Un hogar en las estrellas

Su trabajo cómo médico había permitido a Leonard conseguir unos ritmos de sueño bastante flexibles que muchas veces le llevaban a despertarse con el tiempo suficiente cómo para disfrutar de los últimos minutos de descanso bajo las mantas. Por eso el médico no se sorprendió al abrir los ojos antes de que la alarma del turno alfa sonase, lo que sí se ganó su interés fue el calor que envolvía su estómago. Abrió los ojos y se encontró en el cuarto de su capitán al que no vio a su lado. Inmediatamente una sonrisa cruzó su rostro mientras alzaba con cuidado las mantas: Jim estaba acurrucado contra su vientre, con los puños cerrados, los labios entreabiertos y un gesto de completa paz.

El primer instinto del médico fue estrechar con fuerza al niño, pero su sentido común le recordó que si hacía aquello acabaría despertando al pequeño, y este necesitaba más descanso que el Jim adulto.

Pasaron casi cuarenta minutos hasta que Jim dio las primeras muestras de despertar.

–Buenos días Jimmy, ¿Has dormido bien?

El pequeño no respondió de inmediato ya que se quedó mirando al hombre confuso. Finalmente sus labios se alzaron en una pequeña sonrisa.

–Buenos días Bones. Creía que aún estaba dormido.

Bones intuyó que el niño temía volver a despertarse en Iowa junto a Frank. Sin poder contenerse, tomó a Jim y lo alzó en el aire antes de dejarlo caer sobre su pecho para comenzar a hacerle cosquillas. Las risas del niño resonaron con inusitada fuerza en el camarote del capitán. El juego se prolongó varios minutos hasta que finalmente Bones dejó a Jim, sin resuello, de nuevo en la cama.

–¿Qué te parece si desayunamos?

–Bien.

–Pues arriba– Bones se puso en pie y cogió al pequeño bajo su brazo logrando un grito de pura alegría por parte de Jim–. ¡A la ducha!

Los cuartos del capitán, además de ser los más amplios, contaban con una bañera de agua de un tamaño considerable y de la que Jim disfrutó. Bones trató de bañar a Jim desde fuera de la bañera pero a los dos minutos toda su ropa estaba empapada a causa del incesante chapoteo del niño por lo que, para alegría del pequeño, acabó dentro de la bañera con él. Cuando hubo más agua en el suelo que dentro de la propia bañera el médico dio por finalizado el baño, sacó a Jim y le secó antes de hacer lo propio consigo mismo. Poco después, y con ropa limpia, ambos dejaron los cuartos del capitán para ir al comedor.

–¿Por qué me miran todos?– preguntó en voz baja Jim.

Bones apretó su mano entre las suyas mientras seguían caminando.

–No estamos acostumbrados a tener niños entre nosotros. A veces, cuando embarcamos en misiones largas, algunos tripulantes son civiles y traen consigo a sus familias, pero entre la tripulación de la flota estelar no es habitual.

De camino al comedor se encontraron con Spock y Uhura, la teniente se acercó con una gran sonrisa.

–Buenos días Jim, buenos días Leonard, ¿Habéis dormido bien?

–Sí señorita– dijo el niño.

El médico asintió.

–Ha sido una noche tranquila. Esta mañana nos hemos levantado pronto y hemos aprovechado para darnos un baño, ¿verdad Jim?– el niño se giró hacia él y le sonrió.

–Eso ha tenido que ser muy divertido– dijo Uhura reemprendiendo la marcha mientras Spock saludaba al doctor con una inclinación de cabeza–. Falta completar vuestro buen inicio de día con un gran desayuno.

Jim no dijo nada, pero tomó la mano de Uhura que había quedado a su lado y siguió caminando sin reparar en que su gesto había enternecido a la mujer que ahora le miraba con un cariño desmedido.

Una vez en el comedor, el trio de comandos ocupó la mesa que solían compartir junto con el resto de sus compañeros del turno alfa.

–Creo que vamos a tener un pequeño problema– musitó Bones al ver cómo Jim apenas podía llegar a la altura de la mesa–. Pero sé cómo solucionarlo– tomando al niño lo sentó sobre sus piernas–. ¿Mejor?

–Sí– respondió Jim apoyando ambas manos sobre la mesa y mirando a uno y otro lado–. Esto es mucho mejor.

–¿Qué quieres desayunar?– le preguntó Uhura inclinándose hacia él con una sonrisa.

–¿Puede ser leche y galletas?

–Por supuesto– la mujer pidió la orden en el replicador y dejó los alimentos delante de Jim antes de preguntarle al médico que quería él para su propio desayuno.

Mientras todos disfrutaban de su primera comida del día fue inevitable que prestasen atención a su pequeño capitán que, con gesto concentrado, se estaba dedicando a trocear las galletas con sus manos antes de dejarlas caer en el cuenco de leche. El proceso se dilató durante varios minutos antes de que Jim comenzase a remover el contenido del cuenco con la cuchara. Finalmente, y con una masa de galletas de consistencia similar a la papilla, Jimmy comenzó a comer.

Para satisfacción de todos, especialmente de Bones, Jim masticaba su desayuno a dos carrillos. Inconscientemente el médico colocó su mano derecha sobre el vientre de Jim deseando que este se volviese ligeramente abultado, tal y cómo era el de su propia hija y el de la mayoría de los niños, un signo de que estaban bien alimentados y que Bones iba a tratar de conseguir cuanto antes aunque la forma infantil de Jim fuese sólo temporal.

La conversación prosiguió entre los oficiales hasta que Bones cayó en la cuenta de que Jim volvía a mirar a Spock de la misma forma que lo había hecho el día anterior en la enfermería.

–¿Jim? ¿Sucede algo con el señor Spock?

–No, nada– replicó con rapidez el pequeño volviendo a su desayuno.

–Discúlpame Jim, pero me has observado fijamente durante seis coma dos minutos entre ayer y hoy– dijo Spock–. Si hay algo que te preocupa estaré más que feliz de poder ayudarte.

–Yo… me preguntaba…

Viendo cómo Jim parecía realmente azorado Bones pasó su brazo derecho sobre su cuerpo.

–Tranquilo Jim.

El niño miró momentáneamente a Bones, que asintió instándole a seguir hablando, y volvió a centrarse en el primer oficial.

–Yo quería saber si podía tocar sus orejas.

La petición de Jim había sido apenas un susurro, pero los tres adultos habían podido escucharle. Uhura fue la primera en reaccionar, soltando una alegre risa, seguida por Bones. Sin embargo, los ojos azules de Jim seguían clavados en los marrones de Spock que parecía impertérrito, pero si el yo adulto de Jim hubiera estado allí no había podido evitar fijarse en cómo el rostro de su oficial perdía parte de la habitual rigidez para esbozar algo parecido a una pequeña sonrisa.

–Puedes Jim.

Dejando el regazo de Bones, Jim fue hasta Spock. Dudo acerca de su próximo movimiento, pero viendo cómo el Vulcano se agachaba, trepó sobre sus piernas y se sentó antes de alargar su mano para rozar con delicadeza el lóbulo de la oreja, deteniéndose en el fino cartílago. Tal y cómo sucedía con la forma adulta de Jim, Spock fue incapaz de evitar sentir el torrente de sensaciones que manaba de su capitán, en este caso una mezcla de curiosidad y temor. Se quedó quieto y esperó con paciencia a que el estudio de Jim finalizase, notando cómo parte del temor se diluía en una nueva sensación: diversión.

–¿Ha sido tu estudio satisfactorio?– le preguntó cuando Jim retiró la mano.

–Sí señor Spock, gracias por dejarme tocar su oreja– Jim tocó su propia oreja–. Es distinta de la mía.

–Es parte de nuestras diferencias anatómicas– concedió Spock.

–¿Cuántas más hay?

–No me atrevería a enumerarlas– dijo el Vulcano–. Pero para que puedas hacerte una idea: podrías estar varias semanas estudiando nuestra anatomía y aún así seguirías encontrando diferencias.

Jim frunció el ceño y puso un gesto de clara concentración.

–Eso es mucho– dijo el niño.

–Tal vez cuando seas mayor puedas estudiarlo– dijo Uhura.

–Puede ser– viendo cómo el niño no parecía convencido Uhura le preguntó que quería ser de mayor, inmediatamente su rostro se relajó–. Quiero ser explorador, ir a todos los sitios, conocer a todas las personas, verlo todo.

Posando su mano sobre la cabeza de Jim, la mujer asintió.

–Estoy segura de que lo conseguirás Jim.

–Incluso puede que llegues a ser capitán– le alentó Bones.

El niño rió ante el comentario.

–Eso es casi imposible. Para ser capitán hay que ser muy bueno, cómo mi papá. Él fue capitán de un barco.

Viendo el giro que estaba dando la conversación Bones intervino con celeridad e instó a todos a terminar sus desayunos para ir al puente, lugar al que el grupo entró minutos después. Al ver al pequeño capitán todos los tripulantes enmudecieron y se volvieron hacia él con gestos de asombro, respeto y cariño.

–Jim, ven, te voy a presentar a los oficiales que trabajan en el puente.

Uno a uno, Bones introdujo a toda la tripulación alfa, incluido Scotty que había sido invitado a abandonar sus dominios en la ingeniería. El oficial había aceptado de inmediato queriendo comprobar con sus propios ojos que su capitán, aún dentro de un cuerpo de niño, seguía estando bien.

Para sorpresa de todos los que aún no habían visto a Jim, este aceptó todas sus atenciones, pero no devolvió ninguna, retrayéndose hasta el lugar que ocupaba Bones, detrás de la silla del capitán. Uhura trató de aliviar la tensión de Jim y le entregó un padd cargado de juegos. Jim lo cogió y comenzó a jugar.

El puente volvió lentamente a la normalidad aunque todos mantenían un ojo sobre Jim.

El paso de los minutos permitió que el niño fuese relajándose hasta que este se sentó distraídamente bajo la estación de Uhura a jugar. Desde su posición la mujer extendía de vez en cuando su mano para acariciar los suaves rizos de Jim que sonreía ante cada toque sin desviar su mirada del juego. Cuarenta minutos después Uhura alzó el rostro al notar que alguien miraba en su dirección: Spock contemplaba a Jim que ahora descansaba su cabeza sobre las rodillas flexionadas.

–¿Has terminado el juego?– le preguntó Uhura.

–Sí señorita.

–Llámame Uhura, Jim– la mujer retiró el padd y observó satisfecha los logros del pequeño–. Eres muy inteligente Jim. Voy a poner nuevos juegos en el terminal, pero ¿qué te parece si mientras tanto das una vuelta por el puente?

–¿Puedo?

–Claro que sí– Uhura le dedicó una amplia sonrisa–. Venga, ve.

Tratando de no molestar, Jim dio una vuelta por la gran estancia, pero fue irremediable que sus pasos le llevasen hasta el gran ventanal ahora con vistas al espacio. Cuando estuvo cerca del vidrio apoyó su pequeña mano en él y se puso a contemplar las estrellas sin tan siquiera parpadear. Toda la tripulación contempló los movimientos de su pequeño capitán hasta que Bones le preguntó que observaba con tanto interés. En ese momento Jim se dio la vuelta hacia ellos, aún con la mano sobre el vidrio, y con una sonrisa verdadera que hacía que todo su rostro se viese aún más inocente y puro, cómo si en verdad ante ellos no estuviese un niño sino un pequeño ángel.

–El espacio, la última frontera.

Jim jamás llegaría a saber la consternación que sus inocentes palabras habían causado en todos los allí presentes pues estas les habían permitido entrever los férreos ideales de su capitán.

Nota: me he tomado la libertad de mezclar dos líneas de ST con la cita de "El espacio, la última frontera", pero la frase me ha parecido siempre demasiado buena cómo para no emplearla siempre! :D

Y felices fiestas!