvard.

Aún no podía creer cómo se habían desarrollado las cosas. Estaba expulsado, trabajando en lo que podía y corriendo para encontrar un respiro en su vida. Y de repente, sus piernas le habían llevado a una de las mejores universidades del mundo.

Había sido un auténtico caos. Papeleo por todas partes para poder hacer los exámenes que se había perdido, asfixiarse entre libros para alcanzar, al menos, el mínimo que le exigían para recibir su beca de atletismo, trámites sin fin, asegurarse de que su familia estaría bien en su ausencia...

Y entre todo ello, tuvo que sacar el tiempo que no le quedaba para estar con JJ. Porque desde aquel día, le había necesitado.


—Oh. Curioso —había dicho el chico de pelo rizado mirando a su móvil que sonaba insistente.

—¿El qué es curioso, J? —preguntó Thomas, sonriente.

—Es Emily. Aunque nuestra relación puede considerarse bastante estrecha, no acostumbra a llamarme. Si bien no es algo demasiado impactante, no es habitual que no se limite a un mensaje —explicó mientras descolgaba.

—¿JJ?

—Afirmativo. ¿A qué debo el placer de tu conversación, Ems?

—¿Estás solo?

—No, Thomas está conmigo —dijo, dando una palmada en el hombro a su amigo.

—Oh, gracias a Dios —susurró Emily, mezclados en su voz la tristeza y un cierto alivio —. Escucha, J, es importante.

—Interesante. Emily, ¿quieres decir que es importante en el sentido más adulto, quiero decir, impuestos, resultados y ese tipo de asuntos? ¿O que es algo importante en un ámbito más personal, como algún tipo de relación o...?

El tono de mensajes de Thomas le hizo desviar su atención del monólogo de JJ con el que estaba entreteniéndose.

KATIE: No le dejes caer, Thommo.

—No, JJ, no es... Es Freddie —sollozó Emily.

—¿Freds? ¿Qué pasa con Freds?

—Él... ha muerto.

Emily rompió a llorar. JJ, simplemente, dejó caer el teléfono al suelo. La batería salió despedida y la llamada se cortó, pero ya nada importaba.

—No. No. NonononononononononoNONONONONONONONO —gritó.

Thomas agarró a JJ, que empezaba a convulsionarse mientras seguía chillando, atrapado en el bloqueo de su vida, y lo abrazó.

—Respira, amigo.

Dejó que JJ se desahogara, gritando y llorando entre sus brazos. Mientras, tecleó rápidamente un mensaje a Katie.

THOMMO: ¿Dónde estáis? Llevaré a J.

KATIE: Naoms.

Jamás las calles de Bristol le habían parecido tan eternas y tristes a Thomas. Había adorado la ciudad, sus nuevas oportunidades. Y aún cuando todas estas empezaron a truncarse —Pandora, el asunto de Sophia, el instituto... —había seguido disfrutando de ellas corriendo cada mañana en busca de sí mismo. Aquel paseo, arrastrando a un JJ silencioso, roto, fue una de las experiencias más penosas de su vida. A mitad de camino, su entrenador le llamó. De él dependía el futuro en Harvard en el que tantas ilusiones tenía, y sin embargo, no era el momento. Rechazó la llamada y envió un mensaje breve todo lo rápido que pudo sin soltar a su compañero.

No hubo palabras hasta que llamó a la puerta de Naomi. Igual que para Pandora, no fue la dueña de la casa quien abrió. Katie estaba al otro lado del umbral, asumiendo la entereza que se esperaba de ella.

Miró a JJ, con la vista hundida en el suelo, y después a Thomas, que lo agarraba con firmeza y cariño al mismo tiempo. Sin decir nada, cogió el otro brazo del chico de pelo rizado y lo ayudó a entrar.

En el salón, Naomi pasaba el brazo por los hombros de Emily, desconsolada. Cuando la pelirroja vio a JJ, corrió como un torbellino hacia él y lo abrazó. Sólo entonces Thomas lo soltó.


El joven congoleño se levantó de la cama. Aún no era tarde y tenía tiempo de dar un paseo por el campus. Necesitaba despejarse, recordar los aires de cambio que América le prometía.

Paseó por el inmenso campus, taciturno, pero saludando con una sonrisa a todos los demás estudiantes con los que iba cruzándose. Porque así era Thomas. Pese a los golpes que había ido recibiendo, acababa creyendo lo mejor de la gente.

Estaba pensando en volver a la habitación y mandar un mensaje para ver qué tal se encontraba JJ cuando vio a una chica justo enfrente de él en el camino. Levantó la cabeza para sonreír. Y entonces la vio.

—¿Pandora?


—¿Cómo ocurrió, Katie? —preguntó Thomas, sentado en la cama de Naomi junto con su interlocutora. Había dejado a JJ en el sofá, arropado por Emily y la dueña de la casa, no sin cierta preocupación. Pero quería respuestas.

—John Foster, el psiquiatra que trató a Effy —dijo Katie, intentando mantener la serenidad en todo momento —. No sé cómo lo supo Cook. Cómo lo encontró. Pero fue a su sótano y encontró la ropa de Freds llena de sangre y ese... ese hijo de la grandísima puta quiso cargárselo también.

—¿Está bien? —y Thomas se sorprendió de preocuparse por Cook, a quien tanto había despreciado.

—Sí, está perfectamente. Cook le estampó un bate en la jodida cabeza a ese cabrón y le partió el cráneo.

A Thomas se le heló la sangre.

—¿Cook ha matado a ese hombre? Mon Dieu, Katie, eso es grave.

—No era un hombre, Thommo. Era un puto asesino y mató a Freddie y por su puta culpa nunca volveremos a verlo.

—Nada justifica matar a otro ser humano, Katie.

La chica se levantó, mirando a Thomas con dureza.

—He visto a JJ unos diez minutos y casi me ha dado miedo lo jodidamente roto que parece, Thomas. Emily nunca llegó a ser precisamente íntima de Freds y temo que se quede sin lágrimas. Naomi quiere apoyar a Emily y está intentando parecer fuerte pero está al borde del colapso. Y no sé qué será de Effy cuando Pandora le dé la noticia pero estoy segura de que no será nada mínimamente bueno y sólo quiero creer que saldrá de esta. Soy Katie Fitch y no quiero filosofía del bien y del mal, Thomas. Lo que quiero es creer en que Cook le ha dado a Foster una agonía jodidamente larga y por mi parte tiene todas las justificaciones necesarias.

Gélida, Katie se dio la vuelta y salió de la habitación. Thomas se levantó de golpe y la siguió.

—Lo siento.

—¿El qué? —espetó Katie.

—Mi filosofía del bien y del mal. No era el momento.

—Nunca es el momento, Thomas. El mundo no es así.

—Pero quiero creer en que pueda serlo. En que podamos ser buenos. Todos.

Katie volvió a darle la espalda.

—Pero... si en algún momento pudiera justificar algo tan... atroz como arrebatar una vida... Quizá sería hoy. Y no quiero pensar en poder hacerlo. Pero hay algo aquí —dijo señalándose al corazón —que sí, quiere tenerlo tan claro como tú. Algo que ahora... admira a Cook. Por hacer justicia.

Una lágrima asomó por los ojos de Thomas.

—No quiero ser así. Pero tampoco quiero que Freddie esté muerto. Y no puedo evitarlo. Ninguna de las dos.

Entonces, sólo entonces, en aquel día maldito, Katie Fitch se derrumbó ante la simple verdad de Thomas. Había oído más veces de las que debería que Freddie había muerto. Pero la sencillez con la que el joven lo había dicho fue un disparo directo a su barrera.

—Quiero que Freds esté aquí, Thommo —lloró, mientras se dejaba caer en el suelo.

Thomas se sentó junto a Katie, en el pasillo, y cogió su mano.

—Seguiremos adelante.